domingo, 27 de julio de 2014

Bésame mucho

Que en Perú haya gente que escribe sus propias dramaturgias e incluso las dirijan siempre es algo sumamente interesante, aun a costa de estar en la disputa de la alta calidad, ya que aún estamos en proceso de tener la solidez de un Pulitzer o un Premio Tony, y hacia ahí debemos apuntar, relax, sin tensión, pero sin desestimar la posibilidad y el anhelo, desde nuestra propia arte, temas, búsquedas personales, y estilo, como forma de estudiarnos a nosotros mismos, como en el caso que nos aboca, en nuestra esencia humana y universal dentro del matrimonio joven, impuesto en la trama a los diez años del evento, en el proceso de vencer los naturales conflictos del tiempo y la lucha del apasionamiento contra el adormecimiento y la sexualidad, abarcando lo actual, como el boom de la gastronomía, o la moda que está a su vez en boga, dramatizados y conceptualizados como subtexto crítico del éxito y su superficialidad, del que lo consigue también a toda costa.

Debo decir que la obra presente, que se puede ver en el auditorio del Centro Cultural El Olivar, de Ernesto Eléspuru, cumple con los requisitos de esa meta en proceso, es decir, está bastante decente. Tiene un argumento muy claro, concreto, y a esa vera harto sencillo (cuatro actores, un tema intimo a cuatro paredes), con una comedia suave que no daña ni minimiza el drama entre manos, más bien la broma en la disposición y seriedad de los protagonistas casi ni se hace notar enfatizando el conflicto de las relaciones de pareja (si bien hay momentos que al mismo tiempo que combaten la realidad producen risas, el día al que fui las había sin falta), y eso me parece un acierto ya que de por sí todo el conjunto brilla en la sugerencia flexible de esa dualidad del guion y en cierto relajo, por como son los acontecimientos, en cenas caseras de amigos, en encuentros casuales amatorios o en la noche en la cama; como aporta el tono suelto, coloquial pero con algo de aire culto (por algunos referentes específicos del arte, la cocina o los viajes), y contemporáneo; y los diálogos. No es una dramaturgia de sumo destaque, porque lo que ofrece es algo muy pequeño, por la profundización de la obra, yo diría que discreto, fácil, con líneas argumentales bastante magras aunque puntuales, sin embargo eso por su lado le juega a favor, porque está muy seguro, directo y contundente en su uso temático, bien fijado, teniendo la gran virtud del movimiento de sus pocos elementos, sabe explotarlos. Proyectarlo corre por nuestra cuenta.

El tema es que la tentación vive al lado, en el consabido encontrar  –o siendo  literal, que nos encuentre de la calle para adentro- afuera lo que nos falta, lo que no trabajamos ni comunicamos o discutimos (clásico, hasta que todo está perdido). Son los vecinos guapos, provocativos, sensuales y calientes, detrás de aventuras sexuales en la tentación de la infidelidad, como nos recuerda aunque desde otro punto espacial y personaje la cinta en el nombre que llevaba en España, La tentación vive arriba (1955) con una más agresiva y despiadada Lucía en reemplazo de la inocente pero despampanante, e imán para los hombres, Marilyn Monroe. Aquí las bellas piernas, los tacos altos negros, la risa maligna y altisonante (algo paródica, que cae en cierto exceso en escena, pero finalmente efectiva), el descaro, del papel de una otrora modelo y actual fotógrafa y arpía, el mejor personaje del grupo, una antipática neta, de la bajita, talentosa y deseable Anneliesse Fiedler (bien trabajada su sensualidad y la excitación, libertinaje y pecado que tiene que inducir) entra a formular el conflicto central de la propuesta. Junto a su doble menor, un chef pop y top de Lima, venido no hace mucho de Europa con Lucía, su pareja, que interpreta un duro Diego Lombardi encasillado en el tipo atractivo y seductor. Intrínseco, porque lo suyo es aportar algo mínimo, tanto que parece no hacer esfuerzo por conseguir ser como anuncia su rol, juvenil, moderno y tentativo a la vera de la manipulación de diálogos prefabricados que requieren del disfraz adecuado, todo lo que se sabe directamente por la mención de la moto, la ropa, el trabajo o las revelaciones de su mujer. El guion puede destilar características biográficas, pero el actor debe poner de su parte, en lo que Diego Lombardi es muy parco, plano y sobre todo contenido. Desnuda las costuras de la obra. En comparación a la exuberancia escénica de su compañera sentimental, y no se trata de que sean personajes distintos, porque se le describe exógenamente, pero no se corresponde en todo, en la mayoría, de lo visual, como tampoco implica ningún truco de ingenio o contradicción deliberada. Quizá no es todo su culpa, el personaje femenino tiene muchas más intervenciones, recalco, exabruptos, potencia, más fuerza en su declaración de intenciones. Aun así demuestra simpatía en gestos, lo que hace no caer tan mal a su personaje, lo cual pudo explotarse y dar una cara más compleja.

Se tienta a la monotonía que representa la actriz Alexandra Graña como Patricia, y a su marido, Pablo, el actor Daniel Neuman. Éste último es el que más comedia provoca, pero está bien hecho dentro de las coordenadas ligeras escogidas. Graña con menos carne en su rol da una cara “sofisticada” al asunto (aparte de que convence su forma de llorar). No obstante, Pablo es el contrapunto principal, el que acepta el conflicto, sufriéndolo su esposa. En ello hay buen uso de dar dos posibilidades. Dirán que soy pesado o exigente, como quieran, pero la intervención de la cinefilia es muy superficial. Se dice mucho, y poco se hace al respecto. Pero entendemos que no es el tema, solo un adicional muy secundario, punto de referencia endeble en el trabajo de escena, siendo un motivo de la falta de emoción en la vida diaria. Y es que al final el mensaje es escapar de la tentación, y acercarse a la pareja, valorar los momentos compartidos, ya lo dice la frase mesiánica, uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde, ante el riesgo de optar por el placer puro. Y suena maduro, aunque buena onda y conocido. Y en sí es así todo el conjunto. Reconociendo su buen desarrollo a un punto, ya que tantas veces el ingenio no requiere de excesiva creatividad u originalidad, cuenta mucho saber contar una historia, y al respecto Ernesto Eléspuru sabe lo suyo.

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