viernes, 31 de enero de 2014

Blue Jasmine

Todos sabemos que Un tranvía llamado deseo (1951) es tremenda película, un clásico inconmensurable, una obra maestra total, lo que la hace una constante fuente de inspiración, por lo que es natural que le sirva de innegable magma e historia a Woody Allen para hacer una obra propia. Blue Jasmine tiene mucho de ella, desde la inestable y derrotada fina mujer de pasado oscuro, que ya tiene cierta edad, aunque se conserva bella en su sofisticación y todavía no tan mayor, o sea accesible aun teniendo un peso para ser amada (en el filme presente se trata de un pasado fraudulento, un matrimonio y un hijastro, a diferencia de la realización de Elia Kazan que versaba sobre la promiscuidad a cambio de favores o gentilezas, que la saquen de la banca rota y la mantengan a la protagonista, y ya lo dice la mítica frase, “yo siempre he dependiendo de la amabilidad de los extraños”, y quizá la prostitución, que llega al punto de “aprovecharse” de un menor de 17 años), la que va a vivir con su ordinaria hermana dentro de una clase pobre al no tener a donde ir y se encuentra con que comparte su vida y futuro con un perdedor, un tipo atractivo, sensual (Tennessee Williams puede haber creado algo literal en ese tranvía que llega a la casa de los Kowalski, pero en realidad la idea brilla en el arrobamiento, personalidad y carnalidad de su criatura demencial), pero bastante vulgar –en la predecesora una delicia de personaje, el violento, explosivo, cruel, sarcástico, vengativo e irredimible Stanley Kowalski en la piel que crea un portento visceral de apasionamiento y brutalidad, de Marlon Brando, distinto al llorón y patético, solo que más tratable, de Chili (en un carismático e idóneo Bobby Cannavale) en el relato de Allen, que aunque mucho menos tiene lo suyo, gracia y audacia-. El que no tiene grandes aspiraciones, no siendo en la presente un polaco, no obstante se hace mención de que al primer esposo de Ginger (Sally Hawkins), de la hermana austera, llamado Augie (Andrew Dice Clay), le gusta hacer bromas de ellos.

En Un tranvía llamado deseo en adelante es una lucha con él en una convivencia atroz e insoportable, en una fricción en que mutuamente no se toleran, una quiere que lo abandonen –con todo y bebé en camino, que a su vez es un aliciente para dejarlo- y el otro hasta hacerle daño –físico, emocional, en cuanto a su nueva realidad-, sin embargo la forzosa adaptación implica que traten de mantener alguna convención, solo que no más que mínima, realmente sobre todo desde ella, de Blanche DuBois (Vivien Leigh, que está impresionante dentro de lo histriónico y teatral), hacia éste, aunque Kowalski es obligado sin efecto por su esposa. Y en ello resulta distinto a Blue Jasmine en que es únicamente una sub-trama, pero que se toca de diferentes maneras en dos personajes, primero con Augie a quien Jasmine no llega a minimizar directamente pero perjudica sin tener intensión, aun desagradándole, y luego con Chili, a quien diríamos que le asesta un duro golpe, y en ello hay un cambio con la película anterior, Jasmine (Cate Blanchett) es mucho más fuerte que Blanche aun sobrellevando distintas crisis circunstanciales, una económica, otra familiar y una tercera nerviosa, y se enfrenta más que a los demás –que incluso vapulea y vence- consigo misma, con su capacidad de poder remontar sus problemas, que no son nada fáciles.

En lo que se parecen está que la protagonista debe enfrentarse a su situación de fracaso, de vergüenza, ocultándolo a su salvador o pretendiente (también habrá una cantada revelación y viene por personajes similares) pero que en Jasmine su vida es conocida por la mayoría de su entorno actual. Mientras Un tranvía llamado deseo se vuelve muy sensible, muy emotivo, como en un estado de que algo va a quebrarse en cualquier momento, Woody Allen le imprime su comedia, como en el uso de flashbacks mostrando al marido mujeriego y estafador, que pinta la instancia de la ironía, no obstante es una capa que se da muy fina en el filme, ya que éste termina siendo dramático en buena medida, melancólico, como anuncia la palabra blue en inglés, que en jerga común angloamericana indica tristeza.  

La idiosincrasia de la historia no permite la risa en toda libertad o se da momentáneamente, sería muy cruel hacerlo sin miramientos, pero la nueva propuesta le baja mucho al tono predecesor, que era todo muy delicado, de un perenne conflicto que no se olvidaba en todo el metraje (y yo creo que Woody por ratos hace predominar la cotidianidad por sobre su tensión, que se va y vuelve aunque a veces se luce artificiosa en Cate Blanchett o es que brilla demasiado en un filme sencillo, lo cual hacen de ella algo gigante para bien como para mal en el conjunto, si bien su talento es irrefutable, su gesto de crisis es sumamente complejo, muy entregado, creíble, tanto que su nivel emotivo vibra a flor de piel). Instantes como el del doctor acosando a Jasmine a la que en general todo lo que no sea sí misma le es indiferente es puro Allen, y pues te ríes; también algunos descaros aunque obvios como en un convencimiento, infidelidad y reconciliación tienen su veneno y comicidad. Y así –como acostumbra el autor- son muchos comentarios tirados al vuelo “discretamente” mientras el hilo narrativo sigue su curso. Es la broma que llega sutil o como un relámpago que al poco desaparece y no interrumpe, te sobresalta solamente sin querer derribarte, porque la trama se rige por otros cauces que cuesta definir en un solo centro. Si bien no lloraremos con ella, si nos dejará pensando aun habiendo un toque de relajo a la norma dramática, lo que hace denotar que parece un trabajo ligeramente novedoso dentro de su filmografía.

Nos podemos reír en ciertos ratos, y en ello se maneja muy dosificado y ecuánime, muy atinado, Allen, cosa que resulta complicado dado el tema de caos y vacío que reina en la vida de su protagonista. Seguramente intervienen simpatías e identificaciones (todo no nos parece cálido en nuestro foro interno, el mundo no lo es siempre para nadie), con la clase media, desde la americana que oscila entre lo conformista como de prometedora en su individualidad –que aunque tiene sus dudas, sus desánimos, su opacidad y también sus ambiciones, su autoanalizarnos como vamos y que resulta justo porque todos lo padecen en la trama, se divierte sin aspavientos, de forma flemática, alegre en su visión infantil, como comiendo pizza y viendo televisión, vive en una felicidad pedestre que finalmente se defiende- a detrimento de cierta actitud que conlleva el alto nivel social, recordando que Jasmine fue una socialité, puede ser apreciada como una esnob con su caridad “obligatoria”, con su comportamiento de superioridad (rechaza a la hermana hasta que la necesita, si bien resulta tener un trato despreocupado, normal, en su convivencia hacia ella, que no en su nerviosismo y fastidio con su percance contextual que la hace beber y yacer hablando sola), con sus fiestas fastuosas y elitistas, sus naturalmente vanidosos comentarios de viajes por los lugares más agradables de Europa o sus ropas, carteras, zapatos, joyas costosas.  

Blue Jasmine tiene vida propia, no hay que confundirse con ello, aun habiendo mucha inspiración salida de una obra maestra (mírese el éxito de generar una nueva propuesta muy atractiva y sustancial de algo que parece perfecto y por ende finiquitado, teniendo como resultado –siendo obvio decirlo- una trama altamente superior a la idea de remake, y es que si algo es maravilloso y nos emociona, no es en absoluto una mala opción hacer una versión personal de ello, lo que en este caso toma su camino y su independiente gloria, ya que lo común es el fracaso o el rechazo), y es un filme redondo, preciso, en un guion magnífico como nos tiene habituados el ingenio y la creatividad de Woody Allen, cosa difícil viendo que hace una película por año y ya nos ha dado mucho, y esperamos que siga, que no se agote.

Tampoco se puede dejar pasar que los roles secundarios están en estado de gracia, la pareja formada por Ginger y Chili sirve para enaltecer la perfomance de Cate Blanchett, son muy realistas, sencillos -como se quiere- pero contundentes, muy contemporáneos como lo es este filme en su lectura, algo que justifica aparte de su autoría en toda regla, que se haga una revisión de lo pasado. Sally Hawkins gana una justa nominación, desde su ingenuidad, su ordinariez de pies a cabeza, su cariz voluble y su rodeo por la vida y lo que quiere, a quien escucha.  Es parte fundamental de la continua dualidad de la propuesta, ricos/pobres, iluminación/fracaso, anhelos/pasividad, sobre todo esto último que lleva a encarar una verdad que no se quiere, pero hay que superar. Estamos ante la recreación de una caída y estancia en el abismo, como el poder ver que le depara a alguien tipo El lobo de Wall Street (2013) tras conocidas y juzgadas sus fechorías, viendo el relato de como Jasmine enfrenta una canción de claudicación (igual a Blanche que comete el error de llamar débil al hombre de su vida, confrontándolo con su realidad), definitoria. El recordatorio del inicio de un enamoramiento en una relación que fracasa y arrastra consigo todo a su paso, una lucha que ganar, que el pasado no nos enloquezca.   

martes, 28 de enero de 2014

12 años de esclavitud

Teniendo a Shame (2011) como una de las mejores películas que se han hecho recientemente, que yo sitúo en lo más alto, la emoción y curiosidad por la última película de Steve McQueen no se hacía esperar, aun temiendo por la temática que se presta mucho para historias fáciles, debido a su sentimentalismo, en tocarnos rápidamente con su condición humana. No obstante, si bien uno disfruta a rabiar con la irreverencia, originalidad y el entretenimiento de filmes como Django desencadenado (2012) el séptimo arte requiere también de seriedad en abordar historias tan delicadas, que tampoco intocables en cuanto a creatividad. Y es ahí que Steve McQueen sortea por un lado defectos, facilismos, y por otro cumple con presentarnos un relato contundente, pero profundo sobre el sufrimiento que generó la esclavitud, contextualizada en el bastión más reacio al cambio, el sur de Norteamérica, centrándose  en el secuestro del que era un hombre libre, un afroamericano instruido, que tocaba finamente el violín y tenía una bella familia, Solomon Northup (Chiwetel Ejiofor). Basándose en su libro homónimo y autobiográfico. 

Ésta es la narración de un viaje a la oscuridad del ser humano, al maltrato, abuso y humillación de unos hacia otros, en una ley que infravalora a los negros y los trata como animales, objetos de la violencia y el capricho de un patrón y dueño, trabajos forzados sumamente agotadores como en plantaciones de algodón, hasta la muerte en ahorcamientos improvisados o continuas violaciones sexuales en el caso de las mujeres, que es lo que le sucede a Patsey (Lupita Nyong'o, en un destacado debut en el cine, que le ha conseguido una nominación como actriz secundaria al Oscar 2014), la “engreída” de Edwin Epps (Michael Fassbender, uno de los mejores actores de la actualidad, quien este año finalmente obtiene una merecida nominación a la estatuilla dorada), un despiadado e impredecible terrateniente que siente una atracción perversa por ella, ya que incluye azotarla salvajemente por un simple jabón en medio de un ataque de celos, y es que la siente su posesión, un objeto que se rige a su placer, mientras su inclemente esposa azuza la brutalidad. Representada por quien nos sorprende con una performance harto dura, la actriz Sarah Paulson. 

Si hay algo inmediato que destacar es que su dureza y realista recreación no solo permite ver y sentir una época inhumana, sino que no tiende a dramatizarlo todo, convertir el filme únicamente en un charco de lágrimas, que lo es a fin de cuentas predominantemente sí, pero deja espacio para que Solomon Northup sea algo más que un títere de las circunstancias, por lo que genera una personalidad sólida y compleja en él, que por supuesto tiene muchos ratos de sumisión, no le queda otra ante el embate que le viene si no obedece y se adapta, a diferencia de otros que son –aunque comprensiblemente- más emocionales y menos astutos, pero también hay lapsos de rebeldía, de expresarse a riesgo de padecer, incluso intentar un movimiento contrario, defenderse, arriesgarse por algo más fuerte ¡vaya! que temer la muerte (recordando que Solomon es solo un hombre, no un mito), lo que hace que en él yazca la muestra de un espíritu grande, despierto en distintas formas.

Véase cuando va a ser golpeado injustamente, una obviedad aun visto los parámetros que rigen esta sociedad sureña del siglo XIX, agraria, dependiente de mano de obra gratuita, por la ira que despiertan sus conocimientos (algo que le advertirán siempre, el aparentar ignorancia, como no saber leer ni escribir, el mejor camino a la sobrevivencia), a manos de un joven capataz llamado Tibeats (el prometedor – al salto de la fama, de la popularidad, pero que ya es una figura en el cine independiente- e interesante Paul Dano, que deja ver en poco espacio una estupenda actuación). O incluso enfrentando, entre comillas, a Epps en una persecución con cuchillo de éste tras su persona a ras de que el maligno jefe corra en el barro y entre los chanchos, lo que demuestra la inestabilidad –por medio de la versatilidad y la plena sensación de espontaneidad de Fassbender- del patrón, y a que debe atenerse, cosa seria. Hablamos de miedo en el aire ante el porvenir (aunque esto sea bajo un tono elíptico). Que ya lo demuestra en todo auge un diálogo con un anterior dueño suyo que dentro de la realidad que le aqueja era alguien amable, con respecto a conformarse con la situación esclavista, con Ford (Benedict Cumberbatch, un actor aun no tan visible, pero que lo intenta con ahínco, que en esta oportunidad se deja ver muy bien), el que le ofrece paz, solo que dentro de la costumbre de una vida inferior a la condición humana que todo hombre merece, y a Northup no le llena, porque sabe lo que merece, ha sido libre en su pasado.

La tensión se vive cara a cara, todos los días, los que en la forma esquivan la rigidez del tiempo, del que decimos que no nos abocamos a contabilizarlo o a aguardarlo, y es que la atención se la gana a pulso por mérito propio, sin embargo aunque no esperamos exactamente maquillaje de envejecimiento o métodos que terminen siendo demasiado artificiosos se hecha en falta alguna pequeña identificación de ello en el trayecto, más allá de ese desenlace ordinario aunque muy lógico, predecible, complaciente, solo correcto.

Los hechos narrados se vuelven símbolos de su historia, algo a “repetirse”, a ser una esencia vivencial de un universo, momentos escogidos que representan un constante martirio de 12 años que es lo que articula y ofrece el título, tanto como prácticos, viscerales, físicos, didácticos, lugares álgidos de conflicto, y es que su poderío como relato no tiene descalificación, teniendo su toque necesario de credibilidad con oportunidades de respiro, las que proporcionan equilibrio.

La atrocidad de la esclavitud implica en Solomon una fuerza existencial sorprendente, de la que se hace cargo, la tiene, aunque no pueda evitar compungirse (el gesto de Chiwetel Ejiofor es potente y centra síntomas de dolor en un ánimo que intenta ser sólido, lo que agrega verdadera empatía de cara al espectador exigente, aparte de una sutileza que enarbola emociones más trabajadas), sentir alguna sacudida, como vibrar con una canción intensa de reposición emotiva cantada en coro de manera relativamente optimista en un funeral rústico, visualmente triste, o debatirse ante una ineludible pugna interna -entre dejarse derrotar por el sistema hegemónico que le subyuga o seguir teniendo fe en el mañana, que sus amigos del norte se enteren en donde está y lo rescaten, que obtenga su libertad, que vuelva con su familia- bajo gestos precisos, porque se opta por esconderse en sí mismo, endurecerse, si bien ya tenía consistencia.

Solomon Northup exhibe mucha paciencia y coraje, porque nunca llega a ser débil en toda palabra, y si lo es no en el alma (McQueen le proporciona a su protagonista un aura que admirar muy a pesar de todo contexto cruel, no le quita cierta dignidad o logra imprimírsela por ratos que perviven en conjunto, tiene hasta un cariz heroico o -dado  el instante- más racional de acuerdo a lo que exige su vida, aun viéndose tratado como bestia cuando se le baña junto a un grupo de esclavos desnudos mismos equinos en un rancho, o como se le minusvalora en la cotidianidad cuando en venganza está a punto de ser ahorcado, quedando detenido en una escena memorable dentro de una fotografía perfecta abandonado a punto de sucumbir al cansancio y por consiguiente a cumplirse el designio y a morir con el cuello roto, siendo esos minutos de zozobra los que componen la imagen global que perdurará en nuestra mente, la impronta de la trama), aun con un entorno tan castrador y limitador, tan omnipotente en su dominio, el que cree en sus propias reglas que incluso no está enojando a Dios mientras se tiene como parte de una muy discutible religiosidad.

12 años de esclavitud es el reconocimiento de una esperanza ejemplar de aspecto verdadero, concebida en una dura lucha anclada a una pequeña luz personal, semejante a excepciones como las que representa Bass (un correcto Brad Pitt, de orden y apariencia sensible) ante la idiosincrasia de una deshonra capital de la humanidad, de la que en esta historia sobrevive un mensaje importante. 

domingo, 26 de enero de 2014

El lobo de Wall Street

Que una película de 3 horas de duración te mantenga atento y viéndole de largo sin ningún  problema natural de espera se debe a algo, tiene punto de elogio, y es que es muy entretenida, sin embargo que la última realización del admirado y querido Martin Scorsese esté nominada a mejor película en los Premios Oscar 2014 le sorprende en buena medida a quien escribe esta crítica, si bien tiene el entusiasmo de muchos en el bolsillo y no es que el evento sea infalible. Y es porque raya mucho en la inmadurez, en lo que alguna vez hemos querido ser e incluso soñamos, gozar la vida al máximo, andar de fiestas con mujeres hermosas, amigos desenfrenados, mucho alcohol y drogas que se traducen en juerga y placer total, pero que mejor que dentro del despilfarro, ser millonario, poder comprar cualquier cosa, y como se dice, hacer lo que nos plazca, hasta llegar a ser una buena persona, porque el dinero lo puede todo. Y es una propuesta con un mensaje franco, ya no edulcorado, lejos de ser apaciguador de frustraciones o generador de humildades y conformismos. Se puede ver a un policía honesto vivir esa realidad, ser un ente anónimo, solitario y pobre, transportándose en un medio público deprimente, aun habiendo hecho lo correcto. En cambio, el dejar de ser un don nadie se convierte en una prioridad, algo que no es fácil desechar a la hora de la verdad, y no es solo superficialidad o hedonismo, porque pagar cuentas, cubrir necesidades, dar dignidad y seguridad a una familia, como deja ver un discurso sobre el pasado de un empleado exitoso que ha cambiado su porvenir, también está en juego. El filme recalca y retrata plenamente esa idiosincrasia, poniendo perdedores por antonomasia como gente viviendo una existencia de lujo, privilegiada (aunque en tono ordinario), mucho sexo y alegrías de índole juvenil, puras, despreocupadas, excesivas. El sentido está muy claro, y el disfraz o consecuencia de la matemática, en el trabajo de los corredores de bolsa, es sumamente real y contundente en esta historia de hechos verídicos que nos cuenta Scorsese. La que se basa en la obra homónima y autobiográfica de Jordan Belfort.  

A muchos les puede doler y molestar ver que en efecto el dinero es más importante de lo que nos quieren hacer creer en cierto ideal alejado del materialismo y que nada en lo romántico, viendo como los ingresos pueden llegar a provocar mucha felicidad, transformar nuestro panorama, y es que si vemos sin distancia y en total libertad esta forma de vida, un capitalismo directo y transparente, en éste elogio al american dream, pero bajo una figura salvaje y a través de la deshonestidad, nos encontraremos con una sacudida hacia la realidad. No obstante, el exceso hace que no le tomemos en serio, siendo un poco obvio que tampoco se lo toma a sí misma, primando más en ella una especie de comedia, de irreverencia, de hago lo que me da la gana y no hay mucho debajo, no me importa. Su credibilidad entonces oscila entre su rabia e intensidad de contarnos un estado constante de clímax vivencial, sin medias tintas, sin hipocresías, ni mojigaterías ni parapetos morales, sin mediocridad o religiosidad, y el mandar todo al carajo, tanto que se da que el protagonista y la película te dicen que para que explicarte lo técnico de hacer las inversiones y negocios en Wall Street, que no vas a entender nada, mejor va a la atracción, la juerga, los desnudos y la riqueza. Esto genera adeptos como detractores, polariza y enfrenta radicalismos, es la cantaleta de siempre si lo vemos bien, en sentido de darnos un violento y poderoso golpe de honestidad en un tono rebelde, que es pues, no podemos negarlo, una virtud, duele pero es verdad, no hay más, hay que aceptarlo. No obstante, aunque entretiene y mucho (otro irrefutable gran don, y lo que sin duda la hace y la hará eternamente recomendable, sobre todo si no somos exigentes con respecto a la profundidad, y la mayoría no lo es), sus formas y despreocupación, su solventarse con “poco” –el dinero y lo que provee no lo es- por voluntad propia, por ideología, convencimiento y refracción empática, aunque idóneo en su tipo y lo que cuenta, siendo muy coherente con su historia, llegan a agredir nuestra paciencia, en la convivencia que esperamos afuera y que nos rige, no diré a agotar que sería lo más evidente de decir en contra y sería mentir, pero sus excesos no pueden evitar el vacío, un regodeo malsano, una enojosa estupidez, ¡eso!, que le va en contra en nuestra valoración, aun gozando y admirando en el séptimo arte cierta brutalidad, locura y la ruptura de reglas que nos suelen infantilizar, que nos dan todo bonito, formateado, todo convencional o pura fantasía (y en otro tipo esta tiene de ilusión).

El exceso termina siendo el bastión que divide las aguas, y en ello hallamos elogio y crítica, pero me decanto por anhelar mejoría en su retrato, en sus formas, aunque no sean del todo vulgares, porque les salva la estética y mucho conocimiento cinematográfico aun siendo un filme que no para de golpearnos con fuerza. Y nos recuerda -seguramente a muchos- algo a Goodfellas (1990) cuando se dice que un broker del tipo de Jordan Belfort (Leonardo DiCaprio) es actualmente peor que un gánster, pero también hay que decir que al sobrepasarlo en cuanto a la desconcertante personalidad sea a todas luces un filme muy inferior a Goodfellas que es una obra maestra.

DiCaprio es un buen actor, tiene altibajos como cualquier otro, pero tiene indudable talento, empezó de muy pequeño, tiene harta experiencia, y se nota incluso cuando comparte las enseñanzas del breve papel -pero capital en el recuerdo de una formación- de Matthew McConaughey que tiene simpatía, no se amilana -ante una carrera más sólida, como la de su compañero- y hace algo ejemplar y útil al uso. Sin embargo, no creo por completo que DiCaprio se vea como un aprendiz de él, aunque McConaughey haya crecido mucho ante roles exigentes en el último tiempo. E igual me guardo el veredicto final de mejor actor principal hasta que vea a McConaughey en Dallas Buyers Club (2013).

Leonardo se viste de lo mismo que enarbola el filme, del extremo, por algo es su protagonista y esencia, y da una interpretación con gritos, largos discursos encendidos, una expresión emocional a flor de piel, no teme explotarse en la intensidad, en la lujuria, en la irreflexión, pero siendo inteligente, locuaz, persuasivo, es un ir hacia adelante con una seguridad abrumadora. El intérprete y el personaje lucen entregados a su profesión, capaces de (casi) todo, y es notable en DiCaprio, quien exhibe que merece mucho respeto como actor. Falla a veces porque a cada rato se le pide que sostenga ese comportamiento, que presente una variedad expresiva desaforada, que la tiene y es imponente, aunque funciona más o menos dependiendo el momento, y que no le quita que mantiene en general lo que se quiere de su presencia, teniendo los valores absolutos de ese gran peso que es ser un iluminado, yacer en la gloria, la represente, que sea el más terrible y el más audaz del clan, y basta verlo drogado y articulando invalidez mientras se arrastra hacia su auto último modelo para que quedemos boca abierta con él.

Jonah Hill a ratos sorprende, intenta generarse un nuevo registro cuando parece algo limitado en un estándar de sujeto gracioso y poco camaleónico, no tiene mucho gesto original o nutrido, pero aunque logra algo, su conjunto es solo correcto, termina siendo anodino y bobo como acostumbra. Tiene destellos, en lo inicial, pero no vuela alto, no es completo.  

Hay que destacar el bien logrado mundo de las drogas y la prostitución, tanto que la fiesta luce más importante que Wall Street, que parece un mero pretexto que deja paso a algo más atrayente para el público, aunque tenga su clara necesidad como historia mayor, se requiera de un fundamento serio y valioso, finalmente “corrompido” para deleite del espectador. Es rico (literal), hay que reconocer, ver a tanta mujer despampanante (aunque suene machista), en su tono más primario, en uno solo, lo sexual. Se pueden observar desnudos completos de mujeres impresionantes, rubias curvilíneas como Naomi Lapagliala, la duquesa, esposa de Belfort, encarnada por Margot Robbie, una australiana de suma perfección física, muy bella, además de muy sensual, la que aporta su grano de arena como actriz, da un plus y hace algo bastante digno, teniendo sus momentos dramáticos y efusivos. No es Sharon Stone, pero es bueno ver que Scorsese sigue apostando por sangre nueva.

El filme subyace en el circo, y es que somos muy básicos también, no se puede negar, y nos atrae la vida del llamado lobo de Wall Street (la humillación en la comparación de ingresos durante el yate, aunque manida, más clara que el agua no puede ser), como él mismo lo dice, y puede que perdonemos la sequedad de tantas escenas, o la tontería (que también tiene ironía, ¿no lo es el sobrenombre de Mad Max?; y además sobra el sarcasmo), como imitar a Popeye con la cocaína, mientras nos impacta la recreación de un prominente culo que sirve de recipiente para drogarse, habiendo solo temporalmente rastros de dura reprobación como parte de un paquete, pero que no es la idea tachar sino ver al ser humano hasta en lo deplorable.

Scorsese le da al pueblo norteamericano lo que quiere, lo llena de coraje y orgullo, vitoreando salir de la pobreza y querer ser un ganador, y desde luego que es bueno creerlo, más repitiéndolo como un lema que importa mucho, el resto es disfrutarlo al gusto, es parte de un ideal y motor nacional aunque en un tono novedoso en cierta forma o el propio de la contemporaneidad, el actualizado dentro del libertinaje, y lo hace bajo el motivo del entretenimiento que le excusa de cualquier limitación, de alguna indignación que le exija cuentas, como hacerse cargo de los valores del filme y de su lugar de director (y se ampara, como explica, en la “mala” publicidad, la que enamora y cautiva a la mayoría hoy en día), en un trabajo cinematográfico que yace libre del juicio tradicional. Son otros tiempos, y se respeta el arte como tal. Si en otros territorios existe La gran belleza (2013), aquí Estados Unidos muestra lo suyo, tienen a El lobo de Wall Street, y aunque menor en alcance artístico (en el interior de un filme potente y de más fácil seducción) son complementarios. Dos caras de la misma moneda. 

lunes, 20 de enero de 2014

New World

Que me encanta el cine surcoreano no hay duda, y había que revisar alguna película coreana ya siendo tiempo, y encima una bastante buena, por lo que escogí el segundo trabajo de Park Hoon-Jung, famoso por ser el creador de los guiones de The unjust (2010) y I Saw the Devil (2010), este último uno de los mejores thrillers que se han hecho en Corea del Sur, mientras el primero paga con creces finalmente en su segunda parte tanto contexto, su argumento sofisticado,  al que podemos atribuir de un logrado cine de acción coreano. Y como era de esperar ante los dos precedentes, New World ostenta un guion y una historia rocambolesca, muy bien intrincada y fabulada en donde todo queda preciso para generar traiciones y espionaje, con la participación de agentes policiales encubiertos entre los gangsters y una fuerte rivalidad por el poder en la propia mafia dentro del anhelo de ser el presidente de la exitosa empresa que encubre sus negocios sucios, la que genera luchas internas y asesinatos que terminarán en la sorpresa final de un liderazgo impredecible donde el cierre como suele ser en este séptimo arte es una bomba de ingenio que reúne todas las piezas del juego tras una explicación y desarrollo con muchos giros, suma inestabilidad en medio de los tantos bandos en combate, como hacia sus protagonistas que son tan complicados de definir en sus lealtades, bajo el magnetismo de la ambición y el crimen como método de realización.

Lee Ja-sung (Lee Jung-Jae) es un policía que tiene muchos años -desde muy joven- metido de gangster en "Goldmoon", la fachada empresarial de una organización delictiva, al punto de yacer difuminada su verdadera presencia al convertirse en mano derecha e íntimo amigo de uno de sus cabecillas, de Jeong Cheong (Hwang Jeong-min), un alocado e impredecible sujeto aficionado como muchos en su país a los objetos de marca, pero que muchas veces no puede costear, y es como un rasgo de su personalidad, el usar copias. Ja-sung vive en el miedo continuo de ser descubierto, al estar su esposa embarazada y tener la presión de compartir infidencias con una falsa maestra que va a jugar una especie de ajedrez con él, pero que es también un agente secreto. Detrás está la operación “New World”, la infiltración de las llamadas ratas en los oficiales de la ley entre los mafiosos y que busca manejar la ascensión del nuevo jerarca criminal de "Goldmoon". La dirige el jefe policial Kang (Choi Min-sik) que es muy entregado a su profesión, siendo capaz de ciertas bajezas si son necesarias, con quien se ve a menudo Ja-sung en una piscina abandonada. Y no solo está Jeong Cheong, sino Lee Joong-Goo (Park Seong-Woong) otro gangster regente que disputa la presidencia, y que es ladino y de aspecto fiero, desconfiado. Entre ellos se exacerba su enemistad tras las trampas de Kang y la operación “New World” y con ello tenemos enfrentamientos como el cine coreano sabe enarbolar al estilo de una fiesta de violencia y arte en el trayecto, como en esa batalla en el estacionamiento en la abundancia de las dos pandillas armadas con cuchillos y palos, llegando a una lucha en un ascensor que es corta pero apasionada, irreverente y contundente. Como lo es la película, que fluye y se llena de energía mientras va soltando detalles y agregando argumento, porque van juntos intercalándose, lo que funciona tan bien.

New World es la historia donde se corrompe la sensación de yacer en un bando correcto (aunque sabemos que los reyes del mambo son gangsters y no se pretende lo convencional, no del todo, porque tampoco se pueden evitar referentes, aunque el relato se priva de cierta coherencia para hacer su juego maestro, y vaya que se trata solo de ligeros cambios), ya que no hay buenos ni malos, sino seres humanos bastante imperfectos y ambiguos, que no respetan reglas ni protocolos, son lo que les da la gana, y eso se lleva hasta el final que descubrimos un vínculo definitorio, y pues hay cierta virtud incluso en quien no parece tenerla, y una brutalidad desconocida –entendible en un pequeño colofón de la propuesta, cuando hay un trabajo suicida en un bar- que se hace camino, y leyenda.

La amoralidad es carta de presentación del filme, que se da con noción de sus personajes, que aquí nadie evita verse en el espejo, no les importa ninguna reprobación ni consciencia, y en ello la película es un divertimento que sigue la libertad total. Es la ley y representación de un submundo que resulta caprichoso, imprudente, emocional o a su vez muy calculador y frío, dentro de una anhelada hegemonía en donde hay que matar y ser desleal para llegar o mantenernos, aunque brille de vez en cuando un rayo de extraña humanidad y afecto. Vemos que los policías pueden ser crueles tanto como los sicarios, para sobrevivir y ganar la partida.  

El filme se alimenta de decisiones audaces en el interior de un panorama manipulado, leitmotiv de la propuesta. Le saca la vuelta a lo que aunque trepidante llega a nadar en algo visto, y en ello se cimienta una historia cautivante que continua generando complicidad y entusiasmo, entregando más y mejor entretenimiento, que se solventa en su capacidad para proveer intensidad, junto al aporte de las múltiples personalidades de derroche bien trabajadas, políticamente incorrectas, sea Kang y su intercambio de humillaciones con Joong-Goo, los exabruptos, abusos, comedia o rudeza de Jeong Cheong (como la liquidación de ratas), o los silencios, soplos y miedos dramáticos de Ja-sung, en que se llega hasta el estandarte de vivir en el límite, enfrentarse y dominar -en lo posible- a la muerte.

sábado, 18 de enero de 2014

Pather Panchali, Aparajito y Apu Sansar

Abordamos otro bastión del séptimo arte, el cine de Bollywood, de la India (dicho a grosso modo, ya que éstas pertenecen específicamente a Tollywood, al estado de Bengala Occidental), que es uno de los más amplios y auto-suficientes del mundo. En nuestro anhelo de visitar toda opción que produzca interés dentro de la gran pantalla que mejor que partir de uno de sus nombres más importantes, el de Satyajit Ray. Tocando su obra maestra, la trilogía de Apu, Pather Panchali (La canción del camino, 1955), Aparajito (El invencible, 1956) y Apu Sansar (El mundo de Apu, 1959) siendo Aparajito merecedora del fipresci y del león de oro en el festival de Venecia de 1957. Se trata de la historia de Apu que en cada película va creciendo, desde su nacimiento en la primera hasta quedarse de niño para pasar de ese estado a joven en la segunda y adulto en la última, en medio de un habitad humilde que comparte con su padre, un sacerdote hindú y poeta, su madre, una ama de casa que trata de sobrevivir con una baja economía, su abuela vagabunda y su intensa hermana mayor, la que aún no toma responsabilidades serias en su cultura; pero que irá perdiendo hasta quedarse solo y buscar su propio camino.

Es un retrato social tanto duro como enternecedor, pero de esas historias que no se regodean en la lágrima aunque muestra constantemente el dolor de la pérdida, se sufre pero se proclama continuar con la vida, reponerse, entenderlo, enfrentar un reto de hondura emotiva, de trascendencia existencial, de crecimiento interior. Y todo desde un contexto sumamente sencillo, austero, atractivo y sano en lo rural –pero que también retrata la ciudad, sin rechazo, pero teniendo retos y dificultades que vencer, como a su vez los hay en el campo; cuando Apu de chico se muda un tiempo con sus padres, cuando se va a estudiar, o de mayor termina viviendo en Calcuta- y hasta bastante folclórico donde se ve lo autóctono con una belleza y diafanidad digna de los máximos orgullos. Todavía más desde una familia de clase baja, pero instruida y con buen nombre desde su posición social, ya que suele versar mucho la ética y la moral en estos tres filmes, el respeto de los mejores comportamientos, que no impiden travesuras y mala-crianzas infantiles, enérgicos reclamos o depresiones que generan abandono, solo que el tono es de una calidez dominante, brillando como parte no solo la simpatía, el encanto, sino los buenos sentimientos. Es un cine amable, familiar, que retrata la vida desde un orden distinto al nuestro, pero a su vez valga la redundancia igual en nuestra humanidad, conflictos, mortalidad, necesidades, sueños, tristezas y afectos.

Es importante notar la construcción de su realismo, su deseo de que veamos su forma de vida desde lo más mínimo, su día a día, bajo una lograda composición artística que arropa al espectador y lo sumerge en un mundo, su aspecto formal, su tono, su música que acompaña como identidad cultural y que invoca intensidad, alegría o meditación.  Su gesticulación articulada y sus estados de ánimo en primeros planos. Siendo una aclimatación total donde los diálogos son hasta secundarios por debajo de sus imágenes de cotidianidad que se dejan comprender con facilidad y generando complicidad, como en la ilusión de ver pasar al tren –los rieles que simbolizan nuestros vaivenes- o de bañarse en el río, el comprar dulces baratos pero sabrosos de los ambulantes, el estudiar y descubrir la ciencia y a los genios universales, el compartir momentos de felicidad, el ser gentil, humano y ser optimista aunque a veces haya que atravesar duelos y estados de limbo para luego renacer.

Tiene cabida lo individual y lo colectivo, no discuten entre sí, más bien se complementan y se aceptan mutuamente; teniendo, claro, a lo autóctono como a la religión o lo que exige su sociedad en cuanto a lo clásico, que tiene mucho de arcaico, no lo negamos, por gran repercusión en sus existencias, y buscan complacerle más que luchar contra ello. Hay respeto hacia las creencias, lo popular, la gente y la convivencia y lo que implica asumirse en esos parámetros. La sobrevivencia va de la mano con la vocación, y los sueños en ello ofrecen una personalidad que se defiende a pesar de las preocupaciones y carencias que eso produce. Hay un aura por vivir bajo la realización de la libertad aun sobrellevando la consecuencia de la precariedad, y el ejercer oficios para alcanzar metas personales, siendo un motor y centro de gravedad la familia y el amor que debe acoplarse, pero que influye en mayor o menor medida, y a lo que hay que superar y enfrentar también para sentir y existir en nuestro yo. Su espíritu es el de los clásicos y su convencionalidad y frescura, su toque tan sensible y sin complejos al respecto, aporta una esencia que cautiva porque es segura y potente, atemporal, universal. En que vibra la candidez y el goce pequeño, la tontería y el sentimentalismo.

Las tres como es lógico siguen patrones, se parecen bastante, invocan mismos recursos y formas, tanto que Satyajit Ray matiza y escoge o se extiende desde lo mismo; es la ruta de la vida, donde hay que entender mucho a la muerte, punto álgido de las historias y de la existencia, mientras se va saliendo adelante. El hijo en Aparajito escoge destetarse, que es algo natural, aunque yace la particularidad de la dependencia del cariño que él representa para una madre solitaria; más tarde plantea lo contrario, en Apu Sansar, acercarse a la esposa, ser a través de ella, no obstante debe padecer como una especie de injusto karma el mismo trance que su progenitora, incluso en peores circunstancias, para luego regresar, amar nuevamente , es un ir hacia un punto principal en una oportunidad y en otro alejarse, una y otra vez, ese es el “meollo” del asunto.

La humildad en estos filmes es de suma complejidad, siendo parte de la idiosincrasia cultural de la India que puede resultar muy instructiva y novedosa para los que viven mucho lo occidental, se puede ser feliz y respetable a pesar de los problemas, como soñar y hallar la realización aun sobrellevando limitaciones. Fomenta un mensaje profundo, que no engaña, que se da desde la claridad y lo transparente. Se destaca un sentir mayúsculo que envuelve y rige sus propuestas. 

miércoles, 15 de enero de 2014

Una familia de Tokio

La admiración y el cariño hacia el director japonés Yasujiro Ozu – de largo alcance alrededor del orbe- ha pagado fruto en la última película de su compatriota Yoji Yamada que en la presente hace un remake de Cuentos de Tokio, adaptada a los días modernos de su país. El filme consigue perpetrarse en la clásica inocencia y belleza cotidiana del maestro, el que no rehuía enfrentarse a la problemática del mundo y de la vida, como en el caso de la muerte. Y es un logro para Yamada ya que en la actualidad no es tan fácil pretenderse dulce y sano dentro de un intento de recrearse en un aura de lo convencional, y terminar siendo elogiado, y lo consigue sin impostarle, esquivando caer en el descredito frente a la liberalidad, cierta incredulidad con el ideal familiar, la casi indiferencia hacia los valores tradicionales, o la corrección (que tampoco es que Ozu no representara la malacrianza o la rebeldía pero bajo un tono cálido),  y la desinhibición de nuestra contemporaneidad.  

Yoji Yamada nacido en 1931 tiene una nutrida filmografía, la mayor parte formada por una amplia serie de películas llamadas en común “Otoko wa Tsurai yo”, que traducida significa Es duro ser un hombre. Son comedias. No obstante, el interés, al menos de quien escribe, se posa sobre su trilogía del samurái, que consta de El ocaso del samurái (2002), la espada oculta (2004) y el catador de venenos (2006). Todas provistas de un drama bien concentrado, sólido, pero con un toque de liviandad en el trato que resulta ligeramente atípico alrededor de cierta figura más estricta con respecto a estos míticos guerreros, y es que su contextualización los humaniza mucho, siendo una virtud del filme, y no creyendo que por ello pierden las coordenadas del respeto por su leyenda, que se mantiene intacto, y más bien tiene más realismo su valentía y buen hacer en la lucha cuerpo a cuerpo. Las tres comparten formato, hay amor en conflicto o yace en búsqueda de salvarse o concretarse. Está la esposa sacrificada al entregarse a la infidelidad que es humillada y engañada, la dama que ama mucho pero no es correspondida a razón del orgullo (hacia la ética), la experiencia y la humildad que dibuja a un auto-desestimado pretendiente, y la criada leal y bella persona que tiene enamorado al patrón de mayor nivel social quien guarda en secreto su longevo gran afecto.  A su vez, espera algún encuentro espectacular donde se enfrentan fieros y diestros samuráis luchando a puertas de perder su hegemonía en combate producto de los nuevos cambios que se avecinan en el concepto de la guerra. Estos están muy bien preparados tras una historia envolvente aunque sean de las que suelen tomarse tiempo para explayarse. Otro rasgo es que los héroes presentan la idiosincrasia del guerrero ejemplar pero que sufre alguna minusvalía, como la ceguera, la pobreza o la soledad, y se hallan siempre en la disyuntiva de hacerse cargo de su condición de subalternos aunque privilegiados en su comunidad, aun sintiendo rechazo por algunas ordenes; se deben a un clan y a un líder, e incluso el oprobio o la compasión se solventa bajo fuerza mayor.  Las tres son cintas muy recomendables.

Una familia de Tokio apenas hace algunos cambios, desaparece un personaje aunque era entrañable, el de la hija política sumamente amable que guarda fidelidad ascética a su difunto marido muerto en la segunda guerra mundial, por una mirada más optimista en una cuñada bastante joven que organiza, futuriza y mejora con su sola presencia la vida de la oveja negra de la familia, y este hijo toma más vuelo y biografía que antaño. Después el resto casi se respeta al pie de la letra, con la salvedad que reina otro tiempo y se deja ver como una relectura que genera una actualización que aunque no pinta  muy novedosa porque no quiere alejarse de una esencia, genera suficientes datos de identidad, se trata más de detalles sugerentes que de otra cosa, de la contemporaneidad nipona.

Los personajes cumplen en esta nueva versión, y es algo importante, porque la fuerza yace en ellos, incluso la hija dueña de una peluquería es más afable que la que la precede que era algo más ruda y más interesada en sí misma. La seriedad ahora recae en el vástago que es doctor que se desdibuja aunque el anterior no era mucho tampoco, pero sí generaba ideas como con su extracto humilde y de ello un tipo de decepción puesto el ojo avizor en una imagen engañosa. Sin quitarle mérito a Yoji Yamada, Ozu era sutil pero muy profundo en ese estilo que lo caracteriza, de presentar mucho con apariencia de algo pequeño, en cambio Yamada hace de su discreción que nos pasen desapercibidos muchos pensamientos, que no calen o no lleguen a tomar trascendencia, aportando una mirada más repetida y fácil de la desilusión (y esta vez preocupación) paterna en el hijo menor, que puede ser muy simpática como lo es dicha representación actoral pero más de trazo grueso.

A favor de Yamada está que sabe mezclar lo actual con lo tradicional, y es que el conjunto vive en el siglo XXI aunque los padres  vengan de afuera de la capital, y ese tino brilla, a diferencia de ese cariz rural, bastante diferenciado, de los progenitores que crea Ozu. No trata de forzar el clasicismo, si bien lo obtiene mediante las maneras y el tono. Puede que en general como es lógico se sienta el filme menor a su antecesor, en esa fusión de frescura y complejidad del original, pero este es un buen remake aun hallándole peros.

Esta trama tiene mucha consciencia de sí misma, no podemos evitar notarlo, pero en descargo decimos que es como hoy se vive, estamos como más despiertos, menos ocultos en las formas o en el apaciguamiento (siendo antes vital el emborrachamiento, ya que demuestra la efervescencia que tenían antaño y que era tan revelador en el maestro; en la presente pasa como algo menor o anecdótico que hasta esta fuera de campo porque ya no es ninguna sorpresa, aparte de que el padre tiene un aire más culto que el de antes), somos más intensos o se nota más en la sociedad, pero al yacer este en parámetros clásicos necesita lograr imprimirse la anhelada apariencia de espontaneidad bajo ese orden, uno que llevaba tan logrado el arte de Ozu y hacia tan realista su recreación, y no es que sea algo complicado por cumplir pero llegar a ese grado de naturalidad es cosa seria, depende de mucho talento, aunando que no debe fallar como parte de nuestra época, y en una medida saludable se consigue, se posee sentimiento, que es la gran capa que brota de ambos filmes como parte de una personalidad que ambiciona la segunda.  Y no puede dejar de ser ñoña por ratos, pero agradable, y está bien porque con el hijo adolescente se prevé antipatías.

Qué difícil es acometer este remake, si le analizamos a consciencia, y no solo vemos una historia de apariencia sencilla, porque vivir a Ozu no basta, lograr el aire Ozu es lo complicado, asumiendo ver tanto tras sus formas. Yoji Yamada hace un filme entretenido, eso no le falla en nada, incluso puede serlo más en su versión que en la pasada pero como sabemos hay otros valores artísticos en juego que valen mucho más, y estos se logran lo suficiente como para ver que Una familia de Tokio es un bonito cualificado homenaje de Cuentos de Tokio.

domingo, 12 de enero de 2014

The Broken Circle Breakdown

Ganadora del premio del público en el festival de cine de Berlín último, mejor guion y actriz en el festival de Tribeca 2013, y nuevamente mejor actriz en los Premios del Cine Europeo del mismo año, en que postulaba como favorita, pero que terminó siendo vencida por La gran belleza (2013). El director belga Felix Van Groeningen  trae frescura en su cine que suele congeniar entre lo cool, un halo de eterna juventud que debe enfrentarse a la dureza de la vida, y -a esa vera- lo dramático que llega hasta el melodrama.

Dagen zonder lief (2007), que traducida sería "Con amigos como ellos", no es la más recomendable de sus películas, y aun así no es una mala propuesta, pero sí bastante menor como opción, siendo lo importante de su mención que permite ver el estilo de éste cineasta, aunque en estado menos elaborado. La historia retrata como una muy buena amiga de antaño aun joven, vital y guapa pero con un novedoso teñido de cabello rubio regresa a su ciudad origen y se reencuentra con sus viejos amigos, que son igual de alocados que ella, solo que están pasando por un trance, empiezan a madurar a la fuerza, a razón de la realidad que golpea, más por el pasar del tiempo que otra cosa, algo intrínseco; sin embargo siguen teniendo ese espíritu libre de irse a emborrachar, hacer diabluras –uno tiene un bar de desnudistas, un segundo tiene al padre de su novia como ayuda con un trabajo en su empresa, que no le gusta, y otro labora con la informática desde su casa - y solo querer divertirse, aunque empieza a agotárseles, y dado el caso central de Kurt deben enfrentarse a la frustración de una etapa adulta que nos descubre la importancia de tomar seriedad en la vida, que en Van Groeningen  significa -como muchos argumentan- que hay que mantener la posibilidad del escape para tomar aire, y luego aceptar lo que viene, si bien la forma de entenderlo es bajo un quiebre mental violento. El belga en esta obra resulta muy superficial, se deja llevar en buena parte por la fiesta que impone, a pesar de que luego la desestabiliza, pero que al final ello resulta poca cosa. No obstante al exponer a los personajes bastante extrovertidos, imperfectos, débiles emocionales e inestables se hace de la contundente presentación de la locura de una edad que empieza  a mutar. No será ésta obra una maravilla de la introspección porque nada en lugares comunes y parece no pretenderse más que como una lección existencial sumamente pequeña, pero tiene su toque de entretenimiento con retrato y mensaje desde lo buena onda. Seguramente es bastante olvidable, pero para los curiosos y a los que les gusta lo juvenil puede gustarles.

De helaasheid der dingen (2009), que puede titularse "Los desafortunados", parece una toma de consciencia del director –que luego traiciona o agota porque se decanta por un giro de último minuto, tras explotar el desastre que es lo que hace cautivante su filme aun siendo más de lo mismo, solo que en un país europeo- o asumir lo que antes no concretó, o quizás solo dibuja una injusticia del mundo que corrige con la ilusión facilista. Si vemos que en la anterior película se muestra tolerante con la inmadurez, que claro lo entiende seguramente como mantener la alegría de la temprana edad, como que se las juegan por la felicidad. Este filme carga con un error que llevará The Broken Circle Breakdown, que se repite en él, su simpleza en cuanto a lo que deciden sus criaturas, su ligereza para contarnos una historia, imitando el cine americano comercial que no llega a capturar en toda su habilidad si bien aprueba y llega a agradar, que en ésta anterior película se presenta como un golpe de suerte, querer ser escritor, que no a través del trabajo duro –aun no hablando de un oficio de empleado, los que hace ver sumamente desagradables y a lo que le damos la cuota de veracidad, al menos- para lograr el éxito. Y al respecto, creemos que no basta solo enseñar penuria, pobreza,  y a razón de ello dibujar un (común) disgusto que culpa el pasado con el cual también es condescendiente (siendo curioso que teme convertir esta realización en un melodrama y más tarde lo aborda en toda ley, como antes con la inmadurez y su devenir en la vida, en que tampoco en la presente puede evitar dejarse llevar, porque en el filme muchas vivencias idiotas se llegan a disfrutar), aunque en lo práctico revierte un lastre -aunque sea el de un padre que en su calidad de vago tenia buenos sentimientos debajo- y un contexto que dirige mucho nuestra realidad, algo que en Van Groeningen le falta asumir mejor, puede que porque se pretende naturalista o documentalista en su ficción de alguna forma, no quiere inmiscuirse mucho en sus ilustraciones de personalidad y de reflejo de ello, pero eso denota que el fondo que imprime a sus filmes suele ser muy endeble, algo que le acompaña, y únicamente le salva pensar que sus retratos son los de personas tan sencillas que no ameritan más de parte de él. Aunque como fuera, es un filme que no podemos negar que genera atención,  divierte, y mucho, y eso hace complicado clasificarlo, no se le pude criticar del todo, porque asoman aciertos en su imperfección. Su mayor problema es que se pretende sencillo, pero también es su basa, porque atrapa.

The Broken Circle Breakdown es su culmen, es mejor que las anteriores pero carga con algunos fallos habituales, y más que eso diríamos que son rasgos ya de identidad, de estilo. En esta oportunidad su trascendencia toma más seriedad, se afianza más, pero aunque ciertos comportamientos tienen su lógica padecen de cierta irreflexión, y es que lo del tatuaje y reiniciar -como anteceden los sobrenombres- se trastoca, pierde su efecto mayor, y puede ser romántico y melancólico pero improductivo, contradictorio. Nuevamente hay un final sorpresivo que resulta a un punto frío aun en su efectismo y llamado emotivo, exagerado, pero que sigue el código de un subgénero y por lo tanto es idóneo. Lo que tampoco luce descabellado como opción dada las circunstancias, sino un acto de nuestra debilidad e imperfección, esa que hay que reconocer que retrata muy bien Van Groeningen sin aspavientos. Sus protagonistas propician que uno se enamore de ellos, son simpáticos, calan siendo inocentes y frescos en sus juegos de afecto, y eso ayuda mucho más a entablar conexión con el conflicto. Su química es impecable, creemos en ese Alabama Monroe que se queda volando en el aire. Como lo de los pájaros chocando contra  el vidrio, al no ver lo que es, primero como fuente de comprensión de la muerte en lo literal, y luego en la metáfora de la imposibilidad de aprender. Tanto como en el dulce gesto de las calcomanías de águilas como una sanación/salvación temporal, anímica. Que sin embargo, aunque no todos, muchos superan lo que parece imposible.

Lo mejor, su música bluegrass, un tipo de sonido country más profundo, como se dice. Sus composiciones y cantos dentro de un espectáculo versado sobre un sentir de proximidad o en los lugares de reunión familiar otorgan bastante fuerza escénica, se ganan al espectador, hacen brillar el drama llenándolo de un aura especial y con ello el logro formal de la propuesta que toma un cariz audaz y seductor, cómplice, actual. También está mucho más logrado que antes el quitarle solemnidad al filme, con los flashbacks y las rememoraciones de los tiempos compartidos, que van explicando como un rompecabezas el contexto, aunque también sirvan para la lágrima, al comparar momentos.

El filme nos cuenta como Didier (Johan Heldenbergh) y Elise (Veerle Baetens) se enamoran, siendo ella tatuadora –que hay que decir que los abundantes tatuajes de su personaje lucen sensuales y no vulgares a diferencia de lo que siempre se ve, y no le restan afabilidad o ternura- y él músico de folk, tocando el banjo y cantando la música autóctona norteamericana –un amante de EE.UU desde su natal Bélgica, y anotamos que su crítica no es hacia un país, sino hacia una política-, que ante una duda inicial enseguida logran consolidar su amor y tener una niña, que luego se enferma y les lleva a replantearse la vida; y en ese trayecto de pena decidir por un camino, y son dos las respuestas consiguientes, mientras pelea el ateísmo y la fe. Ella cree en el cielo pero rompe sus reglas, él no y las refuta enarbolando un anhelo de cambio a través de su experiencia íntima. La resolución de cada uno genera crítica, una pasiva (hacia Dios) y otra activa (hacia el hombre), y la que más se apodera del filme es la racional.

Esta película es un melodrama y por ende tiene su lado que estimula mucho las emociones, y es inevitable sentir que se nos instiga a sufrir a través de la historia, mientras la sencillez que no en la forma porque utiliza todos los tiempos y uno va conociendo detalles que hacen de background y anticipando momentos ante esa estructura, juega a favor como en contra según el criterio y nuestra sensibilidad como la propia exigencia. Aunque afirmamos que esta propuesta no es nada del otro mundo, sigue parámetros comunes, y no representa una historia compleja de seguir siendo Van Groeningen naturalmente propenso a no dejarse absorber por un ritmo y un entendimiento más arduo, sin embargo la historia por tener una temática delicada crea un alcance mayor, como cavilación existencial, que apela a nuestros sentimientos más puros y más definitorios, y hay que decir del belga que no se excusa de aprovecharlo, de presionar hacia la compenetración primaria. Pero con su buena mano, logrando que le prestes atención, que disfrutes su narrativa mientras procesas su desgracia, en un relato dulce y amargo, como el mismo bluegrass, en donde letras melancólicas o cargadas de sentimiento se dan con una melodía vital, vibrante, que valga la paradoja produce el baile, y es que es una buena señal ante las adversidades, el aceptarlas y seguir adelante, el palpar la idiosincrasia de la vida, y el mundo, y respirar. 

viernes, 10 de enero de 2014

Capitán Phillips

A puertas de empezar con el Oscar 2014, la última película de Paul Greengrass se apunta a ser una de las favoritas de este año, teniendo altas dosis de emoción, sabe cómo mantenerte en vilo, ponerte a la expectativa del desenlace. Basado en hechos reales, el director británico se mueve en un terreno que domina, como se puede observar en anteriores películas suyas. Véase Bloody Sunday (2002), un retrato certero sobre la muerte de 14 jóvenes irlandeses en una marcha pacífica por los derechos civiles acaecida en 1972 cuando el ejército inglés disparó contra ellos sin la más mínima contemplación convirtiendo una fiesta por mejoras en el país contra el dominio británico en una masacre inaudita que se recuerda como el llamado domingo sangriento. Greengrass hace gala de un ritmo excepcional, contando esa batalla desigual en medio de las calles del norte de Irlanda donde se mezcla la estupefacción y el miedo de muchachos indefensos bajo el inclemente fuego oficial que parecía estar acometiendo una misión militar de aniquilación, por salvaguardar su supremacía. Para conocer al detalle ese acontecimiento, y sentir en la sangre el dolor de esa ignominia e inhumanidad, que se investigó pero no hallaron culpables directos dentro del ejército inglés que argüía haber sido agredido con armas desde la manifestación, que no se encontraron al final, este filme es preciso, intenso y pormenorizado. Se vive el sentimiento en un estado puro de recreación donde se trata de un realismo seco sin demasiados efectismos que mermen su acción y reflexión seria, con una dramatización milimétrica, sin sobredimensión, solo que sin desestimar el terror y los referentes familiares de la victimas que identifican vínculos con el espectador. Conteniendo los distintos puntos de vista, sobre todo de activistas legales irlandeses contrarios a la violencia, y una contextualización que brilla en una explicación didáctica que cautiva en su visceralidad, profundización y fuerza emotiva, dentro de una fatalidad histórica.

Otra clara propuesta referente que antecede la buena mano de Greengrass en el resultado de Capitán Phillips es Vuelo 93 (2006) que aunque toma la mayor parte de su metraje para ponernos en el lugar de los hechos, en el secuestro de una cuarta avión durante los ataques terroristas a las torres gemelas en que los pasajeros se amotinaron contra los extremistas árabes en la lucha por la supervivencia de un plan de último minuto, retomar el control de la situación y pilotear el avión escapando de una muerte inminente, que los condujo a la inmolación, tiene unos 30 minutos finales que ponen la lágrima a flor de piel, y pues cala muy hondo en su humanidad, albergando mucha fuerza escénica que llega a un desenlace que bien paga toda la paciencia que requiere ver el completo detalle de los acontecimientos recreados de aquel momento terrorífico, único, desgraciado, para las personas de éste vuelo. Ese cúmulo de emociones que despliega esta historia se puede ver más tarde en el mismo Capitán Phillips que se mueve en un constante estado de tensión, a través de idéntico anhelo de supervivencia, de su ansia de reencontrarse con su familia, al tener la voluntad y la expectativa de superar un impase de shock, una dura prueba existencial.

La última película de Greengrass retoma su buen hacer tras el impresionante éxito en el hito de colocar una saga en el agente disidente Jason Bourne que representó una buena bocanada de aire fresco en el cine de acción que seguro hizo temblar a más de una estrella en ese género, o más bien los despertó de su letargo último porque actualmente todos ellos están muy prolíficos, abriéndole la puerta a casi cualquier actor para convertirse en un hombre de armas a tomar y peleas a puño limpio. Y tener un bajón con la complicada, técnica y elusiva Green Zone: Distrito protegido (2010), la que hizo gala de mucho humo, aunque también de atrevimiento.  Capitán Phillips es adrenalina y sorpresa por montón, detrás del abordaje de cuatro piratas somalíes a un barco portacontenedores americano en medio del océano índico, de donde se dan muchos giros gracias a los contraataques de los que se rehúsan a ser solo víctimas, una característica del filme, si bien más tarde hay una muestra de grave desánimo en una carta de despedida escrita impulsivamente en medio de un momento álgido y como consecuencia un accionar suicida. Greengrass aprovecha cada minuto de su propuesta, y pues es una constante sacada de vuelta contra la tranquilidad, qué manera de generar tensión, y buscar aventura, su intensidad al contrario de agotar o disminuir, se va incrementando. Es un estado latente de emociones representadas en el rostro de Tom Hanks en el papel del Capitán Phillips, el que se mueve en el miedo y en su dificultad de inmovilidad ya que tiene cariz de héroe aunque proveniente de un hombre común. Su intrepidez lo lleva a no solo sentarse y esperar que surja un milagro, o que los comandos de la armada americana lo rescaten, sino se lanza a engañar o defenderse de su captores.

El filme salta de una conquista mayor bajo elementos rudimentarios, que no las famosas y temibles AKM, dentro de una ambición y hambre que llena el delito de una extraña pasión, para centrarse en un espacio pequeño que explota con efectividad, de la mano de una cámara que se arma con mucha vitalidad, que se mueve con ritmo y suma convicción, conocimiento. Es un thriller de primera como hacía mucho Hollywood no nos los entregaba.

La biografía de los hechos reales se amolda mínima a lo que se transforma – veloz, y se felicita ser tan directo porque dado el caso entiende cuál es su lugar, el que arma sin escollos de forma sólida con muy poco, entrando de lleno a la situación en el seguimiento de esos dos pequeños botes  a motor, a la vera de apenas una selección y negocio raudo en una playa- en pura acción, entretenimiento puro y duro bajo la impronta de una vida en riesgo, de salvaguardar la existencia de cada ser humano, el que una persona sea tan importante, y es que hay que recordar que todos los somos como bien siempre propone EE.UU con sus ciudadanos (sino pues uno pensaría para que tanto problema, táctica, preocupación y movimiento, si aniquilarlos a costa de desestimar a Phillips podría suceder más rápido de lo que un francotirador hace su trabajo, si bien hacen valer muy bien todo ese entrenamiento y sus ideales brillan en un ejército que efectivamente tiene también mucha razón de ser en pleno siglo XXI), porque en eso se convierte la propuesta, y no es un  demérito en absoluto, como se suele pensar cuando se piensa en arte y hay que tomar nota de ello, sino todo lo contrario, lo decimos como una gran virtud del filme que articula los componentes más primarios de una forma avasalladora y admirable, que vive gracias a que anida en ella sustancia, porque tiene su infaltable cuota de humanidad, como bien sabe exhibirla Greengrass, pone a un ser humano al borde del límite, al quiebre de su fuerzas, y nos entrega un destello de nuestra esencialidad que nos dibuja en nuestro tesón y ánimo de supervivencia.

Otro punto es que los piratas aunque son muy sencillos, la mayoría esquemáticos, se articulan visualmente al máximo para dar una recreación vibrante donde cambian de la mera amenaza o inactividad dentro del peligro que representan a la alevosía y la criminalidad más violenta, como Muse (Barkhad Abdi, loable en un pequeño  pero importante papel lleno de fuerza, que tiene su lado de expresividad y no es exagerado, como requiere su rol) que es el inteligente del grupo, el líder, y el que posee mayor control y que es más osado que el resto, es el que despliega cierta complejidad pero basado en su desenvolvimiento activo, que no en ningún background salvo que es un pescador pobre que no tiene oportunidades en su mundo, como sus compañeros. Siendo alguno débil, producto de una herida en el pie, y otro bastante exaltado e intimidante, más salvaje. Los cuatro cumplen, y favorecen el filme, cosa que suele quitarle a menudo a la mayoría de películas, el contar con lo autóctono, los no-actores. En cambio los cuatro somalíes están estupendos, y demuestran que se puede lograr la ansiada verosimilitud con ellos.

Capitán Phillips es una gran película. Particularmente no hallo punto flaco, y no tengo ganas de buscarle defectos,  porque es sencilla y sabe aprovecharlo, logra sin problemas engrandecerse, no hay exaltaciones innecesarias, no hay más que emociones justificadas. Su desenlace es una clase de actuación que nos recuerda que Hanks es un actor experimentado, sabedor de sus alcances, bastante cuajado y maduro, y es que habíamos olvidado que tiene dos Oscars en su haber, y claro, nos lo acaba de hacer ver, por medio del genio de Paul Greengrass. 

jueves, 9 de enero de 2014

Por el camino de Swann

Leer En busca del tiempo perdido es una misión, sus siete tomos se convierten para todo amante de la literatura -en los que humildemente me encuentro- en un anhelo importante al ser uno de los puntos más grandes de las letras universales, pero acometerla requiere mucho tiempo y un necesario toque de paciencia, ya que no es una lectura fácil, y por supuesto toda obra que se precie no merece ser leída como si tuviéramos una revista entre la manos en un aeropuerto o dentro de una peluquería. Decidido a leerle, al gran Marcel Proust, hemos empezado como es lógico por el primero y de ahí sin apuro pero atentos iremos avanzando de uno en uno. Por ahora toca centrarnos en éste, y reconocer que es una lectura que en un inicio se presenta complicada producto de ostentar frases extensas llenas de digresiones y cavilaciones superpuestas que toman mucho recorrido y aire. El retrato de una infancia y su legendaria magdalena mojada en té lo vemos en el arranque y entendemos como Proust invoca recuerdos con los sentidos, como su percepción se abre y junto a su mucha cultura viaja por la memoria que se pierde en las artes, como la música, la pintura o la escritura, pero también lo más próximo, lo cotidiano, nuestras vivencias y añorados contextos que se pegan a entidades especiales que permite que se les rememore con brillo poético, romántico, inteligente y emocional, que las recoge y las abre como una flor de portentosa hermosura.

Un niño y narrador omnipresente despierta en Combray, y de la mano de su primer amor, nos describe no solo su privilegiado entorno contando con frescura y relajo pero con fina prosa, sino a Swann, un amigo de sus padres, tías y abuelos, que escritor en ciernes o quizá frustrado –evidente trasunto del mismo Proust- ostenta una gran fortuna heredada y un abolengo respetado en las altas esferas de su sociedad, moviéndose bajo la aceptación y cariño de la aristocracia, pero que en él no le es suficiente, y busca el placer en otras partes menos honrosas para los tiempos, gracias a un apetito por mujeres más llanas, mezclándose con los que uno suele decir que “quieren ser”, una clase que se adjudica de intelectual, apasionada por el arte pero que tiene mucho de pose y de envidias, un escalafón inferior que pugna por tomar el lugar de la realeza, se diría. Swann es un reflejo de la propia idiosincrasia que atraviesa aquel niño que nos cuenta sobre su familia, su infancia, sus gustos, su época y apetencias, se enfrenta a un amor difícil de lidiar, que valga la paradoja para el adulto es nada más y nada menos que una cocotte, que en francés designa a una prostituta más discreta que lo normal, una de antaño, refinada e instruida, de altas esferas, que se hace de favores por medio de sus encantos y simpatía, siendo Odette de Crécy en palabras de Swann ni siquiera muy atractiva, irónicamente no era su tipo, pero cuida muy bien de su apariencia y la moda, se pretende admiradora de las mismas artes que subyugan todo el libro y definen a Proust. Y termina enloqueciendo, seduciendo a Swann que deja de ser un mujeriego y un tipo autosuficiente para seguirle a todas partes, aceptando incluso su desdén e imposiciones, sufriendo de afiebrados celos en sus manos; aun siendo éste moderno y tolerante.

El protagonista es como un ratón de laboratorio al que la introspección del autor le saca suma sustancia, detallando cada cosa que pasa por su mente durante el lapso que se relata esta relación, el enamoramiento, previo a un desenlace “sorprendente” que bien paga toda la lectura del libro. Proust saca de él hasta lo mínimo, y lo hace con una sinceridad abrumadora revestida de estética, pero a este punto con una escritura muy amena y accesible, solo que se toma su tiempo, ya que se mete en su psiquis y expone todos sus secretos, todas sus cavilaciones que van mutando y exhibiendo la refracción del instante, una realidad que se desnuda bajo sus ojos centrados en Odette. Es cautivante apreciar como las letras pueden convertirse en un espejo tan profundo de la personalidad, incluso del alma, logrando en el trayecto que sea tan o más real que lo que uno puede ver afuera en la vida donde cunde el hombre simple, que comentamos, es lo que termina siendo Swann al yacer descubierto ante el lector, y describirnos en sí tan fehaciente al ser humano íntimo.

Por el camino de Swann se divide en tres partes, la primera, Combray es la introducción a un mundo, el de Proust, a su existencia, y a esa honesta y total entrega al reino de la literatura que enmienda con creces cualquier frustración y desilusión en la tierra, y no tuvo pocas, una justicia del mismo tiempo al que logra vencer. Es el más arduo de seguir, pero rabiosamente hermoso, en muchos ratos dulce, un alarde de genialidad y excepcionalidad aunque cueste empatizar por su dificultad. Lo que hace único y tan especial al autor. Obra del absoluto detalle y la centralización. La segunda, Unos amores de Swann es la más popular, la que se vende mucho sola, es la más fácil de seguir y de vivir, y es muy atrapante, es la razón de amar a Proust y su libro, el meollo del asunto, un ejemplo práctico extenso de atrapar el recuerdo amado, complejizado en lo que llega a abarcar, pero escrito con ánimo de seducir. Y por último tenemos Nombres de tierras: El nombre, que es el desenlace, el eslabón entre las dos primeras partes, y aunque son unas pocas páginas no es tan menor  dentro del conjunto, sino cierra nuestra lectura con una sonrisa, afirmando el deslumbramiento de Swann y la complicidad última del creador, si bien uno no puede dejar de sentir que brilla un poco la ironía en la obra que en su sutilidad aporta, y es que la mano delicada y dedicada de Proust se percibe desde un comienzo y anuncia una obra que invoca acostumbrarse a esperar cuajar en largas distancias, que no solo se trata de la ambición de sus extensas frases, sino estar bien adentro de sus 516 páginas, se respira un goce (de reunión) que perdura tan igual al que se añora, y paga cualquier esfuerzo con el sentir palpable de que justifica el renombre y la gloria.

““Ese pobre Swann –dijo aquella noche la princesa a su marido- sigue tan simpático como siempre, pero tiene un aire tristísimo. Ya le verás, porque ha dicho que va a venir a cenar una noche. En el fondo me parece ridículo que un hombre de su inteligencia sufra por una persona de esa clase, y que, además, no tiene ningún interés, porque dicen que es idiota”, añadió con esa prudencia de las gentes que no están enamoradas y que se imaginan que un hombre listo no debe sufrir de amor más que por una mujer que valga la pena; que es lo mismo que si nos asombráramos de que una persona se digne padecer del cólera por un ser tan insignificante como el bacilo vírgula.”

La vida de Adèle

Muchos creerán que Abdellatif Kechiche, el director tunecino creador de esta película, recién ha saltado a la notoriedad al ganar la tan ansiada palma de oro, en el último festival de Cannes, pero no es del todo exacto, anteriores propuestas suyas han obtenido altos reconocimientos, como La escurridiza, o cómo esquivar el amor (2003) que ganó mejor película, director, guion y actriz prometedora para Sara Forestier en los Premios César, los galardones de la Academia del Cine Francés, y además con ésta realización el premio especial del jurado en el Bafici del mismo año, el 2005. Una película que permite vislumbrar lo que más tarde será, aunque claro distinta al final, La vida de Adèle, donde una actuación escolar de una obra de Pierre de Marivaux, "Juegos de amor y fortuna", hace de un barrio árabe-francés de los extrarradios de París, el calidoscopio de la búsqueda de amor de unos adolescentes, en que pasan sus días peleando por sus relaciones afectivas, mezclando conflictos entre los muchos deseos y compañerismos. Un filme ágil y relativamente corto a diferencia de otras obras de Kechiche quien suele llevarlas hasta cerca -o ahí mismo- de las tres horas de duración como pasa con los 179 minutos de Blue is the warmest color, el título en inglés, para La vie d'Adèle en el original.

La escurridiza tiene su encanto, se deja ver fácilmente, y sus actuaciones juveniles cumplen en conjunto, están muy bien, son fluidas, expresivas y naturales, salvo en el caso de Krimo que parece fastidiado con todo a su alrededor, lo que le da una mueca como de cansancio que no se le quita nunca, sin embargo su rol funciona y se presta para que brillen otros más dotados como la mencionada Sara Forestier, el objeto de deseo, junto a dos en especial, el mejor amigo que interpreta a un matón, sencillo pero directo al punto, efectivo, y la que me ha impresionado en particular de todos, la actriz Sabrina Ouazani que hace de la combativa y acelerada en su verbosidad cuando se molesta, Frida. Es un filme muy ameno, muy recomendable desde una sencillez bien explotada, con una metalingüística cinematográfica que oscila sin problemas entre la vida y lo ficticio, y se hace más grande. Sin sobredimensionarla, hay que verla.

Otra como Cuscús (2007) se ha atiborrado de reconocimientos el 2008 como nuevamente se hizo presente el premio César a mejor película, actriz prometedora para Hafsia Herzi, director y guion, al lado del fipresci en Los Premios del Cine Europeo, y ¡vaya! el festival de Venecia, que le dio el premio especial del jurado, el de mejor actriz a Herzi, el Signis y otra vez el fipresci. Este filme retrata como un viejo pescador originario del Maghreb  quiere poner un restaurante en un muelle francés, cosa que en tiempos duros, mucha competencia y por la burocracia gala no es cosa fácil. Para ello recurre a todos sus seres queridos, desde su ex esposa que es la que cocina delicioso un plato típico tunecino, el cuscús de pescado, que debería ser la fuente de su fortuna, y sus tantos hijos, a su actual pareja y su hija Rym (Hafsia Herzi), la que pone mucho empeño para ayudarle, como se ve en un baile de barriga muy exótico y sensual que denota no solo las raíces arábicas, sino mucha personalidad, y lo que a parte de su emotividad le valió tantos aplausos justos, teniendo una belleza de mujer común aún bajo su procedencia. La película muestra conflictos familiares en medio de la ilusión y (más) el trabajo duro por un sueño que es lo que se aborda largamente en el metraje, lo domina todo se podría decir y de ahí se desprenden ideas, el deseo de progreso, la unidad en la variedad, los orígenes y el contraste con la sociedad en que se vive. Hay que decir que se siente a ratos el ritmo y su extensión ya que pormenoriza mucho, va lenta, pero es una bella contextualización de la inmigración, específicamente la tunecina. 

Su anterior película fue Vénus noire (2010) que recuerda en parte a El hombre elefante (1980) pero sin el exacerbado dramatismo y el aclamado llanto, sin buscar tanta sensibilidad, con un tono más pegado a lo normal aun siendo algo especial, y pues con una cercanía al ridículo que logra manejarse. Puede que estemos ante alguien no tan distinto, pero que por un trasero descomunal y unos labios vaginales prominentes, el pertenecer a la etnia khoikhoi, y creerle el eslabón perdido de la humanidad entre el mono y el hombre, es sujeta a convertiste en una novedad de circo, a ser una razón de ambición de la investigación científica de la época, y a sufrir con la dificultad de sobrevivir como cualquiera, que sería su humanización y su dificultad de adaptación ya que es como un freak show, conocida como "la Venus Hotentote", y ella como dice quiere ser también bella.

Tiene una trama triste que no recurre a esa sobreexplotación, lo cual es elogiable, y eso la hace una historia nueva, distinta a otras, y pues además resulta lo más lógico. Su calidad de excepción se maneja notablemente basculando entre la ordinariez –a veces no intencionalmente, pero queda una sensación de  ambigüedad creativa que favorece al filme a fin de cuentas- y lo supuestamente extraño, apuntando claro a los segundo pero queriendo en su relato ella ser lo primero y no pudiendo por necesidad económica y supervivencia; que al “lograrlo” la idiosincrasia se vuelve aún más trágica. Tras empezar en un pequeño local de carnaval inglés pasa a venderse como un espectáculo obsceno y recreativo de las clases altas francesas, para terminar en la prostitución más ínfima. Una vida  de bohemia, y de calvario, de vejación, tantas veces consentida, que se basa en hechos reales acontecidos a inicios del siglo XIX. Puede adolecer también de mucho metraje y de lentitud, pero es una película interesante, sobre todo en la conformación de nuestra identidad y seguridad, de nuestros anhelos de felicidad, en medio de un contexto atípico, pero que revela nuestra calidad de ser humano. Nos permite ver tras el constante castigo de la existencia.

La vida de Adèle retrata el descubrimiento de una sexualidad, para el caso del lesbianismo, y el primer y más fuerte amor que se convierte en una relación sólida que luego tiene su conflicto afectivo, en la piel de Adèle (la tierna, desbordante, preciosa y joven Adèle Exarchopoulos). Es un filme sencillo que tiene su máxima atracción en su cariz sexual, no lo vamos a negar, pero que está muy bien desarrollado como cualquier otro amor, entre comillas, y no por homosexual, sino por lo intenso que llega a ser. Sí que pudo ser mucho más corto pero por lo menos aprovecha tanto metraje para consolidarse en el detalle de esa relación, y enseñarnos a Adèle en distintas etapas, desde una relación heterosexual que no la satisface durante su etapa última escolar, hasta sus primeros deseos, y encuentros; excitarse durmiendo en el recuerdo de una fémina (algo precoz y ligero dentro de la historia, sea dicho, ya que es con su futura pareja que pasa cerca sin conocerse), y besar a una amiga que se deja llevar por el momento, llegando hacia su punto de hallazgo al entrar a un bar gay y conocer a Emma (la bastante profesional Léa Seydoux), la chica del cabello azul que le dará el gran flechazo y ayudará a definir su sexualidad, que hay que hacer notar que ya estaba encaminada por sus hormonas y apetencias.

La propuesta hace ver muy madura a Adèle, y bastante amable a Emma, lo cual juega más con un retrato romántico que realista, si bien su tono consiguiente, el íntimo es fuerte, vaya anti-convencionalidad, desde la decisión de una menor (como entendemos por ley, así “debe ser”, además),  que ya no duda una vez que conoce a la chica del cabello azul, previa una pequeña experiencia, y quiere a la artista, a la lesbiana hecha y derecha, la que le permite ir de a pocos, dulcemente, conocerse, como puente, aunque ella demuestra que sabe lo que quiere, y eso no rompe con ninguna iniciación, no del todo, solo lo pone en distinta perspectiva y le reconocemos que valga el inusual tino ahí sepa condensar el filme, en su definición sexual (y bien porque ya es en parte muy manido ese conflicto), que funciona invirtiendo los papeles de aproximación. Más tarde se encenderán, y harán que su vínculo sea único, diríamos que espectacular, por encima de todo encasillamiento en su tipo, y pues las imágenes ayudan mucho, ya que lo dejan todo entre las sábanas (¡qué impactante!, ¡qué realismo!, si bien ya que puede asustarnos en pleno siglo XXI, lo cual siempre se dice, acotamos), en sus ósculos fogosos, como meditativos y largamente extendidos en los genitales, prácticamente entierran el rostro tras los vellos púbicos, en sus regodeos y decididos toqueteos a las nalgas, en fin, totales, en sus regocijos y jadeos, en sus besos detenidos rato en los pezones y en su sobo mutuo frenético de caderas y entrepiernas, en  medio de la cámara voyerista, absolutamente sin medias tintas. Una entrega en toda medida.

Una vez iniciado el romance, las escenas de sexo y atracción carnal son intensas y constantes, incluso alguna es bastante larga y sumamente explicita, al punto de lucir muy didáctica o reveladora la película si es que aun guardaba alguien alguna duda al respecto. Y pues son parte importante del conjunto, de ese apasionamiento que describe el filme, algo corpóreo, que brilla en lo visceral de poseer a alguien en toda libertad y fuerza. Es un convincente retrato que no deja mucho a la imaginación y pues puede ser tomado tanto para bien como para mal, a nosotros nos parece que bien viendo que además no pretende albergar demasiados estados de cavilación, no es para nada una historia compleja de seguir, no es un lugar de suma reflexión aunque tiene su audacia y pretende reflejar una verdad, dentro del amor y la pasión, desde la transparencia de lo lésbico que busca trascender su inclinación.

Se trata de Adèle y su amor único, el de su existencia, con Emma, y como fluye y como sufre un bajón determinante, y no es tanto la dificultad de lograrlo en una sociedad moderna como la francesa, sino de mantenerlo como en la normalidad de cualquiera, en no alejar emociones, en vencer la soledad, la desconfianza y los celos (más complicados cuando la tercera parte en discordia es una mujer bella, pero embarazada, que es la imagen que se nos congela atemporal en el subconsciente, algo creativo que juega otra vez en ambos polos, quizá por algún lugar común mental, asociamos la maternidad con algo puro y pues lo sexual si bien también puede albergarlo como se ve dentro de las virtudes de la película, no es la imagen por antonomasia que uno suele tener de ello, culpa también de que en todo momento tenemos presente lo tórrido y placentero), la efervescencia de la piel, el estar siempre al borde de arder de hedonismo, lo cual brilla mucho en el filme y hace más lógico el paso del tiempo y el declive que es en gran parte elíptico, mientras se articulan sentimientos. Es una buena amalgama que aunque tiene su lugar en el cuerpo, no deja de ser lo  bello que quiere ser como unión de afectos. No será la palma de oro más complicada, la más profunda, ni la más rara, pero estamos ante un cautivante y potente retrato del amor que bien vale su triunfo.    

miércoles, 8 de enero de 2014

Rush

Si amas el deporte tanto como yo, sin que suene exagerado, entenderás mi anhelo en el cine, el que se aborden a fondo, sustancialmente, las temáticas deportivas y a sus mejores exponentes;  esas personas que lo  entregan todo en un aura de excepción que de conocer su realidad uno no podría creer lo duro que llega a ser que alguien se convierta en campeón del mundo, y es que no todo es ver la última fotografía, el éxito, la celebración y los premios. Entonces suelo ser tanto curioso como muy crítico con las películas que retratan sus distintas disciplinas, si bien también suelo dejarme llevar por la emoción que transmiten desde la pantalla, y es que son una gran fuente de intensidad y de placer, ese que el séptimo arte siempre ha explotado, en el compromiso que articulan los deportistas y en la complicidad a raíz de ello del espectador, solo que no siempre con los más destacables resultados. Aunque en lo primario suelen cumplir por lo general.

Llego a esta película con algo de desconfianza, pero finalmente debo decir que me he rendido a ella, a pesar de que en algunas oportunidades roza los mismos errores que suelen minimizar a este tipo de propuestas, sin embargo logra superarlos. El director es Ron Howard, que aunque es irregular dentro del grupo de los que destacan y ha producido ¡horror!, como con el empalagoso Grinch (2000) o el mediático El código Da Vinci (2006), por mencionar algunos, también es el creador de Un horizonte muy lejano (1992), Apolo 13 (1995), Una mente maravillosa (2001) y El desafío - Frost contra Nixon (2008) que son magníficas películas. Por lo tanto cabía creer en él.

Rush es una cinta que no solo posee adrenalina, y te recrea la consabida pasión que envuelve a lo extremo, como la que define el comportamiento de dos rivales del F1 durante el año de 1976, del austriaco Niki Lauda (Daniel Brühl) y el británico James Hunt (Chris Hemsworth), sino que te produce el entendimiento de lo que llega a significar el deporte,  del sacrificio que puede aducirse como de irracional, y ahí incluso Lauda, un tipo muy pensante, difícil, controlado, metódico y ordenado, un profesional que juega con probabilidades y la última técnica, puede tomarse apenas un tiempo mínimo de recuperación tras un escalofriante y por poco mortal accidente con quemaduras y desfiguración de por medio, por el potente deseo de volver a las pistas y enfrentar nuevamente el reto de ir al límite en una carrera de autos, de ganar un segundo campeonato del mundo, y vencer a su contendiente más próximo, Hunt, y aunque puede ganarle la reflexión, su acto de inmediato retorno y su ahínco de curarse para reincidir, como el hecho de que marcara en repetidas ocasiones un hito en la Fórmula 1, es impresionante, como lo es la admiración secreta que despierta Hunt en él, un tipo que se le conoce por no escatimar velocidad ni atrevimiento en el volante, un corredor que tiene la personalidad del que le saca el jugo a la vida como un bohemio y un mujeriego al que todos quieren, un tipo despreocupado, fácil,  y por lo general inmaduro, pero que tiene una fijación a costa de todo, incluso de cambiar de actitud, dejar de ser irresponsable, y es ganar la copa del año 1976, derrotar a su máximo rival, al favorito, a Lauda.

Una de las cartas del filme es que los dos protagonistas tienen personalidades muy antagónicas, uno es el típico guapo, no solo de carácter sino físicamente, al otro le dicen que tiene cara de rata y es -dicho  a grosso modo- antisocial y antipático. Uno vive siendo muy alocado, el otro en la seriedad de lo convencional, pero comparten una lucha en una profesión, un apasionamiento mayor que cualquiera, el que lo has puesto en el lugar donde están, como el haber sorteado la negativa de que se conviertan en corredores de autos y haber salido de una división inferior de la Fórmula, también el ser egocéntricos, que es el alimento del que quiere ser campeón, que siente seguridad y cree en sí, sin desproporcionarlo, recurriendo Lauda al ingenio y a una fuerte inversión personal para surgir, mientras Hunt a “arrodillarse” ante auspiciadores que quieren que tome una mejor imagen.  Ron Howard vence los clichés usándolos como parte de un conjunto, llama nazi a Lauda, pero hace uso de la normalización del idioma alemán, que sirve para su enamoramiento y la difusión de sus logros, y a Hunt lo hace sufrir la banalización de como se ve, pero le da momentos de reflexión como cuando su esposa, la modelo Suzy Miller (una preciosa Olivia Wilde, de rubia) tiene un affaire con Richard Burton, o lo hace meditar sobre su futuro en la F1.  

Tanto Daniel Brühl como Chris Hemsworth lo hacen muy bien, siendo el binomio que forman el que hace un producto superior, se retroalimentan mutuamente en el filme y ambos ganan atributos y superan deficiencias con el compañero, es un juego de a dos dados. El primero trata de salir de su apocamiento interpretativo gracias a concebir riqueza como personaje, anclándose a una personalidad de las que brillan -valga la obviedad- desde adentro, como se duda, no luce como el clásico corredor de Fórmula 1 (otro rasgo de la película, hacer ver al espectador muchas cosas que normalmente pueden pasarle desapercibido, dentro de un buen guion como se destaca en ello notoriamente, Peter Morgan), y sin embargo representa al más grande de su época.  Mientras por su lado Hemsworth le saca partido a su imagen (es simple como actor pero denota naturalidad y fuerza, sabe explotar su tono fresco, saludable, el de un ideal ligero), pero añadiéndole y redondeándole para mayor valía. Aprovechándose, visto desde su rol, una profesión que ilumina los que serían sólo defectos. 

Aunque Howard tiene sus ratos de lugar común, sino recordemos rápidamente alguno, todo el lapso en que se conocen y viajan juntos Marlene (Alexandra Maria Lara, que cae precisa en el sosegado estiramiento y las elegantes formas que implica su papel) y Niki, tampoco es que deje de ser un artesano del séptimo arte americano, el que busca lograr un cine amable, reconocible para el público, no obstante es notable ver cómo se las ingenia para no ser predecible o repetitivo en las carreras, sobre todo en la última que guarda tensión hasta el último minuto, pero sin alargamientos excesivos, cansinos o aparatosos. Alberga vitalidad y genera interés sin caer en recreaciones pobres o ya muy vistas, sino más bien hace todo lo contrario. Es plausible como todo el aparato que describe y exhibe el F1 es sumamente ágil y a la vez contundente, creíble y hasta serio, en lo posible. Su calidad de síntesis es extraordinaria, y no cobra ninguna factura, sino realza la historia y sus pormenores. Aúna el efecto dentro de las competencias con la rivalidad, lo emocional, el sentido del filme, y hace una mezcla idónea, capital, donde debajo de un trato con ataques verbales y la naturaleza de sus posiciones confrontadas, se oculta respeto, admiración, y puede que hasta verdadera amistad, nacida de verse reflejado en el otro, aunque sean distintos, y eso implica hasta una pequeña envidia, o perspectiva de emulación, en su calidad de perseverancia, y entrega, que viene a ser mutua.

El filme aparenta ser el biopic de James Hunt (quizá porque Chris Hemsworth es muy popular), pero la verdad es que Ron Howard ha repartido eficientemente a ambos lados, les ha dado méritos y defectos a los dos, ha oscilado a la vera de uno, y luego tras criticar al otro ha volteado la tortilla, ha dado un contexto muy equilibrado, muy maduro. El desenlace pudo ser para cualquiera –si no conocemos los hechos reales- y quedar muy bien el resultado, y eso se debe a que ha creado a dos protagonistas, a dos púgiles en iguales condiciones dentro de un ring, y más una meta en común.  En realidad parece que se tratara sobre todo de la coincidencia del campeonato del mundo del F1 del año 1976, aunque la historia es de Hunt y Lauda, son los gestores de que el deporte haya sido tan trascendente. Los que lo enaltecen. Y de ellos quedan frases como la espontaneidad que contiene -y necesita para que viva en su grandeza- cada disciplina en su éxito, gracias a lo más importante, la pasión. Esa que parafraseando a Hunt trata de burlarse de la muerte.