martes, 12 de mayo de 2015

La infancia de Jesús

El sudafricano J.M. Coetzee es uno de los grandes escritores de nuestro tiempo, uno de los más respetados y admirados del orbe, de lo que cualquiera que se aproxime a él se dará cuenta inmediatamente de ésta aseveración, y no solo por ser un Premio Nobel (que los hay insulsos, y no dejan de haber con cierta sobredimensión); y ganador del Man Booker Prize for Fiction, el premio más prestigioso de habla inglesa, y lo ha merecido en dos oportunidades, sino porque su lectura lo delata como un gran escritor, siendo ameno y entretenido, tanto como interesante y sustancial. Provisto de una literatura despojada de artificios innecesarios, aunque con un estilo y constantes intelectuales, con una redacción bastante clara, limpia y fácil de entender (que no simplista), pero cargada de filosofía y profundidad existencial, y hasta mística (analizando racionalmente), que incluso llega a ser parte de la historia y los diálogos directos, como con los trabajadores del muelle, simples estibadores que filosofan y estudian dicha materia como actividad personal, como si hubieran salido de la mente y el séptimo arte del británico Ken Loach. O con nuestro protagonista, Simón, que constantemente reflexiona sobre muchas palabras y definiciones  “cotidianas”, y la vida con ello, haciendo de maestro, un José menos invisible, más productivo, más allá del amor.

Leyéndolo me viene a la memoria La Carretera, de Cormac McCarthy, aunque algo lejana, en la historia de un niño y su “padre” que deambulan o están de paso, tienen que sobrevivir, ajustarse, salir adelante, por una tierra distinta, extraña, en  McCarthy apocalíptica, destruida, amenazadora, y en Coetzee utópica, pero con algún aire velado a 1984, de George Orwell,  con nombres puntuales o sobrenombres que remiten a lo esencialmente significativo, aunque en lugar de poética (con reflexión), se trata de austeridad filosófica. Otro referente es el gran Franz Kafka, en cierta burocracia, orden y disciplina medio surrealista, viendo que en el autor sudafricano es algo mínimo, bastante sutil, que lleva una contextualización natural muy reconocible, que puede verse normal en gran parte, pero esconde todo un viaje al corazón de ese cautivante título, La infancia de Jesús, que remite no solo a sugestionar al lector y buscar similitudes, sino que tiene sus paralelismos en la línea de cavilar el tiempo desconocido del hijo de Dios, y sobre todo pensarnos a nosotros mismos, desde la discusión y el ingenio que propone Coetzee, como un choque contra la humanidad de un niño, y su dormida divinidad, que parece contenida, no creída ni buscada (aunque el pequeño plantee milagros, desde lo que parece naif, propio de los niños), y por tanto inmovilizada, si bien el rótulo del libro tiene de creativo juego mental, de gancho en la elucubración de la subjetivad personal, que como se ve no está tan fijo, no es del todo justificable, o mejor dicho, apenas lo es, pero sin embargo podemos encontrar símiles, indudablemente, como que el niño David, supuestamente Jesús, es alguien excepcional, aunque también se le menosprecie. Véase su lectura de los números donde suele esconderse lo esencial, el orden y lo universal, y él pone en discusión, como también expresa una rebeldía con el mundo que puede ser la del mismo Jesús con su tiempo; mientras su madre lo adopta en una especie de arbitrariedad, tanto como su padre, Simón (que no son sus verdaderos progenitores y soportan su comportamiento infantil, cambiante, engreído, ya que por algo tiene solo 6 años); de lo que el pasado se desconoce y se trata de olvidar (hay un barco y una carta con datos perdidos, una responsabilidad tomada en lo filantrópico y humano), de dónde venimos, y es el camino de una averiguación en proceso elíptico.

Tiene un título tan jugoso que otorga muchas posibilidades, que resulta una audacia tremenda, de las que generan placer, y que lleva su toque irónico intrínseco, véase por donde se vea, haga romper miles de cabezas o enfadar a muchos ante la distancia, porque ¿quién puede desestimar que lleva de conceptual?, como que es interesante verlo como en el filme La última tentación de Cristo, o en la novela del griego Nikos Kazantzakis en que se basa, donde podemos notar que David/Jesús o el contexto que lo relaciona puede estar dubitativo de su origen divino (salvedad de la pérdida de memoria, o el eslabón perdido de su concepción etérea), encontrándose, reconociéndose, y enfrentándose de forma pedestre a varios parámetros terrenales (más allá de rarezas en la forma de vida, la sociedad, el olvido, la interrelación y la procedencia),  como que está en proceso de aceptar una vida distinta a la de un simple mortal. Recordemos que hay mucha libertad no habiendo registro alguno de ésta época desconocida, y es ahí que Coetzee pone un título trasversal, relativo, pero con ciertos vasos comunicantes que son el propio reflejo abstracto de lo que significa la literatura.

En cuanto a la lectura en si primero no deja de ser cautivante, entretenida, y segundo vista como aprendizaje del mundo es muy profunda, ya que pone en reflexión muchas cosas, incluso lo espiritual, la identidad o la humanidad misma, aparte de implicar ideologías políticas y sociales, habiendo mucho socialismo, y a su vez mezcla de ordenes sociales, como discusiones sobre el materialismo, lo superficial o el esnobismo, entre muchas otras, ya que filosofa incluso sobre la realidad y la apariencia como con las sillas y las mesas a las que remite un curso de actividades recreativas, poniendo en movimiento un mundo alternativo, imaginario, donde la gente es feliz, come sanamente, es muy disciplinada, no sienten importante la sexualidad o el deseo carnal, o no todo le es dinero, tras el andar de una pareja familiar que por un lado no deja de preguntarse por cada elemento importante y por el otro saberlo responder coherentemente, en un gran trasunto del propio Coetzee, y es que Simón es como un guía natural, habiendo -como le pasó a él- llamados a seguir al niño, que se ven casuales pero que pueden leerse de esa manera.

Es la historia de un padre e hijo, entre comillas, que se compenetran y comprometen (no obstante hay rabietas y desconocimientos del niño), llegan a un lugar llamado Novilla donde se habla español y lo están recién aprendiendo, renuevan sus vidas olvidando sus antecedentes, en busca de una madre para el pequeño, que intuitivamente esperan reconocer, cuando obtienen nuevos nombres y se instalan en una ciudad tan particular, tan diáfana, sistemática y perfecta, aunque no puedan adaptarse nunca del todo, y sigan errando por otros lares y volviendo a comenzar , como en un quehacer cíclico (producto de los defectos, los excesos, placeres, de la falta de esfuerzo o la vagancia, por mencionar algunos puntos; es decir, ser tan humanos), volver eternamente  a un punto de partida, hasta resolver algo, como en otro tipo de reencarnación, la trascendencia, el descubrimiento, la evolución mental.

Coetzee es ante todo un intelectual, uno que no habla remilgado ni yace fuera de lugar, se asume en su literatura, un escritor que hace fino el dialogo ordinario, lo hace ciertamente sublime, aun hablando de futbol o del Quijote. En el trayecto de lo seductor, fluido, impoluto, hasta haber rastros de inocencia (la aparición del Señor Daga, ¿el demonio?, o solo las malas y corruptas influencias de lo cool), conteniendo un pensamiento tras otro en medio de lo que parece un simple trayecto de continua adaptación al entorno (bajo las propias reglas), al trabajo, a la escuela, al hogar, a la familia, a los amigos y compañeros, a la sociedad, a la ideología, a la existencia.  

2 comentarios:

  1. Tengo muchas ganas de leer este libro. A Coetzee lo conozco sólo por haber leído "Desgracia", que me pareció genial aunque muy dura de digerir, reseñada en mi blog.

    Saludos.

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  2. Pues no he leído nada del autor y creo que sería una buena opción... Gracias por la reseña.

    Besotes

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