martes, 31 de diciembre de 2013

Las mejores películas peruanas del 2013

Ha sido un buen año para nuestro cine, y aunque todavía nos falta, no vamos mal, me parece que hemos crecido, como también es notorio y notable que películas como Asu mare y Cementerio general hayan atraído mucho público y hayan engrosado la taquilla, que dan a entender que se puede desarrollar cine nacional rentable, atraer a nuestros compatriotas a las salas de exhibición, si bien no es el cine que uno más aplaudiría en cuanto a calidad de autor, arte o profundidad. Sin embargo, está muy bien como puerta de atracción, producir movilidad, aprecio y goce, y que genere apertura por la variedad de nuestro país, que lo sostenga.

De entre el mejor cine peruano del año destaco 5 películas, que creo aportan mucho al mejoramiento de nuestro séptimo arte en lo que son en sí, fuera de la recepción, y aunque no he optado por una sola, las cinco son lo que una vendría a ser en su perfección, porque a todas les he hallado algo en contra, pero por sus virtudes son en efecto el camino a seguir.


  1. El limpiador (Adrián Saba)
  2. El espacio entre las cosas (Raúl del Busto)
  3. Chicama (Omar Forero)
  4. El evangelio de la carne (Eduardo Mendoza) 
  5. Sigo siendo (Javier Corcuera)

El espacio entre las cosas

La primera vez que vi esta película cuando recién salió y estaba en boca de todos, y es solo un decir porque por ser experimental pocos quisieron verla, hubo poca asistencia, aunque, claro, los críticos si lo hicieron, no congeniamos, por eso no escribí de ella, y es que pensé que despotricaría de esta película, y como no suelo buscar hacerlo (aunque siempre soy honesto, y si redacto un análisis e invoca ello lo hago como con Stoker, mi máxima decepción del año), y no era a priori una propuesta de mi expectación o interés, lo dejé ahí.

La sentí muy pesada, conté cada minuto en la sala de exhibición, por la hora más o menos quería irme, pero logré terminarla con mucha desconexión y poca atención, el problema era esa introducción psicodélica que llevaba en el cine, decía: “no pienses, siente”, y pues lo mío no es mucho lo sensorial, lo espiritual, si es que no tengo mi mente y mi introspección abierta, y uno es como es, no se puede ser distinto, aunque lo intentamos y puede haber excepciones, no lo descarto, sin embargo esa advertencia me puso fuera de todo juego, de lo que proponía El espacio entre las cosas. Y ha sido hasta verla nuevamente en el III Festival Online Márgenes, a mi modo, que mi percepción ha cambiado, y la he disfrutado.

La tercera película de Raúl del Busto tras La espera de Ryowa (2004)  y Detrás del mar (2005) tiene dos partes que se vinculan en buena medida, más diríamos por el lado del relator que es secundario ante el plano visual hegemónico y esencial. Una, la voz en off, no contiene a la otra en su totalidad pero la anuncia, la sigue, se fusionan y crean poesía, haciendo de las imágenes una especie de viaje novelado, se subliman en su trayecto gracias a su cooperación que se convierte en profundización, y es que el narrador se vuelve también expresión, valga la redundancia, elemento aportador del conjunto, no está por gusto, aunque tiene su obvia participación como hilo conductor, como cable a tierra, como puente a la comprensión de ese no pensar que mayormente pretende el autor (aunque muchas escenas a su vez hablan por sí mismas, reflejan algo que procesar, asumiéndose como sentimientos), si bien puede divagar, perderse en su ensoñación, en su historia particular que yace un poco libre, arbitraria e independiente de lo que vemos, pero más viceversa, si bien lo que vive en el ecran es su epifanía, la de Glauber Maldonado, teniente de una división de narcóticos, detective que sufre de migraña y de epilepsia, quien está haciendo una película, trasunto ficticio del propio Raúl del Busto, quien ante un proyecto que no pudo terminar se decidió por hacer la presente película con el material almacenado en su viajes.

La propuesta tiene dos parámetros principales que asume y describe, uno es su aura mística que recorre todo el filme, como se percibe o se intuye con “claridad” o así lo anticipa el narrador en el relato de Horoshi Nohara, japonés de 42 años de la clase trabajadora nipona que un día decide quedarse a vivir en un aeropuerto de México, en los espacios del terminal, sin declarar más motivo de que eso le hace feliz. Siendo la gloria que alcanza un hombre simple rompiendo la cotidianidad general, lo predecible y desde luego lo frustrante de la existencia, en una rebelión pacífica de la realidad que al mundo aqueja. Y el otro su ruptura con lo convencional (que como se puede ver está bien unida al anterior postulado, sobre todo en nuestra contemporaneidad descreída de fe), como con la metáfora del niño trepado en los árboles, de los que no quiere bajar, a la que se fija la realización como invoca un subtítulo del filme, entre los árboles.  Un tercer parámetro que dejamos de lado porque no nos parece exacto sino anida más que ello, lo cual más que un error se agradece, aunque sea parte trascendental del conjunto, es que sea sensorial, abstracto, en su búsqueda experimental, en su cariz de cine alternativo.

El filme nos conduce a disolvernos, a atravesar una experiencia por medio del séptimo arte que nos permite ver tras sentir, leitmotiv de la obra de Del Busto, en una liberación, la que nos presenta una vida nueva, realizada en nuestro interior pero de cara al exterior que empieza a ser feliz en el mundo, a apreciar lo que nos rodea, pero lo que subyace en el espacio que hay entre las cosas, los verdaderos significados, el goce secreto, lo pequeño que se hace grande, lo que nos proporciona una mirada trascendental sin que esto sea gestión de lo inalcanzable, de lo complejo, de lo superior, sino del hombre común, de la normalidad, pero que abre los ojos y el corazón, aunque suene cansino el intento frustrante, que no pedante en realidad, como muchos pueden creer o solemos creerlo. Una ilusión que pretende materializarse en un ejemplo del arte, y creo que se consigue, pero hay que sortear verlo literalmente porque sus formas humildes pierden así, ya que es muy simple tal cual. Entonces no puede ser más idónea la frase de Nietzsche que utiliza el filme como epígrafe: “Las cosas vienen a nosotros deseosas de transformarse en símbolos”.

Un segundo subtítulo, “Marte, la selva roja”, nos hace pensar en un planeta equiparado a la selva, a la naturaleza, a Dios, es decir lo desconocido. Mientras una escena memorable, una persona sin rostro –como en el cartel del filme que yace en un marco de pintura- en pijama metida en la piscina, da la sensación como que representa la ingravidez de lo espiritual, salirse del cuerpo sin haber muerto, silencio, paz, la libertad. La trascendencia de cualquiera. Y en ese cometido una veleta hecha con plástico de botella nos predispone hacia un viaje onírico, la forma de la aventura mística.  

Otra cosa a destacar es alguna composición visual, estética, como la del bonsái contenido en el círculo rojo de un foco que invoca a Japón. Haciéndose mucho de lo experimental y la creatividad para expresarse, como imágenes que se distorsionan en colores, brillos, otras que  ciegan, no dejan ver con claridad, por medio de luces. Desenfoques, algunos en medio del temblor e inestabilidad de la cámara.  Una escena ondea como con el agua enfocada en un pasadizo a oscuras. Acelera tomas. Usa la iluminación y el deslumbramiento del sol a través de una ventanilla de un avión. Se pierde como hacia Terrence Malick en la mirada de la copa de los árboles en un contrapicado, como la ciudad se observa en un picado, que puede interpretarse como la revelación de Dios posando la mirada sobre los hombres, lo urbano es la humanidad, la naturaleza sería Dios. Lo del vacuno en plena selva y lluvia recuerda al cine de Apichatpong Werasethakul, siendo lógico que la película le haya gustado al autor tailandés que vino al III festival de cine Lima independiente , que como jurado de este evento le otorga una mención especial en la competencia internacional.  

Graba por aire, mar y tierra, dentro de un avión, una canoa, una moto-taxi, un vehículo. Se ve una playa con pescadores que facilita una composición más dentro del sentido del filme junto con un viejo de rasgos orientales que lee  en un librito escrito en letras japonesas una frase que traduce: “el tiempo no espera a nadie”. 

Se ve un estacionamiento cerrado, la verdad que mucho concreto, que como una chispa general inmediatamente se entiende como una estructuración de la película bajo los límites terrenales -que ha impuesto el hombre y que lo encierra en una dificultad de existir, qué, bueno, es la naturaleza del ser humano, pero que Del Busto logra hacerse cargo proponiendo con fuerza un despertar de su espiritualidad, entiéndase a su vez felicidad, aun en esas condiciones; es creemos alguien positivo, no toma el camino “fácil” de la decepción, sobre todo dándole tanto lugar en el metraje a lo urbano- que declara como parte de su concepto, el estar dentro de un perímetro (las cosas), lo que resalta la idea del título de la realización. Un salto en parapente parece la flagrante resonancia de la libertad, de nuestra búsqueda de dicha, de sentir, de vivir. Y es que también tiene algunas formas demasiado ligeras en su haber cinematográfico (como la del charco con los perros, que invoca un asecho, un miedo oculto, aunque a muchos les parezca la bomba por grabar el momento, y puede ser en cierta medida por su naturalidad), y otras muchas engañan, son mucho más de lo que aparentan. 

Busca la espontaneidad del momento como solo posar la cámara, en un encuentro con lo natural, véase el parque de diversiones, específicamente el pedazo de algodón dulce que flota y cae en las manos de una niña subida sobre los hombros de su padre. Lo que coge una chispa de felicidad en nuestro planeta, y como se ve, puede no ser tan complicado de lo que creemos. Pero también realiza conceptos a través  de la construcción del séptimo arte, como cuando pretende con música incidental, un museo que refleja una tortura, performances callejeras con títeres, un baile de tango, alguien que yace disfrazado(a) de ángel, o una estatua humana, grabado en blanco y negro, hacernos sentir melancolía. Lo que hace de la propuesta de Raúl del Busto no solo una hazaña porque sí, al ser un cine que no solemos ver en cartelera, un cine revolucionario, único, nuevo, para el séptimo arte peruano, sino porque tiene muchos elementos, sustancia y arte que valorar, si lo vemos detenidamente y con paciencia, como lo he hecho en esta segunda oportunidad. 

jueves, 26 de diciembre de 2013

Spring breakers

El cine independiente americano tiene como uno de sus más rebeldes representantes – y no es decir poco siendo una característica de este séptimo arte, aunque no en todos los creadores que le conforman- que han logrado hacerse ver, conocer, dentro de la invisibilidad que suelen tener las propuestas fuera del mainstream angloamericano en su territorio y en el mundo, no solo de cara a la popularidad, ser reconocidos por el gran público, sino hasta por los cinéfilos, es Harmony Korine. Autor de una filmografía no demasiado atractiva, aunque con toques audaces de personalidad -que incluyen lo desagradable- y un par de despuntes no solo gracias a su irreverencia y a la honestidad de presentar a outsiders que nos son repelentes o no los queremos ver, sino ante todo a un halo de ternura o comprensión sobre estos, como en Mister Lonely (2007) con un fantástico Diego Luna imitando a Michael Jackson bajo la extraña e idónea envoltura de la ambigüedad visual de su sexo (que no de su inclinación sexual práctica), que le cae preciso al personaje; una voz dulce, suave, y una aura de docilidad y buenos sentimientos que como expresa el título nos hablan de la soledad y la lucha de los freaks, que para el caso son los que copian a artistas de la música, como Sammy Davis Junior y Madonna, el cine con Chaplin (Denis Lavant), los tres chiflados, James Dean y Marilyn Monroe (Samantha Morton), la realidad en cargos de autoridad como el Papa y la reina de Inglaterra, la literatura en caperucita roja o la historia con Abraham Lincoln.

No vamos a negar que como en toda su filmografía, Mister Lonely le sirve a Korine para hacer de las suyas, como siempre, colocar sus infaltables locuras (aquí, aunque trasciende, es en sí su recreación de un teatro de varieté, su espectáculo de fenómenos, viviendo y haciendo sus performances en el campo, en las tierras altas de Escocia), su feísmo y sus exabruptos (que para este filme no es mucho, en realidad), o su ser irónico como con el cura –nada más y nada menos que Werner Herzog; y no es la única cara reconocible, sino está Leos Carax en un rol de esos ideales para él- y las monjas que vuelan (que proveen  a la realización de un final macabro y poético a partes iguales), sin embargo logra ser un retrato bello, un homenaje a los que emulan a los famosos, partiendo de la calle, que tiene un tono existencial, de respeto que les llega a ellos y eso sale de ir más allá que simplemente juzgarles negativamente en cuanto a la ausencia del yo y a la extravagancia que oscila junto al rechazo y el ridículo (que yacen en la obra, pero sin ser dominantes, como sí están en otras películas del director americano en que yace la violencia). Korine eleva su condición humana, les otorga sentido, les imprime melancolía, los profundiza y eso es toda una sorpresa en su gestión artística.

Una segunda película en su hacer filmográfico a tener en cuenta es Julien Donkey-Boy (1999) que retrata la esquizofrenia, en la que también se ve ternura y se reviste de comprensión su ilustración, si bien a ratos molesta a un grado. Como no puede faltar, ya que es una realidad complicada de sobrellevar, la locura. No obstante, nunca llega a quebrar la figura de una empatía que llega a manejar, aunque requiere de paciencia de parte del espectador.

Lo que hace el actor Evan Neumann como un obsesionado de lo atlético es bastante destacable, desde la limitación que implica su personaje. Pero lo que construye Ewen Bremner como Julien es impresionante. Estoy seguro que si uno no conociera al actor, se hubiera creído su interpretación como real, al punto de que a mí me dejó en shock tanta naturalidad y realismo. Verdaderamente fenomenal, muy digno de una estatuilla dorada y sin llegar a dramatismos especialmente preparados para el aplauso y la lágrima; lo suyo es desde la incomodidad, como ese desenlace del robo de un pequeño y reciente cadáver. En la trama se ve a una familia muy particular, y cada uno aporta lo suyo en distinta medida, bien también la irreconocible Chloë Sevigny, y la desfachatez de Werner Herzog. Después, los demás locos que se pasean por la pantalla están inconmensurables, aunque sea dentro del uso imperfecto y atrevido que busca el filme, pegándose a la economía visual, a la lealtad de sus ideales y esencia artística. Te apabulla y te fastidia, te saca de tu lugar seguro, pero también te conmueve su dureza, en el retardo, y la rareza, como la inquietud que produce la actuación de ese mago que se come los cigarrillos. Un filme, como quiere a menudo, potente, pero esta vez no solo efectivo para bien o para mal, sino recomendable.

Sus otras dos películas son terribles, aunque como en todo lo que tiene un alma (decimos artística), aunque no sea hermosa o elogiable, y una verdad límite y pobre que no queremos ver, tenga a pesar de su extremo deplorable sus (pocos) elementos salvables. Gummo (1997) es su punto de fama, trata sobre gente white trash, y diríamos que no se guarda nada y por eso llega a ser insufrible, como el abuso de la prostitución de una chiquilla retardada, en medio del salvajismo de unos personajes que son como un espejo que versa sobre la utopía de la convivencia civilizada, quienes se mueven como una amenaza, como con unos jóvenes protagonistas medio zarrapastrosos que cazan gatos callejeros para venderlos y terminen siendo comida camuflada. Dentro de una extravagancia casual y cotidiana, rústica. Algo que resaltar, su fallida sensibilidad si es que la ha querido concebir, que muy poco lo logra, culpa de un tono drástico compartido que uno no puede quitarse de la mente, como un niño bastante maleducado con tendencia a lo criminal que aun así tiene sus afectos haciendo pesas al son de Madonna, o yacer en la bañera enjuagado de la cabeza con shampoo por su madre disfuncional mientras le da de comer tallarines en el agua mohosa. Poco se salva porque las audacias son demasiado para soportarlas y querer recordarlas (y por ende aplaudirlas), entre comillas ya que el cinéfilo es también un forense, se enfrenta a autopsias, a la sangre, a las vísceras, a lo desagradable e íntimo, a lo seco y material. Algo que recordar para bien puede ser el muchachito tonto con orejas de conejo rosa metido en una piscina con chiquillas promiscuas que le dan besos en la boca. Un freak en su gloria. Como lo que representa este filme, o eso ha sentido seguro Korine, haciéndola, tanto por medio del reconocimiento que le ofreció.   

Trash Humpers (2009) es la peor de sus obras, uno no debe tomarla en serio en absoluto, porque si es así hasta produce inquietud, requiriéndose ya no tolerancia sino de un buen estómago. Se recrea a una pandilla de amigos enmascarados de viejos que suelen “violar” basureros. Se dedican a hacer locuras y vandalismo, a hacer el tonto pero de forma radical, a divertirse grotescamente siendo violentos. Son unos sociópatas, con lo que eso conlleva, no aguantarlos. Y es que el sentido del humor de Korine, en esta oportunidad, no es fácil de alentar ni de ser considerado para ningún elogio mayor, si bien a quienes son amantes de lo estrambótico, del sarcasmo más grosero, de la irreverencia de lo trash, como antecede el título, pues tienen un goce asegurado. Estamos ante el Korine más descabellado, el que patea todo tablero y aspiración, salvo uno muy minoritario, en un entretenimiento para desadaptados, o mejor dicho, quienes pueden resistirlos en toda su libertad, aunque en una película.  El momento en que se tranquilizan con el bebé parece impostado. No lo compras. No lo justifica el filme, si bien es el propio Korine, su esposa Rachel y sus amigos los que actúan.  No pasa de ser una curiosidad, si eres un cinéfilo todo terreno. 

Ahora, pasamos a la que nos compete, al centro de la crítica, la que es su mejor película, y que usa las llamadas chicas Disney en una cinta alocada, típica de Korine, donde hacen de la juventud universitaria en busca de vacaciones extremas, las llamadas simplemente por la época, vacaciones de primavera, donde brilla la promiscuidad, las drogas, la juerga y el alcohol, es decir, pura diversión sin remordimientos, donde todo está permitido.

Pero eso no es todo, la propuesta da un gran espacio a lo criminal, que es lo que le brinda un toque propio a la trama, con la que se construye la historia fuera de su afán de simplemente regodearse en la libertad de temporada con todos los atributos que la dibujan tradicionalmente en Estados Unidos, y que permiten recurrentes y superfluas imágenes de fiestas y exhibición en playas. Placer puro y duro.

Se meten las cuatro protagonistas con gánsteres, dealers, pandilleros y narcotraficantes. Su proximidad con lo delincuencial se da primero por el anhelo de tener dinero para su viaje, roban un restaurante, con pistolas de agua, aunque como se requiere, a pesar de que estas anuncian un aire en parte naif (que no se abandona totalmente en el conjunto, incluso involuntariamente, pero que disminuye de forma notoria), tiene de bruto, de intenso, con violencia verbal y algo física, que claman la ruptura con la inocencia. Luego bajo la influencia de Alien (James Franco, que es bastante creíble como un hampón de barrio, al que no le falta la entrega, hasta con acciones de cariz homosexual cuando imita una felación con pelos y señales, algo que le atrae actualmente).  

El filme tiene de rompecabezas, una construcción flagrantemente artística en lo visual, a la que apreciar como elemento que busca un engrandecimiento y una identidad con lo que articula, las formas que aportan, y que recurre a ratos al collage y al ralentí, a que se nos quede en la memoria la fijación de su sentido principal. Junto a la estética de colores luminosos de neón, rosas, turquesas y fucsias, en medio de la intromisión y la estructuración de la fusión de distintos tiempos, va a atrás y luego hacia adelante o predispone o vislumbra lo que viene, complementa figuras, redunda o las explica tras solo enseñarlas en fragmentos. Hay una edición, una composición, muy elogiable que ha explotado el tema y su relato, convirtiéndolo en algo que ostenta la misma belleza que exudan sus mujeres alocadas en biquinis.

Las actrices centrales no hacen una performance impactante, son superficiales en la historia –una que en sí es pequeña pero bien proyectada, siguiendo la ruta en este orden: anhelos, corrupción, ambición/competencia, amenaza y venganza, mientras en el trayecto las chicas van escapando del tablero -, no solo por lo que son sus personajes sino como profesionales, fuera del atractivo de tenerlas en situaciones atípicas a lo suyo, mostrar mucha sensualidad para los adultos, ser lo pervertidas y desinhibidas que implican sus roles, y que hay que declarar que logran atribuirse la libertad que se requiere, gracias sobre todo a la buena cabeza del director y el recurso creativo, la fabricación de escenas más que del realismo o salir desnudas sin más, dependen del artificio. Y se dejan ver, logran su cometido, sin aspavientos. Ayuda la falta de pretensiones, las máscaras en los asaltos o no enfocarse tanto en sus rostros, sino dejarlas que fluyan en la sencillez del argumento. En lo sexual hacen lo mínimo, que es lo muy justo, lo que les resulta un esfuerzo en sus carreras, pero que se hiperboliza, dándose tomas cuidadas en un trío en la piscina o la facilidad de que se desnude Rachel Korine, que hace escenas más subidas de tono, algo más explicitas sin que tampoco sean pornográficas.  Se trata de la amplificación de lo sensual y sexual, con gestos, diálogos, preámbulos, con sugerencia, y eso es un logro para Korine, al que le funciona. Siendo sin duda, su filme más llevadero, aunque hay que perdonarle cierto ridículo, marca de la casa, como la canción en piano de Britney Spears y los disparos que anteceden la revancha. Suponemos que ahí subyace la ironía, no cabe otra interpretación, y pues da risa, como también cierta vergüenza semejante desfachatez, que será apreciada solo por fans de Justin Bieber o Britney, y similares. Cantante pop que hay que mencionar que representa el sentir del filme,  que dibuja la participación de Selena Gomez –que no se le exige realmente nada, hace el papel que le cae o le viene perfecto, y está en la historia como se le suele ver, fuera de contexto- y una más atrevida Vanessa Hudgens.

Estamos ante un halo de inocencia que quiere cruzar la línea, que pretende transformarse y ser lo opuesto, y pues es -a un punto- un triunfo. La escena final de unas chiquillas armadas contra un capo y sus guardapespaldas –recordando la grosera pero buena escena con las dos enormes prostitutas, o cómo enseña su cuarto un matón inmaduro como Alien, fáciles pero contundentes reflejos de distintas caras de lo lumpen- es solo la locura y la libertad que parece en parte broma o provocación, lo que definitivamente no se toma en serio, y juzgarlo por ahí es romper el palito, desechar la propuesta, no lo hago, sino me dejo llevar por el entretenimiento. Korine no es muy arduo con la credibilidad de su filme, le deja reticencias que surcar al espectador, y eso está genial, porque el séptimo arte vende sueños, fantasías e ilusión, y eso hace a su modo éste irreverente director, a la par que proporciona un toque oscuro propio y la destrucción de míticas. La famosa revista francesa Cahier du cinéma dice que Spring breakers es una de las mejores películas del 2013, y en mi parecer no está mal, aunque no llega a tanto tampoco.   

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Fango

El III Festival Online Márgenes da la oportunidad de ver gratis en su web 12 propuestas radicales, alternativas, independientes, subterráneas, de Iberoamérica, hasta el 31 de diciembre, habiendo algunas atractivas en su tipo, como esta película del argentino José Campusano, director al que le hicieron una retrospectiva en el festival de cine Lima independiente 2013, aparte de ser la presente la película inaugural del evento y contar con la visita del autor. Fango, además, mereció el premio de mejor director dentro de la competencia argentina del festival de Mar de Plata 2012, que como se sabe está catalogado como bajo el mismo nivel que Cannes, San Sebastián o Venecia (aunque a mí ver, al menos por ahora, no se muestre tan apasionante como ellos), lo que denota que los grandes referentes del séptimo arte también apuestan por un cine de muy bajo presupuesto, pequeño e imperfecto, irreverente a un punto en mostrar la parte complicada de Buenos Aires en una ficción que tiene mucho de verdad como su lado de fantasía –en su acción dramática trepidante y extrema- y libertad imaginativa (esto y lo siguiente también es un aliciente para algunos cinéfilos), violento para divertir (aunque tampoco es que el filme sea en sus características de suma novedad, porque ya se ha recorrido mucho en el séptimo arte), pero a su vez con mucha identidad y personalidad a pesar de sus limitaciones. Que la hacen digna de verse, aunque implique salir de nuestro lugar conocido, tener tolerancia con sus carencias y defectos, pero ¡oh sorpresa! de forma realmente fácil logra entretenernos. Desde una capa contundente de realismo, fealdad, austeridad, aunque sin llegar a anular nuestro interés con ello, sino más bien hacerse una propuesta curiosa e interesante.

Fango tiene dos historias principales, que aunque forman un conjunto, más parecen paralelas, siendo en parte polos opuestos, teniendo como su propia independencia, o se pueden leer bajo distintos anhelos de expresión, si se ve con sutileza, dentro de una obra que quiere contar mucho en poco espacio, sea dicho estando bien dosificada y finalmente fusionada, en que comparten su idiosincrasia urbana, su gente y sus particulares frustraciones existenciales, en una por medio de peligros, asesinatos, en otra no poder desarrollar nuestra vocación, volver a parar el sueño, que no es poca cosa. En un aire más común, a diferencia del otro mucho más libre y en calidad mayor de cuento.

Una de ellas es de superación, hallar el éxito en nuestra pasión, en la música, mediante la formación del camino de un grupo innovador que quiere mezclar el heavy metal con el tango, y construir algo que llaman tango trash, lugar donde converge la melancolía con la rabia, creando un sonido intenso, desenfrenado. Para ello el brujo y el indio, dos mejores amigos y músicos con trayectoria subte salen en busca de integrantes, viéndose con genios de barrio, que aún no yacen reconocidos fuera de sus calles, no son populares a escala nacional o por requerimientos personales han tenido que abandonar la música, pero son la esencia del arte que los motiva. Su grupo se llamará como indica el título, fango.  

La otra versa sobre una infidelidad que trae mucha cola, fatalidad, muerte, entre gente como dice el filme, difícil, de temer, entre pandilleros con poder y abuso en la cuadra que tienen un líder lleno de cicatrices, culturistas intimidadores de estilo punk paramilitar o ex delincuentes y compinches homosexuales y ahombradas. Todo parte desde que una robusta joven y lesbiana que estuvo en prisión, prima de una esposa y también muchacha a la que le engañan descaradamente, quiere alejar, luego darle una lección y hasta secuestrar, siendo proclive  a matar, a la tercera parte en discordia que aunque está también casada se da sus escapadas. Nada saldría de lo común si no fuera que esta relación extramatrimonial se desproporciona por el tiempo y la frecuencia, el desinterés y la frescura conyugal por la contraparte desleal, y por la suya la convivencia liberal. Entonces cuando se le pide ayuda a Nadia, ella se lo toma muy personal, no solo por el parentesco sanguíneo, sino por la pérdida del nacimiento del hijo de su familiar que la llama para que intervenga, y que es algo que la trastorna, le nubla y le hace hacer cualquier cosa en consecuencia. En adelante es como una bola de nieve, revanchas y contraataques, y es algo rocambolesco.

Un cuento brutal donde brilla el uso de las armas caseras hechas en la zona como se podía ver en algunas escenas de Vil Romance (2008), los enfrentamientos con cuchillo de carnicero, las palizas o combates a puño limpio, y ajusticiamientos. Tiene un tono que nos hace pensar en que estamos ante mucha ficción, donde se crean sus matones particulares, como Nadia, que es la protagonista y gestora de tanta violencia, el as de la película, que como se dice, no puede controlarse, aunque el brujo sería el héroe, solo que yace más implicado en la historia de la banda Fango, sin embargo termina asumiendo muchas pérdidas/derrotas en general.

A la vera de Nadia se provee el filme de emoción, audacia, entretenimiento superfluo que atrapa, el que te saca una sonrisa cómplice, porque la historia no te la tomas en serio, si bien es un buen contexto y tiene su propia imagen que podemos constatar dentro del extrarradio de Buenos Aires.

Otro punto importante en este cine no solo es el llamado conurbano bonaerense, o el reflejo de lo underground en Argentina (la limitación junto con la dificultad de sobrevivir diríamos, y de ahí que se justifique la cierta precariedad formal del filme, no total porque está bien grabada a fin de cuentas), lo que representa Campusano como legado artístico y cultural, sino que el autor no hace uso de actores profesionales (aunque repite con Oscar Génova, el que hace del brujo, de quien recordamos que nos remite a la edad y la cercanía de la vejez, una declaración de una etapa próxima para él, en la que está el director también, y es que el tiempo pasa, y eso pesa cuando pensamos ¿qué queda?, ¿qué construimos?, Campusano a sus 49 años lo sabe y lo hace bien, a su modo, mientras la historia es por su lado una decadencia/derrota abrumadora si bien en ello es un goce que da la gran pantalla ante todo), o sea que ellos se copian a sí mismos, suele decir, y eso es algo que suena -si le tomamos la palabra- bastante curioso viendo la violencia y criminalidad que entendemos no literal pero representa lo que son sus no-actores, sin embargo como además suele decir el director argentino, no está para juzgar, sino para mostrar todas las caras humanas, hasta lo deplorable, siendo si se viera así una autocrítica de la ciudad y la esencia de la realidad misma, y hay una necesidad satisfecha. Las actuaciones tienen sus ratos deficientes, siendo por momentos vistosamente unidimensionales en su expresividad o que dejan ver asomo de risas involuntarias o hasta parecen estar haciendo memoria robóticamente, no obstante terminan funcionando en su conjunto.  Es un filme agradable desde su estilo visual y narrativa sencilla, que seduce con su trama bien hilvanada, fuera de su quehacer cinematográfico y sus formas poco agraciadas.  

lunes, 23 de diciembre de 2013

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Ya tiene más de veinte películas dentro de su filmografía como director, el argentino Raúl Perrone, quien es un autor de minorías, uno de culto en su país, y aunque no es popular, o muy conocido en el mundo, tiene sus férreos fanáticos y el mayor reconocimiento de los que aman lo subterráneo o el llamado cine de guerrilla, el séptimo arte de bajo presupuesto, viendo en la presente que hay razones, su creatividad, personalidad, que está bien hecho, con una estética y bajo un sólido recorrido. Uno que sigue demostrando que es fiel  a sus propias reglas, a su cine, que en el presente es experimental, casi sin una historia detrás, en ello solo algo muy pequeño o sugerente, mayormente fragmentado, dentro del predominio de una composición artística visual o sensorial más que ser propiamente un relato, pero que articula las características principales de los chiquillos o adolescentes, de los pendejos, como los llama la jerga argentina y anuncia el título, que específicamente se les retrata, es capturado su espíritu con la cámara (como más tarde se representa en el epilogo de su obra, como fantasmas que deambulan por la ciudad, los que son parte de la historia urbana), en el skate.

Perrone divide en 3 partes principales su película, más un colofón. La primera versa sobre la proclividad al crimen, a esa tentación y seducción (al no estar consolidados), ese dejarse llevar más allá, no medir consecuencias, seguir los impulsos primarios, ser emocional, como unas tomas en collage nos lo muestran. A la vera de la duda y la inquietud de un chiquillo. Como el peligro y la preocupación/temor que puede regir sobre la demasiada libertad, la anarquía juvenil, que se deduce de cuando un padre innominado y representativo, increpa a su hijo skater en un trayecto en auto; el que solo quiere hacer ocio, callejear. Siendo un tiempo de inmadurez y de rebeldía, pero también donde brilla la ilusión, el goce intenso y la ruptura de la inocencia, el crecer; y se coloca de punto de inflexión al yo descubridor en el enamoramiento –bajo la técnica del expresionismo y los primeros planos, que será algo recurrente, como el amor como influencia, y que Perrone lo usa como fatalidad- y la violencia –en un relato incompleto e indeterminado en una especie de Neo-noir -. Creándose la línea, en buena parte tenue, de una decisión; simplemente yacer en el entretenimiento extremo propio de una temprana edad atrevida, libre, o traspasar a lo delincuencial, el salto a lo réprobo, el agravamiento. Punto donde ocurre el desarrollo del temple y la personalidad. Otorgándonos mucho campo para la imaginación y la interpretación, si bien se puede percibir una narrativa, aunque excesivamente corta y momentánea.

El resto en ese capítulo, que tiene semejante dominación de tiempo, igual formato en los otros, aunque más en los dos primeros como si no existiera nada más, es ver sencillamente imágenes de prácticas de skateboard en la natal Ituzaingó de Perrone, su recurrente perímetro, entendiendo que la propuesta es ante todo la exhibición de una cotidianidad, la construcción visual del quehacer de personajes anclados a solo patinar y fraternizar a ese son, siendo la filmación de una subcultura, acrobacias, saltos y relajo, mientras suenan principalmente en la banda sonora unas cumbias en versión electrónica.   

La segunda parte es muy similar a la primera, en un filme que en conjunto esta hecho en imitación del cine mudo, sin diálogos, sino como exige el tipo de séptimo arte emulado, con inter-títulos y grabado en blanco y negro, pero dejando a ratos ciertos sonidos naturales o algunos en particular como la canción romántica angloparlante de una guitarra, un acordeón en medio de un concierto de garaje o la televisión con un videoclip de una banda argentina. Este segundo capítulo nos describe el nihilismo y el vacío de la adolescencia, en que una chica joven también, sale con alguien menor, otro pendejo de protagonista siendo tres marcados en cada parte, a quien le pide que le acompañe en su suicidio. No hay más, se articula nuevamente la ambigüedad y se apela a los sentimientos en forma general y superficial tras una recreación sugestiva en donde se movilizan nuestros sentidos. Viéndose en esencia y leitmotiv mucho skateboard como fuente de conocimiento de una edad.  

La tercera parte es algo más narrativa, es más un cuento aunque tiene su pequeño toque introspectivo sobre la etapa de la vida que se ha querido manejar. Nos recuerda a Gus Van Sant, a Paranoid Park (2007). Hay un crimen misterioso, de donde pagan caro los sospechosos, siendo una poética de lo maldito como un estamento de la obra de un outsider, como Raúl Perrone (1952, Buenos Aires). Todo partiendo de la inestabilidad de un embarazo no deseado, la responsabilidad luchando contra la inmadurez, el vagar sin rumbo, el enfrentarse a algo en que no parecemos encajar, la tensión y un aura de melancolía ante verse como una especie de fracaso, de excluido. Con un contexto con drogas y hasta donde asoma la homosexualidad.

Otro referente, no solo la técnica del cine mudo de Carl Theodor Dreyer, es la recreación bastante breve de la escena homenaje de Jean-Luc Godard en Vivir su vida (1962) sobre La pasión de Juana de Arco (1928), una escena hermosa del danés en un meta-cine glorioso del francés, metida en el filme de Perrone en cajas chinas, aunque no lo profundiza, solo lo deja ver y pasar como una chispa de cinefilia. Como pasa de la misma forma con la ensoñación que producen las nubes en lo existencial. Esa mirada de la cámara que se posa en el cielo inmediatamente nos retrotrae a La ley de la calle (1983). Cuando Rusty James desde su sencillez como ser humano quiere otra vida distinta a la pobre y encasillada que lleva.

P3nd3jo5 ganó el Premio a la Mejor Película en la competencia internacional del festival de cine Lima independiente 2013, y mejor director en la sección oficial argentina en el Bafici del mismo año, el festival de cine independiente de Buenos Aires. Es una realización de la que no vamos a mentir, sino más bien advertir y preparar al espectador que desconoce de ella, como alentar a visionarla, es un filme arduo de ver, de soportar, que implica paciencia y apertura con un cine atípico al uso general, ya que sus imágenes en gran parte simplemente yacen libres sin sentido mayor, tiene mucho de video-arte, en dos largas horas y media de duración, en que sin embargo una vez sumergidos en su estilo y forma tan osada, particular y despreocupada de cavilar y mostrarse sientes que te retribuye aunque no sea su prioridad agradar porque pretende hacer arte a su modo, y hay que respetar su honestidad, luego ya es cuestión de cada uno.

domingo, 22 de diciembre de 2013

Chicama

Película nacional que ganó cinco premios en el festival de cine de Lima del 2012, mejor película peruana, mención especial del jurado, mención especial en el premio de la crítica internacional, el segundo premio del público y el premio FX Design, y que el 2012 fue nombrada la mejor película peruana del año por un importante sector de la crítica nacional.

Un filme que se estrenó primero en Trujillo, ciudad de origen del director, y se hizo esperar en Lima a la que llegó a exhibirse a partir del 5 de diciembre del presente año en solo dos salas, en el CCPUCP y en el Cineplanet de San Miguel.

Chicama de Omar Forero, su tercer largometraje tras Los actores (2007) y El ordenador (2012), es una cinta muy austera y discreta, de poco recurso donde su limitación en lugar de desestimarla la hace una obra personal, ya que ha explotado sus formas y pequeñez formal, como identidad y con bastante orden, generando un estándar que mantiene su igualdad en su aspecto técnico y visual. Es como tener la noción de nuestra capacidad, lo que vamos a contar, cómo lo vamos a hacer y de la inversión de nuestro proyecto y a través de ello trabajar conscientemente creando una obra a nuestra medida, pero yendo hacia cierta excelencia con nuestras coordenadas, otorgándose personalidad y enalteciendo todas nuestras características. Sin embargo, sí que es una propuesta a la que uno tilda por naturaleza de alternativa a la exhibición comercial, no siendo en toda magnitud un cine intenso, no es superficial, no busca entretener por antonomasia (además de que está lejos del acabado, técnica y pulimento angloamericano), pero que tiene de ello, a su modo, solo que lo hace en forma cultural aunque sin ese tinte de obvio y pesado aprendizaje. Nos muestra la realidad nacional, se apropia y genera cariño, por medio de nuestra humanidad, pureza, altruismo y lo patrio. Y no lo es porque sea algo complejo como estila el cine de autor (aunque tiene parte de esa esencia en su aclamada e idónea sugerencia y en sus formas provechosamente apaciguadas, que no apagadas), sino porque carece de la aventura y el conflicto como lo conocemos habitualmente en los cines, tiene para empezar una tranquilidad, parsimonia y sequedad que se mueve en lo naturalista, en ser realista, fidedigna al mundo que nos rodea como peruanos, querer ser autentico, y sus problemas no se pretenden como una ficción que se desarrolla en un relato convencional de superación donde hay una presentación, contexto, un golpe y una solución (sobre todo estos dos últimos parámetros), en su lugar se da como un espejo, como parte de lo que simplemente acontece en el Perú, la pobreza, para el caso la de un pueblito en un lugar alejado en los Andes, en Toledo, o sea que es parte de un escenario que no se analiza, no directamente, solo se muestra, la película no se enfrenta a esto más que asumiéndose y moviéndose en los hechos, aclimatándose al medio; no hay soluciones facilistas y rápidas, no busca la fantasía. La reflexión llega como plano personal del espectador, viendo el contexto, y la precariedad, como agarrándose de pequeños detalles como cuando un niño expresa algo íntimo pero que es vox populi, dice que todos los profesores los abandonan, y es que más que una historia parece un documento.

Estamos ante la cotidianidad de las limitaciones de nuestro subdesarrollo nacional, en la recreación de un lugar rural que parece olvidado por la modernidad aunque la busca en su anhelo de educación, y que representa lo autóctono, lo que somos y tenemos que lidiar, y lo hace sin dramatismo, con silencios y dándolo como tarea, como queriendo que observemos y sintamos, que nos demos cuenta solos, aunque todo está ahí también para verse. Tiene un tono, y no es el de la tristeza, sino el de la alegría de vivir, de la normalidad aun en la carencia y necesidad, en enseñar gente a la que apreciar y respetar porque no están quejándose, más bien intentan surgir y existir lo mejor que pueden, apreciando cada momento, como lo dice el recurrente discurso del director cuando presenta a los nuevos maestros, desde su simplicidad verbal. Estamos frente a un fresco con su lado de belleza, con su ternura, con su ejemplo y esfuerzo, con su felicidad, donde nunca mejor ha brillado lo de decir que algo es muy natural, porque el entorno y su representación mayormente lo es, y su ausencia de elaboración se supera creándose una distinta vía de seducción a la que uno se adapta sin problemas aunque notando su sencillez estructural, narrativa y argumental pero que ilumina.

La reproducción de sus personajes es en parte plana aunque creíble, restringidos en su capacidad interpretativa, extrañándose mayor y mejor visualidad e histrionismo, que se comprende que no sea su opción y está bien porque es el sentido general del filme aunque tampoco sea fácil conseguirlo, sino que parecen recitar, estar haciendo memoria en el trayecto de su comunicación, siendo muy comunes, no lucen profesionales, complejos, no lo son, especialmente José Sopan, el protagonista, Cesar, de quien nos cuentan que tras terminar su carrera de maestro quiere ser enviado a Trujillo y ante la alta demanda y competencia solo le queda ir a Toledo desde su natural Cascas, ahí conoce a una maestra, en la piel de Ana Paula Ganoza, y parece crearse un vínculo sentimental, seguro porque es guapa, afable y tiene una bonita sonrisa, y es muy fácil de congeniar, pero como quiere ser la realización, no crea ningún conflicto, no pretende ningún desarrollo más que lo intrínseco, en cierta elipsis, miradas, conversaciones, proximidad, bailes y acompañamientos por el campo hasta darse la confianza que le pide a él que la proteja mientras orina a la intemperie. También influye el compartir su mundo y la soledad. Una que se rompe cuando Cesar ve a sus familiares y sus amigos, y con estos últimos es como más libre, y por costumbre se termina siendo más ordinario, una persona más pedestre, hace bromas tontas, pasea y toma cerveza en la calle, va a la playa, y es soez en su lenguaje como se comporta su patota, y es un retrato bastante verosímil, pero en ese momento pierde la película su encanto, se pauperiza como en la escuelita sucede todo lo contrario, se eleva la condición de seres humanos, de los niños, del pueblo y de sus maestros, y entendemos que se quiera credibilidad, y recurra a la naturalidad que con sus amistades le cobra y le lastra, le disminuye, pero la creatividad aun no queriendo ser una ficción y construcción del ecran desde este, sino desde afuera sin que seamos literales por supuesto que no se puede, siempre debe buscarse, porque el arte a nuestro ver te exige ese talento cinematográfico y universal. De todas formas, no guarda sustancia en esa parte, no da para mucho, salvo que a Cesar se le dibuja como a cualquiera y eso hace que su trabajo y su entrega saquen lo mejor de sí, habiendo mucho sentimiento en Toledo donde los niños bailan danzas típicas o tocan instrumentos, hacen sus inocentes y curiosas preguntas, cuentan brevemente sobre sus vidas, aprenden historia, y eso atrapa, fascina y en ese momento brilla el estilo de la película, se resalta, remonta todo escollo, se agiganta y hace cine, fuera de sus encuadres y tomas sin dinamismo tradicional, teniendo menos ritmo pero sin llegar a asomar nada de agotamiento, ni ninguna espectacularidad, que no necesita, porque tiene otro sentido y formato, y como tal gusta, y vale la pena verse, sin que sea una obra maestra, que no es pedirle -ni que dé- poco, cuando nuestro cine no alumbra mucho.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Camille Claudel 1915

La biografía de la escultora francesa Camille Claudel es definitivamente atrapante, ella es tremendo e impactante personaje. Por lo que al no saber casi nada de ella ver La pasión de Camille Claudel (1988), de Bruno Nuytten, fue verdaderamente lo que necesitaba visionar y conocer. Un biopic a la orden de contarlo tradicionalmente, explotando la fuerza de su historia, con una Isabelle Adjani prodigiosa en la piel de esa talentosa, vehemente y trágica artista. La que tuvo una relación -y razón del quiebre de su cordura- con uno de los nombres más grandes de la escultura mundial, Auguste Rodin (Gérard Depardieu), con quien compartió 15 años de arte y amor desmedido. Ella era “arcilla” en sus manos, trabajando a las órdenes de la bien ganada fama de él, pero teniendo tanta intensidad, don y creatividad que empapaba y rejuvenecía, le daba una segunda vida, a Rodin. Una grandeza en que el tiempo y el desgaste cobra factura. Y mientras ella lo daba todo, el viejo maestro francés aprovechaba su entrega sentimental y su cuerpo, como su espectacular capacidad artística; era un regalo de los cielos, no solo cumplía con responder a su desmedido apetito sexual convirtiéndose en su amante a pesar de las habladurías y desprestigio moral de cara a la sociedad de la época, sino engrandecía su genio. Sin embargo, Rodin no deja a su pareja de toda la vida, a Rose Beuret, que era lo que Camille quería, casarse con Auguste. Y ante la negativa de oficializar la relación, darle su lugar, aborta y se queda sola, pero la tragedia no queda ahí, sufre aun más, su tiempo le da la espalda como artista, la reconoce pero no la enaltece como se debe y cae en una crisis. Termina en el desequilibrio, abandonándose en un aislamiento voluntario en su solitario hogar y taller. Luego muere su padre que tanto le quería y protegía, el que admiraba su iniciativa, potencial y autosuficiencia, y ella es enviada por su madre y hermano menor, el poeta y diplomático católico Paul Claudel, a un manicomio, donde no vuelve a esculpir jamás y termina encerrada durante 30 años hasta su muerte. De lo que para más inri, su cuerpo se perdió en una tumba sin nombre. 

No voy a atacar un filme para enaltecer otro, son distintos, como mis apetencias cinéfilas, el valorar diferentes propuestas y estilos de séptimo arte. Y hay que decir que lo que hace Nuytten es magnífico. Efectivamente, no solo explota su historia, sabiendo antes contarla, sino otorga emociones al espectador, se vive en todo auge la pasión del título, la esencia de la existencia de Camille Claudel, que proporciona el entendimiento de la brutalidad de su caída. Se siente en la perfomance de Isabelle Adjani, musa total del autor. Aparte de que es una muestra hermosa del arte de la escultura, teniendo un lugar de privilegio en el relato donde se trabaja mucho; participa de forma maestra. Y una vez aquí, con todo lo explicado termina en 1913, con letras contándonos lo que vino después.  

Ahora empieza la obra de Bruno Dumont, y hay que decir que es complementaria, porque sin antecedentes nos perderemos de mucho subtexto en las nuevas imágenes, en una biografía que aporta y enaltece lo que hemos de sentir. Ya que Dumont busca lo mismo -aunque de distinta forma- que Nuytten, entregarnos un drama y emociones, en la otra parte de la historia de Camille, la consecuencia de su pasión, y justo empieza donde la otra termina, dos años después (el tiempo que lleva de reclusión en el manicomio). Estamos en 1915, y solo versará sobre unos días en su vida, tratando de proyectar lo que sería su porvenir. Pero, desde el cine de autor, con lo mínimo, lo redundante, lo lento, lo sugerente, lo elíptico, el espacio reducido, y usando locos reales para fabricar la desesperación que quiere dar a entender. Un claustro espeluznante para cualquier mortal, aunque Camille tenga un lado de desequilibrio, y se sienta siempre perseguida por una supuesta mano negra de Rodin, aunque no lo una nada a éste hace 20 años, ni tenga ni se asome ninguna prueba razonable. Cree que la quiere envenenar, que el maestro le teme porque envidia su talento, y su posible retorno artístico, que quiere destruirle porque ella va a robarle la inmortalidad, a oscurecer su legado, y lo culpa de su encierro y de que sus obras desaparezcan, dejen de exponerse, de su ruina, y algo hay de verdad en toda su locura como un pasado metafórico, si bien yace muy desbocada en su imaginación.

Lo que veremos en Camille Claudel 1915 es puro Dumont, no nos engañemos, es su estilo, su impronta, su personalidad, aunque no hayan constantes escenas de sexo explícito, o intempestiva violencia que nos golpee sin piedad y nos deje inquietos o nos haga sentir bastante mal, su quehacer en ello es otro, con el sufrimiento del abandono y la soledad, el estar proclive a perder la esperanza. Si han visto sus películas anteriores saben de lo que hablo.

La vie de Jésus (1997) sobre el diario vivir de unos adolescentes motoristas, cinco vagos que acaban de perder a un amigo, hermano e integrante, con el reflector en una trama que apunta a enseñarnos a Freddy y su relación con Marie, ante la amenaza de un joven pretendiente árabe de quien el protagonista se enemista tras burlarse de él y su padre, y este venir a provocarle en adelante. Una historia simple, siendo la trama más convencional de este director. Muy típica en su deambular por lo ocioso, familiar, sentimental, social y recreativo que aunque bien contada lo hace de forma ardua.

L'humanité (1999), ganadora de mejor actriz a Séverine Caneele y mejor actor para Emmanuel Schotté, dos actores noveles, como suele buscar audazmente éste director galo, con buen ojo en su elección descubridora, y para los roles principales, que no es poca cosa, una gran oportunidad y responsabilidad supervisada naturalmente por el genio de una dirección predominante. L´humanité también ganó el gran premio del jurado, en el festival de Cannes de 1999. Una película donde vuelve  a brillar el amor, un leitmotiv muy fuerte en el arte de Dumont que parece querer a menudo tener la intención sólo de contar algo pedestre sobre alguna relación afectiva, entre el placer y el conflicto cotidiano, debajo de unas formas que acostumbran ser extravagantes, difíciles e inesperadas y se amplían por otros derroteros como bajo una capa de oscuridad. El amor se halla tras la debacle de la vida, esa pérdida de la mujer e hijo de Pharaon De Winter (Emmanuel Schotté), quien pasa sus días no sólo como detective de policía preocupado con un caso que lo ha sacudido, sobre la violación y muerte de una niña de 11 años, sino pasa el rato muy campechano con dos amigos muy cercanos, una pareja, Joseph y Domino (Séverine Caneele), ésta última una rubia belga enorme que como toda fémina en la obra del autor francés es muy ardiente y promiscua, indecisa en definir sus afectos por una sola persona. El sexo lo estila este creador bajo poca seriedad, muy a menudo es superficial, un acto hasta antojadizo, rápido, aunque suela esconder o descubrir emociones y conflictos. En sí la trama es solo eso, Dumont siempre hace largo, contemplativo y saca jugo a lo que debería ser discreto –como lo ha hecho en toda su filmografía e incluso en Camille Claudel 1915-. Simboliza lo suyo también, solamente toques, como ese beso sorpresivo que le dan a un criminal que puede creerse de atracción homosexual pero es más iluminar una compasión e identificación como arguye el título, de humanidad; como es de cierta tradición en su filmografía, en que no falta lo espectacular, como la santidad, o en otro caso la magia, como se puede describir en la bondad y pasividad de Pharaon De Winter. En un lapso del filme parece levitar, como más tarde intenta de pronto Barbe en Flandres (2006), y es que no todo indica algo literal, como sí tiene de ello Hors Satan (2011).

Twentynine Palms (2003) su película más hiriente, más chocante, que da el golpe cuando menos lo esperas, partiendo de una aventura y un viaje romántico por el desierto salvaje californiano, siendo todo casual y predecible hasta engañarnos, en un contexto muy normal en mayor parte del metraje, peleas nimias y hartos encuentros sexuales marca de la casa, que tienen de dominantes y algo perversos, y pueden esconder una idiosincrasia intrínsecamente culposa y oscura que más tarde refracta como un castigo injusto y escalofriante. Si uno es muy sensible, mejor no la vea. Tiene escenas verdaderamente terroríficas y perturbadoras.  

Flandres (2006) es una cinta que ganó nuevamente el gran premio del jurado, en el festival de Cannes del 2006, y que mezcla una guerra indefinida en alguna zona desértica del planeta y sus horrores, violaciones de soldados a una mujer indefensa, asesinatos de niños combatientes, venganzas con mutilaciones genitales, tortura y masacre, con su habitual contexto en la campiña francesa, donde retrata a unos jóvenes antes de ser parte de la milicia y de las atrocidades antes descritas. Se apela a las características generales de Dumont, como la toma amplia, panorámica, de paisajes, la parsimonia, recrear rutinas o cierto falso cariz de desconexión en la extrañeza de su protagonista, dentro de aclimatarse a una convivencia particular que parece a punto de quebrarse, producto de un peso interno oculto, manejando ambigüedad, y la sorpresa de decisiones que importan pero no se toman así. Se nada entre la promiscuidad y el amor secreto que sueña con algo puro aunque no se atreva a exigirlo o revelarlo.

Hadewijch (2009), una lucha conceptual del hombre sobre la facultad de las decisiones y sus conexiones y retroalimentación, dentro de la subyugación al destino espiritual superior, desde paradójicamente el libre albedrio (el que muchas veces desaprovechamos o nos deja expuestos pero que es nuestro y es siempre una oportunidad de ser), dependiendo el camino, como es la vida, la gloria, la fatalidad, aquí bajo algo radical. Nos sumerge en la historia de una chica religiosa, Céline vel Hadewijch, que por una personalidad devota a la entrega total de unas creencias trascendentales es material moldeable a dejar de tener propia voz, algo que puede ser una tragedia según el fanatismo. Una crítica contra la obsesión (el convertirnos en objetos), léase un preámbulo de lo que será Camille Claudel 1915.

Hors satan (2011), una película con un periplo entre lo místico y lo pagano en donde no faltan los afectos, el desamparo, la vulgaridad, lo inexplicable y la naturaleza humana.

La última cinta de Dumont es hora y media de ver deambular a Camille por el manicomio de Montdevergues, esperando la visita de su hermano Paul Claudel (un estupendo Jean-Luc Vincent con la naturalidad necesaria, como cuando yace desnudo del torso escribiendo, aunque con una presencia y una actitud concebida al uso de un retrato). Vemos el horror de su confinamiento, el estar entre gritos, chillidos, exabruptos, abundante retardo, la constante de repetir una palabra hasta el agotamiento y el descontrol ajeno que eso ocasiona, risas esperpénticas e incontenibles, babas, toda clase de ruidos desagradables, ausencia, aturdimiento, incoherencia, dependencia feroz, un mundo donde la realidad se vuelve atemporal, lenta como la cámara del autor francés, contemplativa, y como pegada a un pasadizo, a una cuantas paredes, el aburrimiento, la nada, el temor al olvido y al abandono que ya asoma. Un contexto contrario a la personalidad legendaria/artística de Camille (aunque queda en la mente de uno y en conjunto la imagen de fragilidad de su aspecto lastimado por la enajenación), como lee uno de tantos monólogos, en el diario de Paul que lo desnuda a él -su cierto temblor emocional, pero sin ser juzgado por nadie más que por sí mismo- y a su relación con quien antes lo opacaba, aunque ella a fin de cuentas lo llenaba de cariño y lo ayudaba. Actualmente es una traición, requerimientos ideológicos y un tipo de vida que tiene de elitista, pero a la vera de un cariz particular, impoluto y ordenado ante una filosofía y una religión que lo regenta, como implica la decisión del encierro y tirar la llave para nunca darle una segunda oportunidad, algo de resentimiento, un castigo por una vida de pecado que deja ver que la tiene por anteriormente soberbia como si no la hubiera comprendido nunca; un catolicismo y una familia dentro de una sociedad que oprime un alma que ha pasado de la libertad más audaz  que rompía con sus reglas más hipócritas a la dolida vaciedad, una persona no del todo sana pero si manejable.

Camille Claudel 1915, de Bruno Dumont, es ver a Juliette Binoche mostrar que por algo es una de las más grandes actrices que tiene el séptimo arte, no solo Francia, donde su cara y sus tomas frontales, su gesto en su constante dramatismo, sus lágrimas y desencajamiento, dentro de recurrentes espasmos, son los de alguien a la que parece no se le permite ningún tipo de felicidad, que no sea más que muy breve, como en el teatro, que luego le recuerda su idiosincrasia y su punto de inflexión hacia el abismo. Ayuda a Binoche verla pálida, sin arreglos ni maquillaje, con arrugas y líneas de vejez, cuando es una mujer mayor hermosa. Binoche hace una trasformación física eficiente pero sencilla, como lo es ésta obra cinematográfica como relato en sí, fuera del estilo personal de narrar de Dumont, menor ante el interior que es poderoso. Su rostro apabullado por un entorno y una existencia sumamente sufrida, aplastada, ya no solo por sí misma sino por el dominio ajeno de quienes ella está obligada a confiar, y habrá supuesto una decepción mayúscula e insoportable, trasmite un cúmulo de emociones que son el colofón premonitorio de una vida de treinta terribles años de encierro (y el sentido esencial de esta propuesta), y es una condensación ambiciosa que se mueve en el genio del estilo de este francés capaz de traer una historia biográfica importante de su nación a su territorio artístico, uno que no resulta tan fácil de congeniar pero que sale bastante airoso, no solo por saber manejarse al remitirse ante todo a las cartas o redacciones que sus personajes recibieron o dejaron y a un registro médico del asilo que la cobijó, sino porque es un cine que quiere coger algo más profundo quizá que las descripciones, arte en toda palabra, y que mejor que hacerlo con una vida sacrificada en su genio por una pasión, en algo que se vuelve tan triste, tan increíble, porque ponerse en el lugar de Camille, lo que intenta Dumont, es algo que aprieta el corazón, si esquivamos ciertas formas que requieren esfuerzo y paciencia, si las comprendemos, que tampoco es tan complicado. Es un intento magnánimo del cine y del arte, de trasmitir desde ciertas coordenadas, de un estilo plenamente justificado.

Cuando se ponen uno frente al otro, Paul y Camille, sacamos conclusiones sumamente valiosas del filme, sobre la realidad y las razones de su decisión de dejarla sola, que cobra interés siendo algo tan cruel y decisivo en una vida; un atisbo porque nunca lo sabremos con exactitud, no obstante la realización hace lo suyo, nos entrega contextos interesantes y elaborados, las cuatro exposiciones/diálogos de Paul, la escritura en su diario, el sacerdote con quien pasea y al que le revela el origen de su misticismo y el agradecimiento a Rimbaud, el encuentro anhelado, y por último el paseo con el director del instituto cuando se retira. Cójase cierta contradicción, un mal pago, al no entender nuestra imperfección de seres humanos -la que incluye el perdón y la apertura de la libertad de los hombres, que le falta- que yace en Camille como en el escritor de Iluminaciones y no la ve o no quiere verla, quizá no la entiende como es debido, y seguramente los dogmas le habrán cegado finalmente y una personalidad que difería en verdad de lo que cree ser y lo que hacía.

Camille tiene tres importantes declaraciones, una carta a su hermana, también una conversación con el regente institucional y el intercambio último de posturas con su hermano Paul (donde yace una composición autoral más imaginativa si se quiere). El culmen del filme paga con creces la espera de la propuesta ante su énfasis conceptual. Un filme profundo en cuanto a su retrato íntimo, como radiografía del dolor, y la eterna fuerza de resistencia en un terrible contexto, algo que no debería ser, pero que existe, y de repente mucho, aunque no solemos verlo con la atención que corresponde, si es que claro, no lo estamos padeciendo. 

miércoles, 18 de diciembre de 2013

The Counselor

Esta película debería ser una obra maestra, contiene varios actores bastante famosos y hasta talentosos, un guion firmado por un escritor de alto nivel literario como Cormac McCarthy, y un director preparado y experimentado en Ridley Scott que tiene obras importantes en su haber; Los duelistas (1977), Alien el octavo pasajero (1979), Blade Runner (1982), Thelma y Louise (1991) o Gladiador (2000) avalan su genio; sin embargo no lo es, y lo que es peor, la crítica se ha cebado con ella, le han dado duro sin contemplación.

El principal problema de ella es que no tiene una trama que se explique bien, que sea fácil unir cabos y entenderla completamente, y es porque usa pocos recursos en su elaboración, y a uno solo le queda conjeturar soluciones y ser analítico e imaginativo, coger cada línea y momento clave para salir airoso, que como sea, siempre habrá que poner mucho de nuestra parte, a menos que nos quedemos con nuestras dudas y pues nos dejemos llevar por el trazo grueso, la sacada de vuelta de un transporte de drogas en que la maldad y el ingenio milimétrico de una femme fatal llamada Malkina (Cameron Diaz) le roba a su propia pareja y a sus amigos y compinches, el resto pormenores, y tampoco estaría mal, porque nos queda aparte de la adrenalina de su relato, la ambientación y los personajes, unos con ligeros toques creativos, en que se opta por algo que los haga rápidos para marcar un entusiasmo primario, o una temática contundente en el conflicto del narcotráfico con la legendaria contemporaneidad del desierto de Texas y su límite con México, sus historias de mujeres desaparecidas y las decapitaciones.

Su historia versa sobre alguien conocido únicamente como el consejero al que no se le identifica por nombre – Michael Fassbender- quien cae en el pecado álgido/decisivo de su existencia, por soñar realidad una cuantiosa suma de dinero sucio, y pasar de servir de abogado de criminales a ser uno, al ser amigo de un narco “pintoresco” en su apariencia y su irreverente extroversión visual y frontalidad verbal, Reiner (Javier Bardem) con quien se prepara para un negocio ilegal  de drogas, queriendo ampliar su opulenta felicidad y su aclamada seguridad tras proponerle matrimonio -y regarle un diamante como aro de nupcias- a Laura (Penélope Cruz), su novia latina, la que ofrece dar más de sí ante el futuro en ciernes (tomándose como principal la noción de mayor atrevimiento y perversidad sexual, algo muy americano) ante la cierta mojigatería de su catolicismo. Entonces para hacer el trabajo se ve con un mensajero o intermediario, el vaquero moderno Westray (Brad Pitt) que le advierte que una vez dentro ya no hay vuelta atrás (más tarde llegara la explicación de la consecuencia de los actos irreflexivos); le dice que debería pensárselo mejor antes de participar porque es un juego temerario en que asoma mucho la derrota donde pocos como él saben escapar. Consejo que no escucha por supuesto el supuesto tipo listo, culpa de ser un constante ganador, el llamado paradójicamente consejero que es más un inexperto y el sobrenombre le viene gigante (o más claro, por ironía del guion), aunque se entiende que es porque suele ser el que administra la sabiduría legal para que sorteen la cárcel sus delincuenciales clientes, solo que en esta nueva lid ponerse del otro lado le hace ser carne en el asador para gente más ducha y oscura. Justo en donde brilla Malkina, con una Cameron Diaz en un papel jugoso dentro de su carrera y esencial en la propuesta, pero adscrita a un registro conocido, sencillo a fin de cuentas, bajo tres parámetros, su desbordante belleza y sensualidad provocadora (como su lascivia sugerida a la par de su impune misteriosa crueldad en su anhelo caprichoso de confesión; aprovechada específicamente en el filme, o mejor dicho asumida, desde una copula con un vehículo último modelo, gracias a su flexibilidad y al voyerismo de su entrepierna), su inteligencia para ejercer un plan maestro –que de la mano de la tentación, la ambición y el haber pensado mejor el cruzar la línea de la criminalidad son la película- y su calidad de cazador (a), gracias a su frialdad, que arguye una dimensión unilateral: la de un demonio.

Otra característica que agiganta la realización, a mi ver, pero que muchos críticos han hallado de insufrible regodeo y hasta ha habido sorna con esto tildándolos de ridículos o confusos, y que quizá pueda enloquecer a algunos espectadores que por norma general son indiferentes a cierto esfuerzo, como a otros serles objetos de decepción al seguir estando en el limbo, en la propia historia y en la vida, en la experiencia a través del arte, es la retórica trascendental de McCarthy, típica de su literatura, junto con la violencia que también tiene momentos gloriosos en el filme con la planificación del homicidio del motociclista y negociador, o tras la liquidación que prepara una conversación casual acerca de un dispositivo de decapitación que más adelante lo veamos en acción con pelos y señales. Los diálogos que propone el guion, los que denotan que Ridley Scott le ha seguido fielmente, son metafísicos como el que se da con el joyero que articula el actor alemán Bruno Ganz, o vienen a ser explicaciones profundas sobre el mundo del crimen, de la droga y la fatalidad que envuelve a todo ello. El momento que finalmente muestra lo que las palabras argumentan, cuando un camión de basura echa un cadáver sobre una montaña de desperdicio, es vastamente impactante, una bofetada existencial como la que estaba sopesando un conocedor de su ámbito, Westray, y finalmente trata de proporcionar sentido a una forma de vida que muchos no “entenderán” ni deben tomar a la ligera si bien como se dice, la muerte puede ser algo banal e influir la seducción de la suntuosidad y la vida fácil, que parece algo siempre tan intrascendente e inconsciente.

Queda el mensaje de las decisiones que tomamos, y creo que se hace sublime, aunque algún monologo  como el que proporciona Malkina  a puertas de un nuevo negocio sea tan propio del estereotipo que representa (su expresión de autosuficiencia y estar por encima del resto es logrado pero unidimensional), con unos ágiles y bellos largos felinos iluminados por el inclemente sol, como metáfora  a un punto manida, la que aun con crítica cae en gracia como una potente presentación, en sus fieras corriendo tras un conejo en medio de un paseo exótico/erótico a la vera de unos cocteles que permiten entablar una de tantas revelaciones verbales sobre la ausencia de dependencia emocional con gente allegada que desaparece de nuestras vidas (la declaración de una filosofía). Tanto como el peinado exaltado de Bardem y su naturalidad física y su personalidad al estilo de la serie Miami Vice, como también resalta la escena de cama y sabanas etéreas que yace en la apertura de la película, que sería el mayor aporte de Cruz, teniendo uno de los cuerpos más esculturales de Hollywood y del que hubiéramos querido ver más; como la sorpresa de ver -en repetidas ocasiones- tan risueño a Fassbender (uno que está memorable cuando se quiebra con el CD enviado por el cartel en la ley de su justicia), y es que cada personaje es importante aunque a los actores les hayan sacado poco jugo en realidad, fuera de sus imponentes presencias y como saben utilizarlas, siendo el uso de ellos en parte más aspaviento que otra cosa o para ser condescendientes, un engrandecimiento y la ardua proyección de lo mínimo, al igual que con el conjunto del relato. Uno que celebramos en buena medida, y que no es como para despreciar aun no siendo todo lo grande que alumbraba seguramente en el inicio, y es que más de una vuelta de tuerca esconde este filme, desde varios ángulos, ejerciendo Scott y McCarthy lo que han querido, y ese entusiasmo debe primar por honesto y esencial, desde la mañana que el escritor americano decidió hacer un guion, una historia específica para el cine sobre sus constantes; el que debería de tener una segunda oportunidad para congeniar con el público, pero sin vender su alma, esa que The Counselor posee en su calidad de entretenimiento sofisticado e intenso. 

viernes, 13 de diciembre de 2013

La gran belleza

Sexta película de Paolo Sorrentino que tiene una filmografía bastante interesante con películas como Las consecuencias del amor (2004) sobre un misterioso personaje atascado hace una década en un hotel que tiene que hacer mandados para la mafia transportando dinero para pagar un error financiero, que una vez enamorado de una guapa barman en la piel de la morena Olivia Magnani, nieta de Anna Magnani, querrá cambiar su abúlica, solitaria y monótona existencia. Película de mínimo recurso y algo excéntrica que basa su fuerza en los sugerentes detalles de una biografía de ficción, y la estética del papel que crea un camaleónico y estupendo Toni Servillo, fetiche del director, que vuelve a trabajar con él en otra pieza atractiva en su arte, Il Divo (2008), que retrata a un famoso, oscuro y exitoso político italiano de nombre Giulio Andreotti, en una de las mayores caracterizaciones de Servillo tanto física como intelectual y culturalmente representa el personaje para Italia. Se percibe en todo auge el estilo del cineasta en dotar a su obra de una personalidad que impresione, que nos descoloque de nuestro lugar común aun tratándose de algo de la identidad de su nación, como con los sospechosos crímenes relacionados al político dotados de variedad y curiosidad, y un humor corrosivo y sorpresivo que habla de no tomarse tan en serio, el que genera un arte propio, una forma de contar una historia alejada de su natural seriedad como tema, plasmándose la modernidad que más tarde presenciaremos en La gran belleza.

Su anterior propuesta cinematográfica es otra película a tomar muy en cuenta, Un lugar donde quedarse (2011) aunque más que por la extravagante trama por la forma de narrarlo, con solvencia, novedad y seguridad, en lo que puede ser un homenaje en buena parte al grupo musical The Talking heads y en especial al cantante David Byrne que aparece en el filme, siendo su canción que titula la obra, esencial como leitmotiv; en hallarnos a nosotros mismos, en reconciliarnos con nuestra existencia. El papel protagónico lo tiene Sean Penn que parece tomar para sí la imagen de Robert Smith de The Cure. La historia discurre por lo rocambolesco aunque en conclusión resulta sencilla, si estamos atentos; tratar de redimir al padre judío de este antiguo cantante pop que fue Cheyenne (Penn),  el que fue humillado por un nazi, y ahora el hijo sabiendo de que todavía vive lo busca para cobrarse la falta que marco al progenitor de por vida, siendo una forma de recuperar un afecto perdido tras convertirse en un aparente ser inmaduro y un freak, el que carga además para empeorar la situación con una conciencia lastimada por el suicidio de un fanático tras el mensaje pesimista de sus canciones. Este filme ganó el premio del jurado ecuménico en Cannes 2011, es una road movie y una investigación personal bastante curiosa y bien ejecutada, y a su vez muy melómana, que habría que revisar.  

Finalmente abordamos el filme en cuestión, uno que sigue varios parámetros importantes del arte, lo que en sí como tal es parte del argumento, trama y esencia de la realización, en hallar como manifiesta el título, la belleza más grande de nuestra humanidad, y pues eso hace inmediatamente participe al arte al ser esa su búsqueda y representación, no obstante al final se alega que todo es truco, artificio, y se podría decir que se opta más por un sentir “único” como en el sueño perenne de la tranquilidad del mar, el enamoramiento que nos marcó y que nunca se concibió más que en una aventura pasajera de eterna memoria; o en la amistad que perdona todas las fallas e imperfecciones, hasta la vanidad, el libertinaje, la juerga, el egocentrismo o el vacío que se comparte y es reflejo de una clase privilegiada que es a fin de cuentas tan pedestre y despreocupada como regla de antonomasia. También se percibe como una opción lo espiritual que aunque es visto con cierta crítica e ironía, finalmente se opta por darle cabida con el surrealismo y la fantasía de su lado, en la penitencia de la santa de 105 años de edad.  Sin perder ese lado humano, particular (como en el cardenal y gastrónomo), propio del libre albedrio que queda muy marcado en toda esa fauna de personajes que recrea Sorrentino, unos más locos que otros, siempre extravagantes y espectaculares como haciendo uso de un realismo mágico último donde la curiosidad vive en la personalidad estrambótica.  

Recuerda mucho a La dolce vita (1960), y por ende a La noche (1961), ya que tienen  nexos y afinidades intelectuales y en la narrativa; usa como base o anhelo a Gustave Flaubert como sentido de la estética de la nada, aunque pervive por debajo Proust, de quienes dice no debemos darles demasiada importancia, como en su burla del arte contemporáneo y los falsos gurús de la originalidad que no quieren justificar sus trabajos, o no saben hacerlo, y son gestores de lo absurdo como el violento golpe voluntario de una mujer desnuda contra una pared, que lleva en el vello púbico una figura del comunismo (una alusión de lo que podría entenderse como una ideología mal encaminada en los hechos, o como en una conversación que ridiculiza a una supuesta persona profunda, que nunca ha existido en toda consistencia). Haciéndose hincapié en una naturaleza esquiva más bien, demasiado libre, como con la niña enfadada que solo quiere vivir su edad y la normalidad de unos juegos infantiles, y sin embargo lo que parece un arrebato sobre la falsa virtud innata, una creación bajo lo espontaneo, resulta ser arte en toda magnitud, un capricho anárquico de algo que parece decir que no existe mayor sentido quizá, una casualidad, algo arbitrario. Si bien yace el arte en toda Roma, una ciudad nocturna, bohemia y superficial que nos dicen que está formada por gente simple que solo saben resaltar la moda y la pizza (que invoca al mundo desde su ejemplo), hasta provocar el desmayo o la muerte ante cierta grandeza (como en el turista japonés, que parece una lectura sarcástica, y que hace gala de los desplazamientos innovadores -salidos de donde uno menos cree- de Terrence Malick, emuladores del abordaje del paisaje en To the Wonder -2012-), la maravilla de todas las oportunidades que uno puede fabular o construir como la de los autorretratos diarios, mientras el arte es silencio, aunque muy humano, de ahí que la fantasía de una noche romántica brille gracias a un afortunado poseedor de las llaves más exquisitas de la aristocracia, a la que se le ataca contundentemente y también algo se le puede elogiar, aunque nos suene atípico.  Y ahí nos llevan a portentosas esculturas, arquitecturas, cuadros cargados de pasión y estética,  como en la convivencia del impactante coliseo romano con la vista de una terraza de un apartamento urbano, y la proximidad de un delincuente. Contemporaneidad burda, cotidianidad sin sustancia, con la locura de ver una jirafa en plena ciudad, junto con arte en toda palabra que yace como en la oscuridad, como en segundo plano. Sorrentino como característica hemos de mencionar que perpetra un desconcierto momentáneo en sus ataques de audacia para luego contener la explicación concerniente, aunque puede hacer uso de matices, y bascular en la ambigüedad de varias posturas.

La trama nos remite a un nuevo Marcello Matroianni en el actor Toni Servillo como Jep Gambardella , un escritor de un solo celebrado libro hace 40 años atrás y que se dedica a ejercer el periodismo en su especialidad de la entrevista, mientras se va siempre de fiesta con un cogollo de conocidos y amigos que pertenecen a la gente más pudiente, donde abundan los trapos sucios y abismos, locura, insatisfacción, promiscuidad, fetichismos, exhibicionismo, inmadurez, vacío, infidelidad, conveniencia, soledad, agotamiento, desilusión, etc., que los hacen semejantes a cualquier mortal. Metiéndose en una juerga y aglomero de desenfadada -rara a un grado- visualidad con música de Rafaela Carrá en versión electrónica o en la ineludible de mencionar, “Mueve la colita”, es decir, en lo más ordinario del mundo. Donde hay muchos viejos, enanos, vedettes caídas a menos, strippers de 43 años que no tienen rumbo, mucha lujuria, banalidad, excesos, una infinidad de imperfección en que uno solo quiere divertirse, seguir eternamente joven, adormecerse, no pensar, jalar coca, alcoholizarse hasta caerse (aunque Jep solo bebe hasta el punto de no caer mal, lo cual no es especial en él ni a lo que le es tan fiel sino se ciñe a una postura cómoda, de apariencia de felicidad; y es que este personaje cínico, también es contradictoriamente iluso o deseoso de soñar, pero carga con un protocolo propio de su frustración; siendo un tipo atrapado en querer ser trascendente, que hallándola sería el paso seguro seguirla aunque parece descreer de que exista, sin ínfulas más que las naturales o ejemplares, pero que  es todo lo contrario dejándose  llevar por el entorno y su realidad, arraigando en su persona el oculto desánimo tras la figura fuerte e insensible, del lado del conformismo de lo efímero queriendo otra cosa, proyectarse a algo superior, y es que es complicado aceptar la nada, como dice el protagonista, darse cuenta que no hay respuestas), enamorar a una hembra preciosa (deslumbrante y muy sensual la escultural figura de Sabrina Ferilli cuando hace un striptease, son 49 años que te dejan boca abierta, además de que yace simpático verle sobre un flotador infantil; y recuerda una frase del filme que vale recordarse, hay que buscar gente que nos haga sentir como niños, como por uno mismo), bailar hasta el agotamiento, ver espectáculos circenses cada vez más llamativos, vivir el presente, hacer lo que a uno le da la gana y la plata pueda aguantar.  No obstante, Jep tiene 65 años y se le acaba la vida, para lo que parece plantearse el que vendrá ahora, el siempre ubicuo vacío y sentido existencial, prima una inquietud tras tratar de cegarse, el querer hallar la belleza de la vida (una búsqueda que se ha intensificado en Gambardella y quiere al menos tener la noción de lo que es aunque no le pertenezca, que puede habérsele escapado de las manos), y cabe la posibilidad de que sea la familia, la nostalgia, irse de la ciudad y lo que significa: el desorden, o terminar o seguir con lo que un día dejó, como la escritura, el arte. Es una incógnita. Una que cada uno debe asumir.

jueves, 5 de diciembre de 2013

La trilogía de New York

Para conocer a un autor no es necesario leer todas sus obras (¡no!), se hace solo cuando ha pasado la prueba, nuestros parámetros personales, nos ha convencido y vale la pena seguir saboreando todos los libros de dicho escritor, ahí sí leemos uno a uno hasta el final, sino para qué, así, lo digo rotundamente, es perder el tiempo, ya que sobra la literatura, siendo enorme la cantidad de muy buena lectura que uno tiene por revisar, y el tiempo es muy corto para perderlo tontamente, excepto volver a intentarlo (bajo opción individual), quedando la posibilidad de que en otro texto del autor haya mejor acercamiento, si bien su mejor libro por algo lo es, mínimo debe esconder algunas cuantas virtudes, como la esencia, los temas o el estilo de esa escritura, y debe ser aparte de la posibilidad de ser una obra maestra mucho una carta de presentación, y sobre todo de goce y bastante razonamiento individual, no una lectura veloz que no saca ninguna sustancia y solo sirve para acumular listas y nada en la memoria, ya que cada libro tiene vida propia; porque uno no va leyendo 5 libros de un autor para entender uno suyo, menos si es especial; y es que uno tiende a volver al calor del hogar, tras un texto antecedente que se lo ha ganado, y para ello hay que elegir muy bien ese primer acercamiento, la obra por antonomasia y ya luego iremos por la de tipo sentimental, la de mayor subjetividad para nosotros en su bibliografía. Lo más sabio, optar por el mejor libro del autor, que cuajado y reconocido el escritor habrá señales generales de cual es, entonces analizarlo a consciencia, si es que tiene los atributos que nos entusiasman, un reto, un alto entretenimiento o algo emocional o pensante, según que busquemos. Dicho lo anterior, tenía que volver a leer a Paul Auster, un escritor del que muchos hablan maravillas, sobre todo en Europa y bastante en España donde lo adoran, tanto que no posee muchos premios en su haber, pero si un buen galardón en el Príncipe de Asturias, que junto al premio Médicis son los que más brillan en su estante de reconocimientos literarios.

Leí primero Tombuctú,  en parte por casualidad, que valga la acotación es algo muy propio de Paul Auster que cree en esas líneas de impremeditación que terminan siendo más complejas y coherentes que el mismo destino. Ocurrió rumbo a un viaje al interior de mi país. En el aeropuerto de Lima había una librería y no me resistí a ese pequeño libro de la estantería que leí rápido dentro de un fin de semana, siendo sumamente entretenido, pero menor, entonces tenía que elegir otro, uno más grande, más identificador, y pues opté por La Trilogía de New York, compuesta por tres novelas cortas o cuentos largos, que es el punto de inflexión en su carrera, su ascenso hacia la fama, y del que hablaremos a continuación.

Se divide en tres partes ya que tienen nexos leves en común entre sus historias. En líneas generales versa sobre la propia escritura, trata acerca de escritores, y por otro lado a su modo son novelas de detectives.  Ciudad de Cristal es la ruta hacia un deterioro, una caída lenta al abismo y la locura, tiene una redacción convencional en lo formal pero ostenta toques muy curiosos que la hacen salir un poco de ello, se reviste de personalidad y así se vuelve algo distinto, toma un estilo, donde se unen hechos reales con fantasía, se juega con la paranoia, o con la desintegración de la identidad; se plantea una posibilidad a base de trastocar un mundo verdadero, en un ambiente de pasiva fatalidad en que se sigue andando en medio de la resignación de estar vivo, en que el mismo Auster es un personaje, mientras crea un alter-ego que vive lo que sería la vida de este autor como en un mundo distinto, paralelo, donde pierde lo más valioso de su vida, su mujer y su hijo, y reniega de su escritura al punto de convertirse en un seudónimo, un hombre de sombras que le huye a lo público. No es arbitraria la mención del nombre William Wilson, el doble malvado del cuento de Edgar Allan Poe, aquí siendo el de la inminente derrota, un lugar de abatimiento, de soledad, de vacío. Hay que notar que el autor hace mucha mención de la literatura, y suele contar además pasajes de la historia americana, con un tono coloquial, despreocupado, pero de palpable admiración. Vive en él una pasión por su profesión que en una lectura de este relato puede llegar a ser concebida como artífice de perder la razón, siendo el gran sentido de una vida, algo que subyuga, y que puede convertirse en una grave frustración.

Ciudad de cristal atrapa irremediablemente, genera curiosidad aunque termina siendo más un recurso del ingenio, que para ser sinceros resulta poca cosa como trama, solo que tiene muchos golpes de efecto que son muy atractivos. Es interesante darse cuenta cuánto vale la forma en Auster, su redacción y descripción envolvente, de intriga, sus comentarios “intrusos” muy bien asimilados dentro, aun siendo un autor bastante sencillo de leer. Como notable su naturalidad para meter lo surrealista en su obra, velando por lo increíble sin salirse de un aire de realidad, aun tomándose muchas licencias.  Es una historia extraña con el leitmotiv de la proclividad a rompernos en pedazos, en quebrarnos, como se puede interpretar del título, y que bien desnuda la esencia de New York, donde a su vez todo puede suceder, donde se aparenta haber un plan, se intuye, no existiendo ninguno; en que la obsesión cobra un precio alto, es conducto al abismo tanto como a la gloria. Y en donde la vida es más endeble de lo que creemos. Podemos convertirnos en otros, lo que menos pensamos, apelándose en el trayecto inconsciente al ego o a las circunstancias pesimistas, creernos el cuento de nuestras vidas como un Don Quijote. En la historia solo basta una simple llamada como detonante.

Fantasmas, la segunda historia, es la mejor del grupo, realmente estupenda, y eso se da incluso jugando a poner colores como nombres; y a tener un título tan anodino, y que puede confundirnos en lo que vamos a hallar. Auster es un escritor que opta por una escritura amable, pero denota sabiduría y aprecio por lo complejo, es decir cambia el código, hace fácil lo difícil, aunque implica que está muy consciente de la literatura que finalmente podemos tildar de trascendente aunque no parezca a simple vista que es la suya, sin embargo es porque no quiere aburrir, siendo en él un don y una decisión.  En fantasmas vemos un juego de espejos y una especie de desdoblamiento más metafórico y abstracto que literal aunque también es una aventura de novela negra con su toque trepidante y su constante sorpresa. Se trata de una introspección del alma y la carga del escritor. El que todo lo da y se consume, como si cometiera un crimen, y que versa en la notoriedad y el anonimato. Como el que perpetra el autor contando todo el conjunto hasta el desenlace de Retorno al pasado (1947) de Jacques Tourneur (el libro también habla de mucho cine). En esta novela como en Ciudad de Cristal vemos otro escape o consecuencia, al no aguantar la presión impuesta por nuestra absorbente vocación. Ya no enfocado como en el anterior relato en el resultado sino en el proceso creativo.  Teniendo un argumento que nos hace indagar en el escoger vivir en el mundo o a través de la escritura que es como desaparecer, convertirnos en fantasmas.

Por último, la habitación cerrada, es sobre la suplantación consentida de un hombre por otro, la de dos amigos de la infancia en que de adultos uno repentinamente desaparece y deja de albacea de su obra de ficción inédita al olvidado compañero que toma incluso el hogar ajeno como suyo, en que se descubre con desequilibrio que uno parece estar convirtiéndose en otra persona, de la que se sabe quién es, y peor que el susodicho guarda un misterio que nos carcome. Aquí puede recordarse más al William Wilson de Poe en querer desentrañar una obsesión que nos está destruyendo, una en que por un lado se asume el extraño “anhelo” de la derrota. Y es que al final las tres historias son derivados de una misma cavilación que tiene muchos vasos comunicantes, la novela negra como pretexto para hablar de la literatura y sus artífices, como el fallar, renunciar o escondernos detrás.  La habitación cerrada hace hincapié al lugar que no queremos acceder, el aceptar que hemos sido derrotados, y que puede ser algo perverso en el pensar sabotearnos a nosotros mismos, articulándose el juego de la falta de fe propia. Su trama resulta -debajo de una buena prosa- muy ordinaria, nuevamente con todas las marcas de Auster, generando simpatía y atención, siendo muy próximo al lector.

Con el libro en conjunto estamos ante una ágil lectura donde brilla en feliz equilibrio el embellecimiento que brinda la meta-literatura bajo el vagabundeo que se convierte en extraordinario, en un periplo por el corazón de nuestras tinieblas. En cristiano, en tantos sentidos, dejar el alma en el papel. En que Paul Auster demuestra destreza en generar un entretenimiento inteligente, viéndose claramente que está dotado en la literatura; labor que engrandece el diario vivir, lo pequeño o cotidiano, haciendo del escritor alguien muy humano (en un momento nos dice el creador que le atrae saber cómo viven los renombrados escritores, pues Auster nos los desmitifica por completo dejando más que el romance y el éxito un lugar complicado de estar, como decía Hermann Hesse en su Lobo estepario, en la entrada: “solo para locos”).

“(…), estaba leyendo un libro de bolsillo con una chillona portada y Quinn se inclinó ligeramente a su derecha para echarle una ojeada al título. Contra todas sus expectativas era un libro escrito por él: Abrazo suicida, de William Wilson, la primera novela de Max Work. Quinn había imaginado a menudo esta situación: el repentino e inesperado placer de encontrar a uno de sus lectores. Incluso había imaginado la conversación que seguiría: él, afablemente tímido primero mientras el desconocido alababa el libro, luego, con gran renuencia y modestia, aceptaría firmar un autógrafo en la página del título, “puesto que insiste”. Pero ahora que la escena estaba teniendo lugar se sentía decepcionado, incluso enfadado. No le gustaba la chica que estaba sentada a su lado y le ofendía que ella leyera superficialmente las páginas que tanto esfuerzo le habían costado. Su impulso fue arrancarle el libro de las manos y salir corriendo de la estación.”

“El joven genio ha muerto, pero su obra seguirá viva, su nombre será recordado durante muchos años. Su amigo de la infancia ha salvado a la joven y hermosa viuda y los dos vivirán felices para siempre. Parecería que así concluye la representación, que lo único que falta es la última llamada a escena para recibir los aplausos. Pero resulta que esto es sólo el principio. Lo que he escrito hasta ahora no es más que un preludio, una rápida sinopsis de todo lo que viene antes de la historia que tengo que contar. Si no hubiera nada más que esto, no habría nada en absoluto, porque nada me habría impulsado a empezar. Sólo la oscuridad tiene la fuerza necesaria para hacer que un hombre le abra su corazón al mundo, (…)”