viernes, 25 de abril de 2014

La cara del diablo

Quizá no debería escribir de esta película, ya que se presta a que la machaques, y con ello a caer antipático, por no decir peores adjetivos adversos, aunque parte del deporte nacional sea despotricar sobre el cine peruano, siendo por más extraño que suene simpático para muchos hacerlo, no obstante no es mejor esa corriente paternalista y contemplativa que todo lo aguanta y defiende, por mayor llegada del séptimo arte patrio se dice (y no por lo que verdaderamente importa, el placer artístico y cinéfilo), si bien habría que ver que exigirnos, poner ciertos parámetros de excelencia en lo suyo, resulta una opción más constructiva que pasar por alto todo juicio crítico serio, aunque no lo parezca a simple vista. Pero, tampoco podemos obviar que se trata de cine destinado a un público amplio, y que como terror juvenil como lo define el director Frank Pérez Garland, no pretende más que entretener de forma sencilla. Entonces, a esta introducción me rijo, desde mi absoluta, personal y honesta subjetividad, por lo que acometer esta crítica resulta entonces (algo) intrépido.  

De arranque hay que empezar diciendo que la visualidad del filme es bastante buena, se ve que estéticamente han hecho algo encomiable, bien conjugado con la belleza del paraje de la selva del Perú, de Tarapoto, y todo desde lo aparentemente básico, dejándose creer sin mayores dificultades (bajo la contextualización del escepticismo, claro, aunque con cierto respeto, aprehensión/aprensión, y cotidianidad narrativa, a la vera de una pandilla de amigos que viene de tour pero conocen el mito y juegan con él –que se convierte en una lectura universal, no solo folclórica-, de donde el Tunche, el demonio de la Amazonía peruana, el silbido ensordecedor de su presencia, su ductilidad morfológica y su mística macabra se impondrán en clave accesible, limpia y segura de sí, haciendo del filme uno curioso –innato- en el género, gracias a su vez a un buen guion en cuanto a conocerlo, fuera del efecto, tomando en cuenta que hay experiencia y escuela en el Ande a pesar de sus múltiples fallos, de lo que Pérez Garland hace algo propio, pone su grano de arena, físicamente mejorado); que a diferencia de Cementerio general (2013), verle nunca llega a molestar (léase también sin contradecirnos como una virtud de la película de Dorian Fernández-Moris), ya que la predecesora hace uso de una cámara demasiado temblorosa y –aun siendo deliberada- torpe al fin durante parte importante de su metraje, en la posesión de la niña tras la ouija, la que vive en un color verde que refleja una visión nocturna, presentando al mismo tiempo un mockumentary pobre, pero intenso, realista y sorpresivo a un punto.  

Un problema de La cara del diablo, la lentitud premonitoria al “terror”, la atmósfera de acondicionamiento, es demasiado constante, obvia y fácil, como una muletilla –semejante a la naturalidad a la que se aspira en el habla con las constantes lisuras, y que, bueno, funciona sin más a lo que implica, sin ningún tipo de ingenio creativo- o parte de una forma cuadriculada que desespera, genera fastidio más que miedo, lo que disminuye o predispone paradójicamente de manera deficiente al espectador para las audacias en los hechos de muerte en sí, que las tiene (y se ve que se han hecho esfuerzos), si bien en general carecen de fuerza, de verdadera violencia, no logrando llenarnos de inquietud, y es que los acontecimientos en el lago son (en parte) inteligentes, no obstante pesa más lo frío, lo seco, como con las actuaciones donde el grupo de noveles intérpretes carecen de sangre (incluyendo los principales, miremos no más a Sergio Gjurinovic cuando tiene que pasmarse, recurre a una forma mínimamente gestual ante algo tan grave e inaudito, con una modorra, distancia en la convicción contextual y simplicidad que no le creemos nada luego, y esto es garrafal; o a Vania Accinelli que a ratos logra sensaciones de complicidad con el público y en otras se ve apurada, limitada, monocorde o caricaturesca/esquemática), salvo el logrado aire antipático de Mateo (Nicolás Galindo), la comicidad llana y la excesiva precaución de Pablo (Guillermo Castañeda), y algo de sensualidad y normalidad del conjunto si bien tiene mucho de plano, de vacío y superficial, pero en el sentido de yacer la interrelación y las caracterizaciones -a vista y paciencia flagrante de uno- apagadas, sosas, poco contundentes, no estando metidos en sus personajes aun no teniendo la responsabilidad de nada complejo entre manos (y tampoco es que no se deba recurrir a la broma de las tetas turbadoras –en sí el sexo/el desnudo está medido, cuidado-, a una pancita conchuda/sinvergüenza que remite lejana al estereotipo, o al guía “loco” que avisa e invita al rito satánico –un infaltable en el género- , haciendo notar que esto último tiene un cierto volumen en la trama, que sirve como un pretexto más de homicidio, y bien así tal cual, como también al giro último tras la fluctuación y complementariedad de distintas ideas, la virginidad, el don, la pesadilla y al final el sentido central escogido; una virtud, más que indecisión; se trata de flexibilidad y novedad, aunque trascienda poco el relato a la hora de la verdad, dentro de una historia con deseo de solidez argumental, sin pretender originalidad o muchas complicaciones, únicamente mover lo precedente y general). Se extraña mucha vitalidad, de la que la trama escasea, para hacer más entretenido el instante en que el mal haga su labor.

Algunas muertes varían, no están mal por una parte, tienen una construcción elíptica o artística si se quiere, que no las desestima del todo, pero hubieran requerido de brutalidad, de visceralidad, de pasión o energía aun no siendo explicitas, que no lo tienen tanto, habiendo una ausencia notoria de naturalidad. Estas lucen artificiales, orquestadas y esto no debe notarse, como en los machetes que más es un efecto de sonido y tirar un balde de “sangre” al asesino. Mientras esos jalones/tirones invisibles, vertical y horizontalmente, cumplen su cometido, pero no movilizan emociones, no logran desestabilizar al observador.

No niego que la mezcla del efecto de cámara, velocidad y sorpresa sea un recurso manido, pero uno siempre se sobresalta (quien puede olvidar las gloriosas cintas de terror japonesas, las que nos recuerda ésta película, notando que el personaje de Vanessa Saba nada en completo déjà vu al respecto), me pasó en dos momentos, no lo oculto, pero el conjunto no intimida en absoluto fuera de estos lapsos de reflejos. Después, tiene de ingenioso poner a la madre posesa en pleno paisaje de día (un rato a favor, otros intentan también lo mismo, ser distinto, pero lástima porque aminoran el horror, no agregan, fallan), algo que sale del uso breve o episódico en medio del anhelo flojo de perpetrar oscuridad, aun siendo uno de esos aportes cliché y que con la cruz en el estómago más parece traje de Halloween.  Saba no asusta en absoluto, solo están muy bien sus convulsiones en la cama, generan el verdadero descontrol que el autor prueba y no explota convincentemente, lo mismo que la intención del gore, se intuye algo que se termina escurriendo por los dedos, y no solo es la sombra de efectos especiales más poderosos en los machetazos. Predomina mucha inmadurez/facilismo en su rol, lo de juvenil huele a lastre muchas veces.

No es un filme terrible, o insoportable, no desagrada; lo que sí, ligero en todo sentido y eso lo salva de la quema, frente a su aspiración, pero lo deja muy abajo en cuanto a efectividad, llega a entretener solo que dando algo austero en cuanto a sustos (no concreta la esencia, no solo es hacer. Cementerio general no es una maravilla ni por asomo, muchos de sus efectos molestan, el sonido es uno, pero producía temor, que es de lo que se trata, aunque la arquitectura/estructura de Pérez Garland me agrade más, solo que le falta “color”), su amabilidad ayuda a llenar butacas pero como vemos es insuficiente, y es que el terror es más complicado de lo que creemos, valgan verdades, hay mucha agua bajo el río, hacer algo especial es un reto, y ese ni siquiera es su principal problema, si le importa porque parece que le va muy bien en taquilla (incluso no se lo imputamos mucho, puede ser algo ordinario), sino que permanece muy por detrás en cuanto al toque de locura que toda obra de terror básicamente requiere. Solo cumple. Se queda en ser un ejercicio cinematográfico, algo mecánico aunque con buena factura, porque hay que entender como aquellos chiquillos de cara al diablo que el Tunche es más que una historia.

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