jueves, 9 de enero de 2014

Por el camino de Swann

Leer En busca del tiempo perdido es una misión, sus siete tomos se convierten para todo amante de la literatura -en los que humildemente me encuentro- en un anhelo importante al ser uno de los puntos más grandes de las letras universales, pero acometerla requiere mucho tiempo y un necesario toque de paciencia, ya que no es una lectura fácil, y por supuesto toda obra que se precie no merece ser leída como si tuviéramos una revista entre la manos en un aeropuerto o dentro de una peluquería. Decidido a leerle, al gran Marcel Proust, hemos empezado como es lógico por el primero y de ahí sin apuro pero atentos iremos avanzando de uno en uno. Por ahora toca centrarnos en éste, y reconocer que es una lectura que en un inicio se presenta complicada producto de ostentar frases extensas llenas de digresiones y cavilaciones superpuestas que toman mucho recorrido y aire. El retrato de una infancia y su legendaria magdalena mojada en té lo vemos en el arranque y entendemos como Proust invoca recuerdos con los sentidos, como su percepción se abre y junto a su mucha cultura viaja por la memoria que se pierde en las artes, como la música, la pintura o la escritura, pero también lo más próximo, lo cotidiano, nuestras vivencias y añorados contextos que se pegan a entidades especiales que permite que se les rememore con brillo poético, romántico, inteligente y emocional, que las recoge y las abre como una flor de portentosa hermosura.

Un niño y narrador omnipresente despierta en Combray, y de la mano de su primer amor, nos describe no solo su privilegiado entorno contando con frescura y relajo pero con fina prosa, sino a Swann, un amigo de sus padres, tías y abuelos, que escritor en ciernes o quizá frustrado –evidente trasunto del mismo Proust- ostenta una gran fortuna heredada y un abolengo respetado en las altas esferas de su sociedad, moviéndose bajo la aceptación y cariño de la aristocracia, pero que en él no le es suficiente, y busca el placer en otras partes menos honrosas para los tiempos, gracias a un apetito por mujeres más llanas, mezclándose con los que uno suele decir que “quieren ser”, una clase que se adjudica de intelectual, apasionada por el arte pero que tiene mucho de pose y de envidias, un escalafón inferior que pugna por tomar el lugar de la realeza, se diría. Swann es un reflejo de la propia idiosincrasia que atraviesa aquel niño que nos cuenta sobre su familia, su infancia, sus gustos, su época y apetencias, se enfrenta a un amor difícil de lidiar, que valga la paradoja para el adulto es nada más y nada menos que una cocotte, que en francés designa a una prostituta más discreta que lo normal, una de antaño, refinada e instruida, de altas esferas, que se hace de favores por medio de sus encantos y simpatía, siendo Odette de Crécy en palabras de Swann ni siquiera muy atractiva, irónicamente no era su tipo, pero cuida muy bien de su apariencia y la moda, se pretende admiradora de las mismas artes que subyugan todo el libro y definen a Proust. Y termina enloqueciendo, seduciendo a Swann que deja de ser un mujeriego y un tipo autosuficiente para seguirle a todas partes, aceptando incluso su desdén e imposiciones, sufriendo de afiebrados celos en sus manos; aun siendo éste moderno y tolerante.

El protagonista es como un ratón de laboratorio al que la introspección del autor le saca suma sustancia, detallando cada cosa que pasa por su mente durante el lapso que se relata esta relación, el enamoramiento, previo a un desenlace “sorprendente” que bien paga toda la lectura del libro. Proust saca de él hasta lo mínimo, y lo hace con una sinceridad abrumadora revestida de estética, pero a este punto con una escritura muy amena y accesible, solo que se toma su tiempo, ya que se mete en su psiquis y expone todos sus secretos, todas sus cavilaciones que van mutando y exhibiendo la refracción del instante, una realidad que se desnuda bajo sus ojos centrados en Odette. Es cautivante apreciar como las letras pueden convertirse en un espejo tan profundo de la personalidad, incluso del alma, logrando en el trayecto que sea tan o más real que lo que uno puede ver afuera en la vida donde cunde el hombre simple, que comentamos, es lo que termina siendo Swann al yacer descubierto ante el lector, y describirnos en sí tan fehaciente al ser humano íntimo.

Por el camino de Swann se divide en tres partes, la primera, Combray es la introducción a un mundo, el de Proust, a su existencia, y a esa honesta y total entrega al reino de la literatura que enmienda con creces cualquier frustración y desilusión en la tierra, y no tuvo pocas, una justicia del mismo tiempo al que logra vencer. Es el más arduo de seguir, pero rabiosamente hermoso, en muchos ratos dulce, un alarde de genialidad y excepcionalidad aunque cueste empatizar por su dificultad. Lo que hace único y tan especial al autor. Obra del absoluto detalle y la centralización. La segunda, Unos amores de Swann es la más popular, la que se vende mucho sola, es la más fácil de seguir y de vivir, y es muy atrapante, es la razón de amar a Proust y su libro, el meollo del asunto, un ejemplo práctico extenso de atrapar el recuerdo amado, complejizado en lo que llega a abarcar, pero escrito con ánimo de seducir. Y por último tenemos Nombres de tierras: El nombre, que es el desenlace, el eslabón entre las dos primeras partes, y aunque son unas pocas páginas no es tan menor  dentro del conjunto, sino cierra nuestra lectura con una sonrisa, afirmando el deslumbramiento de Swann y la complicidad última del creador, si bien uno no puede dejar de sentir que brilla un poco la ironía en la obra que en su sutilidad aporta, y es que la mano delicada y dedicada de Proust se percibe desde un comienzo y anuncia una obra que invoca acostumbrarse a esperar cuajar en largas distancias, que no solo se trata de la ambición de sus extensas frases, sino estar bien adentro de sus 516 páginas, se respira un goce (de reunión) que perdura tan igual al que se añora, y paga cualquier esfuerzo con el sentir palpable de que justifica el renombre y la gloria.

““Ese pobre Swann –dijo aquella noche la princesa a su marido- sigue tan simpático como siempre, pero tiene un aire tristísimo. Ya le verás, porque ha dicho que va a venir a cenar una noche. En el fondo me parece ridículo que un hombre de su inteligencia sufra por una persona de esa clase, y que, además, no tiene ningún interés, porque dicen que es idiota”, añadió con esa prudencia de las gentes que no están enamoradas y que se imaginan que un hombre listo no debe sufrir de amor más que por una mujer que valga la pena; que es lo mismo que si nos asombráramos de que una persona se digne padecer del cólera por un ser tan insignificante como el bacilo vírgula.”

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