miércoles, 18 de mayo de 2016

El mal de Portnoy

Philip Roth, más allá de su maestría y reconocido talento que siempre lo coloca en las apuestas de ganar el Premio Nobel, puede ser un escritor complejo y algo pesado, pero leer este Roth es de cierta sorpresa, tal cual el motivo de éste giro en su recién comenzada carrera literaria, en el que fue su cuarto libro, escrito en 1969, que como suele pasar en los inicios de todo artista se propone en un lado rebelde, trasgresor y osado que queda plenamente dibujado en esta popular y curiosa obra, que resulta muy entretenida y distintiva, desconcertando a los que creen conocer su escritura. Posee gran sentido del humor, y polémica, si se quiere, en las formas del lenguaje y la temática sexual explicita que aborda, como a su vez en el aspecto de romper con la ciega devoción y modo de vida inmaculado del judaísmo (del que se llega a renegar y querer liberarse, aunque últimamente a no poder evitar), plenamente contextualizado y sentido a cada momento en la figura edípica de la madre, viviendo una vida sensual heterosexual libre y promiscua, rompiendo con los estatutos tradicionales de formar tempranamente una familia y ser parte de la comunidad de su ascendencia, en el orden de los hijos y la esposa, lo que se busca afirmar en las visitas orgullosas de los siempre sacrificados y preocupados padres tradicionales (él, un vendedor de seguros laborioso, explotado y encasillado en un puesto de bajo rango; ella, ama de casa), que en la mentalidad del protagonista son dominantes, intrusivos y castradores.

Nuestro protagonista, el intenso y a veces furioso Alexander Portnoy, es un joven treintañero profesionalmente exitoso, dentro de un trabajo con mucha carga social y humanitaria. Solo que no puede contener su libido, su cierto lado “perverso” (en una férrea y constante lucha, hasta la extenuante sobreexplotación protagónica, por liberase del peso de culpa del placer y la liberalidad, sobrecargada emotiva y psicológicamente por las potentes raíces de la tradición cultural judía, representada en los padres, el hogar y la familia, y que, desde luego, implica a la moralidad colectiva general social), tras su deseo de mantenerse soltero y activo sexualmente con bellas mujeres de diversa índole y fe,  de lo que lo importante es que estén apetecibles, a las que Roth describe perfectamente en casos específicos y hasta extensos, en féminas que tienen un aire medio a putas, como naturalmente le movilizan y las suele visualizar nuestro protagonista (el que llega a ironizar sobre las enfermedades venéreas, en algunas soluciones sexuales desesperadas o en su proclamada tendencia adolescente a la masturbación, acción que le trae más de un enredo cómico, excesivo y extravagante habiendo que lidiar con una discreción que no siempre mantiene), en solo interesarle el cuerpo, y no ninguna relación duradera más allá de lo aventurero (habiendo un ménage à trois que resulta jocoso, en la declarada altisonante dualidad leitmotiv del libro, placer y dolor de cabeza, producto de terminar renegando de los propios actos o que nos inviten a renegarlos), si bien tendrá que soportar el pedido inevitable de formalizar con alguna, entre quejas, deslindes y machaques sarcásticos.

El mal de Portnoy es un libro que es toda la lectura un monólogo, el de Alexander a su psicoanalista, el Doctor Spielvogel, uno de gran habilidad narrativa, suma solvencia, partiendo de un lugar que pudo acartonar el texto y cansar al lector, pero que es todo lo contrario, demuestra un gran ritmo, es ameno, genera muchas imágenes mentales, presenta harta variedad explicativa bajo un logrado dispositivo oral, aunque dentro de una monotemática, el deseo sexual incontenible de Alexander, de lo que para muchos puede ser una normal soltería, pero que habla de la libertad, de nuestro libre albedrio, y de romper con tabúes y cualquier limitación de no anclarse al placer, que es discutible, pero valioso en su discusión, por encima de ser simplemente irreverente, o de proclamar la sordidez, apreciando que Roth puede tener un lenguaje directo, pero mantiene ciertos parámetros en el exceso, de lo que en buena parte se escuda en lo carismático juvenil y en el humor, en la cierta inmadurez de todo hombre, mezclando espontaneidad, descubrimiento, aventura y vivacidad, con una tesis cultural y social bajo el brazo que suena muy americana (el libro es un canto nacional), aunque Roth haga sus bromas sobre esta percepción de identidad en pugna, usando además la lengua hebrea, no pudiendo desligarse de su herencia judía, en la que parece una batalla perdida, pero, aun así, sin final próximo. 

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