sábado, 9 de mayo de 2015

El día de la langosta

Nathanael West no fue un escritor popular, ni en vida recibió las delicias de la fama, como los personajes/perdedores del presente libro, con lo que se halla medio oculto en la historia literaria, pero habría que reivindicarlo mucho más, hasta popularizarlo, ya que escribió poco, pero hizo algo bueno, siendo sustancial y entretenido con aquellas historias de locura que tanto gustan hoy, donde cualquier cosa puede pasar, y todo desde la vida cotidiana, viendo que algún medio masivo hace de fuente o motivo de extravagancias, como el cine o la prensa. West escribió solo (principalmente) 4 novelas, aparte de ser guionista en Hollywood y hay que decir que no le fue tan mal ahí, aunque estaba destinado a películas de bajo presupuesto.

El libro entre manos trata sobre un grupo de perdedores que se asocian con una mujer de esas que nos hacen volvernos tontos, lentos y harto tolerantes con abusos, gastos y carencias, producto del estado de éxtasis y anhelo carnal, habiendo tantas posibilidades valga acotar, como bien dice una línea que reescribo en base a mi recuerdo (en un síntoma de goce, de asimilación). “Ella hablaba absurdamente pero su cuerpo como enterado automáticamente de ello exhibía movimientos sensuales rítmicos y naturales que hacían que los hombres nunca le perdieran el respeto, y no se rieran de ella, con las bobadas que articulaba tratando engañosamente de sobresalir, y ser amena.” Que me parece una descripción increíble, por lo didáctica y precisa que yace en el libro. Y así hay muchas, ya que Nathanael West es un escritor inteligente, que sabe dotar a su obra no solo de audacias sino siendo alguien que sabe observar al mundo, vivir y recrear el instante con profundidad. Caer en el punto.

La mujer del cabello platino y el cuerpo escultural se llama Faye, y es una aspirante a actriz, una simple extra, que no tiene ni donde caerse muerta, para lo que su belleza es tremendo gancho de subsistencia, incluso llegando a ser prostituta de alto vuelo. Viene de un padre que ha sido un cómico de teatro de baja categoría, pero que yace entregado totalmente, siempre lo cuenta, cuando actualmente está medio loco y enfermo vendiendo de puerta en puerta algún producto que pretende (miente) espectacularidad, y es que la mayoría lo está, le falta un tornillo, en una California donde la extravagancia más bien es lo normal, la ciudad de las naranjas y las olas, como también de la decepción, sobre todo tras el encanto de sus tantas promesas, de fama y dinero, como lo es la atracción del cine, por lo que todos vienen.

Vemos que los personajes lucen como cortados por la misma tijera, de alguna forma, es decir gente sobreviviendo, vagando, viviendo solamente el día. Sensualidad, embrollo, violencia, e interacción que dan la nota curiosa constantemente. Estando de guía Tod Hackett que quiere ser un pintor refinado, pero aun no empieza su sueño, entonces no le queda otra que trabajar en Hollywood en lo que puede, y eso es como diseñador de vestuario y pintor de decorados. Mientras solo tiene un esbozo de pintura llamado El incendio de Los Ángeles, de lo que las vivencias de la inclemente California y sus locuaces e hiperactivos amigos le darán la iluminación que aguarda. Nathanael West es implacable con la ciudad y sus personajes.

El grupo lo forman un enano díscolo, libidinoso y áspero; un mexicano pobre aunque con suerte con las mujeres, quien es un criador amateur de gallos de pelea (leeremos de una pelea sangrienta de estas aves, hasta los pormenores, West se empapa del tema y hace contundente el retrato del latino, hasta lo políticamente incorrecto que asoma, pero que a pesar de ello busca siempre el equilibrio); un vaquero guapo, engreído, remilgado y bueno para nada; y en especial Homer Simpson, del que se dice inspiró tanto como su propio padre a Matt Groening, creador de The Simpsons. Homer es un tipo cargado de ansiedad, timidez y tics, hasta parecer retardado de lo buena y humilde persona que intenta ser, y del que Faye y todos suelen aprovecharse.

El día de la langosta es el deambular de criaturas salvajes, mayormente fuertes, actuando como tales, metiéndose en conflictos y ocurrencias, por el deseo de posesión y de mejor vida, sin importar si es que lo merecen, tomándolo, cuando no pretenden ser tan llamativos, simplemente son así por las circunstancias y la libertad de la poca meditación, el actuar por instinto, como niños malcriados, rebeldes, cargados del ánimo de la aventura y la insolencia que esta requiere. Y es ahí que Hollywood, La Gran Depresión y California hacen su jugada maestra como escenario.

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