jueves, 13 de agosto de 2015

El abrazo de la serpiente

La película del colombiano Ciro Guerra, que estuvo en la Quincena de Realizadores, Cannes 2015, ganando el premio Art Cinema, y que se encuentra en la competencia oficial del 19 festival de cine de Lima, aparte de ser un largo viaje visualmente hermoso en medio de sombras por la poderosa y enorme selva, de 2 horas de duración, pero harto entretenidas, tiene distintas vertientes como significación y temática a explorar y cautivar, predominantemente y por encima yace la mirada “antropológica” de lo indígena amazónico y la agresión del mal foráneo del europeo caucásico contra su forma de vida, induciéndolo a perder su identidad y mostrarlos perdidos en la locura y el maltrato, recuperados y correctamente fusionados en la costumbre representada en el viaje del tipo de la ayahuasca, en la medicina tradicional, en la cura mística silvestre, con la planta de la yakruna, droga y fuente de conocimiento del hombre en sí, como un gestor de los sueños y de lo imposible, en la ruptura con la hegemonía déspota y destructiva a cambio de recoger al “otro”, ser parte y uno, por medio del conocimiento compartido (que como se dice, es de todos, entre la ciencia y las plantas), ya no enfrentados ni temiendo por no liberar la sabiduría de sus respectivas cosmovisiones, tanto como dejarse abrazar por la simbólica serpiente que es la representación general de las tribus, véase una lucha entre un gran felino y el reptil característico que es la recurrente embestida violenta entre dos mundos, unos que deben aprender a convivir, a superar sus traumas e iniquidades, su desconfianza, aunque sea una lectura en mayoría anacrónica, desde la omnipresencia y libertad impoluta de la selva, de su recorrido por ríos y su tupida vegetación, domesticada desde la perspectiva dominante indígena que nos moviliza por el filme, aunque desde lo atemporal en aquel blanco y negro, si bien remite siempre al pasado, a comienzos del siglo 19, no obstante con pequeños datos históricos en el aire, que no hacen mucha diferencia, porque lo “indefinido” fusiona perfectamente todos los tiempos, el dolor pretérito, lo contemporáneo perennizado en la droga medicinal y la proyección de la introspección histórica y la consciencia de esos pueblos amazónicos originarios, en un respeto por su cultura bajo mucho mayor aprecio que lo europeo, habiendo maniqueísmo, y efecto primario en sus figuras generales, aunque lógico no desestabilizador en su construcción, para terminar en un mensaje con una revelación capital positiva, de sanación a distintos niveles, habiendo una cierta homogenización a través de la risa altisonante de los indios que a través de Karamakate tienen una figura de mucha seguridad y fuerza, creyendo en sus dotes de curandero, en un folclore que es determinante en el filme.

Otra vertiente sumamente interesante es la de la reencarnación, el de un viaje a lo esencial, a través del mundo indígena de la selva colombiana, pero perpetrándolo como quien se mete en un mundo alterno, ya no de nacionalidades, ni siquiera la de Colombia, sino del espíritu autóctono e independiente puro, lo ancestral (aunque yace su mundo contaminado, dañado y en extinción, en una exhibición del choque cultural y la ambición del colono por el caucho y la destrucción del territorio y sus pobladores trasformados en siervos o fanáticos, en una imitación de un ridículo Cristo pagano influenciado por El corazón de las tinieblas, o en criaturas azotadas por su falta de adaptación a las reglas extranjeras, al hablar la lengua nativa), y para ello se habilitan dos vertientes temporales, con personajes aparentemente distintos, pero que los separa la edad (40 años) y el lugar-tiempo, a manera de que dos científicos son la misma persona, pero distanciados por la memoria, el olvido, mal del que adolece el chamán amazónico Karamakate y que irá a recuperarla, puesto en su juventud y en su ancianidad, ambas de aspecto imponente.

Hablando un poco de la trama, son dos historias que tienen varias ("sutiles") semejanzas y que van intercaladas, en una tenemos a un etnólogo extranjero enfermo que quiere buscar una flor medicinal, interpretado por Jan Bijvoet, que con un fiel y sumiso ayudante indio acriollado (si notamos su vestimenta) irá en busca de su salvación con el maestro, y en el camino veremos el perjuicio de lo colonial y de la religión, aquí específicamente en la orden de los Capuchinos, mientras que la imponente selva hará de viaje “eterno”. En la otra está otro investigador que anhela por igual la misma extraña y escasa flor, ahora convertida en leyenda, con lo que Karamakate, hará nuevamente de guía espiritual, ahora tratando de redimirse al entender en su trayecto una misión, la razón de la oscuridad de sus recuerdos, la de conjugar a la jungla y lo mítico con el hombre blanco, el que debe coger su trascendencia, limpiar su alma, lo trunco (curioso aunque discreto lugar de culpa en pantalla para lo indígena) y que se mezcle con la/su naturaleza en un periplo lisérgico. En un gran viaje del cine colombiano.

1 comentario:

  1. Muy distinta a lo que suelo ver, pero has conseguido picarme la curiosidad. Gracias por presentarme esta peli.
    Besotes!!!

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