domingo, 9 de marzo de 2014

Incendios

Una mujer guarda silencio los últimos años de su vida, debido a un profundo dolor tras vivir durante muchos años lo peor de la guerra civil libanesa, una existencia atroz que la ha marcado para siempre, mientras sus dos hijos viven detestando su manera de comportarse hacia ellos, y es que no la conocen, no saben lo que ha sufrido, y es con su testamento que la llegaran a comprender, no sin sumirse en su tenebroso mundo. Les deja a sus vástagos dos cartas con destinatarios desconocidos que deben buscar, una para su padre que nunca han visto, y otra a un hermano que recién se enteran que existe. Para ello Jeanine y Simón indagaran en el pasado, en el contexto histórico y vivencial de Nawal Marwan, una cristiana que se enamoró de un refugiado palestino en pleno caos del Líbano y terminó perdida en el odio de una guerra, en que la ironía y la crueldad no tienen parangón ni justicia, como si ningún bando fuera síntoma de lógica, si bien sus raíces serán las que más daño le provoquen, cuando ella arremeta en un atentado contra su origen, absorbida por las constantes tragedias provocadas, como la quema intencional de un ómnibus con gente común dentro, incluso niños, muriendo sin compasión.

Estamos ante un drama bastante intenso algo complicado de seguir, como se dice en boca de Jeanine, será como las matemáticas que tanto le obsesionan, en cuanto al análisis de la existencia (inteligente forma de plegar ésta materia a algo social, familiar, histórico y cotidiano, aunque en el trayecto sea tan arduo de asimilar en toda su forma),  pero con la debida atención todo encajará a la perfección, aunque con cierta exageración en la acumulación en un punto. Teniendo una buena mezcla de tiempos y protagonistas en una misma escena, lo que imprime un cariz atractivo e interesante en lo visual, muy artístico, típico del teatro (véase especialmente el momento de la lectura de las cartas). Como esa austeridad característica que tanto sugiere, tanto como la utilización de los detalles, la inscripción de la tumba o los baldes de agua en la fosa.

Hay que mencionar que es una obra extensa, alrededor –más, o menos- de 3 horas de duración y se siente, se da la sensación de redundante, sin serlo, se reincide mucho en los dramático, y es que estamos ante un melodrama en todo esplendor. Por eso se opta dentro de un lapso, bien avanzada la función (creyendo que agota  la propuesta), por la comedia, en una especie de humor negro bastante malo la verdad, en el rol de Miguel Iza como asesino y torturador, en donde se hace uso de una música estridente -incoherente al lugar, incluso pensándose en que se le da un trasfondo al personaje- y una comedia fuera de contexto, alejada del estilo reinante, que parece más una burla que un acto de complicidad y relajo con el espectador, y es que éste personaje siendo tan importante termina siendo ridículo, pesándole mucho la picardía que se trata de imprimirle, la que no funciona con la historia. Si el director, Juan Carlos Fisher, lo hizo a propósito –pensando en algún cambio o adaptación en particular interior del libreto, sea por el sonido o la caracterización escogida- o es parte de la propia obra, ha sido meter algo de corte tan arbitrario, absurdo, que en algunos brilla por original en su extravagancia, pero aquí es como una patada en el estómago, de un mal gusto e incomodidad implacable (mírese en esto último el efecto contrario que clamaba), de una broma vergonzosa, pero bueno, "perdonamos" el atrevimiento ya que realmente parece como una válvula de oxigeno que exigía la realización, aunque no sea la más idónea, o en realidad audaz.Y es que a diferencia del filme de Incendies (2010) de Denis Villeneuve, en la obra teatral llega a tenerse muy presente el tiempo de exposición y por ende de reiteración; se perciben más los defectos del escrito del dramaturgo Wajdi Mouawad. Otro cambio en la  exhibición, el de la bola roja de payaso, distinto al de los tres puntos de un tatuaje en la película, también exuda poca seriedad careciendo de ubicación, se vuelve tan bobo, ligero y endeble que denota falta de tino, sin embargo principalmente son solo estos ratos los que entorpecen la atención bien ganada de toda la recreación en el Teatro La Plaza de Larcomar.

Pero veamos aciertos, aunque lo anterior siendo tan obvio casi ni lo menciono. Los monólogos en repetidas ocasiones son bastante poderosos, se cargan de pasión, de emotividad, que hasta las malas palabras toman forma y elocuencia. Es loable ver como se palpa el dolor, llega a trasmitirse y a asumirse dentro de un contexto histórico libre en donde lo más importante pasa a ser lo humano, nuestra identificación universal, aunque atendiendo a la proyección de una realidad en la cual provoca indagar, pormenorizar, relacionar y conocer más tarde. O el observar a los implicados absortos, perdidos en sus cavilaciones y preocupaciones. Que son parte trascendental del relato.

Las actuaciones se proveen de mucha fuerza, como los reclamos de acción y venganza de la amiga de Marwan, o la abuela curtida e ignorante a la fuerza, la que motiva una superación (ambas de Gabriela Velásquez); el rencor de Simón en la oficina del abogado (Rómulo Assereto, en un buen arranque de la obra),  tanto como con la mimetización con el retrato de boxeador, en un tipo en buena parte arisco, si bien tiene algunos lapsos débiles en imprimir natural contundencia; el bascular entre la sensibilidad y la solidez en Jeanine (Jimena Lindo), solvente pero a la que critico que veces se pega demasiado a la dureza, característica común en la performance de esta actriz; el compañero palestino que hace el actor Renato Rueda -dentro de otros roles, mucho menos recordables, como los de Andrea Fernández  que solo tiene una chispa cuando un personaje suyo pide que le enseñen a leer- que sirve de des-limitación  de filias y orígenes, conmovedor en reflejo, inmerso en el anclaje al cariz humano que se maneja en la propuesta; la dulzura e inocencia a puertas de quebrarse, la convicción de instruirse, es decir de la fe, de Jely Reategui como la joven Marwan; y el cansancio y la conmoción en pos de la derrota anímica de Norma Martínez como nuestra protagonista adulta. Menos cautivantes, aunque acertados en la comedia sencilla que propician como un extra a sus maneras, personaje de cariz secundario pero que ha tenido más espacio de lo que tenía en el filme, y quizá de lo necesario, si bien se percibe la intención de dotar de gracia al conjunto, Alberto Isola, como el notario y albacea; y Carlos Victoria en varios papeles, en los que repite un estribillo de largarse con rodeos, siendo chico y simple pero efectivo, mejor que Isola aún bajo distinta cantidad de presencia, y ni que decir de Iza, a quien ésta vez le han dado el peor papel, en el ruedo, ya que pudo ser muy complejo, como se lee indirectamente.  

Incendios es una de las adaptaciones más atractivas que tenemos actualmente en el teatro peruano, que a pesar de no ser todo lo genial que uno creía que era, es un muy buen espejo de la guerra civil del Líbano, una ilustración de mucha sensibilidad, con hartas virtudes dramáticas. A un punto un lujo contar con ella. Estar al tanto del mundo. Y eso representa un merecido aplauso para Juan Carlos Fisher y todo su elenco.  

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