martes, 29 de septiembre de 2015

La visita

Buen número de personas le consideran su retorno al éxito, al buen cine, al respaldo del público y de la crítica, del director indio M. Night Shyamalan, aun con un presupuesto bastante bajo, en un filme de metraje encontrado (found footage) y mockumentary, sobre la visita de dos chicos de 15 y de 13 años a la casa de sus abuelos, a los que nunca han visto ni conocen y quienes yacen distanciados de su madre por fugarse de joven del hogar con un pretendiente, la que separada está pasando una semana de descanso con una nueva pareja, al igual que los chiquillos en una granja en Pensilvania, mientras la adolescente Becca (Olivia DeJonge) graba un documental sobre su visita, con la ayuda de su hermano menor, Tyler (Ed Oxenbould).

Una cosa que engancha rápido con el espectador es la indudable simpatía que trasmiten los dos muchachos, su rapidez mental y audacia, su madurez, alegría e intensidad, de lo que el niño se pone a rapear continuamente, es su hobby, aunque es lo de menos, hasta puede ser molesto en ese sentido, pero en donde se asume cool, desenfadado y mayor. También podemos ver que tienen conflictos propios de su edad y las circunstancias clásicas de disfuncionalidad familiar americanas, como que Becca le tiene resentimiento a su padre por su abandono del hogar (generando un lugar de drama emocional, habiendo más de uno al respecto), y por otro lado no se siente bien consigo misma, mientras Tyler sufre de excesivo cuidado con los gérmenes. Ellos manejan el rumbo del filme, y le otorgan efervescencia, como que Shyamalan le da credibilidad, ritmo y naturalidad a la idea de la cámara entre sus protagonistas.

Sobre lo más importante, si da miedo o no, si funciona, debo decir que el giro central de la propuesta, como a media hora de acabar el filme, tiene de potente sorpresa terrorífica (lo cual es importante no conocer, que irá hacia la lógica interna del artefacto, concluyendo en su redondez narrativa), conteniendo un buen susto, el mejor de la película, fuera de su sencillez argumental, produciendo una grata nueva funcionalidad, entre el desenfreno y el hallazgo, generando suma incomodidad y una peligrosidad palpable, impredecible, en un cambio de figura, donde la comprensión se torna en tensión, lo raro en pánico, estando por encima de la enarbolada desconfianza (véase esa prominente ocurrencia fuera de lugar que no sea lo macabro en meter a la nieta a limpiar en el interior del horno, como en un cuento de brujas, que es parte del físico de la abuela), de aquel tira y a floja de una hora de metraje discreto y naturalista, en el anido de los consuelos. Ya no se trata de juegos menores como la persecución debajo de la casa que genera un estado siniestro, justificado con lo cotidiano, ni de solo pequeños hechos freaks, misteriosos o abruptos, aludiendo la longevidad, que yacen calmados por el sentimiento, sino de una amenaza en desbocado in crescendo, partiendo de esa ruptura y llamado del suspenso, cuando marcan las nueve y media de la noche y la abuela Doris (Deanna Dunagan) hasta blande un filoso cuchillo, en una oscuridad e inestabilidad que alude verbalmente, como poseída por el cine de terror nipón, en la forma de un espectro, moviéndose aterradoramente, no siendo todo, porque el abuelo John (Peter McRobbie) es otra fuente de miedo, de sorpresas.

La visita es un pequeño punto de inflexión positivo en el cine de Shyamalan, tras la gloria y máximo logro, con su obra maestra, El sexto sentido (1999); su segundo reconocimiento de talento en El protegido (2000), las que simbolizan su mejor momento creativo; su etapa discutible pero aun rescatable, a un punto de culto, en Señales (2002) y El bosque (2004) donde muchos vemos ridículo donde otros hallan genialidad. Su estado de caída tras La joven del agua (2006), tratando de sobrevivir a la lucha entre el odio y el amor hacia su séptimo arte. Para llegar al rechazo masivo con Airbender, el último guerrero (2010), y After Earth (2013). De lo que hoy nos llega su humilde rejuvenecimiento, no espectacular como para celebrar efusivos, como no lo es el trance futbolero del niño venciendo una tara risible, pero sí una propuesta decente en general. 

lunes, 28 de septiembre de 2015

NN

Con el cine peruano existe de parte de uno -de críticos y espectadores- ambivalencia, por un lado está la conmiseración, la excesiva tolerancia celebratoria, y la empatía primaria con nuestra realidad y nuestro cine, el goce intrínseco de verse reflejado e identificado en nuestra cosmovisión, y por el otro está la realidad misma del trabajo en sí, que nos hace nadar a menudo en la desilusión, observando las tantas carencias y defectos, la falta de arte nacional, de lo que sopesando ambas quien escribe busca y espera por algo particularmente especial o decente, y en ese trayecto es que aparece NN como la merecida mejor película nacional del 2015 (y una aceptable representante a un posible cupo a los Oscar 2016), salvo que otra le arrebate el lugar a último minuto, como que se estrene y se pueda ver Videofilia (y otros síndromes virales), de Juan Daniel F. Molero, que ganó un importante premio, uno de los Tiger Award, máximo galardón del festival de Rotterdam 2015. Dicho esto, también hay que agregar que Paraíso (2009), la ópera prima en ficción de Héctor Gálvez, fue recibida con grandes aplausos por la crítica peruana, un filme que exhibía un aspecto documental, y tecnicismo estético a veces molesto pero original, en un cine social sobre unos adolescentes de una zona populosa y marginal llamada Jardines del paraíso, quienes trataban de volar fuera de sus limitaciones, en el que era un filme austero y por una parte típico, que en lo personal encuentro interesante, pero de entusiasmo sobredimensionado, a diferencia de NN en que hallo una notoria superación.

NN es un filme sobre la guerra interna, sobre las fosas comunes clandestinas, de cuerpos asesinados, exhumadas por forenses, en un filme donde su aspecto político es sutil y elaborado, fomentando un filme complejo donde la inteligencia del director se ve en reflejar el desinterés del estado y la falta de profundización de las investigaciones, más allá del dolor inmediato, en la imagen de trasladar y “abandonar” las cajas con los restos humanos estudiados en una azotea gubernamental, como quien arrima desperdicios o cosas inútiles en un lugar de olvido, todo bajo sufrientes silencios de los interesados y seres conscientes, en medio de la frustración y el apasionamiento por resolver sus misterios de parte de su protagonista, Fidel Carranza (Paul Vega), que con un rostro taciturno y agotado de la vida busca en su soledad resolver el caso de un sorpresivo noveno cadáver aparecido en una fosa, con la curiosidad de llevar en un bolsillo la foto de una mujer no identificada. Con él una humilde anciana de nombre Graciela (Antonieta Pari) reconoce la chompa de su marido perdido/secuestrado en 1988, por se supone militares, y tiene la natural fijación de encontrarle paz y sepultura, con lo cual la herida busca sanarse, pero es el deseo de Fidel el que predomina como mensaje en el filme, el de seguir indagando por el pasado hasta hallar la que es una pregunta sin seguramente posible respuesta final, con lo que la historia es un lugar oscuro que carcome ciertas entrañas. Y en ese aspecto el filme se mueve con gracia, con intelecto, sin por ello abandonar el llamado primario de las emociones, como con aquel encuentro del cuerpo de una niña asesinada, luego dejado en claro con la visión en vida de quien es y qué significa, un dolor enorme, como aquellas lágrimas de la forense.

La fotografía de la propuesta es realmente bella, sin ser de fácil cercanía cinematográfica, pero que sí tiene que ver con la ciudad (en un “gris” congruente con la lentitud de la película, mientras su temática nos toca de cerca), en colores terrosos y fríos, como los sentimientos que traslucen  los personajes, la historia, las perdidas y el sufrimiento de una guerra fratricida que deja crímenes sin resolver e impunidades, donde el culpable es gaseoso y remite a algo más grande, al conflicto mismo, quedando solo la punta del iceberg en la lectura de los cuerpos. Igual lo hace el paisaje breve de la Sierra.

La elegancia y el cuidado del filme sale a relucir en su narrativa y estética, poniendo a la ubicua naturalidad criolla, por la que el espectador primario clama, en un personaje como el de Lucho Cáceres, dejando el lugar común de un actor como Manuel Gold a un ratio atípico a él, donde mira, apenas habla, interviene poco, yace serio. El diálogo posee espontaneidad y realismo, sin lo chabacano, aludiéndose indirectamente como en las bromas llanas pero no excedidas durante el cumpleaños de una de las forenses o en los intercambios de posturas sobre revelar o no el aspecto de un pedazo de rodilla como único resto de un difunto a sus familiares, en que deben ser profesionales, sin embargo es inevitable no sentirse involucrado internamente. El uso de la crueldad o frialdad de los homicidios yace bastante tratado, a veces obviamente, aunque las palabras claves yacen elípticas.

Por otra parte el aspecto social, las diferencias de clases, entre el doctor y la empleada, entre Graciela, su hijo y el doctor Fidel Carranza, están muy bien trabajadas, viéndose mínimas pero perceptibles, alternando un trato educado, sin caer en lo políticamente correcto o falso. El filme es lúgubre como su protagonista, como esos cuerpos estudiados como objetos, de forma fidedigna, sencillamente creíble, pero a los que remite un silencio largo y discretamente melancólico, profundo, de respeto, como con aquella luz que anuncia una gran incógnita, y luego un vacío enorme. La sequedad del filme es muy valiosa, pero que tiene ratos dosificados de respiro, incluso en la expresión de Paul Vega, un actor experimentado, no siempre tan descollante, pero que ésta vez da en el clavo, muestra madurez como artista, y queda idóneo en la complementariedad con el sentir de las trágicas ausencias, que a su vez remiten a la pérdida en sí, más que a las causas que no se discuten, éstas quedan para otra película. El llevarse a alguien y desaparecerlo extrajudicialmente es la razón que importa, como la retribución del gesto en las alturas de gente invisibilizada e idealizada, aludiendo ponerse del lado del débil, del pacifismo, desde una mirada actual, la que trata de pasar la página, cuando el título indagatorio de NN remite a la incómoda e injusta nada.

sábado, 26 de septiembre de 2015

La profesora de parvulario

Nira (una entregada y muy interesante Sarit Larry, aunque no cuenta con particular experiencia ni fama), es una profesora de jardín de infantes que ama la poesía con devoción fanática, en quien entiende un vínculo particular de la lírica con el mundo (producto de tener veladas carencias emocionales, como la lejanía con el marido y los hijos adultos, aunque hay un trato amable, alegre y erótico entre ellos, como que también Nira creció en una familia pobre, y la poesía es algo especial que la marcó en su crecimiento, en la dificultad de coger y vivir la cultura cuando no hay que comer, aunque sea poco redituada económicamente y minimizada por otros factores externos, unos elípticos y otros no tanto, piénsese en la ubicua guerra con Palestina –que no se toca nunca directamente, más bien uno la busca o trata de intuirla tras bambalinas- o el anhelo de poder y dinero, las diferencias sociales, que es el tema central que le importa mucho al director israelí Nadav Lapid). Cuando Nira que trabaja su pasión en un taller de poesía quedará apasionada por el talento de un pequeño vate, Yoav Pollak, que como todo un artista maduro y profundo, entra en trance caminando de aquí para allá dictando versos a su niñera de color (estudiándose  por su lado la distinción racial como factor de identificación de clases sociales), hasta dejar prendada a su maestra, que querrá darle utilidad y relevancia al niño, primero tratando de entender de donde vienen sus palabras, luego haciéndolas suyas aunque sin aprovecharse de él, como a su vez tratando de que su talento florezca y sea apreciado, de lo que se genera un rechazo circense con alimentos tirados al escenario y en su complemento una redención histriónica en un baile moderno frenético con lo que se exhibe la juventud creativa del director.

La profesora de parvulario es un filme extravagante, en varios momentos, pero justificadamente, sobre todo en el entusiasmo “enajenado” que pone la maestra al niño, y en su comportamiento desmedido, producto de su fijación, que la lleva hasta lo sensual, la corrupción o la depresión, como quien está presenciando el resurgimiento de un nuevo Buda, que en propias palabras puede ser como Mozart a los 5 años, y nos recuerda -dicho ligera e irónicamente- al fanatismo ciego de la nana de La profecía (1976), que por el desenlace se coronará en un acto descabellado desesperado, si bien Lapid como en su película antecesora, recurre en realidad a un idealismo que nos mueve hacia lo “absurdo” y criminal (claramente, una lectura general de la naturaleza humana, y nacional), en una poética social, y es que se nos dice que el arte nos trasciende (como antes lo fue el prójimo pobre y desprotegido), mientras se nos habla de esa significación que pocos ven y valoran, sobre todo en la sociedad israelí, y que en la propuesta llega a lo metafórico, y en ese caso se trabaja con los límites, sopesando inteligentemente hasta qué punto hay que darle relevancia a las cosas, con audaces pros y contras, que hacen muy madura su exhibición, no tomándolo demasiado en serio, habiendo su cuota de relajo y contraste.  En lo que el niño, es la poesía, lo puro, el pretexto para movilizarnos hacia distinta temática, donde Lapid hace su jugada maestra, no solo nos habla del futuro, sino de los actos en sí de los hombres con sus prioridades, con su percepción del mundo, su país y sus semejantes.

Su anterior propuesta, Policía en Israel (Ha-shoter, 2011) es otra a valorar, en la cotidianidad y naturalidad en el oficio de policía especial, que llega hasta la irrelevancia mayúscula, pero deja ver muy bien cómo es su sociedad en particular, de lo que muchos pueden creer que es un campo minado, pero también tiene de té de tías. No esperen con ella una película de acción por más que involucre a una fuerza  de asalto especial, a comandos policiales, estamos ante un drama en toda regla, mucho si vemos que gira en parte en derredor del embarazo de la mujer de un policía, donde el sexo y lo ordinario afloran fielmente. Se puede ver que hace distinción con lo social en su arte y no asumirlo todo por la lucha armada, de lo que genera refinada autocrítica, mientras el tratamiento narrativo es menor por vocación propia, no busca la grandilocuencia y de esa forma perdura, en el que es un filme atractivo por personalidad.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Autómata

Ha sido una sorpresa, a un punto, la segunda película del español Gabe Ibáñez, ya que en lo personal esperaba muy poco de ella y creía hasta poder ignorarla, como muchos no han sabido ver, tanto que apreciarla ha sucedido en parte por casualidad. Hallarla en la cartelera ha sido encontrar algo saludable, en medio de la avalancha de películas para matar el rato que nos suelen caer. El filme no es perfecto, como tampoco lo fue su ópera prima, Hierro (2009), pero son obras a valorar especialmente, y estar atentos a los próximos proyectos de Ibáñez.

El título de su debut se debe a que el contexto es un viaje de madre e hijo, de María (Elena Anaya) y su pequeño Diego, a la isla de Hierro (Islas Canarias), en donde perderá a su vástago en plena travesía de mar. Este thriller juega con lo paranormal y lo psicológico, creando atmósferas lúgubres que se vuelven un quehacer machacador dando la sensación parcial de efectismo gratuito, pero que consiguen generar interés, mediante un argumento que provoca suspicacia por desentrañar su misterio, donde asoman alternativas a discutir, y la suya funciona muy bien. Elena Anaya por esta película mereció un premio en el festival de Sitges 2009.

Autómata es una película que intenta ser novedosa y diferente en una cosmovisión Ciberpunk y eso la hace un gran esfuerzo de identidad en un espacio grandilocuente, complicado de imaginar y bastante extraño por lo general, pero sumamente cautivante como subgénero, y aunque no abunda en el exceso, como se suele buscar (parece una producción humilde, pero muy bien trabajada en la esencia de lo apocalíptico y distópico, sin remarcar), a veces falla en el intento, como con los niños asesinos tocando la puerta y disparando a quemarropa por mandado, ya que viéndose ordinarios y angelicales se ven gratuitos, fuera de lugar sin más, por más que se viva en un mundo paupérrimo y lógicamente desesperado e impredecible, de calles sucias, corrompidas, promiscuamente iluminadas y en ebullición e inquietud perpetua, muy bien contrastadas con el desierto seco, misterioso, silencioso, desolado, mortal y blanquecino en una especie de diáspora. Lo mismo sucede con la autogeneración de un robot que parece una cucaracha mecánica gigante (de lo que incluso se dice superficialmente que el futuro de sobrevivencia será de la sobrepoblación de estos bichos, que suena a un lugar común, más que a un dicho científico), en lugar de lo que pareciera querer ser un perro, una mascota o de lo que trata, el siguiente escalón evolutivo, y es que uno esperaba algo mejor de éstas mentes maestras, aun planteando querer ser algo raro, disímil del orden humano.

Una de las mejores escenas del filme es un espléndido WTF o un giro impensado, como que te preguntas desconcertado ¡¿qué está pasando?!, ¡¿qué va  pasar?!, mencionando un instante incómodo y de aprendizaje en especial cuando el agente de seguros robóticos y protagonista central Jacq Vaucan (Antonio Banderas, que sorprende en un registro y performance interesante a lo que acostumbra) danza sensualmente con una robot en medio de una botella de alcohol, en lo que refleja la humanización paulatina.

La premisa, por una parte, es la de siempre, ¿pueden los robots comportarse igual que los seres humanos, por libertad propia y bajo emociones?, y al respecto la intervención creativa es sutil, delicada, mínima, auspiciando una nueva evolución de la población de la tierra, otras formas de hacerse con el poder, que de eso va a fin de cuentas, donde los autómatas (visualmente muy bien ilustrados), las máquinas pensantes, son el siguiente paso, para lo que antes deben romper dos protocolos, que son la base de la trama. Uno es no agredir (cuidar) a los hombres, y no tener la voluntad de cambiar su mecanismo, con lo que quedan limitados a las órdenes, temores y deseos humanos, que como se dice, son ellos contra nosotros, rompiendo el sentido de su construcción, de hacernos sobrevivir, de lo que se deja en claro que los robots pueden y buscan hacer mucho más, observando que la radiactividad es el punto de no retorno, como la ciencia -más el descontrol- se nos pone en contra, si bien queda ambigua, elíptica, poco desarrollada, la idea de una lucha y desintegración. Pero acoto que los autómatas son exhibidos pacíficamente, vistos como víctimas, otro tipo de humanización, que puede ser por el protocolo, aunque lo rompen, y no se ajustan los últimos (las baterías) a ello, pero también luce maniqueo y pesimista con la humanidad, salvo por Vaucan que como un moderno socialista ideal recurre a la traición. El comportamiento de Vaucan es muy primario y elusivo con justificarse plenamente, no obstante refleja toda nuestra imperfección, espontaneidad y ordinariez. Muchos pueden pensar que el filme adolece de mayor argumentación, que es cierto, utiliza lo indispensable, poco. Sus momentos son austeros, menores, la mayor parte del tiempo, pero eso le da cierta distinción, tanto como una cualidad de entretenimiento y movimiento elemental efectivo, que como en ese enfrentamiento final con el camión y los hampones -tipo película de acción- todo va sin grandilocuencia, con morosidad, con esfuerzo, como con suerte y con aire de poca cosa, lo cual ahonda en una personalidad autoral esquiva con las fórmulas convencionales, por encima de su propia imperfección y simpleza, haciéndome sucumbir a un mundo tan imaginativo, productivo y personal, desde lo esencial, lo aparentemente gastado y sin atisbo de solemnidad.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Mientras seamos jóvenes (While We're Young)

Pasó por cartelera recientemente, de lo que ha sido grato ver una comedia sutil y con delicadeza, como igual sucedió con Travesuras del amor (2014), que también estuvo por nuestras salas casi a la par, y fue como le llamaron por estos lares a la última película de Peter Bogdanovich, nombrada en el original como She's Funny That Way, una comedia de enredos al estilo del Hollywood clásico, pero a su vez recordándonos por momentos a Woody Allen. Y mientras esperamos a Mistress America (2015), la nueva de Noah Baumbach, que ya se ha presentado en otras partes, hablaremos de la anterior, Mientras seamos jóvenes (2014).

Noah Baumbach es un nombre  a tener muy presente, con un buen cine y filmografía que nada entre el drama y la comedia. Margot y la boda (2007), y Greenberg (2010) presentaban un sentido del humor algo extraño, con personajes medio fuera del estándar común, acostumbrados a chocar con la gente, por sus personalidades particulares, a veces no pudiendo adaptarse a los demás o no dejando adaptarse a otros con su intromisión, y mucho sucede como quien no lo quiere en realidad, es algo que les precede como un peso natural. Lo cual se trasforma en un cine más empático y amable con Frances Ha (2012) con una buena química entre director y actriz protagónica, con Greta Gerwig, que además es su actual pareja, haciendo un cine independiente, en blanco y negro, de factura sencilla, pero uno que ha logrado la máxima popularidad del autor y la complicidad con la crítica.

El calamar y la ballena (2005) articula más crisis que broma, dentro de la separación de un matrimonio entre dos escritores (los personajes de Baumbach suelen dedicarse al arte) que deben lidiar con sus dos hijos adolescentes defraudados por ellos, que sufren la ruptura y se hallan atrapados en su desarrollo personal, padeciendo el leitmotiv del cine de éste director, el sostenerse adecuadamente entre la gente y la sociedad. Como sucede en Frances Ha en que ella no halla reconocimiento a su talento artístico, en la danza, cuando muchas veces no puede ni pagarse un apartamento y debe trabajar de lo que sea, sin embargo tiene bocanadas de respiro, producto del background de su rica y alegre personalidad, como viajar a París sin ninguna pretensión excepcional. Sin olvidar que hay espacio en todas las películas de Baumbach para hacer actos incomprensibles para lo convencional.

El filme que nos concierne exhibe dos temas o dicotomías a discutir, teniendo vasos comunicantes entre ellos, uno es la influencia que recibe un matrimonio en los cuarenta años, sin hijos (no tenerlos les supone otra lucha de inadaptación y madurez), el de Josh (Ben Stiller) y Cornelia (Naomi Watts), de una pareja de veinteañeros, Jamie (Adam Driver) y Darby (Amanda Seyfried), unos hipsters con gusto hacia lo vintage, que tienen en común el mundo del documental, aunque sus búsquedas son distintas, uno parte de lo intelectual y el otro utiliza las claves masivas de la época actual. Jamie yace en ciernes de hacer cine admirando supuestamente a Josh (que se siente “secretamente” fracasado), y de paso a su famoso suegro que recibirá un homenaje por su exitosa carrera (presentado por Peter Bogdanovich), queriendo hacer algo en donde lo que importa es el yo y no la realidad por si sola y la veracidad y autenticidad, que es la otra temática, entre el purismo (la ética), lo ortodoxo y el dejar hacer a los hechos, de Josh, y el prioritario aplauso masivo, lo contemporáneo y la identificación emocional en primera instancia con el autor, de Jamie. De lo que surgen muchas relaciones interpersonales, en donde los de mediana edad, como reza el título, querrán –sin querer queriendo- ser jóvenes (quedando más tarde la conclusión de las diferencias, pero sin un tono lapidario o moralizador, sino irónico y comprensivo, hasta el WTF del niño con el implemento de punta, la cruel lejanía; lo cual es un acierto que mantiene finalmente el equilibrio entre las dos mitades del filme), creando un fuera de lugar temporal (la parte más entretenida), sumándole un choque con la creencias laborales en la segunda parte (la reflexión, del arte y la intensidad juvenil), viendo que antes se divertirán haciendo amistad y jugando a lo cool, en lo inter-generacional, de lo que pasan cosas graciosas en esa imitación, como que en especial Cornelia baile hip hop, o que asistan a una sesión de ayahuasca a la que se ridiculiza en medio de los vómitos y la borrachera del brebaje. 

lunes, 7 de septiembre de 2015

Wes Craven (2 de agosto de 1939 – 30 de agosto de 2015)

En honor a la reciente muerte de uno de los grandes referentes del cine de terror, un maestro del género, Wes Craven, a quien hartos le debemos mucha cinefilia, yo en particular por haber sido fanático de Freddy Krueger, mi personaje de terror favorito durante largo tiempo, por encima de otros dos máximos asesinos seriales del slasher, Michael Myers y Jason Voorhees, recomiendo las que llamaré como sus películas más trascendentales.

La última casa a la izquierda (1972)


La ópera prima de Wes Craven es una propuesta atractiva y, sobrevivientemente, particular, más allá del peso de estar viendo una obra llamada de culto en el terror y creerla por ello intocable, que sí logra estar por encima de su lujuriosa imperfección, su notorio cariz novel, al igual que apasionado, y cierto toque de molestia que produce, como con la extravagancia que exhibe el contraste con las matanzas, lo delictivo, el desnudo y el maltrato físico dramatizado bajo la irreverencia de una banda sonora diegética con continuas canciones típicas de los 60s que no armonizan en absoluto con las acciones y generan un choque palpable disonante, aunque no obstante logrando un contrapunto de consumado relajo macabro y de efectiva locura, que culmina en su primera parte en una especie de poética oscura musical en el lago.

Wes Craven tiene la genialidad cinéfila de adaptar libremente al terror una película monumental de Ingmar Bergman, El manantial de la doncella (1960), cambiando el estilo refinado dentro de un tiempo a un punto barbárico a otro código de vida donde el ajusticiamiento de propia mano es natural, en algo áspero y brutal, culpa de la peor violencia, el abuso y la violación a manos de unos jóvenes criminales salvajes, unos terribles asesinos, los que tienen de comediantes, de hippies, que ineludiblemente recuerdan al caso de Charles Manson que estaba en toda época, fines de los 60s, siendo su psicopatía una distorsión de la libertad. Como que los padres del filme, propios de su década, dan una "nueva" lectura del dolor trascendental, inmersos en el salvajismo, mediante otro tipo de justicia (reprobable), pero bastante típica del terror.

El filme rompe con las ataduras morales, el orden social y la ley (hay una fuerte carga de esta índole expuesta ligeramente, hacia ambos lados, atribuyendo culpa a la diferencia de clases), de la supuesta civilización y la delicadeza de la gente culta, naturalmente afable y educada, en Craven curiosamente de forma más abierta, llana y rústica que su inspiradora predecesora, producto del género explícito al que se adscribe, tanto como a su anhelo de priorizar trasmitir miedo, que quiere plasmar de manera tan transparente, directa y dura, en que el bajo presupuesto (que permite ver fácilmente el uso del corte de la toma para crear la exhibición sangrienta), y la efervescencia de la edad y el ímpetu inicial del director, de los tiempos y del séptimo arte que se hacía por ese entonces dan cabida a que se manifieste un cine que llamaré de bruto, primario, pero tan intenso y vital que contagia entusiasmo.

Luce por una parte complejo generar empatía, en cuanto a los padres vengativos, a pesar de conocer y tener cerca los asesinatos de unos criminales fríos e indiferentes con sus actos, los que reflejan la tergiversación de lo generacional, o una despreocupación en el vicio y no en el pacifismo, que en su total inconsciencia y libertinaje se topan con la horma de su zapato una vez desencadenada la furia interna de todo ser humano, ante lo sagrado o las pulsaciones determinantes, como que todo hombre puede ser un asesino en potencia, en una perspectiva amplificada por la cualidad de entretenimiento puro y duro, como en aquellas trampas caseras (actividad clásica de Craven) y preparación para el motín de la bondad, no dando por hecho las reacciones humanas, en lo que se exagera, a manera de mensaje plano, pero grato gesto hedonista, del que poco le importa las normas.

Es un filme que tiene un título un poco desconcertante, ya que el contexto se posa en medio de la naturaleza, no en lo urbano, en los suburbios, como implicaría a priori, más bien en el sur americano, perpetrando la ruptura del amor y la paz en el choque de mundos disimiles, generando un especie de caos y anarquía, no sólo adjudicado a la libertad del terror. 

Las colinas tienen ojos (1977)


Ésta película sigue la ruta de la anterior, parecen hermanas de su tiempo, aunque el resultado es más fino, limpio y diáfano, también menos creativo, aunque sigue siendo efervescente y potente, imperfecta pero cautivante. Tiene de caótica en su trama, de libre, en que una familia va a vacacionar al desierto, y en su interés de revisar al paso una mina se quedan abandonados y varados en la intemperie, expuestos a una banda de mutantes caníbales. En el papel suena más loco aun, pero de todas maneras en buena medida resulta rocambolesca y le va a todo lo inimaginable, estando cargada de lo improbable. Es como un lugar que a fin de cuentas no sigue reglas, guiándose por el entusiasmo de generar sorpresa, provocando un terror llano y franco. Desde, la marca de muchas historias de terror, el encuentro con el tipo raro del grifo rural (para el caso un anciano), padre de Júpiter (los criminales tienen nombres de planetas), que da inicio a nuestra próxima historia de terror, atisba la tensión, la alerta, expresando: "tuve un hijo deforme, malévolo, se volvió agresivo, lo molí a golpes y lo abandoné a su suerte al inclemente sol, sin embargo sigue vivo ahí afuera, ha procreado...", el resto, es el asomo del peligro latente, y ese descubrimiento mortal de que las colinas tienen ojos. 

Nuevamente hay trampas e ingenios rústicos para deshacerse de los malos, y toman especial participación perros pastores capaces de matar, en un espacio abierto alrededor de una casa remolque y rodeados de cerros, un espacio que genera mucho movimiento y novedad, más de lo esperado. Tiene varios giros y contraataques, como en su película anterior, aunque, desde luego, sucede dentro de la estructura típica, primero el poder y la demencia de la amenaza, luego la defensa de las víctimas, en una cualidad clara de divertimento sin pretensiones.

Sobresalen dos nombres en especial, una es la musa del terror, la actriz Dee Wallace, y otro el poco agraciado Michael Berryman que es como la marca representativa de las 2 películas de Las colinas tienen ojos (pero al que no justifican muy bien en su retorno en la segunda parte). De lo que hablando de la secuela, es verdad que no es ninguna maravilla, la que se mueve en las sombras de la desaparición homicida, lógicamente intentando ser decorativa pero no tan ingeniosa finalmente en sus muertes, en lo que no se muestra al asesino directamente hasta avanzada la historia a manera de cierto misterio como en un slasher clásico. En ella regresan las trampas, pero ésta vez los malos también tienen las suyas (¡y funcionan!), aunque poco y más lucen como cavernícolas y su ingenio, como de uno que solo llega a hablar una sola vez, parece toda una hazaña, cuando atacan a un grupo de jóvenes perdidos por el mismo desierto de antaño en un viaje de ómnibus para curiosear sobre el pasado de los sobrevivientes de la primera película. Ésta es una historia pobre, pero yo diría que tiene su cuota de entretenimiento, fuera de que carezcan de gracia sus personajes, aunque algo de cool tienen siendo motociclistas (muy apropiado por la zona, pero igualmente a veces la acción con ellas luce forzada), donde la ciega con alta percepción no es particularmente Sidney Prescott.

Bendición mortal (Deadly Blessing, 1981)


Una película poco apreciada e ignorada de cierta forma por los fanáticos, con terror sobredimensionado, en parte risible y hasta "apagado", pero que igual tiene mucha gracia, porque es un filme importante, uno bisagra, entre el primer Craven, el del cine bruto y efervescente, y el de la gloria de Pesadilla en Elm Street; donde de una tumba profanada viene el susto del vuelo de unas gallinas enloquecidas, recordándonos que el terror yace en el campo, en una comunidad religiosa fanática acentuada en el pasado, dirigida por Isaiah Schmidt (Ernest Borgnine) que es todo lo retrograda posible, parapetado en su fe, típico de tantas historias. En medio el pecado y la tentación que significa la visita de dos bellas amigas de una viuda igual de guapa. Una de ellas es la principiante Sharon Stone.

El terror viene de varios lugares, de niveles diferentes, y es recurrente, lo cual es un intento palpable loable de generar nuevas formas de miedo, pero poco termina siendo efectivo o terrorífico, como lo minúsculo y cotidiano amplificado en la tensión y en lo musical (hasta hay banda sonora, aunque breve, tipo La Profecía, 1976), una araña grande cayendo en nuestra boca, una serpiente en la bañera al estilo futuro de Pesadilla en Elm Street, un espantapájaros intempestivo tras una puerta, una pesadilla sobre un acecho fatal y premonitorio, o la oscuridad total de un granero y la sensación de que nos persiguen, pero también se da en misteriosos accidentes y escabrosos homicidios sin resolver, bajo la sombra del Íncubo/Súcubo que claman los fanáticos como el personaje del actor Michael Berryman.

Por los asesinatos no preguntan demasiado en el pueblo, yacen herméticos, viviendo en una comunidad tan cerrada e introspectiva (lo digo como defecto de austeridad), dispuesta a un Dios castrador y no a lo terrenal. Grave error porque el mal se manifiesta humano, y el germen se halla en todas partes, por sobre el rechazo de las reglas internas. Sin embargo está la amenaza mutua flotando en el aire, fricción, hacia la gente que se siente y los aprecian de la ciudad, que no son parte de los llamados hititas, una secta Amish, cristiana. En sí, es un filme muy criticable y defectuoso, pero en sus tantas formas del terror gana simpatía, aparte de que esa lucha entre lo contemporáneo y lo anacrónico en las relaciones sociales tiene su encanto y hace del filme uno entretenido, sumado a la hermosura y sensualidad de sus actrices de espíritu moderno, fuera de que las muertes terminen siendo muy básicas, secas, desprovistas de fuertes impresiones.

Pesadilla en Elm Street (1984)


El máximo logro en la carrera cinematográfica de Wes Craven, inventar a Freddy Krueger, aunque solo dirigió la primera y la última de las siete que han habido (que como se llega a decir irónicamente en Scream, la uno es la que realmente importa). Su etapa de gloria, de consenso absoluto y aplauso masivo, logrando dejar en el género en que se especializó a un asesino serial surrealista de la talla de los más icónicos, uno que mata en pesadillas. La premisa es sencilla, pero bastante original, un tipo quemado vivo que solía abusar y matar a niños con un guante con filosas navajas, un especie de hombre del saco moderno, regresa en sueños a matar a los hijos adolescentes de sus asesinos, uno por uno cuando cierran los ojos. Si viven nadie les cree, no tienen algo tangible que señalar, que no sea una historia, un cuento de terror, siguiendo el razonamiento racional, como el de tipo asesina a novia y se suicida, hasta que llega una última noche (¿o es que es la intemporalidad de una sola pesadilla?) cuando la teoría puede ponerse en duda, perpetrándose la materialización real de la grandilocuencia psicológica, en un estado de naturalidad, frescura juvenil y estilística explosiva. 

El filme apela al miedo más básico, como con aquel salto de soga de unas niñas susurrando fantasmagóricas una canción infantil sobre éste boogeyman (recuerdo de las muertes pasadas), mientras yace corrompiendo el lugar de mayor tranquilidad que tiene el hombre, cuando duerme, en esta especie de pequeña muerte temporal, de nada, que refleja nuestro “inexplicable” subconsciente, recurriendo al espacio donde todo puede ocurrir, rompiendo la línea entre realidad y onirismo, véase aquella garra que sale del agua en la bañera o esa bolsa de cadáver sangriento arrastrado por un pasadizo mientras llama la muerte. Momentos maravillosos de miedo, junto a otros plagados de sangre como en el que participa un muy joven Johnny Depp, con 21 años, en su primera película. 

Poner a Robert Englund como Freddy Krueger fue todo un hallazgo, quien lo hubiera dicho. Aporta a su más representativa actuación un cariz de monstruo todopoderoso que está  por encima de la normalidad de la rudeza, viéndose macabro y sarcástico, le divierte el mal, mientras se figura en la fantasía, no fija a la brutalidad directa, sino al manejo artístico de lo exógeno e inconsciente (aunque juega a lo físico), de la mano de su carisma y su aspecto desagradable y vulgar, como supurar putrefacción de su cuerpo o lucir como un esqueleto.

Nancy (Heather Langenkamp) quien como estipula el arte de Craven no se quedará de brazos cruzados, será una heroína cabal, ingeniosa y aguerrida, rompiendo con cualquier pasividad de género, volviéndose un personaje típico del género de acción. Dejará de ser una víctima, salvándose una y otra vez, hasta querer perpetrar una salida. Sólo que el límite entre lo verdadero y la irrealidad se escamoteará hasta el final en que surge la pregunta de ¿qué existe y qué no? Ese es el entretenimiento. Se siente que todo es verdad, como en la trasmutación de que continua en nuestras pesadillas, insinuado con el miedo que nos trasmite la película.

La serpiente y el arco iris (1988)


Esta película es curiosa, a un punto, en la filmografía de Wes Craven, quien no se quedaba quieto, intentó hacer películas de terror distintas, ésta en particular tiene mucho de aventura, y los zombies son mencionados como algo científico más que al estilo de George A. Romero, se trata de paralizar un cuerpo, pasarlo por muerto por un tiempo, y luego regresar a la vida, en lo que Dennis Alan (Bill Pullman) viaja a Haití, en la época de la dictadura de Jean-Claude Duvalier, conocido como Baby Doc, para hallar éste polvo especial, en una tierra donde la magia negra y el vudú, la fantasía de los poderes sobrehumanos, son lo natural, a lo que se enfrenta al Capitán Dargent Peytraud, que lidera a los Tonton Macoute, una policía especial, paramilitares protectores que en verdad existieron en el histórico gobierno absoluto de Baby Doc. El capitán maneja esos poderes ocultos y quiere que no se den a conocer, por lo que persigue a Alan que yace en amoríos con una nativa estudiosa del tema.

El protagonista tiene pesadillas premonitorias y alucinaciones que surgen muy reales, con lo que el sentido de surrealismo del filme es parte de la esencia terrorífica capital de la historia, mientras a la vez hace hincapié en una naturaleza mítica, como con la presencia de un tigre, que se mezcla con cadáveres y entierros prematuros (leitmotiv del filme, teniendo en cuenta lo terrorífico que significa morir asfixiado en la profundidad de una tumba), mientras yace la búsqueda de que alguien cree la droga mágica; en la que es una propuesta de poco terror, trabajando la época pre-revolucionaria de 1985 de este país desde un tema y una lucha ficticia, en la importancia de trasmitir la identidad nacional al mundo, pero que en los últimos minutos de metraje saca todas sus cartas y se vuelve una historia cabal de terror, con lo paranormal, lo maravilloso, lo demoníaco y extravagante a la orden. El título significa lo que queda entre el cielo y la tierra, el limbo. El lapso de la droga.

Como acostumbra Wes Craven trabaja con actores poco conocidos o desconocidos, sometiéndose al encanto de la trama en sí, a su ingenio narrativo, y por encima de resultados es elogiable la búsqueda, especialmente ahora contando con gente de color, en un mundo exótico si se quiere, folclórico, pero sin sobreexplotarlo más de lo necesario, primando imprimir entretenimiento, lo básico, sin tampoco caer en lo demasiado fácil. Posee una atmósfera decente. No es una película espectacular, aunque si interesante en su tratamiento, que maneja un uso original de la idea del zombie, como I Walked with a Zombie (1943).

El actor Zakes Mokae que hace de Peytraud, así como Michael Berryman en películas anteriores, imprime personalidad, siendo la parte oscura y atemorizante del filme, el peligro real y su némesis del médico Alan (aparte del simple augurio de la muerte), desde dos flancos, lo extraordinario y su condición de jefe paramilitar, enfrentando al héroe a una cultura distinta, capaz de posesiones, persecuciones mágicas a gran distancia y revivir a los muertos, con lo que la aventura se fusiona con el horror y se construye una propuesta particular, novedosa, borrando este maestro del terror los límites rígidos del género.   

Vuelo nocturno (Red Eye, 2005)


Éste es un cambio de registro para Wes Craven, un buen thriller, sencillo, pero redondo, primero con química y seducción, luego viene el abuso físico y psicológico, y termina con una lucha frontal de lo que parece una película de acción, o una persecución y combate de algún slasher, tipo Scream, lugar conocido y maestro para Craven, pero que en el otro también lo hace muy bien y hasta diría que es la mejor parte de la obra, como lo es por su lado el romance casual y el encanto que se forma inicialmente entre el futuro verdugo, en una misión, y su dulce y amable víctima, en un tipo de violencia doméstica o de género; habiendo una pelea cuerpo a cuerpo que no tiene nada que envidiar a ninguna heroína ruda y autosuficiente del cine de artes marciales, en la piel de Rachel McAdams como Lisa Reisert, una de las mejores actrices de la actualidad, que aquí recién empezaba a hacerse popular (aunque ya era reconocible con la híper romántica The Notebook, 2004), encargada principal de un hotel de lujo quien se ve coaccionada por un aparente mercenario terrorista interpretado por el carismático y elegante Cillian Murphy que lo tiene todo planeado al milímetro, aunque las pautas son mínimas, pero precisas y suficientes, y lo que quiere es cambiar de habitación a un tipo y a su familia para enviar un mensaje fatal de intimidación. El filme a ese respecto es muy elemental  y esencial, casi se diría que el asunto central es un pretexto del filme, un macguffin, para generar tensión, suspenso, expectativas y un ambiente psicológico, aparte de giros, reacciones y pugnas por lograr el cometido, importando muy poco las razones.

El filme tiene un pequeño subtexto, típico del género de acción, sobre abuso a la mujer (acerca de la indefensión), de ahí que la protagonista sea una heroína de armas a tomar como reverso a una situación traumática. Tiene un buen cambio la trama, de la pasividad y el control de un psicópata asesino sofisticado y llano a partes iguales, a un contraataque trepidante, en la que es una propuesta austera, chiquita, cumplidora, pero muy bien hecha, inteligente y proporcionalmente distribuida, sumamente entretenida, apreciando que no todo lo grandilocuente es lo mejor ni todo lo “discreto” inútil o paupérrimo. Dura apenas un aproximado de 1 hora y 15 minutos y es todo lo perfecto que puede ser desde su sencillez argumental y de suma intensidad, vitalidad  y portentoso ritmo; lo que hace de su simplicidad una apariencia engañosa, siendo como La habitación del pánico (2002) de Wes Craven, y mucho más, una de sus mejores películas.

Saga Scream (1996- 2011)


Compuesta por 4 películas. Originalmente escrita por el guionista Kevin Williamson que se encargó de dos secuelas más, de la segunda y cuarta parte también, iniciándose y haciendo historia en el cine con ella, ya que como todos sabemos Scream no solo fue sumamente taquillera, sino revitalizó el slasher, le dio nueva vida, cuando se le consideraba muerto, gastado, a éste mítico subgénero.  Craven como acostumbraba le dio la oportunidad de lograrse a un artista joven y novel, como ha hecho con tantos actores y actrices durante su larga carrera, ahí tenemos el tremendo empujón que le dio a principiantes como Johnny Depp y Sharon Stone cuando aún eran imberbes en las lides cinematográficas. Pero hablando específicamente de Scream casi todo el reparto tuvo esa ayuda (salvo usar a la famosa Drew Barrymore como audaz apertura de cómo serían los asesinatos de Ghostface, y hacer historia matando salvajemente a una estrella en pleno arranque), aunque muchos han quedado en el “anonimato” como nombres propios, no obstante haciendo de sus tres pilares protagónicos un lugar de gran identificación y popularidad, refiriéndome a la periodista sensacionalista, implacable y oportunista Gale Weathers (Courteney Cox), al torpe y despistado ayudante de alguacil y más tarde jefe policial Dewey (David Arquette) y a la estelar, la superviviente y heroína Sidney Prescott (Neve Campbell).

La saga Scream tiene la particularidad de que ejerce la metaficción en gran medida, implica la sátira y el análisis cinéfilo del género, va desentrañando los lugares comunes del terror, mientras juega con ellos, los pone en pantalla, como que no se asesina “nunca” a un joven virgen o casto, o no suele ser común matar a un gay, o también que la persona más popular y bella es siempre blanco inicial de muerte, como tampoco que no faltan rubias estúpidas que enseñen las tetas, o que uno corre hacia el lugar más errado a poco de escuchar un ruido, y un sinfín de nociones típicas asumidas como broma y lenguaje referencial crítico y aun así novedoso en su “redundancia”, porque Scream y Wes Craven tienen mucho de comedia, de ese humor negro que se ríe de lo que no debe, que permite visualizar el cliché y enloquecer y cautivar al cinéfilo, como tantos retratados, porque aquí hay personajes que trabajan en tiendas de vídeo de renta, pertenecen a cineclubs, tienen blogs cinéfilos, no dejan de comentar de séptimo arte a cada rato, disfrutan de los asesinatos, hacen fiestas para celebrar el cine de horror, tratan de conjeturar que va a pasar o que no debe suceder, ya que Scream también es misterio, averiguación, y ahí entra a tallar lo simplemente psicótico, muchas veces lo arbitrario e impredecible, otras veces la complejidad demencial y el oscuro recuerdo materno como en la tercera película que fue escrita por Ehren Kruger (que trabajaría después en los guiones del remake de El aro, 2002, o las películas de Transformers) que le da un toque distintivo aunque no mejor al grupo de filmes, pero guarda aun la cinefilia que caracteriza tanto a la saga, haciendo mucho uso del doble y la metaficción en las películas internas de la trama que adaptan los asesinatos de Woodsboro (ciudad ficticia de las propuestas), de Ghostface en el propio ecran, llamadas Stab (Puñalada) y que irónicamente se puede ver que las dirige Robert Rodríguez.

De Scream 1 y 4 suele decirse que son las mejores, y es que guardan muchas similitudes y grandezas, aunque también Kevin Williamson recoge alguna idea de Ehren Kruger y éste lógicamente muchas previas de Williamson, ya que la película ficticia Stab es concebida anteriormente en la 2 (habiendo actrices interesantes o curiosas en ellas, como Heather Graham, Tori Spelling –de quien bromean diciendo que sería la peor opción de una Sidney Prescott-, Anna Paquin –que hace de nueva Drew Barrymore- o Emily Mortimer), como la noción del doble, con la prima menor de Sidney, Jill Roberts (Emma Roberts).

Scream suele tener aperturas geniales, que juegan con la idiotez adolescente (punto de soporte, tanto como público objetivo, como el de las nuevas tecnologías en la cuarta). Ya sabemos de la primera con la legendaria frase mortal de ¿cuál es tu película de terror favorita? (que regresaría como slogan en la última) y la pregunta de la cinta de terror en la que muchos fallan en reconocer al verdadero asesino, en viernes 13 (1980). La segunda Scream puede verse como una repetición menor del estilo de la primera, un apéndice, no muy creativa pero bastante entretenida, que tiene otra gran introducción, nada más y nada menos que en una sala de cine y en el baño del lugar, zonas públicas cargadas de fanáticos fuera de sí que se retroalimentan de la propia obra, y que juega a bromear con la participación de los afroamericanos en el cine de terror, otro punto de Craven en sus películas, la participación de gente de color en roles principales, al punto de que no extraña que la parodia de Scary Movie (2000), de Keenen Ivory Wayans se base en Scream, aparte de lo lógico de tomar de punto un lugar de tanta actualidad en el género y la que mucho se aproxima por su cuenta a la comedia. En dicha apertura de la segunda aparece un rostro hoy fácil de identificar, el de Jada Pinkett Smith, y así muchos pasan por la saga para ser inmortalizados con los crímenes de Ghostface, que valga la curiosidad puede ser cualquiera, ya que incluso se dice que el traje lo venden en todas partes y es tan popular. Como Sarah Michelle Gellar, la bella modelo de playboy Jenny McCarthy (que se presta a la burla verbal, hace de una actriz de segunda a la que simplemente se le quiere ver desnuda) o Henry Winkler; también se ven cameos curiosos, está el del propio Craven como barrendero disfrazado de Freddy Krueger, o uno de Carrie Fisher. Scream 3 rompe con la tradición del espectáculo inicial y se estanca en su fijación con los dobles y el límite de lo real y ficticio, apelando a sorprender matando a un supuesto ícono de la serie. La cuarta Scream en cambio repite pero con ese mismo sarcasmo primigenio que le hizo sacar conejos de la chistera a Craven, venciendo la apatía del cliché y el agotamiento, que hacen de Scream la segunda franquicia en que éste maestro del terror deja tremenda huella en el slasher.