lunes, 29 de abril de 2013

Asu Mare: la película

No podemos no comentar la sensación del momento en el cine peruano, película que va por los 2 millones de espectadores y ha roto récords nacionales. No por ser una cinta compleja o de autor sino por supuesto una de orden masivo, del agrado del público que solo quiere entretenerse y pasar un buen rato, la que ha logrado la hazaña de convocarlo en un logro para el cine que se hace en nuestro país, que como se entiende y deseamos ayudará a proyectar más en su ruta pero además la diversidad del séptimo arte con el respaldo que contienen los fuertes ingresos del mercado (a lo que debemos sumar necesaria y realísticamente el apoyo del estado y cuanto haga eficiente y solvente el arte en la gran pantalla), que la gente vaya a verlo y disfrute/respalde lo suyo con justificación y en carácter ecléctico. Un cine peruano que merece contener un nicho sólido en el cine comercial y también en el más artístico de cara a las salas de exhibición.

Pero ¿a qué se debe el éxito?, mucho de este proviene de una buena inversión de publicidad y marcas que han puesto contundente interés en el filme; empresas que valoran su gasto económico han contribuido con la motivación poderosa de los negocios, sumando casi 200 salas de cine proyectando la película, creyendo en el background de 4 años de trabajo del stand-up comedy del protagonista, de Carlos “Cachín” Alcántara que es una figura querida por todos desde Pataclaun, pasando por La gran sangre (las artes marciales) y ser jurado en un programa de Gisela que lo mostró inteligente, hasta consolidar una fama individual en la comedia y el espectáculo. Después poner en el ecran una biografía en la que muchos se puedan sentir tocados, el hombre salido de un barrio humilde sin vocación por los estudios más que el sueño de ser un gran artista, que es palomilla y simpático de personalidad, que ha tenido una vida común a muchos, uno de los nuestros diríamos, que cae en las drogas (asunto desconocido para muchos) y que de aspirar a ser un chico in (un surfer, un muchacho de Miraflores) construye su propia historia y se haya a sí mismo, se convierte en una estrella nacional pero bailando al son de la música negra con su novia, más tarde su esposa, que viene del Colegio San Silvestre pero que tiene más barrio que él según termina calificándola.

¿Y cómo es el filme? Está bastante claro que juega con el lugar común y la sencillez argumental, son su base, su fuerza, muy al contrario del cine de arte, aquí los tópicos funcionan, la buena vibra, el relajo, todo fácil para el espectador, pero hay que notar que hay un equilibrio, la broma o la comedia no llega al estado de vulgaridad o de gratuidad, mantiene su llanura pero sin caer en el pozo de lo indecible, no tropieza y se hunde en lo bajo. Hay unas pocas lisuras, y se tratan los complejos nacionales de forma leve, como quien pasa y no quiere hacerse problemas; más al ritmo general de la propuesta, de lo intrascendente porque lo es en buena medida, de lo normal, como un trance a sortear y punto, como detalles que ubicar en el trato común. Ahonda en algunas ideas molestas con gracia, y hasta inocencia, viéndose centralmente el no poder pronunciar bien el inglés en la canción de Queen que se hace un estribillo de la discriminación (mejor a mi ver, más carismático, que lo de mestizo en el cuartel aunque no es que esté mal igual), y a pesar de que no se trata -ninguna de las dos- de mucha originalidad sirve al propósito (estudiarnos y remontarlo sin dificultad), porque es suave como el conjunto. Todo el asunto va de suelto, de tranquilo, hay que recalcarlo porque se tiende a magnificar, quizá en la interpretación propia pero más es algo pequeño, que fluye y es muy criollo pero a su vez muy universal, nuestra versión del cine americano.

Propone mucho de superación y de gratitud, esencia y sentido del filme, no todo es únicamente ordinario vivencial (que hay que decir que es muy agradable su rememoración aun sin que valgan algunas escenas mucho en profundidad, entre otras Cachín de niño tocando pésimo el cajón o el viaje de promoción a la playa). Ostenta de vida que ha padecido, a veces sin notarlo o minimizándolo como nos pasa a los seres humanos (mejor así que con la obviedad de las drogas) y que ha logrado salir de la senda del perdedor (el tocar las puertas con la venta de la lustradora, el fallar dos veces el ingreso a la universidad, carecer de oficio o profesión, el no merecer el desayuno). Y valora a la madre fuerte que los crió sin marido al lado aunque con temperamento y correazos que iban deletreando el castigo, una forma chistosa de la memoria, la que coge el conjunto y lo pone por delante, es decir el indudable amor y la entrega de la progenitora por sobre el mal rato, la razón de ser una carga constante para ella.

El mensaje universal rinde fruto, es optimista y despliega alegría, porque el filme lo es, feliz de vivir y el resto son contratiempos y experiencias salvando la caída que es más un recurso de la historia hacía la redención, que sutilmente viene desde atrás pero que aquí se hace necesario para el público menos atento. Toca temas serios pero sin tomarlos por demasiado importantes o abrumadores pero  sin perderles el respeto y de ahí que todo funcione, porque mantiene la dignidad en todo momento aun exhibiendo las fallas humanas, las limitaciones o siendo engañado el personaje principal tras el sueño de ser actor de cine. Cójase la enseñanza de la voluntad de la fe y la perseverancia, de esperar vislumbrar el camino, nuevamente con un artificio muy manido, el niño entregándole la nariz de clown – el instante emotivo, del que no dudamos de su efectividad masiva-, factor que en parte criticamos ya que a continuación el punto de inflexión –su carrera empieza con su creación de Machín- se toca levemente aunque se entiende porque esa es la idea de todo lo que estamos presenciando, no es que sea incongruente aunque hubiéramos querido conocerlo con mayor alcance, no solo el personaje sino el curso del inicio de la carrera de Alcántara, pero es la decisión de un tono y no de una biografía que quiera ser compleja.

El respeto subyace tanto representado como de quien maneja los hilos detrás de la película. El director Ricardo Maldonado que viene de la publicidad y de hacer el exitoso comercial  “Perú, Nebraska” sabe tocar la fibra sentimental y la sonrisa amable pero de a pie, mostrar a Alcántara triunfador– en el aplauso de su último show- y en otros humilde que es casi la totalidad del metraje, le da su lugar y lo hace de carne y hueso, sabe llegar al pueblo y mantiene la altura de lo que describe y lo provee de un toque de reflexión.

Se da que el stand-up comedy de Cachín es superior a lo recreado y parece la norma, se coteja con algunas pocas escenas en que observamos su espectáculo individual. La madre joven en la imagen de Gisela Ponce de León no podría mostrar el aplomo y la rudeza necesaria que implica la memoria de Alcántara, nos quedamos mejor con su facilidad de palabra en el escenario y vemos el recuerdo predominante en la simpatía que emana la actriz, en el inconmensurable afecto que le produce. Sin embargo aunque en otros casos se percibe lo mismo, hay lejanía entre la mirada que produce Emilia Drago con lo que parece una persona real o más enriquecida, del show al cine nunca habrá demasiado arte, son líneas cómicas que son muy funcionales, y en lo que termina siendo y eligiendo el filme no es desechable ya que ella aparte de bastante guapa muestra esa indudable belleza interior que podemos pensar de su compañera sentimental. Y en general, el filme tiene cierto valor escenificado pero menor en sus posibilidades porque su aspiración y lugar de origen es ese, siendo ante todo simpático, como denota la magnitud del show personal, tampoco lo sobre-dimensionemos si bien muchos lo dicen y se siente como un elogio justo al magma de la película. Una que no va a ser un hito interpretativo o argumental sino de asistencia, en una obra que apreciar sin el rigor de algo más allá del puro entretenimiento, solo eso pero uno bueno como tal.

viernes, 26 de abril de 2013

La carretera

Cormac McCarthy es uno de los grandes escritores vivos de Estados Unidos, un autor laureado y de culto, que durante un buen tiempo no gustaba  de exhibirse públicamente, luego decidió abrirse y mostrarse junto a un par de adaptaciones cinematográficas de sus libros. La más popular No es país para viejos (2007). La que tenemos entre manos es su obra más destacada o más conocida, que se alzó con el Pulitzer el 2007.

Lo primero que llama la atención del libro es que no ahonda en descripciones contextuales, solo las puntuales, sino más bien es como alimentar lo que padecen mentalmente sus dos protagonistas, un hombre adulto y su  hijo, sin más señas, dándole a su libro un tono poético, reflexivo pero aunado a lo vivencial; las palabras profundas acaecen siempre sobre el terreno que se vive, piensan su realidad y a través de ello nosotros la existencia. El mundo está pasando por un apocalipsis donde abundan las cenizas y el canibalismo. El gran fuego lo ha arrasado todo, y esto puede ser una metáfora de la inclinación hacia el mal.La voz personal, total, ubicua, dominante, tranquila, meditabunda es la esencia de esta literatura, lo más importante, pero no nos confundamos porque también es una entretenida y atrapante historia de supervivencia, de una continua caminata por la carretera empujando un carrito de compras con víveres que recolectan nuestros héroes con esfuerzo en sus pesquisas mientras temen la muerte y el ataque de otros sobrevivientes que movidos por el hambre y la desesperación han perdido toda forma humana y son capaces de cualquier crueldad para no perecer.

El libro es ir descubriendo en lo que se ha convertido el planeta en el andar hacia adelante de los dos protagonistas, pero con trazo leve y más que todo sugerente. Van develando esa oscuridad en la que yacemos sumidos que se va despejando al avanzar, siempre hacia allá aun en las peores condiciones; la destrucción lo abarca todo salvo la materialización del amor de ese progenitor  a su pequeño, ese faro de luz en la debacle. El adulto tiene que ser duro ya que tiene una responsabilidad y un crío que cuidar mientras el chiquillo está envuelto en cierta inocencia y fe aun con la noción del horror porque entiende y ve lo que no se le puede ocultar, cadáveres, sujetos andrajosos enloquecidos y completo abandono en todo sentido (la parte del encierro en un sótano de cuerpos desnudos vivos que sirven de alimento es de lo más escalofriante), llegando a presenciar el instinto más bajo y a esa vera la indefectible violencia e inhumanidad. El niño representa la condescendencia humanitaria, la nobleza, quiere hallar a los buenos, quiere nunca dejar de ser uno de ellos, por más que la brutalidad y el salvajismo del entorno sea tan predominante, de lo que se ha convertido la tierra y lo que empuja el comportamiento general. Quiere salvar su bondad, sus valores, y representa la voz de la coherencia –prematura, transparente- y la compasión que contagia a su padre que ante todo quiere salvarle y subsistir pero que se irradia con el pensamiento de su criatura.

Apenas 210 páginas con muchos diálogos comunes y bastante emotivos, muy bien pensados para generar realismo en la comprensión de yacer (casi) en el abismo - ya que contra todo pronóstico y pesimismo global aun no muere del todo su espíritu y hasta en lo práctico ya que algo les alumbra al fin y al cabo si bien su motivación de seguir es casi autómata sino fuera por el amor paterno y viceversa-, aunque lloran a escondidas y no tienen normalmente alegrías, y se están durmiendo sus recuerdos, están muy lejanos. Las conversaciones se conjugan con la voz omnipotente que constantemente  interpreta cavilando, dejándose llevar, asemejando el susurro del viento, la verdad enaltecedora que acompaña los hechos ya que sino esto sería algo plano.  Sirviendo para ubicarnos en su magnitud de pensamiento. En un libro escrito como si se tratara de fragmentos existenciales en párrafos de aire independiente, con una escritura condensada y a ratos compleja de descifrar en todo su alcance. Una obra fácil en su línea central y a la vez difícil en sus detalles introspectivos, con varias capas por absorber, y que se lee bastante rápido pero que en buena parte de su comprensión requiere algo de tiempo. Quizá como lectores resulte mejor sentir, dejarse impresionar por su palpitante dolor – una razón y necesidad que mueve el libro- y su lucha sin poner énfasis en contener mentalmente todo. Importa para ellos dos comer pero también llenar el alma, como lo es la vida misma, no perder jamás nuestra condición humana, nuestra fe, nuestra bondad, ese es el mensaje. Aunque sea una realidad descorazonadora, tan cruel y miserable. 

miércoles, 24 de abril de 2013

La caza


Uno de los nombres más famosos del cine actual de Dinamarca es el de Thomas Vinterberg que junto con Lars von Trier fundaron el Dogma 95 y de quien su película, La celebración (1998) fue el emblema de dicho movimiento cinematográfico. Ya con la madurez que le otorga una nutrida filmografía nos trae la presente que gira alrededor de la declaración de una niña que dice que un adulto de la guardería a la que asiste le ha enseñado los genitales. Eso crea toda la ira del pueblo, de los amigos y conocidos de dicho personaje. Incluso pone en juego su nueva relación afectiva y le crea mucho dolor a su hijo que solo puede verle en contadas ocasiones por no estar en su custodia al yacer divorciado. El acusado se llama Lucas (Mads Mikkelsen), el que instantáneamente ha pasado a convertirse en un tipo apestado y repudiado de ser un hombre probo, querido y hasta admirado por su nobleza, por su ecuanimidad y su alegría para compartir en su trabajo con los niños. Para luego hallarse solitario, esta vez no por iniciativa propia sino por la dura realidad que le acontece.

El filme es bastante equilibrado en tanto los ataques como las reacciones liberadoras aunque tiene una dirección y no es la más típica claro está, quizá por ello se echa en falta un cierto efecto mayor para con el espectador, porque esto termina ocurriendo, crea una cuota de indiferencia, sin embargo esto tiene de valioso e inteligente porque no se regodea en un tema polémico, provocativo, de los que suelen confraternizar con las emociones del público y compenetrarlo hasta dirigirlo hacia el punto clave, contra la fuerza de donde proviene ese abuso tan chocante para nuestras consciencias y sentimientos humanos, el enfermo detrás de la pedofilia . Es decir no busca la manipulación primaria pero tampoco nos entrega una dramatización demasiado poderosa (le pesa mucho el temor a transformarse en un telefilme ya que el asunto es siempre proclive a serlo, hoy en día tocar sucesos similares ya es visto como un melodrama tópico), y no es que se extrañe un efectismo barato sino hilar en el arte que sin utilizarnos nos haga asumir el tema en toda su magnitud, y en ello desgraciadamente le falta un poco, no obstante se entiende porque sus alegatos son otros, su base aun así tiene buena firmeza porque lo que quiere es ponerse en el sitio de Lucas.

Predomina un velado estudio donde estaría nuestra violencia reflejo o respaldo (aun no siendo exacto), la que exuda e instiga un acto tan vil, como el abuso sexual infantil, que nos vuelve irracionales frente a ello, que nos convierte inmediatamente en verdugos, que como vemos anticipa las conclusiones y las investigaciones policiales, de ahí que la propuesta prefiere enseñarnos nuestra reacción, hacernos ver nuestros pensamientos figurativos y desde ahí no podemos quitarle su toque de virtud argumental esencial. Sin embargo también puede ser algo banal, y hasta peligroso (aunque es inevitable en todo el tema, optando por la atención del otro daño, el otro peligro innato), dando el filme forma y luz al ente acusado con características que lo envuelven en un aura de heroísmo. Se enfrenta a la enajenación del conjunto justificada a un punto pero prematura por la naturaleza de creer que los niños no mienten aun acosta de olvidar a quienes señalan; lucha contra el abuso y la injusticia, habiendo una paradoja, es decir reina el caos, la confusión, y todo por una sensibilidad y moral que aturde aun teniendo un sentido que la avala pero que se remite a lo que significa y al nexo afectivo general y directo con la “victima”, un ser humano indefenso e inocente, más que a los hechos consumados.

El director danés comprende seguramente el doble papel del conflicto pero opta por la posición menos tocada, la más endeble en cuanto a tener defensa; interpreta como que se pueden cometer errores, que subyace una pasión que nos ciega por completo, Vinterberg plantea apoyar a un hombre en un caso aún no demostrado de pedofilia, no cabe duda que es algo duro de decidir y lo que escoge algo en parte atrevido, porque el filme se enfoca en ello aunque tiene a favor –o no- que lo explaya hacia ese lado aún sin develar el desenlace. Y es que uno teniendo la noción de que es un filme europeo no sabe cómo terminará, vas temblando mientras lo ves, subyacen muchas naturales expectativas aunque el autor las disminuye, las vuelve más ligeras, no obstante el final resulta una ineludible revelación. Hasta el último minuto uno desconfía de todos.

El filme se enfoca además en la amistad, hay una fuerte carga sobre esto en la trama, entre el padre de la niña de la coyuntura (lo que hace la historia más peliaguda), interpretado por Thomas Bo Larsen, y el papel de Mads Mikkelsen, escogido mejor actor en el Festival de Cannes 2012 y que con su labor sostiene fehaciente que se haya convertido en el más destacado de su país en su profesión, uno de los nombres que giran alrededor del mundo. Su exuberante enojo en el toque de fondo en la iglesia tras la docilidad y tranquilidad de su personalidad en todo el relato es uno de los momentos más prodigiosos en cuanto a haber asumido -y revelar- tanto sufrimiento enclaustrado, siendo vital en este filme, ayudando a generar el toque pequeño pero necesario de ambigüedad y el solvente respaldo que se engendra en su hechura, en su semblante tan sugerente sin caer en la abierta expresividad, el demostrar un autocontrol convincente y aun con esto poner sentimientos en su personaje.

Toda la recreación con bastantes características no urbanas, como los bosques, el nado en el río o la cacería son impecables, denotan una cierta vuelta en el pasado pero notablemente no juegan a ninguna caricatura de incivilización, que sería lo más manido y fácil, sino más bien es un relato que conjuga aristas como con aspectos bastante modernos. El tema es instintivo, apela a nuestra más profunda humanidad y eso no es anacronismo. Pero hay que decir que más funciona la adaptación del entorno geográfico del título, la caza (en el original “Jagten”) que su metáfora, porque esta tiene un alcance menor, no es algo que impresione, el venado representa la inocencia, aunque el alegato de su muerte con la exposición del filme nos deje pensando, nos otorgue una lectura extra a tener en cuenta y sea coherente con lo que hemos presenciado, que de eso hay mucho y todo en el aire relajado de Vinterberg.

domingo, 21 de abril de 2013

El rey pálido



 “Es la clave de la vida moderna. Si eres inmune al aburrimiento no hay literalmente nada que no puedas conseguir.”

David Foster Wallace fue uno de los más reputados de su generación, se suicidó a los 46 años de edad dejando inconclusa esta novela. Lo cual se nota inmediatamente ya que hay mucha fragmentación –la extensión de sus pequeños textos o piezas, porque eso son en realidad, varia demasiado y dentro su propia indagación- y aunque existe cierta conexión general como centralmente está lo de los impuestos también se vive mucha independencia que hace pensar que todavía eran ideas circulando, que no era aún una obra conjunta, habiendo varios nombres que toman protagonismo como en una trama anárquica. Y en esa fragmentación hay calidad de lecturas, unas mucho mejores que otras, unas muy atrapantes y apasionantes, algunas “irrelevantes” (y hasta inexpugnables), en si hay un halo de esta tendencia pero en el sentido de generar y exhibir cotidianidad en como menciona el epígrafe de esta crítica, del aburrimiento en un trabajo ubicado en Peoria Illinois durante una época en que el mismo Wallace se hace parte de este, en una agencia gubernamental de cobro de impuestos.  

Cada parte presenta constante novedad y libertad para bien como para mal, algo que hace irregular el camino de la lectura de esta obra, a veces pesado, otro muy fluido. Será una constante el nado entre la genialidad y la astucia en un lugar especial, atípico al éxtasis, y lo soso  y cansino. Y ese es su fundamento central y razón de ser del libro, la pasión que uno concibe y necesita en la vida en un contexto determinado contrario a esa realización, una argucia que retrata la magnitud de la imaginación y talento de Foster Wallace.

Dentro de sus características es que aun aspirando a escribir en lo común o ese es el lenguaje que utiliza sin perder el aspecto educado y culto de su prosa, el acercamiento al lector, como de un amigo en la soltura y tranquilidad de la despreocupación interpersonal (una paradoja porque existen bastantes rasgos de tensión por defectos psicológicos en las relaciones humanas de sus personajes), subyace en el interior de lo que no lo es pero que no se presenta como la quintaesencia de la cantaleta contemporánea de identidad rebelde, personal y gloriosa que se suele idealizar sino del que es especial siendo un outsider fuera de la simpatía dominante del estereotipo mental de lo cool. Son por lo general los raros disciplinados los que Wallace describe, los que aspiran a la normalidad sin nunca poder concretarla del todo. Sin embargo también propone un lado de liberalidad que los coloca no totalmente dentro pero si afín a ese lado de gracia y carisma que tanto le mortifica al americano joven o de eterna juventud, y es que Estados Unidos, su población, vive luchando contra no parecer nunca un perdedor, como suelen decir, ser un loser (un trabajo mediocre, para el caso no tan social, o carecer de una personalidad descollante puede ser para muchos una tragedia de orden descorazonador y no necesariamente es la postura de este escritor), y por ende, la temática, más no la forma y el estilo, de David cae en el lugar más atrayente para esa cultura –que se sigue en el planeta- desde la creatividad del autor que ostenta mucha inteligencia.  Lo que nos da siempre un atrevimiento y razón de no congraciarse con el público lector masivo pero  a su vez tratando lo que tanto le interesa, dirigiéndose a ellos o pensándolos.

El libro de 551 páginas se ve bastante autobiográfico (no solo por la auto-mención de un personaje con su identidad), hay mucha sensación de estar tratando con sus inquietudes y con él mismo. Los tantos personajes principales parecen ser todos casi el mismo y una especie de constante alterego de Wallace aunque no sea tan sencillo de vislumbrar, con rasgos que varían pero visto bien levemente. El libro se mueve por muchas enfermedades psicológicas del trato social, es un rasgo global de la obra, pero va de la mano con las drogas, la belleza y la inteligencia.

El éxtasis y el aburrimiento, así se simplifica el mundo que nos presenta David, siempre mental y es que no está lejos de la verdad, el mundo es nuestra percepción de él, todo lo que nos aflige, nos seduce, lo que nos intimida, lo que nos motiva. Un libro que es muy contemporáneo pero eterno, etéreo, honesto pero no necesariamente directo. Sabe ser muchas cosas. Es propio de una personalidad compleja, racional y a la vez vivencial.

Otro rasgo importante es que aunque es natural y a ratos coloquial pero ni de cerca ordinario aunque tiene la soltura necesaria para expresarse sin tapujos (es notorio que no teme abrir su intimidad o la de otros semejantes a él, solo que no lo hace fácil, no puede serlo en verdad), siempre por más que no quiera demostrarlo o quiera ser irreverente es trascendental (no del tipo críptico sino bajo la conclusión del hombre siempre tan humano, en su problemática), no puede evitar llevar una intensión o crea esa sensación aun ocultándola, rehuyéndole, nunca falta la cuota de algún tipo de reflexión, porque sus páginas pueden llegar a ser absurdas y algunas también tontas pero eso al final solo será una apariencia. Pero no confundamos ni lo encasillemos porque también es un tipo con simplezas en sus escritos como cualquiera pero estando demasiado consciente del entorno. Incluso la experimentación con las drogas es didáctica, exhibe mucho conocimiento, y tiene algún sentido, razón, practicidad o paralelismo, algo que importa. Apela mucho a trabajar con el aburrimiento, el leitmotiv de su obra literaria, siendo incluso literal en su aspiración, puede ser pesado (sí, aburrido), pero es ingenioso porque es como no escamotear del todo tampoco la esencia de lo que trata. Mostrar que sabe de lo que está hablando. Ahí quedan las miles de explicaciones técnicas. Suena extraño, el libro lo es en parte. Wallace es una constante “contradicción” pero igual ¿no es el arte de pensar a fin de cuentas una continua duda, cavilación, arreglo, momentánea conclusión, una relectura y adaptación?, esa que grita en sus páginas pero desde la osadía del que es tan difícil, que se sabe tal y no puede ser de otra manera. 

viernes, 19 de abril de 2013

To the wonder

El 2011 la palma de oro fue para el árbol de la vida, la anterior película de Terrence Malick y con ella vino la emoción para con su cine, ya antes elogiado en La delgada línea roja (1998), ganadora del oso de oro de la Berlinale, y que venía de ser un autor de culto por sus dos primeros filmes, Malas tierras (1973) y Días de cielo (1978), como a su vez habría un grupo en rechazo de su filosofía y su forma de expresión.

Un misticismo tan fuerte, que se despliega a otros factores de la existencia, no podía causar la unanimidad, sino más bien resultaba una molestia para cierto público ya que el mundo actualmente vive una cuota de alejamiento religioso, en una contemporaneidad más terrenal y menos consciente de su espiritualidad, en su condición de como dice este nuevo filme, del amor que nos ama. Sin embargo el autor americano se da fiel a sí mismo, siendo valiente, presentando sus más íntimos pensamientos, su fe y su ideología del amor, como un creador en toda magnitud. No solo de forma que respalda su anterior trabajo sino que lo define mucho más, lo muestra más claro. Con la intervención del padre Quintana (en un inconmensurable Javier Bardem que solo le bastan unos gestos para asumir por completo su personaje), un cura católico que quiere creer y vive entregado y honestamente dentro de ello pero que se hace muchas preguntas. El que anhela “ver”, sentir y experimentar la verdad de su dogma. Y aunque su porcentaje en el conjunto no es mucho se hace sentir en toda la trama, si es que en realidad la tiene, ya que Malick evita el camino convencional y nos crea un cuadro que es más una figura mental que una historia lineal, y en ella nos hace meditar sobre asuntos que nos conciernen a todos los seres humanos, temas muy próximos a  nosotros, ya que se trata de la formación de nuestras relaciones con los demás, con los que amamos, con el planeta y con uno mismo en esa identidad.

La película recurre a la poética y a la solemnidad de la voz en off más que de diálogos que casi no hay (en lo que son pensamientos esenciales de los protagonistas), sus imágenes provienen de una dominante formación de múltiples tomas cortas muy bien editadas, a movimientos de cámara especiales -rotatorios o que salen de algún atípico ángulo- en los lugares claves que dan la sensación de como estipula el título, de algo maravilloso, de un goce o una intensa experimentación (como frente a la belleza del Monte Saint-Michel),  a mostrar a los actores en paisajes o en medio de escenarios naturales, se ha escogido el campo, el estado de Oklahoma en algún pueblito tranquilo y sin nada realmente llamativo, en donde se exhibe la espontaneidad, transparencia y vitalidad que se requiere en el sentimiento de su caracteres, un reto de interpretación en donde se nota mucho que la última palabra es la del director que a ratos parece hacerles un test de compenetración con sus roles, en que vemos a un Ben Affleck dominado por el control de Malick (a veces descolocado como aun en el esfuerzo y seguridad luce McAdams en la exigencia de los bisontes, o en el inicio se le sigue pero se escurre la cámara de su rostro), reducido a una pieza en ejecución en que su nombre sirve de atracción para el público pero se rige al predominante conjunto creativo, mientras una Olga Kurylenko nos trasmite bastante con su cuerpo y con un ánimo creíble (en sí las dos damas centrales están magníficas para manifestar enamoramiento y felicidad en ello), con su danza y juego continuo (yo diría que se repite esto más de la cuenta, el baile), con su pasión, con su ternura, con su desnudez más interior que literal, con sus desilusiones, con sus desgastes afectivos, con su introspección en derredor de su relación, bajo una figura común ya que aun ostentando belleza refleja mucha normalidad, que permite amalgamarse a Affleck (a pesar de ser mucho más pasivo argumentalmente) que es en parte tieso o contenido sin caer tampoco en la inexpresividad que le atribuyen por costumbre, pero que se ajusta al tipo requerido (idóneo para él), el que no refleja tanto pero que instiga hacia la nobleza calmada, promedio a más, y puede verse cariñoso en una seriedad moderada, ya que también busca ser un hombre afín a muchos.

La historia puede ser mucho de autor, muy elaborada en su forma y en lo que pretende argumentar pero vista con ojos pacientes y observadores se le concibe adjudicar de historia fácil de identificar, de sobrellevar y entender porque su temática ineludiblemente nos concierne demasiado, ya que se remite a dos puntos, la fe y el amor. Dice una línea muy significativa, el amor es un deber, y aunque respeta el filme que el ser humano es cambiante y natural en sus sentimientos, tan difíciles de quitarle imprevisibilidad, nos induce a  poner de nuestra parte, a luchar por lo que creemos y sentimos, a sacrificarnos (como en esa libertad que nos refiere la amiga pero que también puede existir dentro de un vínculo y sus parámetros), a replantearnos el camino, a poder evolucionar y adaptarnos sin perder algo amado, indagando y entregando de nosotros. Nos quiere decir que el amor es intrínseco al ser humano pero no es fácil (sí, lo sabemos, pero entonces deberíamos procesarlo y ponerlo en práctica mejor), sea hacia Dios o -en otro sentido pero con semejanzas- a una mujer/hombre especial (en un momento la protagonista no llega a comprender su repentino estado de disgusto con su pareja y hasta concreta una traición, momento que más que una audacia que no lo es en cuanto a la imaginación del director, sirve para ver que todo se deteriora por más bueno que sea, o se pone en duda, se erra digámoslo a grosso modo en todas las vertientes que suscita). Como esa mujer que viene del pasado, en la interpretación de esa bella rubia de cautivante sonrisa, Rachel McAdams que en un culmen exhala que su amor se ha convertido en nada (así es nuestro libre albedrio), en solo lujuria, placer.

Vivimos retroalimentándonos, en un inevitable presente al que hay que exigirle mucho más, como en esas inquietudes trascendentales que “mortifican” a los protagonistas. Con este séptimo arte que pasa que es puro cine aun en sus particularidades, que vive para y por las imágenes y que nos habla a través de ellas en forma sumamente expresiva y bella como un remanso de desconciertos y alegrías, que en su complejidad requieren pistas, ese discurrir con algunas frases de corta extensión pero que son amplias en su evocación en una voz en off que busca, enfrenta, interpreta y se maravilla con el mundo. En la escalera, el reflejo iluminador del sol y las manos entrecruzadas (escenario simbólico que define todo el filme.)

domingo, 14 de abril de 2013

Like someone in love


Abbas Kiarostami es muy respetado en el mundo con su cine de rasgos mínimos que suele despertar análisis apasionados, argumentados con solvencia y bajo cierta creatividad (que por supuesto no es solo para con él sino uno puede verlo con respecto a distintos directores y películas, que es aceptable desde la libertad  y subjetividad del mundo), siendo un autor al que no pongo en duda su genio ya que viendo su anterior película, Copia Certificada (2010), uno se da cuenta de que en realidad puede ser también vistosamente complejo cuando así lo quiere, sin embargo sí que la mente de ciertos especialistas argumentan de una forma “distinta” de lo que en realidad presenciamos y se debe a dos factores, uno que el espectador promedio no suele ser tan audaz, no digamos desmerecedores que no tan inteligente ya que el cine de autor por más arduo, abstracto o minimalista que anhele ser aunque necesariamente coherente en sus reglas no está hecho tampoco para Sócrates ni Platón sino para un cerebro educado pero normal,  y dos que no todos sentimos el mismo entusiasmo por la misma película, lo que decide si habrá o no esa empatía que nos permite ver lo que otros no pueden o en su lugar bajo el mismo enamoramiento  asumirlo mediante la apreciación ajena.

Se dice que te hace trabajar el intelecto con el implícito de que tú debes desarrollar las ideas a través de su mirada cotidiana y sencilla. Porque lo que va en pantalla, las imágenes que observan nuestros ojos siempre son algo básico, que aunque vivencial y existencial ya que atañen a la esencia, lugar y  dificultades del ser humano  se resumen en pocas líneas.  Y la presente sigue ese orden, se trata de un hombre viejo instruido, un nipón clásico, que mediante el favor de un amigo, un ex alumno de una cátedra de muchos años atrás, le proporciona una cita con una joven y bella prostituta, que en medio de dos días de reunión, conversación y diligencias amables del solitario anciano se topa con su novio, y de ahí surge el conflicto, ante la elíptica revelación.  

En el Festival de Cannes 2012 no fue recibida con aplausos la presente obra, por el contrario no obtuvo respaldo, y es que la intención de Kiarostami dista de la vieja usanza sin ser distinto tampoco en su estilo y expresión embellecida siempre por una  estética preciosista en un discurrir calmado, sino la de colocar su ironía sobre lo que anuncia el título, el amor, y en esa geografía mental vemos a un viejo creyéndose sabio, vivo y comprensivo (en la madurez de la experiencia como recalca ante la posible petición de matrimonio del mecánico, en una performance corporal pacífica y encantadora de un acertado Tadashi Okuno, completo en ello y que solo rompen algunos diálogos vanidosos/falsos o reacciones adversas con la buena vecina) tratando fina y delicadamente a una prostituta como si se tratara de su verdadera nieta o un amor platónico e ideal con la que solo quiere compartir un poco de vino, una sopita de su ciudad natal, algún diálogo intrascendente, unas sonrisas educadas, sanos e inocuos consejos que no hieran ninguna susceptibilidad, un poco de compañía que rebata su soledad y su necesidad de interrelación femenina ante su vejez  (en la devoción de la belleza), mientras paga su tiempo (sexual en el papel que se quiere afectivo) con dinero, lugar que nunca se menciona ni se ve pero que es obvio (al servicio del propósito), revestirse de un aura de inocencia y de hipocresía, de dulzura, de cierta timidez y recato salvo cuando la historia nos permite ver quien es ella realmente aunque de forma  sutil (cuando le pide al traductor, escritor, catedrático y sociólogo que la caliente en la cama medio en juego y pidiéndolo como en ruego amistoso o cuando teme que le haya contado de su oficio a su crédula aunque tensa pareja). Y todo el filme es un canto de burla enmascarada hasta el final apoteósico donde el sarcasmo es altisonante e ineludible, revelador, dominante aun viendo que en lo que precede la historia se vive seriamente. Mandando al demonio toda la mentira y no digo ante la desilusión porque el tono predominante debe tenerse por “dolidamente” jocoso como el de la música de fondo (del mismo nombre de la realización en un canción de Ella Fitzgerald) que  choca contra la verdad de los hechos presenciados haciendo de acertado contraste para lo que implica el desenmascaramiento del leit motiv del filme.  Ante una piedra en la ventana (ese es el clímax que algunos no ven o que es atípico a nuestras convenciones visuales, la secreta filosofía que suele eludirnos o no sintonizamos en algunas oportunidades, como ese inmanente destino del poblador iraní que bajo el yugo del absolutismo esta condenado a la derrota, individual, ante el poder y el amor) en ese hombre que yace exaltado y enajenado como en la imitación simbólica de un Jack Torrance (mención especial de un tercer puntal talentoso en el actor Ryo Kase) que grita que le abran la puerta, que nada va  a pasar, que no hay que temer y todo anuncia violencia y dolor, que se esconden en el metraje, en esa sutilidad, en ese recurso mínimo que hace del cine de Kiarostami su identidad y que no puede ser más idóneo para revelar esas convenciones, esos eufemismos y ese romanticismo tan pasado de moda en nuestra contemporaneidad desde la que parece solo una anécdota o un retrato de la vida misma de tanto cariz universal donde como dictamina el título aún obras como Tabú -sin ser todas malas sino como la de Miguel Gomes en buena parte destacada- seducen a la crítica, que en lugar de reír con esta propuesta se desconcierta o se niega a golpear un poco al ideal y a la ensoñación, a aceptar un poco el ridículo en cierta interpretación amorosa, y confieso que yo desde mi humildad –porque ha sido uno de esos días de afinidad- lo he hecho como nunca más que con cualquier comedia superficial, efímera, alevosa  e infame. Sino con un Kiarostami  que puede ser corrosivo sin ser tan flagrante (no hasta el desenlace), en su esencia, en sus límites siendo inteligente y mostrando arte, lo que puede ser un pretexto para explayarse en una crítica contra cierto romanticismo y vacuidad. Toda una película ralentizada enfocada en un encuentro de dos días ambientada en Japón, con partes como el trayecto hacia la estación donde aguarda la abuela, el instante melancólico, momentáneamente auto-reflexivo y auténtico del conjunto que parece engañarnos (una escena larga, hermosa, con la máxima expresión del rostro emotivo de la actriz Rin Takanashi), que nos despista para llevarnos hacia el cadalso del ideario general. Donde caímos rendidos (aplaudiendo). 

miércoles, 10 de abril de 2013

La eternidad y un día

En enero del año pasado, el 2012, murió Theo Angelopoulos, cineasta que fue un intelectual del arte, a la altura de Tarkovsky o Bergman, y yo diría que a veces hasta más complicado de ver. Su cine siempre despierta ideas, utiliza una forma de expresión que en parte se vuelve críptica o nos hace trabajar para darle un significado. En esta oportunidad escribo sobre una película que le valió la palma de oro de 1998.

Como es común en él se trata de un viaje, ya que el cine de Angelopoulos nunca dejar de ser nómade, es una continua búsqueda ante la realidad del siglo XX. Y versa en el contexto de su patria, Grecia, y se asume desde la contemporaneidad pero utilizando abstracto y externo al filme el pasado glorioso de la otrora civilización origen del occidentalismo, para vivir lo que sucede actualmente con su nación, de la que se dice vivir una próxima muerte, es decir un deterioro con un rumbo anunciado, como la enfermedad terminal de Alexander (nombre que no parece casual, griego por antonomasia en la historia universal) quien remite a su sociedad, a su cultura en particular, quien alega serle complicado amar, mientras se anhelan nuevas formas de expresión, todos rasgos de nuestro director entre manos, un afecto ineludible pero fuertemente autocrítico sobre su patria y un deseo notorio y notable sobre nuevos análisis y arte introspectivo, próximo, filosófico.

Anímicamente como nota el niño, el huérfano albano perdido en las calles de Grecia, hay una melancolía oculta, pero el ánimo del filme es como nos comunica el poeta de otro siglo, la vida es dulce, y ese espíritu es al que se afianza la trama, y la forma, aun estando sometido el protagonista a la fuerza del dolor y la nostalgia, de mirar en el pasado y sentir nuestros más profundos afectos porque en el hoy nos han abandonado en cierta parte, y es que sin embargo mañana es la eternidad, el mundo no acaba (la muerte no es el final). Ésta la confabulación secreta de un vecino repitiendo la música que nos gusta, la alegría de la ama de llaves viendo casarse a su hijo o conocer y compartir, ayudar, a un niño solitario, reflejo de nuestra realidad también solitaria, solo que yacemos en el final cuando él es el comienzo de un viaje nuevo, otro distinto pero con ciertas semejanzas, ya no hacia la expiración sino a la vida, ambos desconocidos y que como se dice provocan miedo, es hallar ese dulce existencial y general, esa nueva expresión, como los músicos tocando en el ómnibus mientras afianzamos la felicidad tan efímera para con el padre putativo y su vástago, mientras vemos cansado a un activista político (lo dejamos de lado en ese momento).

Bruno Ganz es Alexander, un poeta que no suele terminar nada y que no quiere ir al hospital a escuchar su sentencia, un soñador que se identifica con un héroe romántico pero decidido que vuelve a su tierra a generar el cambio aun sin saber el idioma, a arengarlo poéticamente, porque ama su país, porque como expresa Alexander solo vive en él aunque los seres humanos seamos extranjeros de todo lugar, extraños en la existencia. Ganz no articula la tristeza en su rostro, más bien predomina un aire neutral si se quiere, y aunque muchas veces yace apagado o meditativo, su sonrisa brilla más que cualquier otro sentimiento y se impone aunque sea solo en apariencia. Como cuando ve a su madre (la que aparece constantemente y puede ser un sucedáneo de la historia clásica de Grecia) o a su mujer que le pide un día de atención (que puede ser que simplemente viva), la que ahora conscientemente es su vida, de la que sabemos poco en realidad, de su desenlace, pero porque subyace en la perfección de su memoria cuando ya no le queda casi nada, cuando ella lo ha sido todo. La película es también una bella historia de amor y de recuerdos.

La obra de Angelopoulos tiene de simbolismo, intelectualiza bastante, presenta varias lecturas, pero también conmueve, está cargada de cariños, la relación entre el poeta y su patria, la de Alexander y su mujer que es su temple, o con su progenitora y su niñez, o la de esa familia numerosa que visten de blanco que remite a la pureza del recuerdo en un bello paisaje, la playa, otra esencia transparente, viva. Como a su vez la de la trama central que despierta bastante sensibilidad, la del pequeño recogido por Alexander quien no puede dejar de ver por su bienestar, darle un camino, o la del mismo chiquillo con su amigo muerto atropellado al que le dedican un ritual afectivo en medio del fuego y la dolida declamación.

El filme no solo es sabio y noble sentimentalmente sino tiene poética, el bardo griego de otra época que compra palabras para rellenar sus necesarias arengas muy fáciles de entender y de reflejarse, los flashbacks vestidos en luz, en gestos, en colores, en alegrías, la “intromisión” del tiempo pasado en el presente o viceversa en su unión en el vehículo (como dos hombres que son él mismo) o en las múltiples apariciones del viejo Alexander en ese día de playa, de lluvia y de refugio. Como de otra inevitable participación a la que se enfrenta el relato, la del sufrimiento, la de la verdad viviente, no obstante en el ecran se hace menos de lo que invoca, pasando a ser más una cavilación sutil. Y es el trabajo más visto y entendible de Angelopoulos pero que ostenta su esencia, su continua elucubración, su estilo, debajo de una más empática historia.

Recrear la historia del poeta anterior a Alexander es algo sumamente creativo y sin perder el hilo de la forma que se ha elegido, siendo algo sencillo pero completo, que agrega al conjunto. Que nos permite conocer al protagonista que vive arraigado al pasado, tanto con su hija como su esposa y que debe esperar el fin, con la continuidad que pervive en la tierra en la acción para con el niño, que se pierde en la ilusión del comienzo y de lo diáfano. El hombre mira el mar, el amor llama. Es la conclusión de una etapa, como los muchos hombres que se suceden, los dos poetas, ahora es el turno de vivir del pequeño (el país también se renueva). Un temprano actor que en un momento explica una anécdota y lo hace con solvencia, que demuestra talento ya que parece mucho que recordar para un niño y este lo hace con la recreación emotiva pertinente, en la misma expresión de Ganz, pacífica y controlada, que en la película nos hace pensar en la calma de la trama, sin faltarle el ritmo sino más bien esta vez es más digerible, y no es como acostumbra el director al que nunca le fastidió el tiempo en sus propuestas. Y es que su arte y entrega es absoluta, y por ende Theo Angelopoulos es inmortal, es el mañana, la eternidad y un día, un hombre y un genio. 

jueves, 4 de abril de 2013

Perfect sense

Película que corre el peligro de pasar desapercibida pero que es muy atractiva y que no resulta complicada aun llevando una notable reflexión sobre la vida, en un aura bastante entendible como suele ser el cine americano, y este aunque es escocés lleva toda la esencia del cine anglosajón mundialmente popular que se suele o se quiere imitar, y se hace destacadamente por medio del talento y audacia del director británico David Mackenzie en una propuesta sencilla y con actores conocidos que despiertan simpatía, que pueden contener las distintas emociones que se requieren, que son sensuales, convincentes  en representarnos en general y exudan química natural. Una buena conjunción, de lo más idónea para acarrear un público que no sea exigente, tranquilo, y dejarle pensando, apreciando más la pequeña fortuna de lo que damos por hecho, los privilegios que no solemos notar y que hacen tan fantástica la existencia, porque a pesar de una realidad que por lo general golpea a todos de alguna forma existir es tan grande y es algo que debemos valorar. En el filme no se usa ningún mensaje de estilo fácil en conmover y sacudir la mente pero el resultado es ese, sino más bien se fusiona la verdad del mundo, dolor y placer, amor y odio, mientras acaece un sentimiento muy humano pero en estado extremo, el miedo, el hambre, la rabia y la pasión,  luego se pierde un sentido, el olor, el gusto, el oído, la vista. Lo “particular” de padecer esta extraña enfermedad que anuncia el fin de la humanidad, tema muy repetido en la actualidad, es que al poco tiempo de sufrir una perdida se intensifica el anhelo de subvertir esta ausencia y volver a empezar, renacer y buscar nuevas formas que suplan el sentido ido, siendo en parte algo normal el aura de sobrevivencia, de la naturaleza que se amolda a continuar, pero que ostenta una alegría especial que rejuvenece, que busca y encuentra nuevas aristas y que brilla incluso un poco más ante la noción de que se sigue vivo y hay que remontar la caída. Un optimismo notorio que se mueve bajo la catástrofe, digamos que la realidad, que no teme ser dura y que combina tragedia y efímera pero significativa felicidad de manera que suele ser difícil de afrontar pero que se hace. Un mensaje muy sano y poderoso que llega gracias al empaque, menos naif que lo que se acostumbra, menos ilusorio, y es que aunque no se puede negar su noción de fe a prueba de todo tantas veces eludido por un descreído espectador contemporáneo, destila melancolía, algo muy humano sea dicho también. Explayando sensibilidad pero junto con ambigüedades, complejizando y exhibiendo algún grado de malicia.

El filme es romántico, hay una importante historia de amor en la trama que se absorbe dentro de una filosofía mayor que engloba el paradigma y leitmotiv de la película en las relaciones afectivas no solo entre seres humanos sino que simboliza el nexo con todo lo tangible del mundo, cómo afrontar/ver la vida. Una bella epidemióloga, mujer independiente y muy contemporánea, solitaria frustrada por varios pasados novios que la han abandonado, y un bien parecido, seguro y exitoso chef,  que es medio bastardo, como se le dice ante su frialdad en las relaciones, en donde manipula a las mujeres, no las llega a querer o hacerse responsable, se enamoran mientras juntos son sacudidos por la epidemia. En su relación chocan los sentimientos naturales de todo lazo serio amoroso pero visto desde la ciencia ficción que más es un recurso para cavilar, descubrir la realidad tal cual en algunas lecturas hermanas, una básica y trascendental es desde la dificultad de relacionarse con una pareja, como mantener la pasión, confiar en el otro, jugar y disfruta del amor, vencer los miedos, ser fuerte y transparente, abrirnos, mejorar, sentar bases firmes aunque no sea fácil, aunque se tienda a una cierta derrota futura, y se hace a través del énfasis de algo atípico que hace lo mismo que haría el tiempo o la incomunicación entre otros en otras circunstancias. Por ejemplo los gritos en la ira que dicen verdades dolorosas o la representación de las cambiantes necesidades que van acercándose,  sea el desnudar el alma para seguir alimentando la percepción, el aire de entusiasmo, o gozar y compartir cierta superficialidad tan importante. 

Otra lectura valiosa se da en el entorno, en ver como gira el planeta luchando contra lo caótico y desesperante, como se comporta la gente frente al que parece el lento apocalipsis, o al menos el fin de los tiempos conocidos, su adaptación, su multiculturalidad, su resolución, su pesimismo y su revitalización. El filme nos enseña dos tipos de ser humano, el que destruye y engrandece el abismo ante la desilusión o la dureza y el que construye en los embates de la existencia. Hay una bella retahíla de imágenes retenidas de tipo artístico que enumeran el placer, como  a su vez otro grupo pero móvil en estados de violencia, muy fidedigno y evocativo, muy subyugante y realistas en su propia clasificación. Después hay un  aura chocante e histriónica en cómo se dan algunas exaltadas emociones producto del padecimiento epidémico, como en el caso de la gula en que se comen flores, se toma aceite de cocina o se tragan pescados/carnes crudas de forma grotesca hasta inducir el vómito. Sin embargo, los hay inicialmente más sutiles y graduales como el enojo y el amor, mientras que el miedo es toda una novedad y llega completamente como una sorpresa; y estos hasta se confunden con la relación de pareja que sobrellevan Susan (Eva Green) y Michael (Ewan McGregor), pero está, claro, la superposición del conjunto, que ya entendemos de que va, de lo que nos queda un bello y poético desenlace, en la influencia positiva o no de lo que nos rodea, en lo que no deja de ser una historia atrapante, que se puede disfrutar además mucho de forma directa.

Un rasgo también del filme, aún muy a pesar del mundo, del dolor, es que sobrevive la nobleza y cierta invocada inocencia, aunque el pesimismo sea tan poderoso. Y es que, mientras viva, si el hombre quiere nunca estará vacío, como en el filme, aun perdiendo la batalla contra los sentidos. La oscuridad no es el fin. En una distopía que termina despertando el ideal. 

Si no eres romántico podrás absorberlo desde una necesidad que invoca en la historia presente el disfraz de la espectacularidad salvaje y enigmática, en un devenir que implica la tergiversación de la pasividad, porque serlo, como se puede ver en el filme, está en toda esencia, en el lugar correcto o menos pensado, y no hay que rehuirle. 

miércoles, 3 de abril de 2013

Berberian Sound Studio

El director inglés Peter Strickland ha hecho un filme de terror poco convencional, al punto de que si nos pasamos esperando una trama de horror con un asunto por resolver/enfrentar se nos irá la película. Es una propuesta que gira totalmente sobre un estudio que pone sonido a un giallo de los 70s, para lo que se contrata a un especialista británico, de personalidad tímida y muy bien educado, Gilderoy (Toby Jones),  un típico hijo de su patria, pero que colinda con la locura fundiendo su vida con la de su trabajo.

El filme de estilo psicológico nos permite conocer casi didácticamente como se realizan los efectos de sonido de una película de terror al estilo popular italiano en un contexto donde se está elaborando una historia salvaje con ritos satánicos, asesinatos, brujas y demonios, que aunque no nos deja ver un ápice de sangre nos imbuye en sus parámetros, sugiriéndonos todo el panorama (durante el metraje casi podremos armar toda esa película “elíptica”). La que ostenta un realismo que parte del poder de la imaginación, en un estado de consciencia inducida. Pero tratándose de algo leve en sus efectos para con el espectador distraído, que si nos concentramos puede ser hasta perturbador, ya que hay que vivir a través de Gilderoy, compenetrarnos con pequeños momentos del filme. Dentro de que mejor prueba de que la música se asemeja al cine, según palabras de Tarkovski. En un estado de despertar el sentido de nuestro oído, viendo el artificio con lechugas, sandias o algún  recurso audaz que imita hechos concretos que son muy duros de experimentar como de los cuales salir indemnes. La trama subyace en el miedo sensorial.

En la película hay un estado de inquietud a  veces discreto que es la mayoría y a otras más flagrante –en donde se palpa aparte de lo anecdótico, o el rumor, a través de la vivencia de lo común dentro del estudio-  que se da sin dar ningún golpe violento visual, en que no solo se nos brinda a través del personaje que limita con la demencia sino  bastante por medio de detalles, cotidianidad perdida en el limbo (casi sin tiempo), en parte en lo onírico, y bajo la composición parcial, siempre de piezas constitutivas que van armándose hasta robar el alma de la existencia  del protagonista convirtiendo en un hecho la fantasía. Dentro de un conjunto sutil en un ambiente que es lo más importante de la película, los gritos de las actrices, el espacio claustrofóbico del estudio, su perenne oscuridad, el hogar mental de Gilderoy, que a un lado parece estar en su casa y luego yace en el lugar que dicta el título, viéndose incluso dentro de la proyección del giallo que están haciendo. De lo cual ya no distinguimos uno de otro, apoderándose el filme de su cerebro. La (temida) araña que pasa de una mano a otra muy pacíficamente, la carta evolutivamente decadente de la madre sobre unos gorriones (ultimo bastión de cordura), el someterse a la luz de las velas, la tensión entre los compañeros, los abusos sexuales impunes, la desconfianza general, la pasión de los participantes que creen demasiado en lo que hacen.

Lo que plantea  Strickland es un homenaje en toda claridad al giallo desde la paradójica noción de hacer lo opuesto en lo que en si es. Contrarrestando sus defectos como la exageración, su sencillez, efectos baratos, el mal gusto o la brutalidad en un filme inteligente, austero y en cierta forma elegante. En donde pesa o exalta artificios sugestivos como en ese aviso luminoso de silencio, como quien augura que ya viene el pánico en una constante promesa incumplida, que yace generando intriga frecuentemente. La expectación es un alarde del filme, pero sin agotarnos.

La presente realización puede entenderse como una argucia argumental explicativa que se basa en la forma complementaria. Se podría tratar sencillamente de un tratado revelador de cómo hacer un filme determinado si no fuera porque asume las características de relato de horror. Con un Toby Jones que implica en su apariencia ambigüedad, inseguridad y maleabilidad, atributos que revelan ser parte del dominante ambiente, el verdadero jefe de la trama, él y la atmósfera son uno, los dos grandes personajes de la propuesta.

Si uno espera algo extraordinario vendrá la decepción, no va de explícito o algo claro, y es que este terror se mueve en lo mínimo, principalmente en lo discreto o en lo indirecto. Si nos engañamos esperando algo enfático en lugar de poner de nuestra parte no apreciaremos el filme que a su modo es especial, funcionando en el artificio constante del detalle que es indisoluble del conjunto, que es el conjunto.

El maltrato de Gilderoy y de su entorno es como la historia de una crónica de una muerte anunciada, es la alimentación de vivir en un lapso de rareza, la pasividad que lo absorbe todo. Y es cuando le dicen que se abra, en un rato significativo, cuando es demasiado tarde, lo que sale es la secreta esquizofrenia, estando atrapado en la película.  Dice un personaje que lo que están haciendo se basa en algo verídico, que ha pasado, y que hacen historia, que la perennizan en pantalla, que no es solo un cuento de terror. Que mejor explicación de lo que es el filme en cuestión. En un cine dentro del cine, en una cámara de espejos.

Sueños de un seductor

El Teatro Larco presenta esta obra teatral de Woody Allen, en la dirección de David Carrillo. Cuenta con 6 actores, dos del taller que dirige Carrillo, Plan 9. Una, Emily Yacarini, en su debut sobre las tablas como la esposa del protagonista, de Allan, y la otra Vania Accinelli, en su segunda incursión teatral como las muchas mujeres que se quieren conquistar. Sumando en el elenco, Manuel Gold, Alina Ferrand, Joaquín de Orbegozo y Pietro Sibille.

Como comedia de Woody Allen no se explaya con facilismos efectistas pero no rehúye la broma clara y directa pero en general inteligente, que gira en derredor al que puede ser un alterego del mismo autor, un tipo neurótico que tiene dificultad para relacionarse con el sexo femenino y que tiene de perdedor redimido. De superhéroe del tipo nerd que se burla de su esencia culta y que solo quiere adaptarse al mundo. Allan Felix (Manuel Gold) es nuestro tipo, que al ser abandonado por su esposa, se ampara en dos de sus amigos, un matrimonio, Dick (Joaquín de Orbegoso) y Linda (Alina Ferrand), para tratar de rehacer su vida sentimental, sin embargo en el trayecto Allan descubre muchos parentescos con Linda, la cree su alma gemela, con la que se entiende, se relaja y es tal cual pudiendo mostrar sus cualidades, y aunque con reticencias propio de su temor al rechazo y viendo la situación especial, más por casada que por el vínculo de amistad con su marido, decide revelarle su atracción hacia ella, con la particularidad de que quien le da consejos de hombría, seducción y lo anima es el famoso actor Humphrey Bogart (Pietro Sibille).

Estamos ante una obra que tiene buena comedia pero de forma tranquila, puede parecer incluso que carece de chispa que no es así, salvo de esa común que todo lo ve intensidad y hasta vulgaridad, pero que tiene buen ritmo, fuerza aun sin explayarse con vehemencia. Aunque Manuel Gold en especial le pone mucha consistencia y para ello requiere explotarse a sí mismo, casi agotarse, y poner entusiasmo si bien los personajes de Allen padecen de una falsa apariencia de desánimo ya que en su interior ocultan mucha energía y a la postre hacen mil piruetas y actividades de las que se creían dispuestos.

El gancho es Bogart y es más eso. Imitarle aunque le funciona a Sibille con esa voz engolada de autosuficiencia con la palabra hembra como en un noir a tiro de gatillo (constante) y su facilidad a abofetear a las damas embrutecidas por la pasión amorosa que él destila, no es lo espectacular que podría uno pensar.Es un añadido intrínsecamente resaltante pero visualmente siempre tiende a fallar, entre comillas, siendo más simple de lo que uno se cree, pero es algo natural, ya que en el filme de Herbert Ross sobre la adaptación de esta obra también pasaba lo mismo, dándole a la oscuridad de las facciones el realismo y símbolo que evocaba el icónico actor de Casablanca.  Llegando un momento en que pasa a ser algo muy secundario y es lo que se intuye se quiere ya que fluye la historia sin él en muchos casos, mostrando más la personalidad del principal que es la verdadera sustancia o aporte del conjunto. Se trata de un Allen usando a Bogart para brillar, para que se pongan en acción sus cualidades intelectuales, a través de la broma ligera del cuerpo desgarbado, con lentes y contrario a lo atlético, algo tangible, que pasa y se ve literalmente, pero que también es una idea que subyace por debajo. Donde en su historia predomina el sueño romántico de vivir la experiencia de Casablanca, de convertirse en ese seductor que nace de un tipo realmente poco agraciado físicamente como era Bogart, el que relucía en la personalidad y seguridad de sus heroicos y audaces papeles. Es imitar el ente de reflejo y matar al padre en una nueva creación, el anhelo global del arte que cambia de representantes o que los diversifica. Y en ello hay redondez, perfección en colocar lo indispensable recurriendo a la repetición o derivación de la esencia del personaje, en moverse en sus cuadrantes con firmeza. Una nota en que Allen demuestra estar muy consciente de sí mismo y que exhibe un ingenio gigante cuando se bromea con los lugares comunes de un neurótico dando el conocimiento de un mundo nuevo para el espectador pero que se prevé se mueve en aguas conocidas en el relajarse con su propia idiosincrasia. Pero se hace de una manera sutil y sin carga de ningún tipo, como quien no se lo cree y es seguramente una desnudez discreta. Y de lo observado que muchos quieran ser de esa forma, sentirte una especie de extraño héroe dentro de la sociedad contemporánea, un antihéroe urbano sin más drama que tus propios dilemas e interrelación humana, y eso que si vemos con atención Allen muestra dificultades que son como para desanimarse (cuando en una cita destruye todo alrededor), sin embargo todo ese llegar a un fondo es como un trampolín hacia el cielo, porque tras la caída, lo que viene siempre es ganar y a qué medida.

El escenario es el de un apartamento, el de Allan. Después los sueños o hipótesis del protagonista aportan solvencia. En especial algunos efectos muy ingeniosos, como el de Nancy la esposa con un “nazi”. También un aporte es que hay mucha belleza en poco espacio, seductoras figuras femeninas en estado natural y otras más cómicas, en donde se lucen bonitas piernas. Alina Ferrand en especial aun interpretando un solo papel – que claro también lo hace bien Vania Accinelli en una soltura multifacética elogiable- que tiene pocas obras en su haber pero demuestra entrega, simpatía, atractivo y una decente actuación.  Como Orbegoso que no solo tiene buen aspecto físico sino que tiene su toque de talento y hasta resulta gracioso, notorio en un momento cuando hace un berrinche.  Mientras lo del dedo en señal de positivo se hizo constante como marca de identidad o tic de comedia fácil pero no funcionó en absoluto, una reiteración bastante boba. Sibille tenía un papel complicado, asumir a Bogart, pero se manejó bastante bien en lo posible siendo a vista de todos y sin caer en la caricatura. Gold sobrellevó toda la obra, no será una luminaria como actor pero su naturalidad para la comedia es indiscutible, no teme ser tonto y lo hace bien. Para la presente tiene un cierto nivel. Ostenta además imán para hacerse estimar, sobre todo cuando no quiere pretender ser atrevido o lo es de forma inocente. Le sirve cuando roza pero no traspasa el límite, cuando se contiene y en esta obra sencilla, calmada acierta bastante; va con el fondo y no le queda grande la obra, la sostiene aun siendo Allen un tipo relajado que en su estilo no es pretencioso.  Yacarini cumple, lo ha hecho muy bien pero sus intervenciones son menores, todavía pasan un poco desapercibidas en general aunque el papel tampoco es que sea jugoso en realidad sino algo funcional en lo visual, más pegado a lo abstracto o a lo que significa donde es el objeto mental a superar y rebatir, el que incita a pensar en la derrota y en la proclividad a ella.

Ha sido una obra entretenida, de eterna juventud, que dura hora y media sin interrupciones en un tiempo que uno lo pasa felizmente, muy bien, y que resulta altamente refrescante, lo cual de vez en cuando se agradece bastante.