sábado, 28 de junio de 2014

El resplandor

Una de las mejores películas de Stanley Kubrick, y confieso que soy un fervoroso entusiasta de todo su cine. Me fascinan sus 13 películas, en más, o menos medida, yo defiendo todas, incluyendo a Fear and Desire (1953), su ópera prima, que no le agradaba mucho a él; también la ironía de Dr. Strangelove (1964), aun no siendo muy aficionado a la comedia; o su última película, Eyes Wide Shut (1999), que muchos han atacado; como en otra forma pasa que 2001: Una odisea del espacio (1968) suele ser nombrada como la obra número uno del séptimo arte, cosa que no comparto, aun apreciandola. Agrego que ese primer espacio me parece imposible de elegirse, el cine es demasiado amplio y competitivo, tiene demasiadas justas candidatas.

El resplandor (1980) es una película que uno puede ver en repetidas ocasiones, aguanta y entretiene por más de una vez. Cada cierto tiempo resulta vital hacerlo. Es un goce seguro. Aunque la primera vez que la vi sentí su lentitud (lo cual ha ido cambiando hasta desaparecer esa sensación, cuando te metes de lleno, y te apasionas; lo que sucede y mucho, no por poco esta película es una de culto en el terror), pero es porque Kubrick se dedica a ser lo más completo que puede ser en pantalla, solo dejando espacio para la ambigüedad de la interpretación central que es como un castillo (hotel para ser precisos) construido de muchas partes intercomunicadas, las que no dan todo fácil, pero sí brindan suficiente información para armar perfectamente una buena y sólida teoría; los datos pequeños están todos ahí, aunque siempre quedará una falta de confirmación, el misterio perdurará.

Muchos ven que abundan los significados, caminos y aristas en ésta película, lo cual no es para nada desacertado, es verdad, pero también que reina cierta sencillez, por lo que vemos -aunque requiera de un arranque de paciencia- y se deja entender, y la acción pormenorizada, que convive con la justificación conflictiva mínima, de detalle, que hay que agarrar (que no la apoteosis de la lucha en sí expansivamente desplegada). No llega a extremos de cierto cine de autor (radical), pero que lo es en toda palabra, se toma definitivamente tiempo en su recreación situacional. Un punto notorio, tanto como notable, de esta película, es que contexto, clima, tono y clímax se trabajan mucho, se va preparando clara, tranquila e inteligentemente –a su estilo- el acontecimiento del terror mayor que cuando parte ya no para (una vez que se asumen por completo los peligros, uno concreto, otro paranormal, ambos conjugados e indisolubles, cada lado muy bien argumentado), hasta ese desenlace frente al poder de la naturaleza desencadenada.

A vista y paciencia del espectador se le deja vislumbrar lo que ocurrirá, se advierte lo que no debería pasar, una inminente catástrofe homicida producto del aislamiento y la perturbación de la supuesta normalidad del agente, que lleva leyenda, en lo que intuiremos más de un caso, aunque exista uno en particular, la de la habitación 237 y el vigilante antecesor Delbert Grady contra su “molesta” esposa y sus inocentes y traviesas niñas gemelas, a través de la fuerza del destino, del lugar y una filosa y cruda hacha. Se solventa en múltiples justificaciones, y un desarrollo evolutivo conseguido en lo metódico, la locura de Jack Torrance (Jack Nicholson), que sintetizando proviene de un cementerio indio usurpado, violentado, “desaparecido”, por la construcción del hotel Overlook, que implica la brutalidad, ambición y despotismo de occidente (lectura de una realidad histórica americana), luego habitado en consecuencia por crímenes en parte misteriosos, tras las reencarnaciones o la invasión del cuerpo, la destrucción mental del ser.

Entra a tallar el título, lo que significa el resplandor, y no me fijo tanto en el que se aboca a las personas, como el niño pequeño y único de los Torrence, Danny, que tiene ratos -de un conjunto efectivo- en que parece un recurso poco imaginativo y hasta tonto lo del amigo imaginario Tony que vive en su boca y habla a través de uno de sus dedos de la mano, sino el de los espacios del Overlook, que presentan imágenes fantasmales. Hay muchos; simples, como el cuarto con esqueletos y telarañas; simbólicos, como el de la repetitiva ola de sangre; y algunos bastante extraños que dejan incógnitas, como el cuarto con el caballero de traje elegante que parece estar en alguna clase de acto ignominioso representativo con un tipo grande vestido de peluche; o con el invitado con la cabeza sangrando brindando por las próximas muertes, que recuerda el llamado de la gemelas que quieren compañeros de eternidad. Este resplandor del lugar como vemos tiene suma injerencia en los conflictos. Véase solamente la ayuda de fuerzas invisibles abriendo la puerta cerrada con seguro del almacén frigorífico que encierra a Jack o esas oscuras conversaciones con Grady, el baile sensual con su anciana y quemada terrorífica mujer o el bartender Lloyd que dice que hay ordenes de arriba que le invitan de tomar, siendo Jack un ex alcohólico con antecedentes de violencia familiar, ¿a costa de qué?, lo sabemos, el mal habita en el Overlook, en lo que representa un ajuste de cuentas continuo, y que a su vez permite una lectura menor, pero complementaria acerca de la frustración existencial.

El resplandor posee dos lecturas centrales, la de la alteración mental de un espléndido, histriónico, bastante expresivo (vaya sonrisa sugestiva que maneja éste actor interpretando la enajenación, el fuera de lugar o los estados de éxtasis), Jack Nicholson, como un hombre perdiendo la cordura progresivamente. Brillante lo de la máquina de escribir y su mítica redundante frase escrita como una novela: "all work and no play makes Jack a dull boy” (puro trabajo y nada de ocio hacen de Jack un tipo tonto/aburrido), punto de inflexión de la trama y revelación del horror en toda contundencia, uno que se vuelve pragmático, ya habiendo indicios de miedo y advertencia de un futuro atroz, como los también magistrales recorridos de Danny, hasta perpetrar el tercero y oír el llamado del limbo, visualizando en el segundo la perpetuidad de la habitación 237, que va atrayéndolos hacia la maldición del lugar, del hotel embrujado. La otra es lo que hace del filme uno paranormal, tras lo psicológico, y se unen de forma perfecta.

Una cualidad de la propuesta es que su argumentación es impresionantemente redonda (cuánto juego proporciona), todo encaja de forma natural, sencilla a pesar de las dudas y lo formal, luego es simplemente “repetir”, dar rienda suelta a la persecución y la acción, lo justo diríamos, mientras otros elementos aportan su buena parte imaginativa y entretenida. Está el laberinto, que en lo personal siempre me ha resultado una debilidad, en sentido de placer, y peor si está tan bien  hecho, y pues toda la locación hegemónica –el hotel- es maravillosa para el propósito cinematográfico de Kubrick, como cada rincón, como con la sala de la era de oro donde se exhibe una fiesta con gente importante de la década de fines de los 20, a lo Gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald, que apunta al clima de desasosiego. El frío es otro personaje o fuerza en disputa e impersonal. El famoso Redrum de un hijo ensimismado por un fantasma, el bien susurrando débil, pasivo, impotente, fuera de sí, en medio del terror; cuadro de una voluntad permisiva, que parece una especie de retribución, aunque a regañadientes, y la otra dominante tanto como dueña del espacio y el lugar, en el momento adecuado, de ahí el único final posible y coherente que vemos, mientras Jack es una pieza fácil de capturar, predispuesto y destinado, en una temporada propicia para el mal, a la vera de uno de esos cuentos clásicos de terror tomados a la ligera. También el soltar frenético de un estado de pánico que llega como una bola de nieve en la caída de una pendiente (poco después de que ruede literalmente el monstruo por unas escaleras cuando busca un sacrificio, en el llamado de la idiotez), gracias a la parcial, levemente, cómica, e histérica y contagiosa Wendy Torrence, Shelley Duvall, injustamente nominada a los Razzy de 1981–sus deficiencias y limitaciones no dan para tanta algarabía crítica, hay que tomarlo ligeramente porque su performance es parte de la identidad del filme-, tanto como una imperdonable candidatura para Kubrick como director.

El resplandor presenta una dupla única en el cine con el aparatoso Jack Nicholson, que en una lectura alegre pareciera la participación de un dúo cómico, el abusón y la tonta, finalmente convertido en un acontecer lógico, realista, donde Wendy corre, grita, se asusta, no hace nada espectacular aunque reacciona, de forma que no corrompe su esencia, sin ser necesariamente un estereotipo, tiene de todo un poco en su composición. Kubrick logra siempre subvertir cualquier encasillamiento, lo maneja, es fiel a su propia historia.  

viernes, 20 de junio de 2014

Terciopelo azul

No soy especialmente fanático de David Lynch (pero me agrada bastante, sin duda), uno de los grandes directores americanos y del séptimo arte. Considero que tiene altibajos más que en su filmografía dentro de la mayoría de sus películas, como cualquiera, claro, sopesando además el gran nivel, la individualidad e inteligencia que brinda en conjunto, pero quiero decir que a veces defrauda, en cierto modo que nunca totalmente (aunque muchos pretendan hacerlo irrefutable, como los que lo ven con cierta ceguera de la fama que le precede, tanto como otros no lo pueden ver, despierta pasiones, valga la obviedad), ya que se entiende y se aprecia que se debe a su independencia y personalidad, a plasmar su propio universo cinematográfico, ese que lleva a muchos a verlo en todo aquello que remita a lo mental, a lo surreal, a lo onírico, a la pesadilla, a lo psicológico. Lynch es un continuo referente, y se lo merece, de ahí que sus virtudes y sus mejores filmes hagan que uno lo admire y vea su obra con satisfacción, ergo seguirlo atentamente, y “perdonarle” algunos malos gustos, simplicidades, ridículos o pretenderse más audaz de la cuenta, e igual hay que acotar que la genialidad implica riesgo, atrevimiento; como bien dice la frase: no se hace una tortilla sin romper huevos; y por tanto se topa (sortea mucho también) con esos lugares. Otro punto es que dichos “defectos” otorgan a su quehacer cinematográfico de una narrativa cautivante, irreverente, original, perfecta en su tipo que propicia una mirada especial que se fija más entretenida, más vital, que todo lo acicalado y aséptico, realzándose a su vez bajo su estilo y estética de (enfrentar) lo oscuro. Y es que como expresan los personajes de Terciopelo azul, el mundo es muy extraño, dicho sin preocupación, asumiendo esa realidad. Ya habiéndolo visto en la toma de unos insectos debajo de la tierra a poco de sufrir un hombre un colapso al corazón en medio de la tranquilidad de regar su jardín, para que en el desenlace lleguen unas aves y se traguen los bichos, mientras las tenemos por bellas, libres, pacíficas, tanto como sinónimo de triunfo y paz, si parafraseamos a la radiante, común y feliz Sandy (Laura Dern), una muchacha (crecidita) del colegio que representa la opción benévola de la vida para nuestro protagonista, Jeffrey Beaumont (Kyle MacLachlan, fetiche y alter ego de Lynch).

Antes de entrar a la película que nos compete, o mejor dicho, zigzagueando en ella, habiendo tirado la piedra, no escondemos la mano. Aunque brevemente, no más. Veamos en su filmografía. Me preguntaba: ¿cuál podría ser la mejor película de David Lynch? La disputa estaría entre su ópera prima, Cabeza borradora (1977), película de culto por donde se le vea, una que anuncia y ostenta (sumamente lograda en sí) lo que será la esencia de la obra que lo ha catapultado a ser quien es, un magnífico filme que se sumerge en el ser humano, lo confronta y discute su naturaleza, su alienación con el mundo, teniendo entre manos una estética y narrativa formal de lo extraño. Otra, El hombre elefante (1980), su éxito mainstream, que como tal tiene algunos achaques que uno le suele hacer al cine comercial, a razón de la excesiva sensibilidad, sin embargo como retrato humano de compasión y de apreciar el alma y el talento por sobre la superficialidad y la atracción del cuerpo logra producir mucha belleza, desde lo freak que esconde lo esencial e iluminador, en una radiografía de lo natural y dolorosamente outsider y de las mezquindades, intereses y altruismos de la eterna conformación de la sociedad. Corazón salvaje (1990), tiene lo suyo, ganadora de la palma de oro del mismo año, la que es una especie de Terciopelo azul elevada a la potencia; son de esos filmes que entregan intensidad, extravagancia cool y radicalidad contemporánea. Una apuesta segura de entretenimiento joven, del que se deja llevar por la adrenalina y lo rocambolesco. Donde se puede observar que Lynch siempre ha tenido un saludable sentido del humor como parte de su séptimo arte, y que es más relajado de lo que creemos, sin sacrificar atención, hay que aclarar. No es como para estresarse con su cine, si bien a muchos les pasa. En un momento de Terciopelo azul dice una conversación casual, de las muchas que hay, que algo es interesante sin necesidad de entenderlo o que esconda en realidad un significado que tengamos que atrapar. Aunque no sea nuestra naturaleza.

En Twin Peaks: fuego camina conmigo (1992), deliciosa película bastante autosuficiente, redonda, que estaría entre las candidatas a la mejor propuesta suya de no existir una serie que compite con ella, y para muchos le gana y la convierte en un agregado menor, nos muestra con ironía e inocencia que buscar todo el tiempo la simbología en los filmes es una idiotez, que puede tratarse de algo sumamente simple pero atrapante como tal. Como pasa con Terciopelo azul que uno la halla bastante conocida en su trama, rememorando el noir clásico, pero, claro está, con el estilo y mensaje de Lynch. Con un Dennis Hopper que en su introducción a la trama –capital para seducir e informar, de lleno, al espectador-  luce absurdo, bobo, a la par de la intención de exhibirlo raro, siendo afecto al placer del dolor, y al orden edípico de la subyugación por refracción, tan manido ya en el cine y en la literatura, si no basta recordar una obra cumbre de esta temática, Psicosis (1960). Lo que enseguida se convierte en una figura contundente pero “alegre” de un comportamiento y representación de pensamientos. El lado negro de la humanidad, que tiene su centro de atracción en Dorothy Vallens (Isabella Rossellini, una femme fatale melancólica, sufrida, atrapada en un mundo sórdido, literalmente por un esposo y un hijo en manos de Frank Booth, Dennis Hopper, característico en un inhalador que lo trastorna).  Rossellini no solo es notablemente bella y sensual (precisa en el canto y clásico recurso dado por la canción llamada Terciopelo Azul, inspiración del filme que viene del cover cantado por  Bobby Vinton) en medio de constantes desnudos abiertos y naturales, luciendo sencillamente efectiva, o está influenciada por el estado de locura de quienes la rodean en el deleite de la práctica sadomasoquista, sino posee a su vez un aura de candor y pureza en el secreto de la necesidad, inquiriendo por su adopción y elección, una trampa de la debilidad, pero también una oportunidad de trascender, darle escape y aprender, similar aunque más trágico en Twin Peaks, y en otros filmes de Lynch, un lugar común suyo, del cine, del ser humano. La entrada a la perdición.  

Volviendo y terminando con el asunto del mejor filme de Lynch, nos quedan dos candidatas que pueden ser entregadas como un díptico, Carretera perdida (1997) y Mulholland Drive (2001), dispuestas para visionarse en una sesión conjunta, si te gusta una, te tiene que agradar lógicamente la otra, quizá más oscura sea Carretera perdida, y no diré cual es mejor de ambas, ni mucho menos que una es la ruta ante la supuesta perfección de la segunda, las dos son tremendos aportes de arte, dos obras maestras, dos expresiones propias y fascinantes, aun siendo tan parecidas, la locura del pasado apasionado desde un lugar ordinario que deja de serlo, la locura del sueño de fama de Hollywood. Vuelven en toda fuerza al Lynch de Cabeza Borradora, y es donde mejor se mueve, si bien está Inland Empire (2006) para desmentirlo en buena parte, el que atribuyo como un exceso de entusiasmo del autor, o exista una obra en la línea de El hombre elefante, The Straight Story. Una historia verdadera (1999) que aunque menor a esta, vista su modestia formal, en un toque indie pausado y minimalista, corrige loablemente el exceso de sentimentalismo, sin alejarse de su motivación, que nos llegue el toque humano, cálido y sensible de su relato, pues sí, que nos conmueva, mediante como dice el título, una forma directa, frente a acciones transparentes, sanas. Con una emotividad en pantalla más seca, pero viendo que la presencia del anciano de 73 años y protagonista es un factor dominante y persuasivo, de Alvin (enternecedor y carismático Richard Farnsworth), al igual que saber cómo es su hogar, quién es, con quién vive  (una hija con retardo, Rose, en la delicada y creíble Sissy Spacek), cómo se encuentra de salud, cómo le quieren, cómo se gana la ayuda de extraños o qué quiere conseguir. Aun siendo todo sumamente fácil invoca un poco que se mire por debajo. Dentro de una historia que se da como una proeza de la voluntad humana por un tipo ordinario, un hombre del campo, que decide poner en práctica lo especial que es cada ser humano. Una carta de despedida, el último gran reto de una vida, en la sencillez de un hombre viejo visitando a su hermano, subido en una cortadora de césped, un pequeño tractor, desde el periplo de un estado, Iowa, a otro, Wisconsin. En un filme simpático, pequeño, bastante concreto y completo tal cual, en que la extrañeza implica a los valores, la promesa, el reto personal, la familia, creer en la gente, la ilusión, y el placer de vivir amparado a los detalles y decisiones de quienes somos.

Terciopelo Azul (1986) obtuvo gran éxito de recepción, luego de la debacle con Dune (1984), es para muchos uno de los mejores filmes de David Lynch, en lo personal hallo sus méritos más bien discretos, que parten de lo modesto en la imaginación crítica, fuera de las apariencias narrativas. Me gusta a un punto, pero creo que es entretenida sin mucha pompa que darle, esta vez lo primario no me ha llegado con toda fuerza, en una actualización del cine negro donde se ven levemente expuestos  -o poca cosa- los puntos de soporte del pensamiento del autor; la ciudad tranquila que esconde asuntos tenebrosos, expuestos directamente, tanto que ese camión de bomberos con los miembros saludando parece mucho una burla, poco antes de que Jeffrey halle una oreja mutilada y llena de hormigas en un jardín vecino y decida investigar junto a la hija rubia y guapa de un policía ocioso que vive en el país de las maravillas; y así lo toma uno en parte, como elemento del sentido de exposición, de ser atrevido, distintivo, y eso lo consigue y es la base del filme, qué duda cabe que su cualidad de moderno funciona. Su extravagancia de estilo, más que lo que narra. Aunque no le reprocho –la creo una virtud- que sepa encajar y explotar cada parte al milímetro, sin embargo es como hacer un filme de los que todos comparten la anécdota, sobre algo extraído de la cultura popular americana, y por ello va a gustarle a muchos siendo el mundo tan afín al pop anglosajón (yo me encuentro esta vez algo en el limbo, no hay mucha empatía). En sí es mucho una apuesta a ganador (lo cual hay que entender como que definitivamente se hace recomendable), incluso con el actor Dean Stockwell bailando travestido sobre un carro o una imitación intencionalmente cutre y plana de Elvis pero dentro de una composición artística, al lado de escenas (curiosas) como la pintura que hace el policía corrupto desangrándose inmóvil de pie o un Frank Booth disfrazado de vendedor de puerta en puerta en pos de matar a un delator, o viéndolo bien, gracias a todo ello, como con la fantasía de espiar a una mujer desde el armario, que nos descubra enojada, nos desvista y se aproveche de nosotros (¡oh, no!), siendo espectacularmente preciosa (¿No suena a deja vu pornográfico?).  Recalco que en parte considerable la he disfrutado, pero no nos equivoquemos con lo que es, es solo goce esencial, y bueno, eso es gigante. 

jueves, 12 de junio de 2014

Upstream Color

Primer (2004), la primera película de Shane Carruth ganó el máximo premio en el festival de Sundance, el Grand Jury Prize. Una propuesta que costó solo 7 mil dólares y recaudó cerca de medio millón de dólares, como muchas críticas alentadoras y admiradas, advirtiendo que entender la película por completo era algo cercano a lo imposible, y había que verla un par de veces para conseguir entrar de pleno en su universo de viajes en el tiempo. Sobre ésta base previa, coincido en su irrefutable originalidad e inteligencia, sin embargo me parece notorio que sus formas de explicación, de cómo nos muestra su argumentación sobre como recurrir a un invento que genera dobles al manipular la realidad carece de los mejores recursos de expresión cinematográfica y no solo por el presupuesto (que la técnica y estética es mucho más que decente), como en el uso excesivo de las palabras, que aunque hacen creíble un lenguaje “científico” -provocando diálogos complejos- se mueven en parte dentro de la verborrea y lo vacío aunque en lo necesario para armar una ilusión de conocimiento, y por otro –lo que importa- no llega a ser un camino u opción suficiente -ni empática- para generar una recepción efectiva, salvo con mucho trabajo de cavilación, paciencia y atención a cada pequeño eslabón, de la mano de varios visionados, aun siendo una obra (demasiado, diría) precisa y sustentada, por el detalle, lo mínimo y lo verbal.

En Primer existen muy pocos elementos a disposición, sobre todo visuales, con momentos bastante cortos e insípidos y otros que escapan a la facilidad del acercamiento a la trama, quizá por decisión personal, cosa que por un lado dudo, no obstante no niego que su estructura también hace que sea una propuesta muy especial, única, un juego intelectual con todas las ínfulas y derechos de la vanagloria correspondiente, lo que llega a agradar vista su audacia y alcance, pasada la lejanía y el fastidio del desconcierto tras su intrincamiento formal. Finalmente provoca verla como manda, más de una vez, y hacer la tarea de involucrarnos en su juego rico, perdonándole la vía de comunicación, y a su vez aplaudiéndola por su interior, ese que sabiamente vio el festival, premiando el ingenio por sobre todo, el arte, que en su variedad, con realizaciones como Primer, con cualquier achaque en contra, hacen del séptimo arte un lugar de pasiones y descubrimientos.

Upstream Color (2013), su segunda película, tras 9 años de la anterior, es mucho más accesible, aunque no fácil, ni por asomo del todo entendible, dejando bastante espacio para la conjetura, la imaginación, el razonamiento individual y la conclusión argumental. Vista esta implica nuevamente a la ciencia ficción que directamente resulta muy entretenida, seductora y misteriosa, en el uso de una historia fantástica que conlleva la constancia de la metáfora para la elucubración de una trama que versa centralmente sobre la libertad y el amor, como en las relaciones humanas y los distintos vínculos de poder.

En un inicio un gusano particular introducido en nuestro cuerpo hace alusión a la enfermedad, en manos de un criminal o alguien despreciable, lo que puede atribuirse en una lectura como la de una mala relación afectiva (visto desde la mundanidad), esa que maltrata, domina, minimiza, humilla y castra a la pareja, hace a uno esclavo de las pasiones destructivas al estar en (malas) manos ajenas, como no pasa con los niños que beben del elixir mágico y poderoso de la larva sin tragarla (por propia decisión y control: la voluntad y razón del poder propio; la infancia es lo puro, lo esencial, lo utópico). En medio, como escape, aparece lo que supone lo místico, Dios o una de sus representaciones menores, en un compositor o sonidista criador de chanchos (¡qué curioso y extraño resulta!), que aparece y nos permite recuperarnos, pero nos mantiene a su vez atrapados en sus designios y cuadraturas, nos quita voluntad o genera una inducción de comportamiento, y al no obedecerle tira las partituras por los aires, nos castiga, o simplemente nos deja caer en la desgracia, la que es la condición humana, valga decirlo. El libro de no ficción de Henry David Thoreau, el famoso Walden, sirve de nexo de explicación para hallar la liberación de esa estructura humana de decepción y frustración que muchas veces es la ciudad y sus reglas, para encontrar nuestra verdadera esencia, el significado del libre albedrío, que nos convierte en un especie de Nietzsche, y nos hace matar al Todopoderoso, y poder hacernos cargo de nuestras vidas, ya cimentadas en el amor puro y correspondido de ese otro ser semejante en pasado, aprendizajes y búsquedas, el que nos comprenda, y nos abrace en la protección y complemento, hasta mezclarse y ser como una “unidad” sin por ello quitarle al otro su propia consciencia (véase cuando Kriss y Jeff pelean por el robo/confusión del pasado). Apreciamos como acometer el mundo, visto en el propio cuidado de la animalidad gemela o la consistencia primaria, dibujada simbólicamente en los cerdos, de los que llegamos a saber que pueden mutar en bellas flores (en la historia no desaparece la semilla o nacimiento, logra transformarse), involucrando al resto, al prójimo, abriéndose mutuamente hacia el colectivismo y el optimismo, en ese grupo último que trabaja en la granja.

En el proceso el filme se llena de la belleza sublime de la naturaleza, esa que recuerda a Terrence Malick, y bien proyecta el recurrente texto de Walden, tras la lucha con un mundo mental y terrorífico típico de la ansiedad de lo urbano y lo contemporáneo, que puede como muchos intuyen y ven rememorar el cine de David Cronenberg y David Lynch, solo que bajo la dominante puesta en escena de un filme literalmente luminoso (e iluminador), blanquecino, que tiene del artificio fluorescente, como en una de las tantas labores que regenta un multifacético Shane Carruth, como la de montador, guionista, productor, director, compositor, hasta actor protagónico en sus películas (aunque copia menor pero eficiente, a comparación de la figura dúctil, flexible, sensible y emotiva que ejemplarmente maneja Amy Seimetz como el ser humano común y capital que llega al cambio e ideal que quiere trasmitirnos el filme), pasando por la creación del storyboard que sigue al milímetro según ha confesado, y que remiten a una consistencia y justificación completa que debemos atrapar cada uno desde la misma libertad que en buena parte y en varios sentidos invoca en sus parámetros. 

lunes, 9 de junio de 2014

Bends

Hay mucho cine para ver, es por eso que a veces pasan desapercibidos algunos filmes (éste no del todo, porque estuvo en Un certain regard, Cannes 2013), quizá porque no tienen el impacto “adecuado”, o mejor dicho, el que muchos exigen o suelen apreciar, sin embargo muchas de estas propuestas no dejan de ser piezas verdaderamente hermosas e interesantes. Formas de descubrir el mundo, lugares, culturas, cotidianidad y gente, a nosotros, y vernos tan iguales y a su vez algo particulares y propios a su misma vez, como pasa con Bends de Flora Lau, donde se deja ver el cosmopolitismo, el aire culto y la elegancia de China, principal o fácilmente desde Hong Kong, la que lleva el mejor espíritu europeo, unida a una ciudad (sub)provincial limítrofe, Shenzhen, que tiene otras reglas bastante duras –la de multar la ilegalidad de la tenencia de un segundo hijo en sus ciudadanos, regla mayoritaria en el país-, pero que no deja de poseer espacios atractivos, imponentes y modernos junto a algo de austeridad y tradición, porque no es que estemos ante el atraso más bárbaro ni por el estilo, lo que hace el panorama más complejo y menos maniqueo de lo que acostumbra el facilismo.

En estas dos ubicaciones, hermanas como distintas, con lo que ambas características lógica y naturalmente relacionadas significan, surgen igual dos historias, la de la “humilde” Shenzhen, exponiendo a la clase media baja, una muy digna si bien su protagonista llega a manifestar pequeños entresijos delictivos (robos y venta de autopartes, del vehículo lujoso de su patrona, o los muchos intentos de que nazca su segundo hijo sin que como padres obtengan ninguna penalidad o limitación, que se ajustan a algo superior en las fuerzas y alcances humanos dada la personal situación, que indican desesperación más que criminalidad, aun siendo actos reprobables vista la ley), en un grupo familiar que yace en parte –puede que sin querer, o quien sabe y es un atributo de romper esquemas, o embellecer el relato- estilizado, notando la apariencia de sus personajes, un Fai (Chen Kun), chofer de una adinerada mujer de Hong Kong, la otra cara en contraste y complemento, que tiene que lidiar con la carga económica –más allá de la operación habitual- de que su esposa –el motivo del conflicto principal, pero que yace pasiva, ya que solo duerme, limpia o se llena de intranquilidad y aburrimiento, se mueve escondida por su diminuto hogar- esté embarazada por segunda vez, y no está permitido más de un hijo. Careciendo de recursos para paliar la normativa del estado, entregándose  a imaginar distintas salidas de cómo puede llevarla a la ex ciudad colonial británica de Hong Kong, donde hay facilidades, aunque no sea tan fácil de conseguir.

La otra es la mencionada Hong Kong, y cómo Anna (la sensual, delicada, guapa en su edad, Carina Lau) una dama de alta sociedad se enfrenta a su propia crisis económica, con un esposo huido que la ha abandonado en la bancarrota súbita, en un declive in crescendo, sin darle cuenta, con la que sola debe luchar por mantener primero las apariencias, luego el gran problema a acuestas de cómo mantenerse lo mejor posible, en medio de su naturaleza de superficialidad, ocio, inactividad laboral, refinamiento y superstición (el diálogo con su trabajadora, solitaria e independiente anciana pero vital madre aportará a la trama un pasado olvidado y una indiferencia hacia la necesidad ajena, que pronto se rebatirá sin fricción formal, en una cualidad de la película), de donde Flora Lau no la reduce a un estereotipo, y le otorga personalidad, amoralidad, ambigüedad, emotividad, sensibilidad y supervivencia (rasgos generales del conjunto, que están por encima de la clase social, o la eterna lucha de clases), bajo un toque sencillo sea dicho, pero más que suficiente para enriquecer a su(s) criatura(s), aparte de las formidables muestras de elegancia y belleza, en varios sentidos, que brinda el talento de la actriz Carina Lau.

Declaramos que el buen hacer de Flora Lau rebate y supera todo asomo de telenovela, el de un señalamiento dominante detractor al respecto, vista su universalidad y posible acercamiento temático –el empobrecimiento desde el lujo o la necesidad y la desesperación económica- en medio de un determinado -a un punto lo es- exótico lugar como China (sin ser tratada en absoluto así, sino todo lo contrario), en una estética y arte vastamente por encima de ello, aunque también le sirve un poco en contra. Finalmente uno está viendo un filme de esos que llamamos discretos, pero indudablemente muy bien hecho, grande en sus formas, con un nivel narrativo notable, solo que diáfano, tanto como desplegado bajo una sutil pero bastante clara vía de argumentación.

Dos mujeres se enfrentan a parecida situación, necesitan mucho dinero para sobrevivir a cierta necesidad en particular (el estatus, aunque con sus diferencias, como el nacimiento), una depende del marido, otra se halla sola sin él, uno apoya y se encarga de lleno en el asunto, el otro se fuga y deja nada preparado. Tratándose de la fortaleza que implica la vida, como en la escena del auto tirado a perder que resulta un gran punto de inflexión, el de una "tragedia" revelada, en el canto de una superación  y la de una catarsis, nunca un final, vista la valentía de cada ser humano a seguir/salir adelante (sin saber), como lo que propone toda la película, hasta en el desenlace. En el match pugilístico de la existencia. Desde la delicada potencia familiar del arte.

sábado, 7 de junio de 2014

My dog Killer

El festival de cine de Rotterdam, Países Bajos, uno de los más importantes y originales del mundo, le otorga a la presente su máximo premio, el Tiger Award, concedido cada año a tres ganadores de un primer puesto en obras primerizas, tratando de descubrir nuevos cineastas. Môj pes Killer, en el original, fue reconocida el año 2013. Dirigida por Mira Fornay.

My dog killer, se ubica en Eslovaquia, y retrata la marginación social, la xenofobia, el racismo, la segregación racial, a través de los denominados skinhead o neonazis de una parte olvidada de Europa, con Marek, un jovencito prototipo, que vive en un hogar y pueblo pobre, con un padre en buena parte abandonado –pero que trabaja independientemente con viñedos- y alcohólico, y una madre separada a la que su progenitor tilda de puta por meterse con un gitano y procrear un hijo con él que yace solo a su cuidado, lo que llevará al muchacho a buscar humillar, maltratar, agredir a su pequeño e inocente medio hermano ante la vergüenza que le refleja con su grupo de desadaptados –aunque no por completo, que si en algún momento echan, repelen, lo miran con estupor, a Marek y le hacen un sugerente comentario, discreto pero importante en la propuesta, sobre su moto y la segunda guerra mundial, indicando un pasado que ya debía de haberse superado como una dura lección y no ha sido así al parecer existiendo remanentes pequeños pero preocupantes,  ya que el filme nos los deja ver como una corriente en parte normalizada, habiendo lugares públicos que prohíben el ingreso por cuestión racial u de origen. Junto a como se vive en medio de la fe católica colectiva que pulula bastante en la obra- y rudos pandilleros que hacen pensar en violencia sin que la veamos, mostrados aficionados al boxeo, a los muchos tatuajes, a vagabundear, a ser imponentes, territoriales y a emborracharse, en donde se le señala como traidor por algún miembro, entonces Marek dirigirá su furia “secreta” –se manifiesta bajo un estado de frialdad e inexpresividad facial y mental-  e inconsciencia hacia exhibir y sostener un extremismo criminal, empático con sus afinidades ideológicas.  

El filme puede tildarse de minimalista, de buscar recurrir al recurso mínimo, al detalle que invita a una lectura mayor, de piezas muy chicas y humildes que hacen un conjunto rico procesando, recogiendo y proyectando, atento el espectador, pero sin quitar un cierto mérito en dicho logro, su capacidad de expresión termina afectándole, y deja ver como defecto su ausencia de potencia, su cualidad de demasiado sugerente, y termina viéndose como poca cosa en realidad, no demasiado amplio al termino del camino como cavilación, impacto o compromiso; sin desproporcionarlo adolece de un grado más en producir empatía emotiva si bien tiene indefectiblemente ganado lo suyo (y aun no exigiéndole dramatismos exacerbados), tomando mucho en cuenta que entendemos la esencia de su decisión formal, y que con su estilo lleva todo ello, como la reflexión, pero sin cautivar e implicar como pretende desde (vistas, asumidas) sus coordenadas. Aun agradeciendo que tenga tino, cierta delicadeza (femenina finalmente, y lo digo como algo positivo –aun no siendo del todo elogiable el resultado conjunto- y no evitando por ello la posibilidad de la libertad y creatividad, porque por su lado a su vez sorprende por la elección de la temática, su intrínseco salvajismo, su estado marginal y paupérrimo, o las escenas de desnudos abiertos y frontales en los baños masculinos), un deseo de obra inteligente aunque afín a dejarse ver con sencillez, a no recurrir por obligación a lo grotesco, a lo brutal, a lo radical, a lo raro, a lo vulgar como uno hubiera esperado (teniendo un toque realista de carencia y suciedad, bajo una estética destacable pero ideada en la antípoda del brillo, como con el uso de la iluminación natural, vemos en un momento que nos cubre la negra noche como síntoma de suspenso y resolución, una oscuridad que hace de símbolo del alma humana), sin embargo el clímax que invoca el perro llamado Killer (elíptico por su parte, tanto que el animal se ve musculoso, grande y naturalmente peligroso, pero no llega a apreciarse mucho un quehacer cinematográfico con ello, uno que fabule una intimidación, solo poco en lo común con lo del poder de su mandíbula en el trapo, el alerta de una promesa. En ese mismo concepto nada toda la propuesta, la calma lo subyuga todo, y hay un exceso, una falla, un adormecimiento general, ya mucho si sumamos el gran efecto de los rasgos propios de esa piel pálida y gélida en una vista fija, sostenida, un carácter firme en medio del abismo -su mejor lectura, que se debió pulir y explotar más-, de esos tantos silencios, salvo unos breves sollozos en medio del enojo o el miedo, o esa ayuda y cariño difícil al padre), la mascota bull-terrier de Marek, por el que  uno espera tanto tras el toque contemplativo y las tomas largas y secuencias de seguimiento cotidiano de la película (en la moto, la meditación en el bar, la espera y búsqueda en la casa en ruinas, los paisajes, las yardas de terreno agrícola recorridas a pie), no está mal, pero requiere de más, y mejor, y no paga el deseado rédito. Y así es toda la propuesta. Aclarando, ¿cómo no apreciar el filme vistos sus términos?, agrada, no obstante en ellos sobran los peros.

miércoles, 4 de junio de 2014

Le démantèlement

Así como el cine tiene sus películas que pretenden hacer mucha bulla, tratando de ser irreverentes y decididamente notorias, hay filmes pequeños o de espíritu humilde si se quiere, y este es uno de ellos, por la manera de narrar el drama de sacrificar una larga vida en el campo como granjero de ovejas por entregarlo todo a nuestros vástagos, y es loable ver un ideal tan desprendido por otros –seres queridos- y afectivo como el de un eterno jefe de familia, aun a la distancia (únicamente –que tampoco es poco- por el sentimiento), la mayoría de edad de las involucradas y en medio del contexto de la independencia filial, siendo la del protagonista una enorme e incondicional ayuda económica, la que respeta -sin demorarse ni quedarse a juzgar- el espacio y la voluntad ajena (con la noción y aceptación de alguien seguro de sí, de cierta explotación expuesta natural y directamente por quienes son la luz de sus ojos), a costa de dejar lo que nos llena y nos identifica, pero como bien expresa Gaby Gagnon (Gabriel Arcand) la razón de su vida no es su tierra ni su trabajo con carneros, sino el de ver feliz, libres en sus deseos y realizadas a sus dos hijas. Por lo que pone en camino un “préstamo” a través de la venta de toda su propiedad, para solventar el divorcio y la otra mitad de su casa que quiere comprar una de sus pequeñas, que es como las ve, aun habiéndolo hecho ya abuelo en dos oportunidades y ser una mujer hecha y derecha tramitando su separación conyugal.

Eso es todo, y no solo eso, la narración evita (coherentemente, si quería ser digna de un festival como el de Cannes –y a lo que me refiero con ello, el tipo de arte que invoca- ; en donde participó el 2013, y mereció uno de los tres premios que da la semana de la crítica, el SACD Award) la sobredimensión o el melodrama, al punto de que no manipula demasiado los efectos dramáticos en forma explícita (pero no nos equivoquemos, Gaby exuda dolor por dejar lo suyo ante algo más grande en su fisonomía como ser humano, llega a llorar y medita todo el tiempo, como con donde dejar a su perro de 10 años de edad, con el niño que trabaja a sus órdenes y observa en el retrovisor en la carretera subir la cuesta en su bicicleta, con el mejor amigo –estupendo complemento secundario- que siempre le acompaña y que no piensa como él, ya que ve como una locura su completo desprendimiento; en esos detalles que enriquecen el filme, ensanchan el panorama, dándole más profundidad, y haciendo más difícil la decisión y lo que está haciendo el personaje principal, como con esa subasta previa a la suya y el anticipo/noción de alguien que debe vender lo que ama); en su lugar yace y se mueve de forma firme (fiel a su elección temática), solo que en tono discreto, calmado, evitando la manida -muchas veces imperceptible por el autor “indolente”, que tampoco lapido habiendo la posibilidad de la excepción- redundancia y lo que ya está por sí solo, la obviedad que es un mal endémico de cierto cine, valiéndose de ser contenida la mayor parte del metraje.

Fija a su leitmotiv –la entrega absoluta bajo el amor paterno- y dando a visualizar –rellenar por una parte, leve, fácil al fin y al cabo- momentos, pero entendiendo que lo emotivo no requiere más de la cuenta, y existe un uso mesurado de su conflicto, si bien sabe que no es que sea novedosa su historia, y más evita los facilismos y la explotación básica, haciendo equilibrio, pero viendo lo que ha decidido contar, haciéndose cargo de la vía de comunicación, que es donde radica su pequeña contribución cinematográfica. Y es como ver lo mismo de siempre, pero con el tino y el séptimo arte de autor en pleno malabarismo, que sale victorioso, sin ser nada extraordinario.

Son casi dos horas de duración, es mucho viendo lo que es, es verdad; de fijar su tema único, chico, no obstante lo hace bastante bien, aunque parezca que se toma su tiempo, que destacamos que a pesar de ello no carece de ritmo, logra ser ágil, ya que no se puede negar que manifiesta un don de empatía y búsqueda general, masiva (al lado de su enjundiosa, esbelta, vital pero lacónica autoría). Tiene las cosas claras, y deja bien solvente lo que quiere contar, justifica mucho, en sentido de entregar harto background situacional, de los que agregan aristas, véase la esposa separada y una visita con un pedido absurdo (por una parte un error del director,  de Sébastien Pilote, o bueno, un matiz de inmadurez, de levedad o poco fondo) o la vecina que se siente segura con Gaby.

Estamos ante una película que tiene una forma decente de afrontar un conflicto, y como en un vidrio bien pulido, permite que el espectador vea el paisaje diáfano, hasta absorberlo, que quiera hacerlo, comprometerse. Quedando un mensaje ejemplar, aunque algo extremo, porque los seres humanos no solemos ser tan desprendidos con nuestras pasiones (o modos de vida), que por supuesto, la suya queda dicha incluso, las hijas, pero nos sabe a que una existencia de varias décadas no se evapora así como así en una decisión, y sin embargo a eso juega (y ahí radica un valor importante, tanto como una esencia y opción de cine, bueno, acotamos, desde lo pequeño y amable), exhibiendo el conjunto a alguien “excepcional”, aun luciendo sencillo, en la que es una historia de amor, sensibilidad y poética.

lunes, 2 de junio de 2014

El Mudo

Arranco con los premios de esta obra. El presente filme ganó mejor actor en el festival de Locarno 2013, para Fernando Basilio, siendo su debut protagónico tras un pequeño cameo como un borracho en Chicama (2013), una celebrada hazaña visto tanto reconocimiento mayor desde prácticamente la nada, algo que pasa de vez en cuando y espero que genere una carrera sólida, y como se intuye parece que así será, visto que ya el actor trabaja en su próxima realización cinematográfica y es profesor de teatro, lo cual habla de un compromiso y de talento. No solo eso, Basilio ganó igual, mejor actor, en el festival de cine independiente de Buenos Aires 2014 (Bafici), junto al de mejor director para los hermanos Vega en el mismo evento, lo cual hacen de esta película una muy apetecible en el papel, ya que indiscutiblemente son galardones memorables, que ameritan curiosidad general, no solo nacional.

Ver la película ha sido encontrarse con lo que prometía, en sentido de ser una propuesta de autor con los pantalones bien puestos, y que implica un humor negro calmo, a veces discreto, sin ser contradictorio al decirlo, que se toma como un estilo al respecto de lo que anhela -y logra- ser, desde esa música de acompañamiento que dicho por los autores, por Diego y Daniel Vega, inspira el camino. El que lleva mucha ironía (y a ratos algo de sarcasmo), pero que por el tema es cosa “seria”. Una sutil forma de ser inteligente, entretenido y crítico a su vez, proponiendo un relajo pensante. Teniendo en mente que la comedia en los filmes de los Vega es directa y corrosiva, pero bien elaborada.

En una propuesta que versa sobre la corrupción judicial de nuestro país, puesta en contexto con Constantino Zegarra (Fernando Basilio), un juez estricto y honesto (un exagerado, como le dice la esposa de un acusado), con una fuerte tradición dentro de una familia de magistrados y abogados, que tiene como centro de motivaciones a su propia madre, a la que observa en un cuadro a la manera de una santa a la que se le tiene fervor, pero que descubre que el ideal y el deseo de su forma de ver la vida (correcta, ejemplar y hereditaria) no son compatibles con nuestra realidad, por lo que no le faltan penurias con las cuales estrellarse hasta reconocer y padecer la verdad, unas tras otras hasta la decepción, el llanto desahogador e intempestivo, y el estado de alucinación, celebración e imaginación del mundo perfecto que solo nos queda en la cabeza e individualidad, a partir de una amenaza de que le vaya mal en una broma ligera de lisuras, más tarde ¿un atentado o accidente?, y el estado de inquietud y paranoia de que cualquiera de los 800 casos que registró con penas de cárcel sea alguno el gestor de una bala que le ha dejado mudo.

Dos puntos absorben y engrandecen el conjunto.

Uno es su cualidad dominante, plenamente ejecutada, honesta y con audaz, original virtud, de ser cine de autor, uno que es más que capaz de sacrificar cierto ritmo sin perderlo del todo, como si pasara poco o demasiado tranquilo, lo cual es solo aparente, un estilo (con base, acotamos), ya que el "atentado" es en buena parte elíptico y los acontecimientos sostienen el aire de lo cotidiano. Una hija despreocupada de su futuro, lejos de la tradición del hogar (y esto puede ser una lectura nacional), más al tanto de un amor juvenil e intrascendente en fuga; una esposa “sometida” a una rutina, véase la de bañarse juntos –como cuando a todos sorprende que el protagonista no haga sus ejercicios- y seguramente el hábito de tener sexo en la ducha (habiendo un rato en que se va cuando ella entra o no le escucha llamarle metido en su carro, quiebres aun controlados en pos de lo apoteósico), y que esconde infidelidad –que indica algo convencional, una actitud machista, pero que va más allá- y la idea de gente corrupta y rebelde, desde la propia familia y uno mismo, aunque poco, sin notarlo, y que habla de un choque situacional, algo muy imponente, entre lo que es y lo que quisiéramos que sea (que es de lo que se trata la película), que termina en lo que recurrimos para generar nuestra satisfacción, a costa de lo antiético e inconsciente, que en el filme invoca la persecución de un culpable invisible o más amplio de lo que creemos, una enfermedad (a la que no calma un recurso sencillo, el de un suicidio, salvo como trama, y en el alcance de la obra se convierte en espacio y metáfora), una especie de locura. Mientras el filme es sugerente pero pleno en gags (patear la puerta de unos sospechosos o hacer señas en la calle recreando y generando hipótesis del supuesto crimen, lo que introduce un lenguaje no verbal que parece endeble o poca cosa al comienzo, pero termina como el motor de una virtud, que llega a acostumbrarnos y verse prodigo y auto-suficiente, potenciando la obra, la hace rica en su atrevimiento y creatividad formal), moviéndose en lo paulatino de lo “mínimo”, pero al fin y al cabo sin distanciarse (perderse) del espectador, logrando ser a su vez una película clara y cautivante, sin mucho esfuerzo, como potente desde el tono amalgamado a su hegemonía temática, la corrupción. Y es que se puede bromear con la idiosincrasia nacional, como vía de escape, sino resultamos trágicos. Por ello, un policía pidiendo dinero para fotocopias o gasolina, o aceptando tarjetas de teléfono como favor e intercambio a una necesidad, invoca nuestro criollismo criticado, muchas veces repudiado, pero de alguna forma tantas veces salvador, en lo último que nos queda para subsistir, y seguir adelante, sin por ello enaltecerlo en absoluto, simplemente saber que existe y tiene una razón o consecuencia más arriba. Y a esa vera nos conocemos, y quizá hasta surja reflexión e intento de cambio, aunque suene tan difícil, más no imposible. Y hacia ese lugar nos movemos, nuestra pequeña utopía patria. Pero antes, nos observamos, y nos reconocemos, entreteniéndonos, relajándonos. Y luego lo pensamos con calma, tal como una ola que nos ha mojado los pies.

El segundo es la identidad, lo de ser netamente peruano, que exuda por todos lados la película y a mi ver la que actualmente nos compete está a un nivel de logro más alto que su ópera prima, Octubre (2010), que fue premiada en el festival de Cannes con el premio del jurado en Un Certain Regard. Confieso que la primera película de los Vega en su momento no me llegó profundo, no me entusiasmó, donde percibí redundancia de nuestro séptimo arte, replanteado con su segunda obra, si bien encontré algunos valores donde había ingenio. El Mudo mejora tanto en su humor, el ambiente retratado y asumido, y la peruanidad, en cómo acomete nuestra realidad o costumbres, tanto las más notorias –el mes morado o el poder judicial- y las menos flagrantes; por plasmarlo de manera –aún- más compleja y sutil, y esto no sería una curiosidad de no ser por lo que logra. El Mudo es una realización que afianza y explota lo suyo con personalidad, seguridad y temple, con peso bajo la manga, y no solo por folclore “obligatorio”, o por cariño incondicional; mediante una contextualización llevada a plenitud, novedosa, saludable, contemporáneamente seductora, y artística. Hasta el punto de desnudar en repetidas ocasiones a la actriz Norka Ramírez, como la esposa de Zegarra, y jugar a las escondidas con su cuerpo, sin dejar ver nada frontal, solo unas tetas al vuelo que se hacen desear, bajo un encuadre que indica una noción estética, aunque imperfecta, que no sensual pero tampoco tan casual. El conjunto maneja bien nuestra mezcla de apetencias limeñas, lo nacional (principalmente), lo variopinto y por su lado lo universal, como con los chifas que hacen de centro de reunión para tranzar futuros entre compadres, en el compartir risas y lazos profesionales, o por una banda musical exótica en el interior de una casa ordinaria en la que los presentes no parecen estar en su habitad, pero se saltan la edad y se entregan al espíritu de la fiesta. Ese que recorre El Mudo, siendo todo un drama.