jueves, 12 de febrero de 2015

Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia)

Los superhéroes están de moda en el cine, hoy en día salen cada vez más de ellos, pero se podría decir que todo comenzó con Batman (1989), de Tim Burton, y quién lo protagonizó, Michael Keaton, que con el tiempo despareció de lo mediático, como de la voz de las masas nombrándolo con esa admiración que Riggan, Birdman, Keaton, confunde con el amor (en un retorno muy digno, proclamado per se en ese Hollywood que aspira a la leyenda, a la magia, a la empatía más emocional y a los fuegos artificiales; y que mejor que en una obra de autor amable pero audaz; o en otra definición, el de un entretenimiento con arte; y que es ciertamente de una genialidad estratosférica en el papel y performance de un Michael Keaton eléctrico, intenso, fuera de sí, en constante disputa y en acto autorreferencial, que incluso llega a perpetrar un engaño de sentimentalismo en unas duras confesiones y todo es producto de una burla por medio de su entregado talento; dirigido hacia su co-estrella, otro punto solido del filme, el gran Edward Norton –a quien en lo personal siempre he admirado. American History X, 1998; El club de la lucha, 1999; 25th Hour, 2002; El velo pintado, 2006, lo avalan- como un reconocido actor de actualidad, llamado Mike, uno de esos extravagantes, cínicos e insoportables actores trascendentales en el ecran/tablas, pero que fuera de ello yacen impotentes y vacíos, como arguye la propuesta bajo un sonado lugar común; a lo Marlon Brando, epitome de grandeza y autodestrucción), ya que si no su sufrimiento sería algo banal, tan egocéntrico como aquella voz psicótica que lo sigue a todas partes, una doble personalidad que en realidad es una fusión de quien es, la misma, una sola, porque Riggan no puede deshacerse del deseo de la gloria (y hasta de la redención que brinda el arte por encima de la popularidad, a lo Matthew McConaughey), notoriedad que ha perdido con el pasar de dos décadas, con la vejez, al igual que el actor verdadero que interpretó a Batman, aquel reverenciado en los 90s, que se hizo síndrome/desencadenante de estrellato, palabra que aquella cruel crítica de teatro (como claramente asimismo simbólica representante de la crítica de cine) a la que el director mexicano Alejandro González Iñárritu le achaca ferozmente (casi como una revancha personal del autor) gran parte del injusto sentimiento de perdedor/de-poca-cosa que sufre su protagonista (y muchos como creadores), llama ignorancia, engreimiento, superficialidad, vacío, un trabajo opuesto a la esencia y búsqueda de arte, de profundidad y talento, todo por lo que ella lucha, quiere desaparecer y derrotar.

El subtítulo de Birdman lo genera un periódico a raíz de un grave y revolucionario éxito en Broadway, donde se ambienta maravillosamente el filme, con unas vistas hermosas de los grandes edificios de la impresionante y famosa ciudad de Manhattan, que yacen dominados por la publicidad de la zona teatral, donde brilla como relato la proclividad suicida, juguetona, aparentemente despreocupada y cool de la hija “loser”, ex drogadicta y ayudante de Riggan, Sam, interpretada por Emma Stone, que piropea discreta y sugerentemente con la muerte en las cornisas. En un conjunto que deja ver que labora a través de un quehacer contenido en lo dramático (aunque no exento de momentos de esa índole, o de cierto patetismo, velados en parte), en el sentido de que está mucho mejor equilibrado que antaño, bendecido (curiosamente) por la condición suprarrealista/fantástica del filme, pero que implica a ese respecto una coherencia desarrollada, aunque sin aspavientos, en lugar del melodrama habitual y la tendencia al sufrimiento filosófico de Iñárritu.  

Birdman revaloriza el entretenimiento puro y duro, con el mensaje de que es algo no solo sumamente necesario ante lo anodino de la existencia y su cualidad de placer, sino de gran significado en sus propias reglas (como si abrazáramos, agradeciéramos y enalteciéramos a los Stallones, Van Dammes y Schwarzeneggers de la gran pantalla, al igual que a los cómicos, que poco valor obtienen como séptimo arte, por lo general); ese que hace cagarse en los pantalones al público, que hace babear y extasiar como animal al espectador, como se dice en una arenga prodigiosa, que termina en vuelo surrealista por encima de la ciudad, en poderes sobrehumanos que hablan de una psicología, una sola cabeza, en medio del delirio y la locura, como de megalomanía explicita y metafórica, una que permite jugar con sus parámetros, hasta lo masoquista (a Keaton se le coge/pide mucho meta-cine y autobiografía; mezclada con la lujuriosa esencia fílmica y la marcada, imponente y pretenciosa personalidad del cineasta mexicano; que vuelve a sus inicios plenamente subyugantes, al tope máximo, a Amores perros, 2000, del cual viendo su filmografía iba descendiendo a cada proyecto que acometía, hasta anclar en el porno-dolor y la debacle de Biutiful, 2010).

Todo termina en un vuelo elíptico, hacia el triunfo de ser, sí, el inconmensurable aunque maltratado, Birdman, y no un tipo acabado; como se nos ha venido trabajando, aunque es a la hora del clímax, de su resolución emocional, que en realidad percibimos tan fuerte su desgracia, su pesada frustración, siendo un momento muy empático, de lo más logrado, fuera de cualquier crítica de predictibilidad, que incluye al tono elegido. Porque tratamos, en realidad, con un acto de afirmación, fuera de las apariencias, por encima del vivir en el desequilibrio mental, y una retahíla de pequeños dolores de cabeza, los que operan cierta culpa, como un divorcio (aunque en buen trato, donde hay hasta besos cariñosos) y una hija golpeada, caída pero aun en pie y a nuestra diestra; como también amantes poco exigentes, casi planas pero leales, o algunos autógrafos en la calle de vez en cuando, o que nos reconozcan inmediatamente cuando nos vean haciendo algo del tipo viral (hay mucho juego con dicho subterfugio de la popularidad; se dice, las actuales redes sociales son poder), es decir, yacer sobreviviendo hasta la llegada del reflote, fuera de aquella obra de Raymond Carver, De qué hablamos cuando hablamos de amor (que invoca/remarca replantearse la confusión con los afectos, lo efímero, impredecible, cambiante, las desilusiones), que escribe, produce, dirige y actúa Riggan tras una gloria que de por sí ya la lleva dentro, pero aun no la ha apreciado, y eso se transfiere a cualquier esencia en la que uno crea, sea un melodrama estético filosófico o una de superhéroes y acción en primera persona.

No como un simple mortal, como cualquiera, y es que todos imploran por lo excepcional (como con esa vergonzosa y mítica salida en ropa interior a las calles atestadas de gente en pleno efervescente New York, que como un Forrest Gump enloquece de fantasía y entusiasmo a los comensales), por ser especial, y las redes sociales y la tecnología señalan el sentir de una época, sino con lo que significan los poderes telequinéticos y una apertura de levitación en posición de yoga/precalentamiento, lo que se viene, ser en toda palabra, la propia aceptación hiperbólica interna, que incluye antes el “absurdo”  de la inmolación, en un humor seco y cruel, el avistar de un cine dramático exagerado oculto en uno fresco, rocambolesco e inesperadamente cómico pero inteligente. Esa gloria que llega ya no, potente (aun en un fuera de campo) y anímicamente en el desenlace, en dejarnos ir, fluir, no en el éxito que vendrá en el teatro, ni siquiera en la inmortalidad de la mitomanía (dos salidas narrativas, y posibles resoluciones argumentales), sino más bien en el propio filme que estamos viendo.

Birdman se proyecta intelectualmente a través del entretenimiento. Lo que puede interpretarse como una celebración del mejor Hollywood. No obstante, por contener revelaciones de consecuencias destructivas  (en principio, familiares y afectivas), muchas inquietudes, olvidos crueles y un estado de enajenación y oscuridad, producto de la devoción total, no resulta tan afín a esa simpatía que se intenta reflejar en la meca del cine. Pero yace vastamente compensada en el favorecimiento de las mayorías por la estética, la técnica y el estilo, por los cromatismos luminosos, coloridos que seducen y arrullan al espectador; los exabruptos e impactos que generan complicidad perversa pero inocua, en el humor negro, una catarsis, como cuando vemos un corredor apacible en lo estático, y enseguida se revierte con la aparición de nuestro protagonista medio desnudo y sangrante, o con los tantos disfraces, giros, o el detalle de los peluquines, el tener un corte muy histriónico, de tras bastidores; con su hiperactividad, tanto como la proyección de una vitalidad formal; con una omnipotente batería a lo show de tv., aunque también halla unos pocos necesarios silencios de meditación dramática y amorosa; y una falsa, artificial, pero efectiva toma larga, de secuencia, en sus dos horas de duración, que imprime harta fluidez, hacia una sumersión en un ritmo endiablado de la cámara, hasta el movimiento tembloroso visual del found footage, o del andar del cine arte. Como reza el filme, por medio de la inesperada virtud de la ignorancia.

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