martes, 30 de julio de 2013

El guardián entre el centeno

J.D. Salinger publicó tan solo 4 obras, El guardián entre el centeno (1951), Nueve cuentos (1953), Franny y Zooey (1961) y Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción (1963), en 91 años de vida, más un último texto, un cuento largo dado a conocer en la revista New Yorker, el 19 de junio de 1965, titulado Hapworth 16, 1924, aunque se dice que escribió mucho más, no obstante solo eso le bastó para inmortalizarse dentro de la literatura universal ya que su primer libro (y en adelante pero en menor medida), el que tenemos entre manos, fue un éxito inmediato y se convirtió en un clásico americano volviendo al autor en un escritor de culto, admirado hasta la saciedad; algo que no le gustó ya que prefería el anonimato o que se respetara su total intimidad, quería solamente escribir, y eso lo llevó a rehuirle a la fama y a mantenerse oculto fuera de la persecución mediática y en general, muy  a diferencia de la actualidad en que muchos escritores se convierten en una especie de celebridades que pasan por eventos y toda una parafernalia libresca en donde algunos hasta son gurús que opinan de todo. Salinger hizo buena literatura y huyó prácticamente, decidió desaparecer.

The catcher in the Rye en el idioma original, nos cuenta tres días en la vida de un joven de 16 años de edad llamado Holden Caulfield quien nos narra su historia tras un quiebre emocional en el presente en que estará en una breve estadía en una institución mental a poco de reiniciar las clases en un nuevo colegio. Caulfield nos relata sus aventuras sucedidas un año antes por la época de navidad desde que es expulsado de Pencey, un colegio privado en Pennsylvania, para luego tras describirnos ese ambiente tomar el tren e ir a relajarse -yace deprimido y vacío- a New York.

Quien haya vivido algo parecido a lo que nos narra Holden, es decir, la juerga y la libertad absoluta,  encontrará irrebatible que esta es una obra maestra de las letras universales (y así es, porque por lo general no hay quien no vea algo de sí en ella), y es que esa edad, los 16, son claves en el desarrollo de todo ser humano; la rebeldía e independencia que clama todo muchacho a ese temprano tiempo.  Es el grito existencial más descarnado y transparente que uno puede sentir, y Salinger lo plasma con la intensidad y verdad de un maestro, sin florituras ni arreglos, con el lenguaje de la gente, de la calle, aun a costa de hacer uso de la repetición argumental, el estribillo verbal y la sencillez de la escritura, solo que aquí lo que se nos narra está tan logrado, suena tan franco y real, es tan fácil de identificar y de verse plenamente reflejado, claro, si has vivido, has sido rebelde, has gozado y has querido saborear el mundo bajo cierta audacia precoz y natural, que la obra emociona y entretiene, te hace reír, alegrarte, recordar y apreciarle bastante.

Algo que se añade a la sensación de (re) vivir a través de Holden es que éste padece una cierta melancolía y agobio (sin convertirlo en un drama ni regodearse en el asunto), un vislumbrar lo que termina siendo la existencia de muchos hombres, y para enfrentarlo el muchacho decide romper toda atadura y simplemente comerse al mundo en su efervescencia, atrapar la felicidad, buscar el placer y la alegría desde salir, estar y ser. Y lo hace sin complejos, sin medias tintas o falsa humildad, siendo mucho políticamente incorrecto pero sin anhelar -como hace la mayoría- el aplauso de los demás (y a Salinger no se le pone en duda aquello de ninguna manera), la voz es cruda y a veces hasta cruel, como también es noble y sensible, tiene de ambos, no le pesa decir lo que es, pero sin molestar o caer antipático, porque Holden es lo que trasmite, vemos su franqueza a flor de piel, y la idoneidad de sus palabras, no miente, sino refleja la autenticidad del ser.

Algo ineludible en la novela es la presencia del cine en la cotidianidad que nos narra nuestro “antihéroe” que realmente tiene de héroe e icono de juventud. Holden transpira séptimo arte por todos los poros aunque lo detesta y lo aúlla rabioso constantemente (característica del libro, contárnoslo a boca de jarro –a nosotros que estamos metidos en su interior porque Caulfield tiene de sujeto cobarde como él mismo menciona- aunque luego lo matice con visiones y menciones positivas; es una persona directa pero también abierta a las virtudes de sus críticas, expresadas con sencillez a ambas esquinas, lo que puede sonar algo contradictorio) y es que lo que le jode es el endiosamiento y la estupidez del fanatismo, la banal y tonta necesidad y la grandilocuencia, dicho del cine comercial, eh. Aunque, como mencionamos, lo tiene bastante presente y lo utiliza como eje en su deambular y propia existencia; es parte de él aunque le dé de golpes implacables, en cierto modo con justificación aunque con dureza y explosión, ya que nuestro protagonista es muy visceral y emotivo.

Holden y Salinger parecen ser el mismo en ese sentido, odian los adornos o lo que reviste –y malogra y corrompe- el disfrutar de algo sin más, de lo esencial y verdadero, y se ve en la gente que conoce y describe (o en el arte o algún goce), perdiéndose el talento y la majestuosidad cuando se les tiene por demasiado importantes, o peor aún, uno mismo lo cree y por ende cambia el objeto o ente en sí. Todo ello vuelve en la obra, nuestro protagonista tiene las ideas muy claras aunque se permite algunas licencias. Padece y se enoja mucho, es muy despierto en cuanto al análisis de su entorno, es un ente bien metido en su consciencia, aunque sabemos que ostenta mucho de  escapista y es un tipo honesto consigo mismo; señala el camino y ve la reiteración de entes y motivos reprobables. Es como si el mundo fuera un recurrente retorno y desilusión. Solo que el anhelo (pasivo realmente dentro de la obra, y es que Holden es muy joven) es el querer desbaratar lo que lo que destruye o lo tergiversa, lo que lo ensucia a los ojos de nuestro “antihéroe”. Pero queda el mensaje en el libro.

Holden Caulfield pasea por bares y centros nocturnos, mata el tiempo, conoce alguna prostituta, se choca con pervertidos y estafadores, visita lugares populares de New York, pasa el día entre encuentros sentimentales y sociales, juega mientras piensa, anda tranquilo pero reflexivo, fluctúa y mezcla lo externo y lo íntimo, dirán que como todos pero eso apunta a cierta madurez e inteligencia, y no es tan ordinario como parece. Conoce mucha gente y busca conectar con ellos. Desnuda parte de su familia y algunos recuerdos profundos (la muerte de un hermano pequeño pelirrojo de 11 años de edad, Allie, y su guante de béisbol), y resulta algo poético e intelectual (sin alejarse de un estilo fácil y divertido en la redacción y ser también un poco superficial en cuanto a la personalidad del personaje principal), se topa con ello en la vida y no lo rehúye, ni lo descalifica, pero siempre en ese estado impoluto, sincero, desinteresado y diáfano que tanto alienta la obra e insiste en que no abunda, por el contrario de lo que muchos creen. Tiene sentido del humor, puede ser hasta molesto y cargoso con intención, sabe de baile, de música, se debate entre varias mujeres y es voluble con ellas, se enamora rápido pero aun así no es banal en cuanto a involucrarse con ellas. No es inamovible en sus descripciones pero intenta ser puntual, y eso genera un aire de generosidad para con el otro pero también una contundente visibilidad en cuanto a los defectos y a la crítica, tanto a los ajenos como a su vez a los suyos. No tiene de tonto, es muy audaz en realidad como todos quieren parecerlo, lo que preocupa mucho más a los 16 y en él no lleva complejo alguno al parecer, puede llorar, ser muy sensible como con su hermana de 10 años, Phoebe, defender algo ñoño y autocriticarse (pero, claro, eso se debe a que estamos metidos en la cabeza y viajes del narrador, de Holden, el que es una fuente de introspección a temprana edad, al que se le otorga mucha credibilidad, virtud fehaciente de la obra aun dando a otros personajes solo algunos apuntes, creando fundamentos en lo concreto), y aunque tiene de inmaduro más es por el vacío y la falta intrínseca de experiencia, pero está como adelantado a muchas etapas. Su personalidad es harto social y divertida, es definitivamente el epitome del muchacho cool –ayudado por para muchos desde afuera por la infaltable extravagancia, su gorro de caza- y de ahí tan razonable que haya calado en muchas personas; sabe seducir a las mujeres no siendo el tipo guapo al que todo le llega sin problemas -y a los que critica en su cotidiana vanidad, egocentrismo y autodenominada trascendencia; un rasgo global del texto es que está mucho al ataque de la soberbia- aunque tampoco es de apariencia desagradable, siendo además inteligente y culto.

Algo que es llamativo y apunta a la complejidad del protagonista es que si bien tiene  los pies sobre la tierra y luce muy común no deja de ser en buena parte exigente y especial, como todo ser humano quiere serlo de forma vistosa, pero aunque deja espacio para que otros brillen y él es como un observador de todo ello, sí que tiene mucho de ideal y puede ser sin querer algo pedante y artificioso, en todo caso es el vehículo que Salinger utiliza para plasmar la noción americana -que subyace en el mundo- de un centro vital de ejemplo joven general por el que muchos suelen sentir cariño y admiración. Y le ha dado en el blanco sin ser mediocre o caer en la percepción de lo ficticio, o pasar por un ardid comercial. Es como darle al público algo bueno que le suele gustar, sin perder fuerza, identidad y sobre todo, aunque suene repetitivo, real, que es como la base de todo lo leído.

El título, ser el guardián mientras niños juegan en el centeno cercanos a un abismo, es como salvaguardar la pureza y transparencia de los seres humanos, como su libertad. Que nace de un fragmento cambiado de un poema del vate escocés Robert Burns.

Algunas buenas ideas, formas de ver el mundo y una escritura sumamente amigable se fusionan logrando además personalidad pero arriesgando a ratos a no ser complaciente. Como dice el protagonista, uno quiere leer algo que más tarde como que provoque conversar con el creador, como si fuera un amigo, con ese hombre que está en el libro, como si fuera el escritor y su obra lo mismo, aunque esté la “paradoja”, Salinger le rehuyó en vida a ese trato próximo, seguro por problemas de sociabilización, junto con sus parámetros propios, sin embargo notoriamente el autor ha concretado ser lo que sus criaturas proclaman. Todos hubieran querido hablar con él. Y de ahí la magia de sus letras.

domingo, 21 de julio de 2013

El hombre elefante

Viendo que se exhibía ésta obra teatral en nuestro país mientras recordaba la película de David Lynch que tocaba el mismo personaje, la que fue una trama muy conmovedora y hasta bastante angustiante, aunque a ratos efectista y redundante, rodada en 1980 bajo un atrapante blanco y negro y un maquillaje y efecto visual muy bien desarrollado,  dentro de la relación de mutuas satisfacciones entre el cirujano Frederick Treves (Anthony Hopkins) y el hombre deforme conocido como el hombre elefante debido al tamaño descomunal de algunas partes de su cuerpo como su cabeza y la extremidad derecha superior, John Merrick (John Hurt ), uno de los filmes más fáciles de seguir del onírico y surrealista director americano, me decidí a ir al Teatro Mario Vargas Llosa en la Biblioteca Nacional a ver la adaptación del texto escrito por Bernard Pomerance, dirigido por Joaquín Vargas e interpretado por el Teatro de la Universidad Católica (TUC). Una obra que ostenta el Tony Award de 1979.

Debo comenzar diciendo que se me hace complicado relatar la experiencia ya que debo confesar que no sentí mucha empatía con la historia vista en el teatro, muy por el contrario de lo que en buena medida si me proporcionó la cinta de Lynch en donde al dispersar el sentimiento de compasión que saltaba del abuso nacido en ver al protagonista como un freak show, a la solidaridad y ayuda de gente sensible que lo apreciaba como un ser humano, solo que deforme, golpeado por la vida y sufriente (que también producto de curiosear en su extrañeza), en espacios que se iban intercalando uno tras el otro se me minimizó el ánimo interior hasta quedar curtido, aunque agradeciéndole un buen rato de tensión y perceptibilidad.  

Mi primera fuerte impresión y angustia se apaciguó, con lo que el filme pierde mucho aunque no termina fallando sino decayendo, en una simplicidad de conjunto sea dicho de paso, ya que ambas historias basan su potencia y razón en su emotividad, mientras la obra teatral no explota el lado culto y sensible del protagonista ni hace palpitar como debiera la necesidad y la injusticia existencial del mundo que le ha tocado vivir, una era victoriana sin posible solución a su enfermedad, en la que es visto como un fenómeno y una novedad.  Entonces fallando la esencia de la obra me vino el cansancio y se hizo un peso constante observarla, y siendo extensa, además, en donde estuve como hora y cuarenta minutos, decidí retirarme un poco antes. Me dijeron que faltaban unos diez minutos para acabar, pero el cuerpo y la paciencia ya no me daban y opté por irme. Y es una pena porque todo apuntaba a una puesta atractiva y no llegó a serlo, sin embargo ha tenido algunos méritos. Partiendo de que lo principal no ha logrado su cometido.

La obra perdía fuelle en la broma (que no fue mucho tampoco), algunas veces  inintencionada, otras muy sutilmente siguiendo al público en su cotidiana inclinación por la risa, aun siendo una obra seria; y sobre todo al crear una distancia emocional, a pesar de que el actor Sebastián Reátegui que encarnaba al protagonista lució solvente en cierta medida. Siendo el que a todas luces sobresalía del grupo, por encima de luminarias del escenario como Hernán Romero o Mónica Domínguez que también destacaban en sus respectivos roles, el doctor Treves y la actriz teatral Miss Kendall, pero no en ellos al punto de salir de un halo de sencillez recreativa y visual, que no es fácil superarlo, no sucede a menudo (mucho puede pesar recordar la película al respecto y comparar siendo una gran exigencia, y hago un mea culpa).

Reátegui sugería la deformidad con el artificio de la voz afectada, el andar tullido al arrastrar una pierna rígida y entorpecer un brazo, y el gesto facial, a partir de una transformación descriptiva muy audaz en el momento en que Treves enumera sus deficiencias, producto de sufrir la neurofibromatosis. Pero, anotando que pierde en cuanto al concepto que debe irradiar, ya que John Hurt impuso una sensibilidad y una delicadeza que versaba sobre la elegancia y cultura del hombre elefante, que en Reátegui está en parte ausente, solo logrando un poco de inocencia y ternura, que se codea con algo de estupidez (justo lo que se trata de rebatir en la historia ya que la personalidad del hombre elefante es un punto de contraste importante y es lo que enamora a su vez a la aristocracia inglesa que también valora un cierto genio en él), y no todo puede ser su culpa sino de la dirección.

Había una atmósfera general de mucha tranquilidad y parecía madurez pero también hacían pensar en que presenciábamos algo apagado, soso y esa fue mi sensación general. Y en otro caso aunque bella la música que acompañaba toda la obra, un violoncelo, se convierte en un sonido monótono y avanzada la puesta se adormece el efecto, el de proporcionar melancolía (que imprime lo suyo), a falta de lograr concebirlo los actores que carecían casi de ese tono, viéndose muy poco en éste hombre elefante, y nuevamente seguro es algo complejo de lograr en una puesta de teatro en nuestro medio de repente no tan ambicioso, y quizá le pido mucho al joven actor que lo interpreta. Finalmente el cello no es un recurso que llegue a ser todo lo bueno que intenta parecer, tampoco es todo. Aunque sí que aporta brindando además un aire de refinamiento, que conjuga con algo del escenario, aunque no por ese enorme fierro frontal que parece estar fuera de lugar por momentos, salvo en alguna proyección de cine en que se fusiona visualmente. Y ese es otro recurso que pinta de ingenioso pero que queda en algo leve aunque no hay que ser malagradecidos y hay que decir que resulta un poco novedoso, mezclando formatos que siempre son curiosos y beneficiosos, al menos en el papel; el de colocar un ecran y a ocasiones proyectar película con actuaciones de los mismos actores de esta obra, que lo pudieron interpretar en el escenario sí, pero vale el rato de “originalidad”.

Dentro de las actuaciones hay un lapso en que salen lo que parecen ser dos muñecas de circo a las que golpea una especie de domador o amo y que terminan siendo una demostración de muy mala actuación, visualmente descoordinadas y torpes, que apuntan a bajarle el nivel a la puesta, y eso es algo notorio. También me queda la incógnita de la maldad del dueño del antro en que exhiben a Merrick ya que era un tipo ruin y cruel en la película pero en la presente me ha parecido que resultaba indiferente para el público. A ratos a la obra se le siente que le falta ser más segura en cuanto a lo que quiere ser, y no quedarse en medias tintas, buscar hacer completa esa sustancia que parece buscar; de donde podemos apreciar ese intrínseco y potente centro de gravedad sobre la humanidad del hombre, los atributos del alma y la inteligencia para verlos y defenderlos como individuos y como sociedad.

El hombre elefante del cine, la película, era muy simple, esta obra teatral no me lo ha parecido tanto y eso apunta a mayores y mejores alcances, sin embargo lastimosamente no han sido concretados ni explotados como se debiera, y si bien mi acompañante me comentó que le lució muy básica la historia en las tablas y todo, yo he sentido que había otras pretensiones y eso ya merece un aplauso, aunque me queda la duda porque realmente había distancia emotiva, fallando este atributo vistosamente trascendental en la exhibición, y eso creaba falta de atención generando abulia ya que tampoco se posicionaba como algo complejo sino asomaba, y por ende tenía muchos huecos por donde caer y así ha sido. Para otra oportunidad será. Espero que sea en Doce hombres en pugna, mi próximo boleto y otra que promete mucho (y ojalá cumpla), ya que tengo ganas de (muy buen) teatro.

martes, 16 de julio de 2013

El espejo

Al mismo estilo de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, desde su propia experiencia, personalidad y un arte distinto, Andrei Tarkovsky hace cine innovador que se convierte en un parámetro general a emular, asentado en bases netamente cinematográficas que nacen de uno mismo, usando su propia biografía y memorias para construir algo creativo, sustancial y universal; una historia que pueda pensar cada espectador y la haga suya desde su interiorización producto de la empatía emocional hacia la madre, la esposa, la vida y la niñez de “Tarkovsky” pero que crece y se independiza en pantalla. Esta vez no es una premisa que siga como principal razón artística, como expresa el famoso director ruso en el documental Tempo di viaggio (1983) que comparte con el guionista Tonino Guerra, de trabajar  partiendo siempre de la esencia del autor, como hace la poesía, la música o la pintura, es decir de lo que nos hace únicos, ya que cada hombre es un ser irrepetible aun compartiendo nuestra humanidad, sino de forma práctica crear en base a nuestra intimidad familiar y a lo que tilda –no equivocadamente por lo que solemos creer- del mejor estado de nuestras vidas, el de nuestra infancia, cuando parafraseando al narrador, a un hombre enfermo y divorciado de unos 40 años de edad, podíamos hacer cualquier sueño y meta realidad.  

Esta producción enseguida contrajo el rechazo de varios colaboradores que reprobaban que Tarkovsky hiciera la película en base a pasajes de su propia vida encontrándolo contrario a la idea del cine que se debía hacer en su nación, en cuanto al arte ruso en sí. Algo que no era reciente tampoco ya que para Tarkovsky desde La infancia de Ivan (1962) fue un reto vencer las limitaciones y ordenes de los estatutos absolutos de su país, queriendo contar sus historias de un modo diferente. Que lo propuso desde su primer largometraje, la que fue una película estética, psicológica, onírica, diáfana pero con ratos de terrible tortura existencial (en lo real en el filme), con una notable profundización  de la tristeza y lo humanista, sutilmente autocrítica y anulada en parte importante en cuanto a los dogmatismos buscados y exaltados en el cine de esa antigua Rusia. Y que en Tarkovsky a partir de El Espejo (1975) se volvía un arte bastante complicado, con una personalidad que marcaba la pauta en el mundo, como suele pasar que el genio aparece en el lugar menos esperado, no conteniendo leyes y siendo auténticamente revolucionario. Sumando la negativa de las autoridades fiscalizadoras del gobierno comunista en cuanto a la aprobación del guion producto de hallarlo demasiado complejo –algo que va aún mucho más allá de lo que ya conocían de este intelecto ruso, con una maestría que en su país sucede a Sergei M. Eisenstein posicionándose más todavía dentro de los grandes del séptimo arte- y alejado de lo que estimaba el pueblo según las perspectivas gubernamentales. Sin embargo, pronto se reemplazaron las oposiciones y llegó la venia de una nueva representación dirigente del Goskino, siglas abreviadas del Comité estatal para la cinematografía de la URSS.

Mi primer visionado me hizo sentir inútil (y es que no podemos ir de fáciles y sencillos con esta realización), no capté el filme como esperaba (lo que pasó mucho en Rusia tras su estreno y que por poco provoca el retiro de Tarkosvky frente a tan grave incomprensión y ataque de colegas y compatriotas, pero que en contraste gracias a una cuantiosa suma de cartas alentadoras y admirativas a favor de El espejo y su filmografía decide continuar creyendo en sí mismo y en su propia arte, que a su modo tenía mucho de nacionalismo, como en la intervención en esta película de un viaje a España donde en diferencia un personaje no puede sentirse, ella y su familia, más rusa), y me hizo recordar la sensación de quedar mayormente fuera de la película que sentí con esa obra casi impenetrable (y va hacia peor) llamada Inland Empire (2006), el último largometraje de David Lynch, aunque con obvias diferencias, teniendo mucho más arriba a Tarkovsky, ya que para la mayoría, incluyendo a varios sectores de la crítica, el filme de Lynch es un bodrio absurdo, inconexo y onanista, mientras la presente es unánimemente considerada una obra maestra del séptimo arte. No obstante, queda el reto de seguir intentándolo con Inland Empire, yendo a ganar de a pocos cada vez más terreno, ya que el director de Carretera Perdida (1997) es otro genio a tener muy en cuenta y darle varias oportunidades. Un autor de cabo a rabo muy fiel a su “locura” y originalidad, un outsider de pedigrí, un tótem y cabecilla del  más sincero cine independiente, y ahí queda de tarea la amplia red y tentáculos de su intrincada y críptica trama, sus tres horas de duración, sus miles de vueltas de tuerca, sus desasosegantes conejos fríamente satíricos, su mordaz e inteligente ataque a Hollywood, su juego de espejos y su doble cara, su ambigüedad, decadencia, y sus metáforas surrealistas sobre la pobreza existencial. Volviendo al cauce, un segundo visionado inmediato de El espejo no se hizo aguardar, volviendo pero más atento y concentrado (como solemos esperanzarnos por algunas salidas), logrando apreciarlo en toda su magnitud, al fin. Tornándose la experiencia no solo en un estado poético y sensorial, un arropamiento emotivo, como en muchos casos tendemos a conformarnos –y a lo que confieso no suelo ser muy afín cuando lo es todo, no me quedo contento, empero tomemos en cuenta que a Tarkovsky le satisfacía más que el espectador cogiera el aspecto sensible e íntimo de esta historia en especial, que es donde está la trascendencia, y en realidad en toda su arte, primero sentir con ella, ya que amaba finalmente la sencillez aun no siendo sencillo, ya que lo hacia dentro del cine visceral y de creación - sino siendo además participe de una introspección y el ansiado entendimiento. Al menos el que calmo mis expectativas. Antes la “nada”, ahora el “conjunto”.  Ambos entre comillas, porque el visionado de una película de Tarkovsky siempre deparará continuas sorpresas. Y es recomendable volver a su filmografía en el tiempo.

La película comienza con un joven tartamudo que se libera de sus limitaciones mediante una especie de curandera, no parece una psicóloga o una terapeuta por la metodología que usa, y uno puede interpretarlo de varias formas, aparte de asumirlo como algún referente del pasado biográfico de Tarkovsky, se percibe como una metáfora, como si el cine de Andrei fuera la cura a las deficiencias de interpretación de cómo hacer cine. Hay un halo de magia en lo que veremos. Otra idea que subyace cuando se le dice al joven desde hoy hablarás fuerte y claro es que puede ser asumido como un llamado de atención discreto dentro del socialismo castrador, a una especie de voluntad de derecho y libertad.

El filme consta de fragmentos de la memoria de Tarkovsky que están interrelacionados muy suavemente, no están hechos para ser una historia redonda –que es perfecta en otra medida, siendo diferente- ni se les quiere desprender totalmente de su característica de individualidad, de lapso de fuerte impresión como se ha querido plasmar, y por ende uno puede encontrar arduo unir las piezas en un conjunto ya que no es una trama al uso (ese es el principal escollo para digerirla); la vocación narrativa no es lineal ni totalizante sino es como meternos en una cabeza y verlo tal cual la mente lo hace y guarda los pensamientos, los acontecimientos, las imágenes, de una forma más difícil de definir, más libre, gaseoso, menos parejo, entremezclando tiempos (y si se quiere comprender grupalmente se debe ver de forma atemporal). Se tiñe de distintos matices como con los colores, el blanco y negro (la parte documental, la mención política o bélica) o el sepia; se combina lo real, lo onírico y lo ideal, y se pasa por estados de ánimo, reinterpretaciones psicológicas y sentimientos que son los que nos cuentan la trama.

El ave que rompe la ventana y escapa puede simbolizar el haber crecido o el dejar ir algo interno (la enfermedad junto con los recuerdos). La madre que es vital para Tarkovsky ama y se sacrifica siempre, ignora a ese médico que hace de pretendiente (en su actor admirado y fetiche Anatoliy Solonitsyn), espera al marido que es como un fantasma y lo añora (Oleg Yankovski); el poema leído en su melancolía es el amor hacia este que llega a través de Andrei en una devoción tripartita (la hermana queda fuera del paisaje en un aura neutral, decorativa). El hijo interpreta el sentimiento de afecto con el cabello lavado en cascada o agarrándole la mano mientras duerme y flota, él es el ente devolviéndole el cariño de pareja que le falta o le ha faltado, al menos en su consciencia, lo que puede ser  como un arreglo posterior, por eso se disculpa en el teléfono si ha sido desagradecido, pero también nota que ella ha sido dura y ha tenido defectos que reprochar como cuando la vemos en su trabajo de prensa –tras correr ralentizada en una toma de grave estética- en donde se le recrimina cierta soberbia y ceguera.

El hijo dice sentir un deja vu en cierto momento y habla de la unanimidad del sentir como lo haría cualquiera con el filme (el espejo va además –y necesariamente- hacia nosotros), pero también son planos que se confunden y esto es constante; se entromete en su introspección rememorativa el presente en su estado último, de moribundo, en donde se da el acto con la mujer que pide le lean un texto de Aleksandr Pushkin y surge el anhelo de que desaparezca la velada y casi inexistente actualidad del narrador, y ese es un sentido de porque vuelve atrás, con su madre y su niñez, con lo que le ha impactado y atesora, como el fuego en el campo y el que él mismo propicia luego como una revelación (mientras en las manos parece el fuego el amor más puro e intenso, breve en los hechos pero eterno en la memoria del tiempo), o cuando llama a su progenitora en la cabaña. ¿Qué vas a hacer entonces? le pregunta la esposa viendo la imposibilidad del narrador de regresar a la infancia, pero ella está olvidando el plano de la imaginación aunque él sabe que solo le queda el hoy y por eso es como una despedida, en un filme que tiene mucho de triste, valga la obviedad, como en ese desenlace en que se pierde la madre e hijos en ese bosque como quien termina una declamación poética, una aceptación y conclusión, el de la muerte. Todo ha servido para paliar el dolor y ausencia del presente.

Destacan los juegos de espejos que son muy claros, entre la ex esposa y la madre de Aleksei, Natalya y Maroussia respectivamente (ambas interpretadas por Margarita Terekhova, hermosa actriz que es ama y señora de este retrato autobiográfico, con una solvencia envidiable; el rato en que apenas llora y apenas ríe por igual debatiéndose entre ambos lados es sublime, para luego ocultar la cara como en un estado natural alejado de la intencionalidad de la cámara, lo que apreciaba y defendía Tarkovsky evitando el teatro), dándole prioridad a la segunda tanto que la primera parece no existir. Como dice Natalya al ver las fotos, (la madre y la ex esposa, la última ella) no se parecen y ahí está nuevamente la pena del hoy y la grandeza del ayer. Viéndose a Maroussia como el ente predominante del filme (en el sueño en sepia con su presencia se dan las escenas más hermosas de la película), a la que vemos en distintas momentos y planos que parten –y parecen quedarse dentro- del año 1935. Otro espejo subyace entre ese padre que es el narrador y álter ego del autor  y su hijo Ignat de 12 años de edad que es Aleksei igualmente mientras en otra perspectiva el poeta y progenitor  Arseni Tarkovsky se fusiona con el director de Solaris (1972) hasta verse superpuesto éste último en el pasado pudiendo analizarse el presente. De Arseni se lee un hermoso poema que remonta al conflicto de la soledad, la tristeza y el abandono.  Vista la historia es la lectura de las etapas de nuestra vida sintetizadas en puntos determinantes. El espejo del tiempo.

jueves, 11 de julio de 2013

La demora

Dedicado a su padre, el director uruguayo afincado en México, Rodrigo Plá, ha hecho un filme conmovedor pero sin perder en su ambientación el toque de sosiego y sequedad propio de la realidad, e idóneo en el contexto tratado, ya que en la vida uno no suele ser demasiado pensante en cuanto a sus sentimientos como se suele figurar, sobre todo en gente que tiene y necesita de una fuerte personalidad, o a razón de lo que damos por hecho (si bien hay personas más emotivas que otras e intiman en sí mucho más, ya que no solemos andar metidos en nuestra alma porque dada la realidad nos abocamos a crear barreras de autodefensa, la dureza hace de nosotros seres más herméticos y menos expresivos, que no es el caso de los personajes de esta historia que mantienen sensible su corazón, solo que se debaten en ciertas pruebas y naturales esencias contextuales de donde surgen decisiones no siempre acertadas y no tan nobles, asumidas por la idiosincrasia que aprieta y nos hace “perder la cabeza”), no solemos profundizarlos o ese parece ser un rasgo de la mayoría de seres humanos (permítanme ver el mundo mucho menos romántico de lo que se suele creer que es), para lo que la frialdad de nuestro cotidiano entorno se disuelve un poco en el ecran y espabilamos con nuestra introspección hacia aquel ser querido que en nuestro día a día representa una responsabilidad y una importante carga, pero que debemos percibir con los mismos ojos que María llega a verlo tras el incidente de la trama, la demora (para seguir sacrificándonos por el amor que sentimos), ante el miedo a perder a ese ser querido, que en la historia presente se trata de su anciano progenitor.

El filme tiene un centro fijo por el cual se mueve y extiende, se dilata, se toma su tiempo sin molestar, generando gran alcance de reflexión en su único punto que deriva en varias ideas en derredor, bajo un acontecimiento mínimo pero trascendente, dejar en una banca al anciano padre, esperando que se lo lleven a un albergue y pueda liberarse la hija, madre de 3 hijos y que vive en la pobreza, de él, quien es como un niño necesitado de cuidados, se orina encima, hay que bañarlo, vestirle, alimentarlo, se pierde constantemente, tiene una memoria débil, puede ser a ratos difícil, es un espejo de melancolía entre otras características que exalta una sugerente descripción bastante inteligente de parte del director en cuanto a su criatura.

La trama se ciñe mucho a sus personajes, a los pocos actores que intervienen y lo hacen bastante bien, incluyendo al amigo y peluquero que sería el menos vistoso en cuanto a interpretación. Resaltan  María (Roxana Blanco) y Agustín (Carlos Vallarino), la hija y el viejo progenitor respectivamente, ambos gente dolida y endeble, pero en el caso de ella alguien que tiene que ser fuerte para sostener a su familia mientras todo se dificulta porque lleva una existencia bastante precaria. Un aspecto claro en el filme es que son gente digamos que buena, pero que su mundo es demasiado duro, tanto que pueden llegar a perder su humanidad, que es el desafío que presenta el relato en su protagonista, pensando que como ella dice, puede hacer algo que no está en sí, y es un problema de desesperación. Y si uno no está en ello será complicado de entender, sin embargo Rodrigo Plá logra contenerlo más que decentemente. Concibe perpetrar ese ambiente aun notándose cierta artificialidad no por actuación sino como efecto reiterativo en los rostros siempre compungidos de los personajes como en un cuadro de poca complejidad y facilismo, un recurso que se tolera y que no es tampoco terrible pero se hace a ratos vacío en su constancia porque no llegan a trasmitir más allá de cierta superficialidad, y que mejor se ve trabajado en los acontecimientos, como con los billetes planchados y pegados, en cómo se ven los distintos interiores del apartamento o los malos momentos del senil solo en el parque, muy bien compensando con la ayuda y atención de la generosidad de inquilinos de ese desconocido vecindario, un indigente o con el vigilante. Su minimalismo acompaña mejor que cualquier cara triste producto de la “nada”. Aunque no vamos a ser injustos, sabemos que la realidad es un motivo, y el filme es un lapso que quiere condensar una realidad, y como desea fijar un sentimiento no está del todo mal ingeniado siendo el pesar algo que quiere resaltarse, que se quiere que recorra más que intrínsecamente. Sin embargo más veo y siento en la normalidad del anciano esperando lo que no intuye, en su admiración y afecto paterno, abandonado a la intemperie, que pegado a una expresividad monótona.

Su comienzo es potente aunque apunta a ganador, la decrepitud en el baño, que está muy bien lograda, surge efectiva, sugerente y clara, ayuda a formar bastante  la historia y a enseñar un tono. Ese cuerpo desnudo avejentado es sumamente evocativo, abre un camino de dependencia y deterioro que es el sentido de lo que presenciamos. Y de ahí resalta un pensamiento, el dolor de hallarse en una especie de estado sin salida, que resulta la pobreza, el trabajo mal remunerado e informal sin beneficios sociales y  por ello la constante necesidad (tres hijos chicos y un anciano bajo el sustento de la labor de costurera no es poco peso). Sin embargo, algo cambia, como en todo es cuestión de perspectiva, el anciano puede ser algo que nos falta y que queremos cerca, bastando un incidente que provoque distinto punto de vista para asumir un tipo de felicidad, o aceptación que sería más apropiado vista la trama.

El ánimo predomina y tiene mucha cabida, aunque el más importante sea una especie de fuera de campo último, a través de un conjunto melancólico y por poco unidimensional que se revitaliza en un final positivo, como el de la luz tras la experiencia, que viene de atrás implacable en donde ni siquiera el pretendiente parece ser una oportunidad de alegría, sino que deja la duda de su sinceridad, porque tiene pareja. Y es que puede ser que solo quiera cogerla, como sale muy oportunamente de la boca diáfana de un niño. Algo que un poco le falta a la propuesta, lograr hacer constante la intensidad natural de la empatía, plegarse a la sequedad y a ese viejo en la banca o echado en un rincón del parque, sin que por ello desmerezcamos los logros, porque los tiene en muy buena medida, como una obra que sirve para ver lo que no solemos percibir y apreciar. En una historia que crece desde una fisonomía pequeña y que merece sus aplausos, como los tuvo con el triunfo a mejor guion en el Festival de Cine de Lima del 2012 o con dos premios Ariel el 2013 (máximo galardón cinematográfico mexicano), también por guion, para Laura Santullo, y por mejor director.

miércoles, 10 de julio de 2013

Warriors of the Rainbow: Seediq Bale

No hay nada mejor que cumplir con un sueño o una meta que atesoramos personalmente como uno de los puntos más importantes de nuestra existencia, y con ello de paso –que no es poco, sino todo lo contrario- dejar un legado para los demás, para el caso, histórico y artístico dentro del séptimo arte, que es lo que ha hecho el director taiwanés Wei Te-Sheng en la presente película. Dejar plasmada la rebelión de una tribu indígena taiwanesa de nombre Seediq, dividida en 12 clanes rivales entre sí que tienen su razón de ser en dos rasgos predominantes, la caza (incluida la de cabezas humanas), el dominar una parte de su entorno natural y hacerlo suyo,  y en sentirse ellos mismos al obtener sus simbólicos tatuajes en sus rostros, producto de su hombría o de lo que se espera de ellos en actos donde ponen en juego, al borde del límite, sus vidas. Dentro de un levantamiento que se ubica hoy en una fecha memorable del pasado de su país, atribuido como el incidente Wushe, zona en que se desarrolló el acontecimiento, durante la ocupación japonesa de Taiwán el año de 1930 tras el cambio radical de sus costumbres a partir de 1895. Donde más de 30 años de humillación, abuso, menosprecio y destrucción de su esencia gestaron el germen de la que sería finalmente una batalla desigual pero vastamente aguerrida entre 300 osados indígenas, muy salvajes, como se les llama, decididos a la vera de su llamada ofrenda de sangre, contra miles de soldados del Imperio nipón y su superior artillería, que estuvieron auxiliados por la “traición” de otro clan Seediq y la experimentación de bombas de gas.

Esta tiene un antecedente, Wei Te-Sheng al no poseer la cuantiosa suma que necesita para llevar acabo su sueño decide hacer otra película, una muy distinta, como un  paso en su carrera que le reditúe en el futuro hacia alcanzar su ansiada meta, y no se esperó seguramente semejante acogida.  No a ese impresionante punto. Su segundo largometraje, Cape No. 7 (2008), se convirtió en la segunda película más taquillera de la historia del cine taiwanés, solo superada por Titanic (1997). Una película al uso de las que suelen ganarse la acogida y simpatía de las mayorías, para la ocasión de corte romántico y contemporáneo, muy simple y hasta bastante tonta, a la que este apelativo práctico le cae como anillo al dedo. El típico lugar común de una edulcorada historia repleta de ñoñería, con protagonistas calcados de los posters juveniles de artistas, en una base argumental que juega con ello, asumido desde una presentación musical que parece destinada al fracaso por no tener integrantes cohesionados y congruentes, mientras surge un amor entre dos culturas con un pasado conflictivo, por un lado el engreimiento de Aga (Van Fan), el que baila al son de la figura del tipo cool oriundo de Taiwán pero bajo la clara imagen universal americana , y por otro la rectitud, apuro, tensión y molestia de Tomoko, una modelo japonesa venida a menos, que subyace emparentada con una historia de fondo en donde la segunda guerra mundial distancia a una pareja con el mismo problema intercultural, aunque exacerbado por un contexto directo. Que tiene que ver con unas cartas que nunca llegaron  a destino y rompieron el corazón de esta antigua pareja en mención. Puede tener la trama unos condimentos algo ingeniosos pero indudablemente el quehacer cinematográfico cae en ser demasiado comercial en toda oportunidad y vacía todo potencial de sustancia y complejidad para hacer algo insulso, sumamente superficial y a todas luces efectista -aunque con algunos pocos toques de arte personal que lo disminuyen- de cara a la expectativa general más básica que seguro cae en la gloria porque se apega a la historia bonita y afín a la simpleza de nuestra actual modernidad, que tiene de eterno encanto hacia lo fácil.  Pero hay que remarcar que es el hito máximo dentro del cine romántico taiwanés que ha seguido un boom de su mano, y que como nos compete fue la solución que ha financiado su siguiente película, la que gracias a los ingresos de Cape No. 7 se convirtió en la película más costosa de la historia de su país.  

Pero no hay que ponerse tan serio con Warriors of the Rainbow: Seediq Bale porque no lo es, es entretenimiento puro y duro, pero con trasfondo histórico y cultural. Y es que viéndolo bien, aunque la forma de tratar el cine cambia sin radicalmente distanciarse, es como haberles dado a las damas lo que querían con Cape No. 7, y por supuesto a los más abiertamente románticos, y la presente a los varones, ya que ostenta una cantidad de violencia explícita que nada tiene que envidiarle a la película 13 asesinos (2010) de Takashi Miike donde hubieron 50 minutos de salvaje combate entre una ínfima cantidad de samuráis frente a una masa “imposible” de enemigos, tanto que parece que un año más tarde lo han superado, ya que aquí la segunda parte del filme, conocida como El puente arco iris nos entrega cerca de hora y media, dentro de las más de 2 horas de duración, de batallas sangrientas de estilo gore, resaltando distintas formas de muerte en combate, sin contar la dureza que implica digerir los implacables suicidios de las mujeres y niños de los Seediq, que principal y masivamente penden de cuerdas ahorcados en la selva. Es una matanza atroz la que expone el filme, como lo exhibe. Su alto contenido de acción bélica no tiene nada que envidiar a ningún acontecimiento mayor, a ninguna guerra, tanto que quizá es más dura de ver por su salvajismo en varios métodos para matar. La sangre fría es notoria, es parte de esta cultura indígena.  Un rasgo de identidad de la trama, porque se tiende a subestimar a los aborígenes, que demuestran una convicción de autoinmolación y asesinato implacable, avasallante y que domina la esencia de la película (en un momento surge una reflexión que rectifica una primera impresión, ¿no estamos ante una especie de bushido?), aunque habiendo características que aborda y que suman como su concepción de la muerte, en que la dignidad y el alma lo es todo, morir no significa nada si se va a vivir en afrenta, sobrevivir no es una opción decente si pierden sus costumbres, su yo verdadero, como en el significado del nombre de su tribu, que quiere decir hombres reales.

A los Seediq los vemos alegres cuando están en su elemento, son asesinos natos, no lo podemos negar, y no se figuran de esa forma sino de una manera más aceptada dentro distinta creencia cultural a lo que usualmente se conoce como civilización (no desmienten esa imagen, aunque luce más compleja de lo que creemos, y viendo el uso de armas de fuego entre ellos se adaptan sin suprimirse, no obstante resultan una amenaza constante según apreciamos, el choque cultural es inminente y más con una invasión y dominación a cuestas). Matar en ellos es una especie de orgullo, un modo de vida y un existencialismo, bailan y cantan alevosamente pensando al respecto, mientras minimizan nuestras concepciones de lo que es derramar sangre, sus danzas son exageradas, pero sin perder un cierto halo de seriedad, y es algo notorio como cuando están deprimidos alcoholizándose o efusivos bebiendo de un mismo tarro en medio de dos bocas juntas.  En el filme subyace una constante idea de intensidad de vida suprimiéndola o pereciendo, la historia es un poema de muerte, de gente macabramente poética en un tono vitalista, algo que no es muy occidental y que se trata muy bien. No engañar con esos aspectos, mostrar el salvajismo o la verdadera esencia es un factor a alabar de esta obra, aun recriminándole un regodeo con lo explicito hasta llegar al exceso que roza con lo inverosímil, con una cercanía con lo ridículo y falso, lo ciertamente chocante, no obstante no pierde sentido y fuerza en conjunto. Estamos ante un goce visual, una exclamación de violencia justificada en buena parte y a la vez tan libre que tiene mucho de entretenimiento, de moverse con algunos heroísmos sobredimensionados y artificiales, en los que sobresale inconfundible su máximo exponente, para bien y para mal, a un lado efectivo y  a otro caricaturesco, como todo el filme, en la presencia de Mona Rudao (Lin Ching-Tai), el líder de los Seediq, el que capitanea los ataques que vemos que empiezan en la primera parte titulada La bandera del sol naciente, en alusión a la llegada y control nipón, poco después de ver a Mona en su hábitat como un tipo especialmente dotado para ser un asesino, visto como héroe, en donde se confunden ambas definiciones en una, se fusionan y sacan algo positivo dentro de su cultura. Aunque puede ser desconcertante y hasta intimidador, un ser peligroso, convencido de sus ideales que lo hacen un jefe innato y la voz de una representación. Pero pensando que no todos los Seediq piensan igual que él, y lo tienen muchos por enemigo, tanto por su personalidad como por una competitividad que es parte de este tipo de aborigen.

Destacan las canciones autóctonas que justifican y se amoldan al conjunto como un detrás de los hechos o  entre los mismos personajes en pantalla, cantadas armoniosamente a capela. Nos describen el espíritu del filme, algo que se da a menudo, la explicación siempre está presente, como en el ataque a las comisarias en que se razona diciendo que hay  asuntos en que la forma ampara el fondo de lo que se busca, como una lectura simbólica, además, de lo que observamos en el ecran. En dichas agresiones se matan no solo a militares y policías extranjeros e invasores sino a familias japonesas y hombres desarmados; se le perdona la vida a muy pocos. Esta puede verse como una virtud de este cine taiwanés abierto al público, en donde existe la autoría, no solo por la violencia poco afín a la unanimidad, sino por mostrar un cierto realismo que de cierta forma puede verse como imparcial, es decir presenta tanto lo deplorable como lo rescatable, si bien el nacionalismo y la demonización nipona es flagrante, aunque también atenuada porque tampoco podemos desmerecer u obviar algunos momentos de humanidad japonesa, que son los menos, como tampoco una crítica hacia los salvajes que se deprende aun abalando el proceder de los aborígenes ya que no todo el accionar indígena parece el idóneo a nuestro entendimiento.

Es una historia que a pesar de tener un héroe ensalzando es como una visión coral de los Seediq, como en la visualización mental de un moribundo Temu Walis que ve a Mona Rudao en un rival de su clan, todos son una única persona y ninguno son uno solo, es la articulación de muchos exponentes que en interpretación simplemente cumplen su rol, aunque habrán personajes que recordaremos, como los hijos o el padre del principal líder salvaje, el niño que quiere ser un héroe de su tribu, o los dos policías asimilados al Japón siendo aborígenes, como por su lado nos quedan otros dentro de los japoneses, el general Oshima, que aunque breve sobresale perfectamente como el pensamiento de una potencia, y Genji Kojima (Masanobu Ando), jefe de una comisaria que clama venganza, junto con el temeroso y amigable comerciante que vende licor o el policía que detesta a los Seediq y que motiva por su lado el ataque de ellos. No son nombres que queden demasiado en la mente pero funcionan muy bien al alimón del conjunto. 

La película, porque es solo una, dura 4 horas y media, dividida en dos partes, pero que son plenamente continuas, una no existe sin la otra, hay que aclarar, sobre todo la segunda parte, claro está, que sería el asunto en sí tras el background de la primera.  Estamos ante algo muy cinematográfico, una propuesta comercial con el toque de atrevimiento y la huella dactilar de Wei Te-Sheng. Lugar en que no se puede creer que todo sea verdad, refiriéndonos a la precisión del contexto histórico, en que aparte de eso las batallas en definitiva se pliegan bastante a la magnificación y al entretenimiento, sin embargo ayuda mucho a plantearnos el panorama, a recrearlo y mucho a vivirlo, a sentirlo y gozarlo como si estuviéramos ahí, en lo posible ya que hay ratos en que nos distanciamos, mucho en la exageración. El tiempo vuela, no se percibe como un lastre, aunque nos exige algo de paciencia con cierta reiteración. Los efectos especiales son maravillosos, hay una exaltación al respecto, una inversión visible. No es de mucha belleza visual, pero tiene sus momentos, como con el rojo de la naturaleza, el de los cerezos en flor, que admiran muchos personajes y a lo que no podemos faltar tampoco. En definitiva, una película que puede ser todo lo diáfana criticable -que también un poco en parte es un don en las definición de cómo son en síntesis los Seediq- pero que termina siendo sumamente atrapante a pesar de los errores. Una de esas obras que finalmente pagan el esfuerzo de un sueño hecho realidad. En un placer “culposo” bastante digno de alabanza.


miércoles, 3 de julio de 2013

California Dreamin'

Dentro del cine moderno rumano sobresale el nombre de Cristian Nemescu, quien murió a los 27 años de edad en un accidente de autos antes de finalizar la edición de esta película. La que se alzó con el premio de A certain regard en el Festival de Cine de Cannes del 2007. Con tan solo un largometraje "inconcluso", un mediometraje que en principio no iba a serlo y menos de media docena de cortometrajes (alguno premiado) en su haber se ha ganado un buen lugar en la memoria colectiva de su país y en la comunidad internacional al pasar por la cuna del cine de autor, Cannes. Su anterior trabajo cinematográfico, Marilena de la P7 (2006) ha servido como formación para su siguiente película (la que aunque en parte no lo aparenta por su narrativa discreta, sí que es muy ambiciosa y no solo teniendo en cuenta el tiempo de duración), aunque hay que proclamar que destaca, contando con tan solo 48 minutos de metraje. La que trata sobre el primer amor de un avispado chiquillo de 13 años de un barrio de Bucarest que para impresionar a la mujer de sus sueños, una joven y guapa prostituta de tetas chicas (duraznos pequeños como se suele repetir -y atraer entre personajes- en el cine de Nemescu), capaz de provocar cortos circuitos sin tocar la luz, decide robar un ómnibus público siguiendo el consejo de que las mujeres solo aceptan pretendientes con vehículo y dinero. Es una historia dura y romántica que bien vale la pena tener muy presente. Y de la cual pasan ideas a su última incursión en el séptimo arte.

La trama de California Dreamin' (2007) se basa en un hecho real ocurrido en 1999, un tren que transportaba armamento clasificado del ejército americano en representación de la OTAN en dirección a la guerra de Kosovo en la ex Yugoslavia fue detenido en Rumania quedándose estancado por cinco días.  Ese fondo ubicado dentro de la película en un pueblito llamado Capalnita permite desarrollar una historia de ficción que implica el resentimiento de un hombre hacia Estados Unidos tras la segunda guerra mundial a partir de un incidente familiar en el año de 1944, recordado en un clásico blanco y negro que implica otro pequeño cuento.

Doiaru (Razvan Vasilescu), un tipo humilde pero instruido encargado de la estación de tren será el escollo que no permita ese ansiado pase si no le entregan ciertos papeles que avalen la carga militar, aunque ellos tengan el permiso del primer ministro. Creándose una interrelación con el convoy americano que da pie a varias sub-tramas de orden afectivo, económico, social y cultural que involucra la influencia que puede tener Estados Unidos en los sueños rumanos viéndose desde la perspectiva de este país europeo, que tiene a un imitador de Elvis Presley cantando la muy conocida y dulce “Love me tender” (Ámame tiernamente) en su día de celebración en honor a los visitantes (algo que se ve también en Marilena de la P7). No yendo más allá de lo común en una humanización general que incluye al capitán anglosajón y su tropa.

En las sub-tramas está que la hija de Doiaru, Monica (Maria Dinulescu), una chica de 17 años de edad, bastante atractiva, engreída y resuelta quiere irse de su casa, no quiere estudiar en la Universidad como espera de ella su padre con quien no se lleva bien, y no ve mejor forma que enamorar a algún soldado americano con la promesa de que la lleve a su país, encontrando esa solución en el acercamiento al Sargento David McLaren (Jamie Elman), aun sin saber ni una pizca de inglés y provocar algunas risas al paso en cómo busca acercarse a él, mientras el hijo del principal dirigente huelguista y enemigo del hombre de la estación, Andrei (a quien le sangra la nariz cuando se emociona, un rasgo de identidad de Nemescu), ama con febril locura a Mónica, aunque ella ni lo nota. Con ellos, la interesada hospitalidad del alcalde (Ion Sapdaru) y la picardía de un soldado rumano (Andi Vasluianu) haciéndose pasar por oriundo del país de las barras y estrellas para poder rodearse de bellas mujeres y atenciones, ya que yacen como enloquecidas por los extranjeros. En un ambiente de especial desorden calmo y de inamovilidad mientras la historia se rinde al folclore que representa un lugar como Capalnita (pero sin que se desvirtúe su esencia universal y hasta ideas modernas), y donde el único que sufre por no concretar su misión es el capitán Jones que siente perder su paciencia y los recursos de su imaginación ante la terquedad a toda prueba de Doiaru. Papel que interpreta un rostro ubicable aunque no tan popular en el cine americano, Armand Assante.

La película dura casi dos horas y media, y como se ve es larga pero aunque se mueve con calma no llega a extremos y está muy lejos de abrumar o pesar. En esta hay mucho realismo bajo un tono ligero, y es algo que es parte del cine rumano que lo maneja muy bien. Sabiendo combinar lo suyo con lo que todos somos. Tiene, además, conseguidos momentos cómicos pero que van leves en el conjunto sin quedarse pegado a ello y en si tiene una atmósfera sin caer en demasiada profundidad sino presenta y oscila en el relajo y en la sencillez pero no como para anular momentos serios porque tiene buena cuota de drama, tensión (no tan exaltada en realidad pero implícita), imprevisto y finalmente violencia (algo que se puede intuir, se espera intrínseco más que exacerbado en el conflicto de no poder avanzar). Y es de resaltar que sabe escapar del lugar común aun tratando lo identificable.  Es una película que luce coral y trabaja sus sub-tramas, las interrelaciona de forma bastante inteligente y no se queda en un punto, se matiza mucho en varias aristas dándoles a todas su importancia. Es una trama amplia que habla de buen manejo colectivo, con giros y hartos vínculos. Que a su vez, es una virtud y distinción que la trama cambie de humor, incluyendo sus personajes que denotan distintas características y emociones, pueden ser muy reprochables o divertidos para luego ser hasta corruptos o coherentes. 

Estamos ante dos culturas distintas que se encuentran y conviven sin problemas como si se parecieran o quisieran hacerlo, combaten (de forma aislada y excepcional) o se brindan satisfacciones. Se puede ver claramente que el capitán Jones y Doiaru representan la figura de una relación conflictiva y parametrada aunque con modales, que en realidad ya es anacrónica, y así lo muestra el director rumano. Destaca ver que lo político en sí, lo que sea, (casi) no existe, no se percibe, y si hay algo en esa línea es sumamente superficial y sin darle ninguna trascendencia, sin argumentarlo. Nemescu no quiere abordarlo desde ese lugar. Al que le vemos aclimatación, comprensión y hasta cariño hacia lo americano (como con los múltiples posters del rapero Eminem en el cuarto de Andrei en Marilena de la P7, cójase la conexión y continuidad autobiográfica). Y es que el título ya lo dice todo, basado en la popular canción “California Dreamin” del reconocido grupo hippy The Mamas and the Papas. Sin embargo, la historia sirve también de crítica a la dependencia extranjera, ya que finalmente en el desenlace nos queda el mensaje de que los rumanos pueden proyectarse con Estados Unidos y afuera pero deben encontrarse a sí mismos desde su propio lugar (aunque sin obviar lo cosmopolita). Subyace en la práctica familiar de Doiaru y Monica.

Es importante reflexionar que aunque este filme lleva en el título entre paréntesis la palabra Inacabada, no se aprecia en ningún momento que algo luzca faltante o notoriamente imperfecto ya que se puede creer que la película está incompleta y no es así en absoluto, es una obra muy bien desarrollada, y es una propuesta que bien merecido tiene su reconocimiento siendo una buena oportunidad de proclamar que el cine rumano es uno de los más atractivos y sólidos que hay en el mundo, sin obviar que puede confundirse su (notable) normalidad con algo menor, su tono contrario a lo solemne, su capacidad de simpatía y natural humanidad (“perdonando” algún entendible “exabrupto”, la tragedia en la manifestación y complot), porque sabe contar y armar una historia de múltiples vertientes, terminando en nuestra mente como una suave bola de nieve, cuando procesamos y vemos el alcance de sus pequeños relatos y su variedad temática.