miércoles, 1 de octubre de 2014

Boyhood

Como cada año el séptimo arte ofrece algunos encuentros o entusiasmos bastante especiales que nos unen sentimentalmente con el cine, y en ello está escoger la película del año. Fipresci, el premio de la crítica internacional, escogió a Boyhood como la mejor del 2014. Y he de decir desde mi criterio que es una merecida competidora del primer lugar, siendo un trabajo de 12 increíbles largos años –un hito del esfuerzo y la visión personal dentro del arte- donde se filmó el crecimiento de nuestro protagonista en particular, de Ellar Coltrane como Mason, desde los 5 hasta los 18, en que vemos cómo se desarrolla, yace en pos de la madurez, y se va a la universidad y contempla el anhelo del verdadero amor.

Sin embargo, hay que recalcar que si bien es más su historia, una del tiempo, como lo han enfatizado todos, es a su vez la de su familia. Tiene un espacio su padre, interpretado por Ethan Hawke, que no es ningún tipo insulso ni avejentado y se resarcirá formando un sólido nuevo núcleo familiar, mientras ve por sus 2 primeros hijos y enseña el hogar de sus progenitores, típicos ciudadanos del sur americano, viendo que el relato se contextualiza en Houston, Texas, pero no se absorbe en clichés al respecto, sin tampoco faltar a su idiosincrasia como con la exhibición de un lado campechano rural, las armas, la fe cristiana o la música country (y ésta música suena tan bien, incluso mejor que algunas de las canciones escogidas de la OST). En sí hay una banda sonora harto interesante, aunque más hacia lo sensible, donde sobresale el rock de grupos como Arcade Fire, con “Deep Blue”; The hives, con “Hate to Say I Told You So”; Gnarls Barkley con “Crazy”; Gotye, con “Somebody That I Used To Know”; Paul Mccartney, con “Band On The Run”; Coldplay, con “Yellow”; The Black Keys, con “She's long gone”; y sobre todo, Family Of The Year, con “Hero”. Éste padre tiene de inmaduro, de niño viejo, de estar discretamente como perdido,  que aun “caótico” y juvenil a un punto, resulta cálido e inteligente. El director Richard Linklater suele exprimirle mucho talento, sacar lo mejor de él como actor. Lo vemos normal y al mismo tiempo un hombre particular, con sus pequeñas cotidianas grandezas, lleno de aristas, de carisma, nobleza, humanidad y legado.

Otro espacio es el de la madre que justamente debe lidiar con serlo y a conciliarlo con su rol de mujer, de amante, lo que será su talón de Aquiles, desde que se percibe elípticamente porqué falla con el personaje de su primera pareja importante, el de Hawke –conociéndose y embarazándose a los 23- y luego con un novio que le reclama atención, aun siendo responsable. Su aporte también es el de la sabiduría, en múltiples ocasiones. En el filme hay un enriquecimiento de la sociedad, de la gente en general, no se minusvalora el entorno secundario ni se aplica la invisibilidad o se coge y se votan papeles, no solo es funcionalidad, más bien se brindan atributos y experiencias desde afuera, de los demás, existiendo un equilibrio, poniendo en práctica el dicho de que todo ser humano es especial, o puede serlo, habiendo sutiles consejos como que hay que preguntar y escuchar a los demás, conversar los diferentes puntos de vista de una temática respetando al ajeno o que no debemos vivir demasiado de los avances electrónicos, aun con tantos embrollos, malas influencias, limitaciones y conflictos en el trato directo, de ahí que el maestro de fotografía, personas que simplemente parecen pasar, tíos, abuelos –algunos que abruman, en una noción de respeto a evitar caer ser pesado/fastidioso en lo verbal, reto al que se enfrenta la obra-, amigos o incluso un jefe en un trabajo esclavo como atender mesas en un restaurante den señales de consciencia y complicidad vivencial desde sus roles. Ésta madre pasa a ser “distintas” personas, alguien simple que acompaña, o una figura imponente, no solo como catedrática de psicología de esas a lo John Keating, sino véase su consejo determinante a un trabajador manual de ascendencia latina (en la obviedad, y es que Linklater muchas veces acierta girar dicho timón, y en otras inevitablemente se le escapa de las manos o lo deja correr). Un rasgo continuo en ella y el conjunto retratado es la imperfección, pero de la mano de salir de ese escollo, sin subrayar en el trayecto o haciéndolo menos convencional al uso hollywoodense, y sin ser complicado. Se es muy emocional, y con ello en tantas partes visceral, como le pasa a todo ser humano, y de ahí las malas elecciones, pero que luego se resuelven con solvente y juiciosa contundencia, y por supuesto no faltan tampoco los triunfos desde esa apertura interior.

Un tercer puntal familiar es la hermana, en los zapatos de la hija del director, Lorelei Linklater, de niña mucho más lograda que de grande, más rica en performance. Por ese tiempo se roba el show, entre comillas, es decir, es mejor su actuación, aun en su brevedad, mientras en Mason resulta al revés, sin desmerecer la niñez, más predeciblemente inocente, episódica y de trama escueta, pero que como referentes de identificación universal valen los lapsos que se presentan su peso en oro tal cual, que además implican a la historia cultural. Tal es ir a esperar la salida de un nuevo libro de Harry Potter. Por esa época resulta notable la breve conversación sobre Bush, luego balanceada tras el apoyo a Obama con la opinión de la intervención de Irak por el último marido ex militar de la madre protagonista. La hermana de niña es una pequeña antipática de carácter invasivo y posesivo, que no obstante tiene algo de iluminación más tarde, menor, ya que se apaga la luz en ella en buena medida (mientras a la hora y media de metraje, más o menos, brilla bastante Mason, ingresando su rol en una “complejidad” argumental). Ella pasa por la etapa rebelde de querer sentirse in/dentro socialmente, recalcado y argumentado de forma audaz y precisa –hay sitios donde los discursos son de una coherencia, tino, noción colectiva y sabiduría de a pie de muy grata impresión- a través del reproche de su madre de que escoja entre ser una buena persona, sensible y firme o una narcisista egoísta (idea que se repite como búsqueda artística, profesional, e ideal, en el caso de la fotografía, símbolo del cine, que sigue y ama nuestro personaje principal), traducido en ser una chiquilla de cabello rojo desesperada por yacer cool en la temprana edad (para después pasar a aparecer como una chica universitaria liberal y poco más, y esfumarse su protagonismo). En cambio, en Mason lo es sin demasiados esfuerzos, logro que siempre se suele buscar en el cine americano, y no resulta siempre tan natural. Aquí digamos que lo tiene en un porcentaje bastante decente, pero sobre todo eficiente porque es parte de uno de los retratos estudiados en la propuesta, acentuando de que el filme entre manos se trata de los lugares básicos y afines a todo ser humano durante su desarrollo emocional y físico, Se trata de los pilares de la personalidad y la definición del yo en el mundo, puestos por un lado también desde otras edades, pero de forma complementaria, en los padres. El muchacho tiene de freak, como se dice en una conversación, “tolerado” con aretes, cortes de pelo a lo marginal, al estilo de Jimbo de The Simpsons, uñas pintadas de colores oscuros y diálogos existenciales (típicos del autor si recordamos su memorable trilogía, Antes del amanecer, 1995, Antes del atardecer, 2004, y Antes del anochecer, 2013), luego dilucidados con ese tino/encanto que Linklater tiene muy presente y lo deja correr con sus elecciones narrativas.

¿Cuál es el punto de cada alegría y percance de la vida?, inquiere Mason a su padre (y con él el sentido de la película); es la eterna pregunta de la dualidad por excelencia, y se responde bajo el tono amable y contemporáneo dominante del filme, yo qué sé, bajo una zafada y descargo irónico, de frescura. No obstante enseguida se retoma y se arguye una inaguantable respuesta. Éstas siempre están, si bien no pretende ser definitiva ni trascendental para no errar ni molestar a un grueso al que se dirige, viendo que el tema es importante por sí mismo (como el del desencanto, la grandeza de la realidad y la imaginación con los elfos y las ballenas). Es ahí que escuchamos que lo que debería interesarnos entender es sencilla y únicamente que hay que valorar el poder sentir, porque vivir es simbólicamente tener el corazón ilusionado; y no debe haber decepción que nos gane, aprendiendo a amarnos mediante, y junto a ello al mundo, para lo que debemos proclamar nuestras pasiones.

Linklater es todo un libro de sensibilidades, alegrías -que nos hacen sólidos- y optimismos. Pero hay espacio para los lugares dramáticos, los abusos de carácter y el alcoholismo, estos detrás de dos conflictos de la madre, personaje que yace más incluida que el padre que es esporádico, en la piel de Patricia Arquette. Cae en la sensual atracción de lo culto y de lo humanitario, pero aquello no nos impide que seamos seres por naturaleza imperfectos. En medio yace el recurso formal, de una mirada sugerente u otra hipnotizada como seducida, que hace de eslabón en los distintos momentos. Al comienzo nos pone en formación, a acostumbrarnos, para más tarde implicar una naturalidad que coloca lo imperceptible como logro de transición y esquema, y crea una narrativa fluida. 

Las llamadas de atención sobre el exceso de poesía en nuestras vidas o la ruptura con una chica inteligente pero que se deja llevar por el instinto pueril y salvaje, por cierta contradicción (no del todo negativa), son más que efectismos o la necesidad de balance en la trama, sino lecciones de vida que se acoplan a la estructura y sentido de la ideología que enarbola el trabajo y la esencia de Linklater, en que predomina lo simpático, solo que –y es mucho-  con suma sustancia,  mediante la empatía e identificación en cada trance coyuntural, tanto como conceptual, desde lo aparentemente sencillo y universal. De esto que nos convenza, nos atrape, y nos haga sentir los “Momentos de una vida” (como se le ha llamado en español) a través de la gran pantalla.