viernes, 31 de mayo de 2013

Attenberg

Cinta del año 2010 perteneciente al cine griego moderno donde resalta principalmente su deseo de ser una propuesta trasgresora y original, como se estila en muchos cineastas contemporáneos ensimismados en la ambición de salir del rebaño, pero en donde siempre debe estudiarse a qué precio y si vale la pena, sino algo más clásico puede ser una mejor opción, todo depende de qué sea lo que propongas a fin de cuentas. Tanto para bien como para mal no hay demasiado de ninguna de las dos como para absorber el conjunto o impresionarnos intensamente pero destacan ambas notoriamente entre sus características, lo que lastra un poco su resultado, siendo su predisposición y la consiguiente sensación de sus intenciones objeto de caer en cierto aire de gratuidad o provocar paradójicamente abulia aun siendo abiertos al cine de autor, al que se pretende con devoción.

Presenta un cariz en parte criticable negativamente de efectismo, sin embargo no al punto de minusvalorar la película porque toda la trama y sus imágenes por más libres que sean algunas se amoldan a la perspectiva general, es decir que la narración de su personal auscultación predomina, y esta versa sobre el sexo y (por supuesto) los sentimientos, más indirectamente. En ese panorama se nos presentan dos amigas. Opuestas en personalidad y anhelos sexuales, una hasta se muestra y se ve bastante apática en su fisonomía en ese aspecto, repele el coito -al que denomina eso del pistón que cree le molestará entrando y saliendo en su cuerpo como un ente invasor y conquistador- y le son difíciles las relaciones humanas, aunque siente mucha curiosidad por ello (más clara no puede ser la escena de las dos lenguas femeninas moviéndose en un beso demasiado entusiasta y torpe), de lo cual surge una “dependencia” de la amistad de Bella (Evangelia Randou), una chica sexualmente activa y libre, incluso promiscua y fácil, que ve el acto en sí de forma sumamente superficial, muy abiertamente, en un sendero práctico, al punto de hacer favores sexuales y ser bisexual.

En la cosmovisión de la autora, de Athina Rachel Tsangari en esta su segunda película, se metaforiza lo sexual en las plantas, se puede ver además una indagación física de ese fundamento, y se articula mucha semejanza humana con los animales (inspirada en los documentales donde participa el naturalista inglés David Attenborough que proporciona el título en la mala pronunciación del griego de su apellido, como en el cartel de la película en donde la continuación interna de los brazos empujando la espalda asemeja a las alas de un ave)Hay ratos que la simplificación llega a ser muy didáctica. En el filme la ignorancia y la libertad juegan un gran papel. El que nos quiere decir que lo sexual es un descubrimiento -y una continuidad- personal menos trascendente de lo que creemos, aunque sea psicológicamente importante desde la concepción de uno.

La protagonista y eje de la historia, Marina (Ariane Labed, mejor actriz en el Festival de Cine de Venecia 2010) mientras enfrenta la próxima muerte de la raíz que la sostiene al mundo, su padre, Spyros, en una relación que la describe como “una hija de papá” (entre comillas porque es una persona atrevida y aunque torpe e inmadura, segura y fuerte), su confidente, su amigo, el ser que más quiere, debe aprender a sostenerse y seguir por sí misma, ser líder de su destino de forma aún más solitaria de lo que ya es,  y en esa obligatoria decisión su mente debe entender su relación con lo sexual, ese es su reto (que radica en un razonamiento conflictivo), en asumirse tal cual, en pasar por esos dos trances definitorios, el inicio y el final, solo que como se entiende, todo es menos de lo que se cree, solo que la complejidad de nuestra esencia ante semejantes temas hacen de la experiencia un aire de tragedia, que lo es hasta comprender que es inevitable en nuestras vidas. Es el descubrir de la simpleza de lo complicado, eso es lo principal. Y ella encaja en la resolución aunque no en todos los atributos que se requieren.

El problema subyace en que idealiza al padre al que imagina sin pene ni (degradante) lascivia, lo que luego en el acto de renuncia en la entrega de la amiga denota que se ha asumido su condición de ser humano. Sin embargo el amor al que aspira la trama siempre por esas circunstancias es tan complejo de llenar al alcance de su precedente totalizante y demasiado grande aunque inevitablemente deba buscarlo, para seguir adelante, y conseguirlo para  llegar a la plenitud, a fomentar una mejor vida. Vislumbrar el inminente vacío la impulsa a que lo intente, a cambiar de parecer. El amor es un tema elíptico pero brilla en las canciones francesas románticas que se amoldan al conjunto y más que decoración musical o audaz contraste representan una línea ideológica discreta de exploración del filme. Solo que vista en pantalla desde una perspectiva dura.

Spyros (Vangelis Mourikis) es ateo, quiere ser cremado estando en una nación ortodoxa que repudia esa liberalidad anti-cristiana, él mediante su calma y la aceptación de su último camino ejerce la dirección del universo de su hija, siempre le ha sido de ejemplo habiendo dos rasgos marcados que se desprenden de él, su firmeza y una oculta esencialidad salvaje, primitiva. Spyros es un macaco, es una bestia, como marina lo ha heredado y se ha instruido sabiéndolo, y el mensaje es el mismo para todos los demás, y la transición con la realidad pasa por esa naturaleza. Es una mirada reflexiva específica. Marina despliega inocencia en su aprendizaje sexual en algo que suele ser violento, solo que el tono del filme no lo es, queda velado por la férrea voluntad de los personajes. La temática no tiene solemnidad, es relajada, aunque a ratos extraña, como los bailes y exhibiciones de intensidad de las intrínsecamente sensuales chiquillas, de una espontaneidad que es un grito de rebeldía. Con coreografías irreverentes y en parte absurdas, burlescas, como el trasfondo de quien arremete contra el mundo sin temerle y aunque desconociendo mucho de éste tomándolo de los pelos, como en ese acto sexual primerizo con el ingeniero (el director griego Giorgos Lanthimos que no lo hace mal como actor, en un semblante tímido y actos comprensivos sin mucha excitación) a quien que le dejen el auto del trabajo diariamente le sirve de pretexto para acostarse con una inexperta Marina que parece hallarse con el tipo que requiere. La que se desnuda como una alumna presurosa y fría lista para aceptar el cambio que invita la vida, si es que realmente le hace efecto al decir de contrarrestar su indolencia sexual y sus vínculos afectivos para con otros que no sean su padre, o seguirá desligada del mundo siendo una despreocupada y extraña persona. No lo sabemos. Pero la noción y el trance personal ya indican una evolución.

Se enfatiza el cariz de materialismo frente a la muerte en los cobros del hospital y las órdenes fúnebres, un trámite común que son también (mucho) negocio, que muestran un plano de banalización que sirve de reflejo para desligarnos del misticismo que enaltece el final de la existencia.  Tiene de bofetada a cierta sensibilidad y a la aspiración de embellecimiento que suele articular el hombre, como también el arte. No obstante, Athina Rachel Tsangari le rehúye, aunque crea en el espectador un enternecimiento para con su criatura, para con Marina, en ese aire de idiotez, de rareza y hasta de insolencia que ostenta, es un ser imperfecto en toda palabra, voluble e impredecible, como cuando pregunta al padre si la sueña desnuda, o le pide a Bella que como última satisfacción sexual, solo una necesidad, cumpla con acostarse con su progenitor.

Un filme que posee una emotividad escondida tras la erradicación de las convenciones, de la extirpación de las ilusiones, de las mentiras que calman.  Aunque por momentos el filme parezca un cúmulo de muchos exabruptos o de la irresponsabilidad, de una pedrada que abre la visibilidad sin ser sensacionalista salvo contundente en su simplificación o en su elegante ataque a lo pedestre y lo trascendental. En transportar la muerte del padre (¿una especie de Dios?) a esa desnudez de Marina cargada de tranquila aridez y de constantes preguntas, aunque tenga lo suyo cuando la chica se desahoga con una danza frenética, un reflejo “irracional” de su estado emocional. Un camino que se construye con lo que se destruye, paleando uno el otro. Y uno conoce, vive y eso es todo, de cara a ese sugerente último escenario, el contexto y parte de la identidad de la película, un pueblo industrial, en que se está trabajando, en donde el ser humano en realidad se mueve, en una lucha contra nuestra naturaleza y en donde la arquitectura, la profesión de Spyros, también nos disfraza. Junto con la alegría, el (necesario y vital) desparpajo y la intensidad de bailes y gestos complementarios.


martes, 21 de mayo de 2013

Tess


Vamos en fechas por la mitad del Festival de Cannes que empezó el 15 de mayo y se prolonga hasta el 26 del mismo mes, el festival de festivales, donde podemos encontrar las mejores películas del planeta de las que ostentan una definición de autor, nombres importantes como el del iraní Asghar Farhadi, el del nipón Hirokazu Koreeda o sobre todo el del polaco galo Roman Polanski, se mezclan con famosos americanos que ostentan personalidad y público como los hermanos Coen, Alexander Payne, Steven Soderbergh y James Gray, con destacados cineastas indies como Jim Jarmusch, autores iluminados por Cannes como el danés Winding Refn, otros carne perfecta de festival que poseen historia y triunfos en este tipo de aventuras cinematográficas como el chino Jia Zhangke, nombres internacionales de actualidad como Francois Ozon y Paolo Sorrentino, sorprendentes nominaciones pero cargadas del respeto hacia el director -cinéfilo por antonomasia como Takashi Miike, valores locales importantes como Arnaud Desplechin y Arnaud Des Pallieres, nombres pequeños en busca del gran salto como el del holandés Alex Van Warmerdam, el mexicano Amat Escalante o la italiana Valeria Bruni Tedeschi y cineastas a “descubrir” como los africanos Mahamat-Saleh Haroun y Abdellatif Kechiche . Y eso solo por mencionar los de la palma de oro porque otras competencias como a certain regard, la semana de la crítica y la Quinzaine des Réalisateurs son fuente de una gama muy atractiva de séptimo arte, principalmente la primera que llega a ser a ser muy brillante, junto con exhibiciones fuera de competencia, clásicos, homenajes, la competencia novel de la Cinefoundation que pone en la palestra nombres a futuro, y títulos en presentaciones especiales. 

Repasamos una película que marcó un hito en la filmografía de Roman Polanski, a quien escogemos porque claramente es la figura más famosa del grupo de la sección oficial, que compite con Venus in fur, adaptación de la obra teatral de solo dos personajes del americano David Ives que retrata el conflicto de poder entre un director y una aspirante al papel principal, interpretada por la esposa de Polanski, la actriz Emmanuelle Seigner.

Tess se basa en la obra literaria del inglés Thomas Hardy, y es una historia de época en donde este escritor  supo desenvolverse con talento, algo que en el cine no resulta para quien escribe tan atractivo, anteponiendo incluso el libro a la película, mucho además por encontrar complicado lograr lo que el texto suele exponer tan ampliamente, sin embargo hay que reconocer que Polanski logra un filme bastante completo aun viéndose un apuro en cuanto a dos momentos relevantes, cuando la protagonista queda embaraza y cuando ocurre un importante asesinato, no obstante esos lapsos quedan recuperados por un detallismo sugerente en cuanto a las consecuencias de ambos actos.

En la trama importa mucho la belleza, sabiendo que ello representa un imán para los otros seres humanos, una especie de don gratuito que te abre muchas puertas, que te hace simpático y atrayente a los demás, ya que te desean y quieren congraciarte contigo, quieren poseerte, así sea para beneplácito platónico o de amistad, que no es el caso ya que se aspira a lo sensual/sexual que es parte del conjunto del relato pero abordado de forma elegante, delicada y sutilmente, siendo potente en cuanto a su idea. Tess (Nastassja Kinski) que proviene de un hogar humilde campesino es enviada en busca de ayuda económica tras la pérdida del sustento de un padre haragán y borracho, a falta de un caballo, con unos parientes, una vez que el progenitor descubre que pertenece a una ascendencia aristocrática y que tiene aún familia pudiente viva, la de los d'Urberville. Llegada ante la acomodada parentela pronto es deseada por su “primo”, por Alec d'Urberville, el que será su calvario y fatal destino. Lugar de tránsito pasajero que será definitorio aun redundando Tess en no querer cambiar su forma de vida ni sus valores. Ella orgullosa no aprovechará su belleza como suelen hacer a menudo la mayoría de mujeres cuando no ostentan ningún talento y son pobres, como ambiciosas e inescrupulosas, sino rehúye el camino fácil, siendo alguien proclive al trabajo duro, que contrasta con su deliciosa figura y que ella declara solo ser objeto de vanidad. Sin embargo paradójicamente su fortaleza e idealismo no le premia como debiera ser sino todo lo contrario, cae en el mar de la injusticia, del esfuerzo mal pagado, del abuso físico, de ser objeto de otros, del rechazo del amado, y hasta de la ignominia. Una tragedia en todo sentido, mermada con la (necesaria) astucia y sentido del drama de Polanski que se desembaraza –para la buena recepción del espectador menos próximo al tema-  del cansancio de una trama basada en el continuo conflicto romántico,  a través de la adecuada -de acuerdo al caso- pero fiel contextualización de la época, con la gracia de las costumbres rurales, del trato común, del folclore inglés, de la intrascendencia cotidiana, del paisaje y todo lo que repara en mostrar la simpleza del mundo de fines del siglo XIX ambientada en el Wessex salido de la reencarnación de una idea preconcebida y que justifica el análisis general de un lugar ejemplar.

Se asume la idea de la poética maldita encarnada en su protagonista pero se sabe utilizar cuando se debe, potenciarla y enaltecerla, darle su lugar pero  a su vez proclamarla una trama más amplia con espacios de sosiego, de no pasar nada o de auspiciar la liberadora sonrisa, proveyéndose la propuesta de un aspecto menos agotador, lo cual indica tanto de la obra literaria como de la película que son el antagonismo de lo que se hace actualmente en la televisión, en fallidas películas sensibleras o en novelas rosas que han explotado el lado más barato del asunto o nos ha dado un lado deplorable. En cambio Polanski hace muy digerible lo esencialmente romántico sin tergiversar tampoco sus parámetros, siendo el magma y la base de todo aquello. El cantico originario. No deja de ser dulce, simpático, ni duro, pero lo hace con la noción de quien puede caer en la tentación de esquivar el equilibrio. Polanksi hace arte, lo cual lo desliga de las falencias antes mencionadas. Un techo goteando sangre, diálogos alturados esquivos del melodrama pero atentos a dejarnos sucumbir en la tristeza, giros imprevistos, la carta que no llega o el marido desilusionado que huye a Brasil y escucha una respuesta honesta de lo que él significa para su amada, pequeños datos que dan una visión mayor, el niño que se niega  a bailar con Tess y luego es el amor de su vida, el tipo grotesco que quiere aprovecharse del cansancio y que recuerda el pasado. Es un filme lleno de gestos, de emotividad bien dosificada y mucho se debe a la idoneidad de la actuación de Nastassja Kinski (a la par de sus coprotagonistas en el británico Leigh Lawson como el autosuficiente, sensual, refinado y déspota Alec d'Urberville, y el cándido, sencillo, idealista y espiritual Angel Clare que esconde cierta debilidad y convencionalidad que lo disminuye como persona haciendo de sus reacciones primero lamentables y luego muy tardías, en la performace de Peter Firth). En Nastassja resalta su transparencia, fragilidad y delicadeza, observándose notable el cambio a una mujer violenta siendo algo sugerido para así ser contundente en su estilo y tener de misterio. O con Stonehenge que es la simbolización del sacrificio, el lugar “extravagante” que recuerda que el mundo implica dolor, muerte y entendimiento de todo ello desde el principio ancestral. Tess es ave de ese trasfondo, desde que entendemos con sus breves palabras que preferiría estar muerta ante la desgracia que se ha apoderado de su existencia. Dolor, esa es la esencia del filme pero que se articula bastante bien sin que sea superficial o se convierta en algo que llegue a crear con la repetición indiferencia o indolencia, sino como una larga postergación que va tocándote, que sabe dónde obtener atención mientras crea el “espejismo” de la felicidad.

Resalta que se describe la decadencia de la aristocracia pero sin que sea tema exterior, no yace a la vista sino más está como en un segundo plano, como algo funcional a la historia pero que sirve de reflexión velada a cierto punto. Se retrata que son nuevos tiempos, donde ya no es lo que era  la aristocracia y poco importa en realidad, tanto que algunos compran su estatus de nobleza o se adscriben a ello sin problemas. Hay una mofa visual al respecto además, el de las apariencias o el de la grandilocuencia. El relato se reviste de un carácter de evolución o de transformación, estando los mismos  conflictos de antaño pero con diferente rostro. Es una historia universal de desengaño, de frustración, de  romance trágico, de desenlace triste. Un drama en toda palabra, no se puede negar. Sin embargo que bello que es, estéticamente gigantesco y muy accesible de ver, muy atrapante en tres horas de duración. No falta decir que  Nastassja Kinski logra concebir el personaje en una sencillez pasmosa pero poderosa, es realmente bella como aspira y recurre el relato, capaz de enloquecer a cualquier hombre con su delicadeza y desinterés en sí misma, como dice la madre de provocarle hasta si celos; anhelo de incurrir en la deleznable violencia,  de ser elegida entre muchas pretendientes ante la natural indiferencia, de provocar  en un candidato enamorado buscar tres cuartos de amable diligencia para llegar hasta su corazón. Gracias a su desenvuelta fisonomía de niña, su rostro inocente y sorprendido, sumiso, su voz suave,  teniendo 19 años de edad cuando hizo el papel, y es que más se ve como una chiquilla inocente – felizmente la mayoría del metraje- que como una mujer resuelta o de armas a tomar como se exige también de ella, no obstante eso apunta a una idónea tristeza,  a una reacción de la inactividad del entorno y de lo que es el mundo , el filme deja ese sabor en su historia, en su epilogo, sin la necesidad de explotarlo, víctima de un destino injusto, negligente, torpe que nos hace pensar en que la película fue dedicada a Sharon Tate, la segunda esposa de Polanski que fue asesinada por la llamada familia de un demente de nombre Charles Manson. En honor especifico, además, de que Tate le recomendó la novela al director poco antes de su muerte. Y es que hay un cierto sinsentido de un libre albedrio que debemos manejar mejor sabiendo que el sacrificio, la honestidad y el orgullo no siempre redime, y una buena persona puede padecer una tragedia o tantas desgracias.

The Lords of Salem


Rob Zombie es un cantante de metal que simplemente toma las características de una música fuerte con inclinación al terror y la trabaja en el propio género cinematográfico. Su transición y comunión se ve muy natural. Sus primeras películas trabajan con sus ideas en la creación de una familia de salvajes y sádicos asesinos que inevitablemente nos recuerda en su debut, La casa de los 1000 cadáveres (2003) a Masacre en Texas (1974), con una ligera cosmovisión personal que más tarde toma mayor forma en los Renegados del diablo (2005), su continuación, en que un obsesivo policía en busca de venganza tras la muerte de su hermano a manos de estos criminales quiere liquidar, antes hacer sufrir,  en especial a tres de los asesinos pertenecientes a la misma familia de la primera película. Es un director que recurre a su propia imaginación y celebra el cine, es un notorio aficionado al séptimo arte, como se ve en sus propuestas en que ha trabajado haciendo dos filmes sobre la mítica Halloween (1978) de John Carpenter, o haciendo alarde de sapiencia como buen cinéfilo, en sobrenombres, referencias, poner en el metraje proyecciones de viejas películas, alusiones indirectas entre otros. En la presente vemos un cartel gigante de Viaje a la luna (1902) y recurre a los antecedentes antes descritos.  Su último filme versa sobre dos motivos de su arte, uno es el de su musa que yace en todas sus obras, la hermosa rubia muy simpática y alocada Sheri Moon Zombie que aparte de ser su esposa representa desde luego su estilo de vida, con características en la película como música pesada, cine, tatuajes, independencia, soltería, locuacidad, relajo, sensualidad, en la piel de una radio DJ que recibe una canción satánica de unos personajes desconocidos que se hacen llamar los señores; y el otro recurrir a un contexto y mito del terror, el estar en Salem,  Massachusetts, cuna de una famosa persecusión de brujas. Ambas se fusionan y nos entregan la presente trama.  Heidi Hawthorne (Sheri Moon Zombie) no lo sabe pero es participe de un legado y una maldición que tiene que ver con lo que anuncia el título de la película. Que son unas brujas reencarnadas que trataran de atraparla en su red de satanismo y brujería a raíz de vengarse del líder religioso que las quemo vivas no sin antes dejar un misterio a cuestas, el que nos compete y que va tejiendo un sinnúmero de imágenes terroríficas muy personales, salidas de la mente de un Rob Zombie que crea y exhibe sus propias mezclas, llenando la propuesta de una atmósfera sumamente blasfema con la religión, y mediante un imaginario fantástico, típico de la música que él hace y que se ve reflejada directamente en el papel de Heidi. También recurre a la leyenda de la secreta inscripción musical satánica debajo de un sonido de metal. Un concierto de ese estilo anuncia la celebración de esa dominación mental encubiertamente orquestada.

Lo blasfemo es constante, se toma la iconografía cristiana a la vera de lo que sería parte de un continuo rito satánico, detalles al respecto y una reinterpretación diabólica que absorbe la trama y la contextualiza, la vuelve terrorífica de lo que sería una ciudad común americana pero con una historia en el género (como la fiesta de Halloween en otras propuestas anteriores de Rob Zombie que permite un estado de enajenación macabro y homicida). Se da en sentido evolutivo hacia el gran evento musical (parece la ensoñación convertida en realidad de la ilusión de la música pesada que sigue lo satánico como leit motiv), de forma lenta –sin afectar el ritmo conjunto del filme-  y bajo piezas que se repiten y engrosan cada vez más, que se refuerzan, hacia una conversión en la elucubración/aclimatación fantástica. Un sacerdote participando de una pesadilla al recibir una felación dentro de una iglesia y vomitando algo viscoso negro, monstruos fantasmagóricos que nos recuerdan las historias de Lovecraft, vestidos de curas masturbándose con falos de colores, una cruz roja de neón en una abandonada habitación que nos remite a la reencarnación del horror asesino de El Resplandor (1980), visiones intempestivas que se amoldan al escenario contemporáneo, cómplices marcadas por la rememoración de las brujas primigenias y sus exhibiciones rituales, su violencia verbal y su aire sucio, y una variedad de recursos visuales que exaltan la sensación de brutal llamado místico diabólico que va tomando posesión del lugar vislumbrando algún evento trascendental que nos mueva al miedo, que se va haciendo y predisponiéndonos.

La espera de un desenlace mayor no termina de cumplirse a la escala que proponía, aunque es coherente y solvente (sobre todo en el epilogo que nos muestra un desenlace que es típico de asuntos como los que se anuncia antes en la trama, como termina siendo dentro de los parámetros reales, pero claro con la recreación espectacular que permite el séptimo arte y el género del terror aunando la capacidad imaginativa, entretenida y efectiva del director), esperábamos algo más original, se hizo demasiado expectante, porque concluye siendo un cúmulo de imágenes vintage tirando para el marrón al estilo de un videoclip musical lleno como en un mural del terror donde todo cabe muy al estilo de sus dos originales primeras películas, como en el laberinto subterráneo debajo del cementerio popular del Dr. Satán y sus bestias de muerte en La casa de los 1000 cadáveres y con el exceso legendario y poético de Los renegados del diablo frente al acribillamiento del vehículo. Es una recreación final en parte vacía, que se regodea como lo antes mencionado en su exaltación sin más, que se aleja de concebir un argumento más sorprendente que yazca más fijo y audaz en cuanto a estar alineado con su relato, que lo hace no lo negamos, pero se dispersa en el efecto, subyace onanista, como buscando divertirse y claro eso llega a trasmitirse como en sus predecesoras, sin embargo argumentalmente le pedimos algo más para generar la trascendencia de la trama más que el puro goce cinéfilo y superficial.

Sheri Moon Zombie como siempre yace bastante cool, muy sensual, desnudándose con facilidad como regularmente lo hace en el cine de su marido, mostrando sus lindas curvas y su graciosa y agradable personalidad aquí más tenebrosa y más abstraída por esas fuerzas oscuras que hacen de su cuerpo un objeto del mal, de venganza y maldición, y proporcionando la perfecta recreación del estilo de vida al que Zombie se adscribe, a sus constantes, en una ambientación típica de su mundo, que engancha con nuestra contemporaneidad, con la frescura juvenil del eterno espíritu rebelde, en el ejemplo moderno de la convivencia con la edad que aún no nos llega. Hay una línea que dice, no estás ya muy viejo para escuchar esa porquería, y no, ni Rob Zombie lo está  a sus 47 años ni nosotros lo estamos/estaremos con el terror más violento, con el metal o el rock pesado, con los desnudos físicos y del alma, con la libertad y con la extravagancia. En un filme muy clásico de estos tiempos y que es un firme legado de la esencialidad del terror, rozando ratos ridículos como lo del enano con los que parecen cordones umbilicales salidos de los brazos, o el que se va acercando a la cama muy al estilo de David Lynch o ese atrevimiento continuo de la usurpación de lo cristiano que puede ser bobo a veces pero insolente y mayormente oscuro, como lo es en general todo el conjunto a favor de una salvaje recreación que termina funcionando y presentando personalidad. Zombie es la elevación del cine B, atañe idóneamente a la honestidad, el libre albedrio y la simpleza del género, de una estética pedestre pero que a la vez deja de serlo en un producto contundente, lógico y articulado revestido de grandilocuencia ordinaria. La trama existe, no está nada mal sino muy por el contrario, pero el regodeo (que no es malo tampoco a un punto) es un poco mayor, basado por y para el entretenimiento (de cinéfilo a compañero, de amante del terror a otro), como dos mujeres luchando en el lodo, (en una película) sensual(es), agresiva(s), visual(es) -para impresionar-, un tipo irreductible de arte moderno pero en el buen uso de la palabra.

sábado, 18 de mayo de 2013

Jarjacha

Lo que vemos en pantalla debe hacernos amar el cine, entendiendo que debe haber una verdad aparte de una dedicación perfeccionista y pasional, la del cineasta, aunque no sea del agrado de muchos, la honestidad es primordial, pero si el filme está plagado de defectos e ineptitud eso solo puede respaldarlo alguien que no valore el séptimo arte, y más si es el suyo. Ya no hablo de entretenimiento, sino de que contenga una factura decente. La presente es muy precaria, con actuaciones muy amateur y con bastantes fallas. El cine regional debe existir pero lo que ofrece la presente debe mirar hacia concebirse como una mejor proyección, necesita de una mejoría (sabemos que se puede), buscar reforzar su base visual, sobre todo su forma (que sí tiene ideas), considerándose actualmente una especie de comienzo más que un trabajo último, ya que requiere de mayor técnica, una historia más limpia y mejores actores, y es que si los interpretes conocidos del medio muchos de ellos no llegan a exhibir demasiado talento, esta especie de neorrealismo italiano a la peruana deja en buena parte que desear. Nuestro deseo de promover distintas expresiones nacionales de cine y la iniciativa regional no debe confundirse con mirar hacia otro lado o escribir algo irreal. Sino de crítica abierta y constructiva en tanto sus virtudes como sus deficiencias.

La presente sin quererlo en parte incomoda, fastidia, te hace sentir un poco mal, es muy irregular tirando para abajo, sin embargo tiene ratos salvables y su trama ostenta cierta originalidad. La sexta película del director peruano de origen ayacuchano Palito Ortega Matute realizada el año 2002 y que ostenta una continuación el año siguiente nos presenta un relato sobre un mito andino. Entregándonos una película de terror. Hay varias en la región por lo que el género es popular en todo sentido. Cementerio general que se autodenomina como la primera del terror nacional y que está próxima a estrenarse, seguramente se erige de esa manera por poseer mayor calidad y ser promocionada en los cines comerciales en todo el Perú. Sin embargo Jarjacha es su principal antecesora ya que ha ganado notoriedad respaldando lo autóctono desde una mirada afable y supuestamente divertida. Por algo el terror siempre ha acompañado a los amantes del cine, su capacidad de llegada suele ser indiscutible, y aunque apunta a ser un género desenfadado y poco trascendental, incluso visualmente simple, no nos alcanza a perdonarle a la presente todos sus fallos. 

No obstante seamos un poco indulgentes, y busquemos aspectos favorables, algo que efectivamente podemos alabar es la historia y las ideas detrás, como se han desplegado los acontecimientos. Jarjacha en manos más hábiles y mejor presupuesto sería algo bastante más atractivo, pero seamos justos, también eso se debe a su director. Una característica creativa es que el demonio de los andes aparece recién a media película, antes es una aclimatación a lo rural desde tres estudiantes de antropología que viajan a un pueblito en la Sierra y encuentran un lugar hostil, oscuro y esquivo. El paisaje refleja a la población, hay un halo de salvajismo, de emotividad e instinto, que hacen de subtexto para reforzar la imagen del Jarjacha, monstruo curioso que tiene de los mitos del terror, de los zombies y del hombre lobo, aparte de monje enloquecido, come cerebros humanos tras escupir sangre e inmovilizar a su víctima y se transforma en llama en la copula incestuosa que genera su naturaleza asesina. El personaje posee leyenda propia y personalidad aun siendo algo redundante en un cúmulo de aspectos conocidos en el terror, y es que se nutre mucho del entorno andino, genera su personal transformación a nuestra idiosincrasia sin que se desvirtúe su carácter general y asimilable por cualquier espectador.

La figura esencial increíblemente dada nuestra proclividad general a la sencillez argumental a la que se adscribe tiene -aun así- mucho potencial. Pareciera que no, pero sí que la tiene, y por ende el relato ya contiene una parte ganada, pero vemos que no queda solo en eso y hay más ingenio ya que el Jarjacha demora en aparecer mientras se van creando antecedentes que parecen independientes pero terminan sumando, generando expectativa, formando una atmósfera y solidificando a los personajes y a la comunidad. Y de esta forma, hay  datos que juegan sueltos y a la vez suman al conjunto. También hacemos la salvedad o mejor dicho cierta enmienda que no todo lo técnico es malo, hay una mixtura entre una cantidad de tomas muy profesionales y otras poco apetecibles. Sin embargo en ese aspecto termina dominando  en la película la sencillez a menos.

Todo lo malo de alguna forma tiene algo que la rescata un poco, porque se siente que tiene alma el producto, y no tratamos con un cliché, ni con la ceguera de la condescendencia, sino con la llana y pura honestidad de una subjetividad.  Se da el caso de que ese neorrealismo del que hablamos termina generando una aura de llaneza que nos hace asumir una esencia contextual propia de la historia que se nos cuenta, como dé lugar perdido en el limbo, atrasado y primitivo pero atemporal, capaz de albergar una bestia demoniaca de carne y hueso. Si amas el cine B, si tienes esa predisposición sentimental no puedes evitar cierta confabulación, y es que además un síntoma malsano termina masoquistamente atrayéndote a cierto grado, como lo de la revelación del padre incestuoso atado desnudo vomitando y sangrando tras el apedreamiento del pueblo reunido (la mejor escena de la película, aun en toda esa clara imperfección y suciedad). Se trata de realismo en cuanto a lo fantástico que se nos narra, hay algo decente en todo ello, se logra crear un contexto solvente.

Lo sexual está pero hay que resaltar que hay buena mano al respecto, rehúye el sensacionalismo o la explotación del tema aun siendo parte de la leyenda; lo maneja con mayor sutileza de la que muchos hubieran optado, pero con ello gana muchos puntos. Muy provocativa la delicada escena del vecino mirándole las piernas a una campesina.

Otra mención importante para quien escribe es la de la autoridad, no nos parece gratuita su intervención sin que sea algo obvio de manipular sino juega de simbolismo sobre la ruptura de los hechos y la realidad, un reflejo de que todo es más inverosímil de lo que realmente parece, que se puede permitir algo tan espectacular. Un guiño  a una solvencia que si posee. Y es que hasta el final del metraje nos movemos en los confines del Jarjacha, creyéndonos lo que no existe más que en la imaginación y el agradecido temor del entretenimiento.

Bonus track

La maldición de los Jarjachas (2003), la segunda parte exalta más la comedia, lo que debilita la trama, y no resulta atrapante como finalmente tiene en sí la primera, aunque ostenta algo (menos) de la anterior en su vocación de cuenta cuentos con esos dos comunes jóvenes cazadores de demonios que viajan entre comunidades y que son perseguidos como terroristas por una turba que quiere matarlos (lástima que el personaje del padre se haga tan cargante), además de poseer en su forma sus mismos defectos; pero que también resulta novedoso  al cambiar los rasgos del demonio de los Andes y agregar otros retos como el de los condenados.

jueves, 16 de mayo de 2013

Tokio Blues

Uno de los escritores más populares del mundo es el nipón Haruki Murakami, un escritor del que sus obras se venden mucho en distinta variedad de lector, desde los más sencillos hasta los más exigentes, y  que siempre yace en las quinielas para el Premio Nobel. A su literatura le llaman -no siempre halagadoramente- literatura pop, porque se adapta a nuestra contemporaneidad y es toda frescura inserta en la realidad del común denominador. Pero es que Haruki es un apasionado de occidente y escribe en la presente haciendo muchas referencias a distintas culturales europeas y a la norteamericana, sazonándola con su propia nacionalidad ya que también toma referencias de su país como en los lugares, las clases sociales, los conflictos históricos o la comida.

Tokio Blues que en el original se llama Norwegian Wood escrito en japonés remite  a una canción de The Beatles, y eso lo dice todo, el autor demuestra un acercamiento a la problemática de los jóvenes occidentales, que valga cierto desconocimiento es mucho a su vez el del Japón actual inmerso en la globalización y su carácter de potencia mundial vinculada a las economías dominantes del planeta. Tokio, por ende Japón, una de las capitales más imponentes del mundo no solo es tradicional como la literatura de maestros últimos del siglo XX como Yukio Mishima, Ryunosuke Akutagawa o Kenzaburo Oe sino se le siente mucho más universal como manifiesta además la traducción al español, la de la melancolía y la dificultad existencial de un estilo musical que remite a la naturaleza y esencialidad de parte importante de la vida, el ser complicada la transición a la adultez, para lo que los personajes se nos representan en muchachos de entre 18 y 21 años en su evolución hacia mayores responsabilidades de orden personal, íntimo con el propio yo, humano emotivo y hacia los seres queridos que marcan nuestra memoria. Enfrentándose a madurar y a exigirse comprender que vivir es aceptar mucha desilusión pero al mismo tiempo una felicidad consciente, más despierta y realista.

Si uno lee esta obra se llevara una sorpresa (en mi caso así me he hallado en cierta medida, disculpen un halo de “escandalo” y recato de mi parte, que hasta pensé que leía un libro que no pertenecía al autor), o en buena parte no para muchos otros ya que la lectura sigue una occidentalización notoria en la que el escritor nipón se siente como pez en el agua no habiendo ningún complejo ni alguna autolimitación de origen para abordarlo con tanta soltura sino un acercamiento muy admirativo e identificado hacia una temática muy general y tocada en nuestros ámbitos culturales, un muy dominante aspecto sexual, el que Murakami toca con suma libertad, sin pelos en la lengua, masturbación, sexo oral, pornografía, sexo casual, liberalidad, promiscuidad, lesbianismo, sequedad vaginal o fantasías  son constantes en la trama y hasta específicamente sirven algunos temas de argumento trascendental en la historia, los jóvenes lo hablan y viven con naturalidad, en conjunto es parte primordial del libro, algo que envuelve sus páginas y de lo que se desprende la necesidad del sexo en el amor, hasta concebir el sufrimiento a raíz de su irrealización hacia límites que colindan con la exacerbación de la locura (a ese punto llega la dramatización y su vinculación con una temática esencial en el ser humano discutida con esa apertura que nace de las culturas europeas y norteamericanas), como también al revés, el de necesitar del amor para vivir en plenitud el sexo, el sentirse completo, aunque en la historia no sea algo tan exaltado sino que convive con lo antes mencionado, destacando que yace dentro del parámetro de una persona ordinaria, a fin a muchos.

La libertad sexual es un sentido vital en el relato, y un requerimiento que es, así simplemente, que destruye cierta hipocresía, mojigatería y “anormal” contención ya que somos seres que necesitamos de ello, está indiscutiblemente en nosotros, es intrínseco, y aunque no sea tampoco algo que implique nuestra subyugación o radicalidad a su vera si es indispensable su consolidación, es factor esencial en la existencia, y eso no quiere comunicar la trama. Lo que quizá enojó a Murakami en cuanto a su recepción, es decir que muchos vieron algo superficial y entretenido cuando quería también llevar un importante mensaje de reflexión.

La naturalidad es algo muy logrado en el libro, que se ha buscado en el desarrollo y vivencia de los personajes, logrando el autor salir exitoso, emergiendo sin convertiste en un argumentillo erótico, con el perdón de quienes les apasiona ese tipo de lecturas. Murakami ha hecho buena literatura aun redundando en temas sexuales y ese es un logro mayor aun siendo tan fácil de leer o es que esa es otra virtud dirán muchos, la claridad la hace una obra en la que se entiende su amplitud de llegada al público –aparte de ser un tema que engancha en nuestras sociedades y modo de vida anhelado e idealizado por la juventud y la efervescencia- resaltando que efectivamente ha sido con buena pluma ya que el receptor también ha sido del tipo arduo y meticuloso. Haruki ha sabido dosificar sensualidad, intimidad y corporalidad con una trama inteligente, atractiva, que versa en el sexo pero dándole mayor alcance en su problemática existencial, de ahí que la edad de los protagonistas sea tan definitoria e idónea, en el aprendizaje de una generación a la que llama a repensar el mundo desde la que es su naturaleza, y a adaptarse a un ámbito cultural (no es gratuita la contextualización de fines de los 60s).

El crecimiento es tema del libro, el perderse, subsistir o encaminarse en el mundo, de ahí la sombra perenne del suicidio, línea marcada de la simbolización del fracaso existencial, de la dificultad de encontrarse y ser feliz, palabra que puede ser boba para algunos autosuficientes muy duros pero que conscientemente hay que sopesar para seguir avanzando. Watanabe es un luchador que tropieza con dudas y enfrenta -como es normal- conflictos y retos, un ente fuerte en todo momento aun siendo  sensible y solo aparentemente frágil, sin embargo no es un romántico si bien es comprensible y tiene de cariñoso, porque puede ser tan pedestre como todos lo somos en circunstancias. Es el soporte del libro, a un punto lo razonable o el que sigue el camino natural de cualquier hombre, el ejemplo que quiere manejar Murakami. Por ello tiene la encrucijada de su libido, o la disyuntiva de elegir entre dos mujeres, o amarlas a su vez aunque eso sea obligadamente transitorio (el amor lógicamente no comparte pareja, es una posesión única y especial aparte de lo que estructura la sociedad aunque el autor permite ver al respecto  un anhelo “atípico” masculino pero que no es machista, las mujeres también piensan o se debaten en más de un hombre). Watanabe no es el único, también le pasa a Reiko, la mujer mayor que llama a ese tipo de lector y que es tan igual en sus necesidades y sufrimientos a los jóvenes aunque en otro contexto y tiempo (su última copula remite al todo y es más aceptable de lo que se da en primera instancia), ella pertenece a una sub-trama que repite rasgos de la historia central y aunque es una novedad como relato repite la línea de discurso o la anticipa en el conjunto, se fusiona y afirma el argumento.  Las dos mujeres de la vida de Watanabe, una se llama Naoko, la ex novia de años de su mejor amigo, de Kizuki, el recuerdo que reta a los protagonistas y que será cíclico. Naoko es una chica dulce y de poca resistencia, que tiene un problema físico que redunda en su psicología o que se amalgama con ella. Sufre de desequilibrio. Mientras Midori es la chica golpeada por la vida pero que ostenta temple y una descarnada sensualidad, una apertura que la muestra extrovertida, liberal y atrevida, pero que lleva bastante de juego y alegría, con una falta de solemnidad en ella donde se le achaca a alguna visión del sexo. Esto puede confundirse o ser chocante, porque negarlo, pero es el leit motiv de Murakami, en un mensaje seguro y que se repite pero en distintas formas interesantes y en buena medida originales para no cansar o verse fallido, escrito con ritmo, muy adictivo y fluido lo que apuesta por ser algo atrapante y entretenido.

La mirada es nostálgica, “increíblemente” el protagonista ve belleza en el pasado duro (aunque no desgraciado), que nunca lo es totalmente porque además somos seres optimistas, y es que siempre brilla el sol aun en largos tiempos de oscuridad estando matizado ese aspecto en la trama, y ese es un reflejo de nuestra esencia, recordemos que la historia empieza en la  rememoración de un Watanabe mayor lo que  a pesar de cierto pesimismo ya nos conmina a un triunfo, que irá mutando/regresando en el discurso hasta la inevitable duda, la recalcitrante pero a pesar de ello vencible pregunta de no saber dónde estamos parados, ya que luego avanzaremos de alguna forma, para bien o para mal, habrá decisiones, otro sentido del libro. Y Watanabe lo vislumbra aun ante su dificultad. Él ha dicho que se hará hombre y esa es la victoria que enarbola el mensaje último. Como la representación en el personaje de Nagasawa, el paradójico superyó de Murakami, libre, sofisticado, a un punto cruel ante su convicción y muy fuerte.

Libros, películas, música, Haruki se da culto y sencillo a partes, aunque sobre todo cercano al lector contemporáneo, a su atributo de literatura pop que se adapta perfectamente al siglo XXI siendo una obra impresa en 1987, entregando lo que pueden ser tomadas por recomendaciones de su cosmopolitismo, sensibilidad artística universal y su eclecticismo. Tocando sutilmente cierto lado político, carácter social e histórico siendo personal alejado de esos temas en su profundidad, están para verse pero predominando la intimidad e individualidad del ser humano. Superando fibras sentimentales, asumiendo ausencias y a veces perdiendo y otras veces ganando, dependiendo de uno. Con momentos de antología, muy cinematográficos o evocativos en la imaginación, la azotea y el beso con Midori, el encuentro y la primera relación con Naoko, los pepinos cortados compartidos con el padre de Midori, el “sueño” de la presencia de Naoko y su cuerpo cálido fantasmal, la caminata con ella entre el pasto alto en el refugio, la estación de tren perdida en ninguna parte. Con la cotidianidad a flor de piel y una idea de la atracción del diálogo, del compartir con otros. Nuestra natural soledad se derrota. Se ve en una lectura “escondida” una llamada de teléfono como resolutiva, una salida, aunque estemos bailando un blues, ensimismados sintiéndonos perdidos. 

miércoles, 8 de mayo de 2013

En la casa

Basado en la obra teatral el chico de la última fila del español Juan Mayorga, el galo Francois Ozon nos trae un filme –ganador de la concha de oro en el festival de San Sebastián 2012- que narra la relación de un alumno con su profesor de literatura en medio de una historia que se va haciendo en la pantalla con la tutoría del maestro (segunda línea narrativa que termina fusionando vida y arte) y escritor frustrado que encuentra talentoso al chiquillo y funden ambos su pasión por las letras.

El jovencito mientras descubre un sentido para él y se lo da a la literatura busca desarrollar su imaginación incursionando en una casa normal de clase media, un hogar aparentemente feliz y ejemplar, donde gracias a la amistad de un compañero de clase al que enseña matemática logra meterse entre bambalinas y descubrir lo que esconde esa supuesta idealización, la que sirve para crear su obra literaria en ciernes que ironiza a esa convencional familia y la afecta o la abre a su propia verdad, remeciendo ciertos cimientos ya endebles.

Una atrapante e inquietante historia que nos va enseñando la estructura de una novela entre una atípica cátedra inmersa en un escenario práctico y visual, mediante los artilugios del conflicto, transportando la realidad a la ficción –línea que se llega a romper- y la creación mientras vivimos el despliegue de la intimidad de una casa que sirve de ejemplo y análisis intelectual y artístico, encontrándonos con su interior más profundo y emocional, dentro de sus problemas. Una madre aburrida, secretamente anhelante de sensualidad y esa poesía del romance que siempre despertó al hombre en su enamoramiento con la aventura, un hijo bobo que requiere de un mejor amigo y un padre que se siente herido en un trabajo que lo consume y lo agobia atacando la dependencia de su idea del respeto.  Pero hay aún más, llegando a afectar al propio maestro, otra pieza manipulada en el ingenio del adolescente, en un segundo hogar más culto que el del despiadado estudio escolar pero igual de débil en sus vínculos afectivos, el respeto (aquí en la pareja) y el entorno laboral. Todos sumergidos en el arte a manos del que aparenta inocencia pero atrae lo pecaminoso y destructivo, en la concepción de ella como  alimento del alma y proyección, reemplazo y entendimiento de la vida, de nuestra unión hacia su devoción predominante entre el profesor y el alumno, más en el adulto ya que el chico mueve los hilos de este su títere, con perversidad e inteligencia en juego secreto.

Estudia distintos caminos de la construcción adictiva del arte, hechos verídicos convertidos en mentiras verdaderas y viceversa. Reflexión entre las letras, despliegue de sentimientos, cavilación emocional, intensidad vivencial, ilusión y sueños. Mayorga le proporciona a Ozon el filosofar con la literatura en un estudio de campo que se entiende muy claramente, y nunca pesa, sino es sumamente subyugante y genera saber más como en el enganche novelesco, el sucumbir a la curiosidad. Y siempre hay una explicación, es como presenciar un acto y luego interpretarlo o cambia el orden,  en una argucia de metalingüística.

Claude García (Ernst Umhauer, un coincidente dotado novel actor), el aprendiz de escritor, la falsa arcilla y más un demiurgo astuto, es Sherezade detrás de su aliento de vida, una noción en el filme existencial (el joven había perdido el sentido de la alegría ante la mediocridad cotidiana, la ausencia de una madre y un hogar quebrado y golpeado por la minusvalía de su progenitor). García maneja el interés del sultán, su guía, Germain (perfecto y delicioso Fabrice Luchini) quien lo permite todo (perdiendo  cada vez más la ética nublado por el entusiasmo) hasta que su apasionamiento termina cobrándole la factura, cuando ya no es un simple observador o yacía distraído. Nuevamente se devela una nueva gama de esencialidad, la del ser humano en su egoísmo, voyerismo y egocentrismo, y antes la de la envidia, aunando el deseo y la realización personal y emocional.

Claude parece ser el demonio tentando al hombre y luego el juicio celestial, a través de la noción de una segunda oportunidad, del poder ser quien uno quiere en la existencia aun siendo segundo en la fila. El conflicto literario es el propio autor del libro aunque el maestro no lo llega a saber hasta demasiado tarde, no al verdadero alcance, pero no es un acto que se alimente de uno mismo sino de los otros, es la semilla de la discordia como una manzana apetitosa que oculta la serpiente bíblica (en una escena vemos que muchos mascan una, la comparten, símbolo que rehúye el lugar común en sus personajes). Es una imagen engañosa, en un chico manipulador, seductor y provocador que genera además la autocrítica y la revelación, la iluminación tras la destrucción, el post tenebras lux, solo que presenciamos mayormente la reacción y no tanto la sanación (de donde los implicados se conocerán más y podrán ejercer el cambio, por eso el cuento sigue en las ventanas de ese edificio).

El desenlace y el sentido del temblor que nos quita el piso es saber que hemos merecido lo que nos ha caído encima, por no prever el deterioro a razón de nuestra indiferencia o ceguera en un falso ideal o una rutina versada en el dopaje de nuestras propias cortinas de humo donde algo externo que nos revitaliza simplemente derrumba lo que está herido (la infidelidad o el vacío mientras los más despiertos construyen con esa decadencia, como Claude), la culpa es de uno en realidad solo que el escritor es el catalizador de la trama, como lo es en un nivel menor el arte cuando nos abre a la consciencia de las ideas o esencias humanas producto de la ficción.

Kristin Scott Thomas, actriz destacada algo subestimada, junto a la sensual Emmanuelle Seigner (sino basta sucumbir  a su mirada, como también a su curvilínea fisonomía todavía muy provocativa aun siendo una mujer madura de 46 años de edad) brillan y de paso nos recuerdan que estuvieron en la cinta de Polanski, Lunas de hiel (1992). Ambas articulan su papel de mujeres relegadas o menospreciadas con una solvencia de primer nivel que pone énfasis en donde corresponde para bien de la sutileza diáfana del guion. En una es detonante su infertilidad, en la otra su condición como dijera Catherine Deneuve en otra obra de Ozon, Potiche (2010), de mujer florero. El plantel de actores es sobresaliente, hasta lo es la cara idónea de Rapha hijo, o la soberbia recreación del contraste en su persona con su entorno y trabajo en el atletismo, fuerza y cierto estado de niño viejo de Rapha padre (Denis Ménochet, a tener en cuenta). Y aunque su complexión física pequeña y muy delgada en orden de su edad nos hace dudar de su capacidad de Mefistófeles sexual el joven Ernst Umhauer también luce convincente  en su interpretación. Siendo piezas de la dirección de Ozon que suele imbuir a sus propuestas de relajo quitándoles trascendencia a favor de la atracción del espectador general, modernizando y haciendo accesible sus películas para el público. Posee una sabiduría de saber posicionar su filme en un lugar amplio pero con su buen toque de autoría que se esconde detrás de su apertura.

Dentro de la cosmovisión que se nos ofrece muchos seguro encontraran bastantes lugares para valorizar y pensar sobre su vinculación con lo que es la literatura, de lo cual resalto uno en particular, Jeanne (Kristin Scott Thomas) nos exhibe una ironía del director y el argumento entre manos al decir que el arte no sirve para nada y en efecto a grosso modo es así pero sobre todo el de su galería, la de la falsa vanguardia y modernidad que sirve de un autogolpe más ante la realidad conocida, en acumulación, pero en cambio el otro del joven talento funciona en la historia como fuente de autoconocimiento y contrae deudas y consecuencias. Un mensaje enaltecedor de lo que significan las letras universales. Para tomarlas más en serio como al chico de la última fila, que como suele ser trasgrede pero esta vez gana la partida.

martes, 7 de mayo de 2013

Los ilusos


Jonás Trueba en su segunda realización cinematográfica tras Todas las canciones hablan de mí (2010) ha hecho una película despreocupada que guarda distancia de la obra maestra y del arduo trabajo de una historia compleja y que como él mismo dice en el prólogo pertenece al entretiempo, no obstante eso no inhibe su talento, logrando otorgarle a su propuesta sustancia y proyectar la esencia artística. Lleva un propio toque de autor –solo que en relajo- que busca enseñar que estamos ante algo artificial, de ahí que constantemente se nos permita observar como un detrás de cámaras en medio de la línea argumental, que denota lo que existe en él, de lo que parece su vida como cineasta, hombre común y amante del séptimo arte, mediante conversaciones con amigos, reuniones de alcohol y juerga en el bar, clases de cine, visitas a salas de exhibición de barrio, a la librería, a restaurantes chinos y cafés, a la tienda de vídeos de un amigo y “crítico” curioso, con enamoramientos y flirteos, con sexo, revistiéndose de intrascendencia personal aunque importante para sí y por estar en la fábrica de sueños en buena medida para los demás (de eso que su historia tenga valía general más que la de un acto narcisista; en la identificación de a quienes le apasiona la gran pantalla), sin embargo aun siendo la exhibición de una realidad, la de Trueba, la del que se asume -y está como pez en el agua- alrededor del cine, del que lo ama, nos deja en claro que también es una creación de su labor como cineasta y contiene -aunque elusiva- una trama, contextualizada en la cotidianidad, y que articula un motivo importante en su cine, las relaciones afectivas.

Tenemos varias expresiones de afecto, principalmente hacia el cine, motivo central de la presente obra, de quien lo conoce bien (observando una escena del rostro del protagonista a solas contagiado por una película lacrimógena, que lo desnuda totalmente, aunque sea a través de lo ligero). Después hacia el grupo humano en que se mueve y en especial –dentro de la convencionalidad de su relato- hacia una chica que lo impactará por algunos detalles muy particulares de un encuentro sorpresivo (principalmente en lo del balcón, a lo que se agrega el silencio, el esquive y “el misterio”), en que no requiere de palabras –sacándole la vuelta a lo que uno espera- y en donde muestra la seducción de una personalidad esbozada en la discreción de la sugerencia y del que capta ese reflejo. Luego hacia el tipo de vida que lleva y del lugar que proviene, de su padre, Fernando Trueba, que como en la imagen de los niños jugando en un especie de improvisado set de grabación y cubil, nace, se envuelve y se desarrolla dentro de un ambiente determinado. Y con plena lógica y afecto le dedica el presente filme, exhibiendo el propio lenguaje que ha aprendido, dentro de cierta innovación, tras la simbolización de los vhs.

La calidad de cine de autor y la vanidad del yo disminuyen y se hace muy digerible al tener una "trama" humilde –sobre todo consciente de que pretende ser un filme de entretiempo-, contada en sí en lo que es sin aspavientos, bajo cortas y algunas complementarias recreaciones habituales muy desenfadadas, pero agregando que lo hace con educación y cultura, solo que sin perder ser de a pie con sus redundancias en el habla, ligereza de trato, simpatía o amabilidad para con el público que ve en el ecran un lugar de entretenimiento y de lugar común.

Existe una mezcla de aspectos, no hay una línea limpia y tradicional en la narrativa escogida, sino busca una curiosa amalgama de espontaneidad, transparencia y sencillez argumental con la exaltación y la desnudez de unas formas vivientes en el artificio y lo artístico, desde un blanco y negro elegante. Los contrastes y las fusiones no se hacen esperar. Catalogar de un una sola identidad al filme es imposible, porque es fácil de comprender, de sentir, de contener referencias universales para con el espectador, pero no resulta tan típico en como lo vamos viendo, aunque tampoco se aleja de la empatía narrativa.

Parte de lo que observamos parecen anécdotas o piezas sueltas anodinas, pero termina en una lógica de conjunto, tiene coherencia, formando un panorama sólido contra todo pronóstico, el mosaico se articula por el final y captamos la idea de un relato que nos ha hecho apreciar al personaje que encarna el actor novel Francesco Carril que aun siendo el ente importante de lo visto llega a ser también parte de un contexto mayor. Espacio que enseña distintas marcadas emociones, como la melancolía de una canción al son de una guitarra acústica frente a un grupo atento, la broma en lo del tipo de los vídeos en el cine (en que le tocan la pierna al amigo del protagonista), lo de perseguir a un cineasta ibérico que prácticamente echa a correr al verse asediado por un actor o, más allá, en la alegría del encuentro amatorio perfecto en su simpleza.

En sí, el filme tiene un aire semejante al del interprete principal, tranquilo, natural y bonachón, y esto sostiene la propuesta, superando el tinte peyorativo de autor (que también es necesario sino carecería de novedad ya que se articula en lo manido; hay una fusión decente), construido con un par de amigos y compañeros en su tiempos libres (de noviembre del 2011 a junio del 2012), haciendo un cine con personalidad (notándose que lo ha disfrutado o da esa impresión) mediante una base ligera pero con cierto alcance. Y nos describe seguridad y pasión. Nos hace confabular con él detrás de las calles del Madrid que transita la costumbre, la de un andar normal, en la predominancia de para y por la cinefilia.

Tiene bastantes imperfecciones, los primeros diez minutos por poco y me hacen desistir de continuar, están los feos continuos cortes a negro, algunas conversaciones que no caen en gracia, cierta tontería o lugares/momentos que no valen mucho o no son tan atrapantes como se cree, sin embargo lentamente coge sentido, forma, como un púgil del que sus golpes ganan por acumulación, para cuando yace bien colocado en el ring y vence los altibajos. Trueba demuestra que no está jugando, a pesar del hedonismo presente en su dirección, salvo en lo aparente, dando una impresión engañosa.

Los actores no serán unas luminarias, pero son eficaces a razón de la espontaneidad y llaneza del relato, redimibles en el estilo general escogido. Destaco la belleza de Aura Garrido, pequeña, sin sensualidad que no sea la natural expresión del rostro, común al promedio, pero atractiva, y que tiene la necesaria simpatía para darle valor al enamoramiento (declaración de búsqueda y personalidad en la obra de éste autor), sin el cual es como no llegar a puerto todo el camino recorrido. Aura sirve al propósito, al conjunto, idóneamente. Jonás apunta que no quiere la genialidad sino el sentimiento, y lo consigue con la realidad de la contemporaneidad culta pero cool. Y también por su honestidad y la ambición del epicentro de su filme, el que denota que le interesa la reacción del público. Estamos ante una propuesta osada que parece como hecha en el trayecto, y seguro hay de ello, pero también se ve saber y sentido. 

jueves, 2 de mayo de 2013

Abrir puertas y ventanas

Ópera prima de Milagros Mumenthaler que obtuvo el leopardo de oro y el fipresci en el Festival de Locarno del año 2011. Una película íntima y minimalista que exhibe el lado femenino y su humanidad, desde tres hermanas muy jóvenes que viven en la casa de su abuela muerta no hace mucho y que comparten rivalidad, afectos, enojo, celos, un sinfín de sentimientos mientras echan a volar sus sueños de independencia y vínculos amorosos. En una convivencia que es ardua, que tiene muchas fricciones y competencias, roces pequeños como el típico de la ropa, el espacio o los quehaceres del hogar hasta violentos cuando una a espaldas de otra articula una teoría de que es adoptada, o vende lo que es de todas para comprarse algo suntuoso, o reta la cadena de mando de la mayor, de Marina (María Canale, premio a mejor actriz en Locarno) quien junto a su ecuanimidad muestra un lado inocente y sensual con el vecino Francisco (Julián Tello) del que yace enamorada pero éste tiene novia. Él es otro recurrente aunque secundario puntal del conjunto.

Nos guía por  la vida diaria de ellas sin aspavientos, muy sencillas y comunes a cualquiera, la verosimilitud y cotidianidad de la propuesta es de alto peso y no cansa ni se vuelve repetitiva a pesar de tener constantes que parten de estar en un único punto que intrínsecamente las hace movilizarse hacia afuera. Ostenta el filme mucha novedad sin mostrarse forzado o artificial. Conocemos de su trabajo, el colegio o la universidad, sobre todo sus personalidades, viéndolas la mayor parte del metraje en su casa –que representa como un corazón al que se le golpea y se le reconstruye, que pasa por etapas como el simbolismo de lo que las muchachas son- donde se mueven mayormente en el ocio, el trato revelador y las inquietudes restando sus responsabilidades intelectuales/laborales hacia una elipsis visual más que informativa (lo que si no se habla es sobre los padres, qué pasó con ellos), sus básicas desavenencias y peleas, su forma de simplemente estar ahí con la telenovela, con el alquiler de una comedia romántica o entristeciéndose con una melancólica canción en que una toma estática y extendida muestra las emociones de las tres mientras están apegadas en un sillón ante lo que van escuchando.  Un retrato casual en su estilo, lleno de la complejidad de las relaciones humanas en su sustancia, amplificadas por el hecho de estar como metidas en una caja que genera y requiere abrir puertas y ventanas, que sofoca como en el calor que tienen literalmente encima, aunando su intensidad de existencia y edad. Nos enseña la directora argentina los pensamientos e interior de sus tres criaturas,  a la par de sus naturales y significativas acciones; nunca nos son oscuras en ello, sino siempre se nos develan en su esencia y razón de ser, no falta la coherencia aunque sea la individual por envidia o egoísmo. Complicándose el escenario con los vínculos de sangre, con la honestidad del alma, de esa que muchas veces es dura con los que más quieres,  donde se tienden a olvidar las convenciones interpersonales. Hay mucha racionalidad en la propuesta del tipo de a pie, contiene buena empatía con el entendimiento del espectador, todo sin perder su toque de autor gracias a su sutilidad, al no dar algunos datos o a su paciencia sin regodearse en ninguna lentitud, colindando o matizándose entre ser digerible y tener un sello de procedencia personal.

No es un filme donde predominen los cariños porque los damos por descontados sino sus complicaciones aunque con ventilación, con momentos de compañerismo, de buen compartir (se echan cremas faciales entre ellas, amueblan su hogar que también es una “cárcel” de la que deben volar o aprender, preparan jugo para todas o una reúne el vínculo afectivo del grupo -aunque suene romántico de mi parte nos habla de lo eterno a pesar de las distancias- mientras revitaliza la existencia en general enviando un recuerdo en un cd con su voz grabada). Se preocupan por el implícito ser querido, a pesar de los tantos conflictos (a veces no son solidarias), que se refleja en la frescura, relajo y cierta conchudez de Violeta (Ailín Salas, que ha estado en filmes argentinos reconocidos), la menor que anda mucho en calzón echada vagando y escondiéndose en casa con el novio, cogiendo lo que no es suyo, y aunque de trato tranquila implica abusar un poco de Sofía (Martina Juncadella, que tiene experiencia a pesar de su temprana edad; sus desnudos muestran bonita figura siendo los dos artísticos), la guapa hermana intermedia, que es anfitriona de marcas publicitarias, que siempre trae simpáticos vestidos regalados, que es la más superficial, no obstante todas tienen defectos o son inmaduras en algo (la mayor mucho menos), tiene genio fuerte y es la complicada de relacionarse con las otras, se enoja rápido y a instantes “por gusto”. En ese cuadrante se exhibe mucho trato, la verdad del tipo común, y como tal aunque a simple vista no lo parezca es un filme importante. Bajo la grandeza de lo pequeño. Habiendo muchos giros y acontecimientos, que aprovechan mucho la imaginación desde algo tantas veces visto pero que valga la redundancia sigue sorprendiéndonos. En resumen una película nada tonta, teniendo seguridad y audacia en abordar algunos lugares comunes. Es un filme de los transparentes, al punto de que se permite un final harto sensible, manido, pero que tiene la inteligencia de ser  a su vez un llamado de atención. Pregunta transversalmente ¿escuchaste la letra de la canción? Y eso es lo que acabamos de presenciar, no solo algo melodioso,  bonito, sino debajo de todo ello sustancial, como es la vida misma, como una vez más nos dicta nuestra simple complejidad.

Los pasos dobles


Ganadora de la concha de oro en el Festival de San Sebastián del 2011 que contuvo cierto rechazo, generando polémica si en realidad era una obra maestra o un timo pseudo intelectual. Cine de autor a manos de Isaki Lacuesta. Nos remite a la reencarnación que se ve sustentada con varias menciones, el título y una continua construcción de la obra de un pintor y escritor francés llamado Francois Augiéras (1925-1971), reflejado y vinculado en varias personas, principalmente en un africano que es echado al desierto por un militar y familiar (un tío que dice amarlo pero se ve agredido por la incapacidad del joven de seguir el orden que quiere imponer; su decisión favorece la individualidad y el reencuentro/búsqueda del sobrino),  un hombre que desaparece al sumergirse en un río ante un robo y una mentira, un investigador que dice ser también pintor que busca con otros colaboradores la obra de Augiéras dejada en un bunker en el desierto y el pintor español Miquel Barceló.

Con tanto conflicto alrededor, algunas respuestas de enojo de Lacuesta ante la incomprensión y disconformidad de su obra y críticas negativas uno se esperaba lo peor, además de que hubo cierto mutismo e indiferencia de buena parte del público, entendible porque no se suele emparentar con este tipo de cine, sin embargo quien escribe ha podido disfrutarla y creer que ha entendido algo, para lo que ha desarrollado un análisis personal, el presente, que puede sonar medio descabellado, tanteando -y pretende: atinando- significados y verla más clara de lo que esperaba a priori ante tanto embate feroz.

El filme desconcierta porque es algo complejo de hilar e identificar en su totalidad (centralmente por encima de la reinterpretación biográfica de la ficción), suele ser  un poco extraño, no mucho en lo visual pero que en conjunto en su mensaje se escurre al articular una idea notoria e intencionalmente desorganizada –cuando uno imagina  un camino, es otro el escogido; y recuerda aunque poco ciertas ideas implícitas que se eluden por obvias como en el sabor de las cerezas (1997) de Abbas Kiarostami en su pasión por la vida en lo que remite su rótulo- o mejor dicho puesta  al estilo del director español que es intrincado,  en una propuesta críptica porque rehúye las explicaciones al no reforzar su pensamiento más que levemente, siendo muy discreto creando mucho esfuerzo de captar en su exactitud. Pero realmente no yace denso o cansino el panorama ya que es mucho una aventura por Mali aunque sí arduo de contener que quiere expresar, el sentido general de lo que observamos. Sin embargo repite una constante, el bunker con la obra pictórica de Francois Augiéras que se está buscando y que no parece complicado de hallar pero sí su secreto o iluminación, que apunta a la reencarnación, incluso aunque suene atrevido decirlo hasta Barceló implica un sucedáneo de ello, el que además nos confunde apareciendo solamente pintando, metido en su arte, mientras visualizamos su talento y una voz en off nos explica la línea argumental del filme a través de su trabajo personal; con él se nos explica lo de los pasos dobles y la labor/personalidad de Augiéras que está muy vinculado por supuesto a esa idea de muchas muertes y al arte.

El nexo central es el de un africano que dice llamarse Francois Augiéras  y que no proyecta un futuro ni un sentido importante en la tierra, hasta desconoce su nombre, el que es arrojado a la deshidratación del sol ante su dificultad de adaptación que más tarde se convierte en clara rebeldía, en ir sin reglas por el planeta. Al cabo de salir al mundo como espera su tío -que también resulta un guía- es recogido por una banda de asaltantes en moto con calavera de buey salvaje al volante, por un líder que lo vislumbra noble a su causa. Augierás muestra  un halo de homosexualidad con el negro despigmentado  a quien halla indefenso aunque más tarde lo olvida, y exhibe un estado de aparente locura en un baobab. No parece reconocer nada especial en sí; como se dice, el secreto se destruye al revelarse, pero está destinado a una gloria labrada por otros hombres. Véase que se borran las huellas en la roca al creer no ser la obra maestra que deja el célebre personaje de la historia y luego se fabrican otras que las aluden, nuevamente esto parece la reencarnación pero como una explicación simbólica; léase con atención en otro momento cuando se dice que la mejor forma de borrar nuestras huellas es la copia del yo, donde seguimos siendo nosotros pero es difícil de verlo.

El filme en su parte de aventuras es muy entretenido, quitando la mística o el sentido interior, tal cual, uno va a buen ritmo, muy contemporáneo, hasta tiene algo de desfachatez, en donde parece que estuviéramos presenciando aunque suene atípico una realización con cierta aura de spaghetti western o que se emparenta con los cuentos de Sherezade. El filme tiene vocación de narrador exótico y atrapante poniendo un escenario común tras todo ello porque Mali no nos resulta tan lejano aun siéndolo, aunque la propuesta se vuelve confusa con otros elementos y al ser cambiante, al cortar la línea convencional de la narrativa de su relatos y mezclarlos, son historias entrecortadas sin conclusión o al menos nos es esquiva, salvando la del entierro y que permite ver a Barceló, que literalmente se muestra como parte de, concluyendo en una continuidad. En una historia de artistas, de lo que significa para el autor el arte.