jueves, 5 de diciembre de 2013

La trilogía de New York

Para conocer a un autor no es necesario leer todas sus obras (¡no!), se hace solo cuando ha pasado la prueba, nuestros parámetros personales, nos ha convencido y vale la pena seguir saboreando todos los libros de dicho escritor, ahí sí leemos uno a uno hasta el final, sino para qué, así, lo digo rotundamente, es perder el tiempo, ya que sobra la literatura, siendo enorme la cantidad de muy buena lectura que uno tiene por revisar, y el tiempo es muy corto para perderlo tontamente, excepto volver a intentarlo (bajo opción individual), quedando la posibilidad de que en otro texto del autor haya mejor acercamiento, si bien su mejor libro por algo lo es, mínimo debe esconder algunas cuantas virtudes, como la esencia, los temas o el estilo de esa escritura, y debe ser aparte de la posibilidad de ser una obra maestra mucho una carta de presentación, y sobre todo de goce y bastante razonamiento individual, no una lectura veloz que no saca ninguna sustancia y solo sirve para acumular listas y nada en la memoria, ya que cada libro tiene vida propia; porque uno no va leyendo 5 libros de un autor para entender uno suyo, menos si es especial; y es que uno tiende a volver al calor del hogar, tras un texto antecedente que se lo ha ganado, y para ello hay que elegir muy bien ese primer acercamiento, la obra por antonomasia y ya luego iremos por la de tipo sentimental, la de mayor subjetividad para nosotros en su bibliografía. Lo más sabio, optar por el mejor libro del autor, que cuajado y reconocido el escritor habrá señales generales de cual es, entonces analizarlo a consciencia, si es que tiene los atributos que nos entusiasman, un reto, un alto entretenimiento o algo emocional o pensante, según que busquemos. Dicho lo anterior, tenía que volver a leer a Paul Auster, un escritor del que muchos hablan maravillas, sobre todo en Europa y bastante en España donde lo adoran, tanto que no posee muchos premios en su haber, pero si un buen galardón en el Príncipe de Asturias, que junto al premio Médicis son los que más brillan en su estante de reconocimientos literarios.

Leí primero Tombuctú,  en parte por casualidad, que valga la acotación es algo muy propio de Paul Auster que cree en esas líneas de impremeditación que terminan siendo más complejas y coherentes que el mismo destino. Ocurrió rumbo a un viaje al interior de mi país. En el aeropuerto de Lima había una librería y no me resistí a ese pequeño libro de la estantería que leí rápido dentro de un fin de semana, siendo sumamente entretenido, pero menor, entonces tenía que elegir otro, uno más grande, más identificador, y pues opté por La Trilogía de New York, compuesta por tres novelas cortas o cuentos largos, que es el punto de inflexión en su carrera, su ascenso hacia la fama, y del que hablaremos a continuación.

Se divide en tres partes ya que tienen nexos leves en común entre sus historias. En líneas generales versa sobre la propia escritura, trata acerca de escritores, y por otro lado a su modo son novelas de detectives.  Ciudad de Cristal es la ruta hacia un deterioro, una caída lenta al abismo y la locura, tiene una redacción convencional en lo formal pero ostenta toques muy curiosos que la hacen salir un poco de ello, se reviste de personalidad y así se vuelve algo distinto, toma un estilo, donde se unen hechos reales con fantasía, se juega con la paranoia, o con la desintegración de la identidad; se plantea una posibilidad a base de trastocar un mundo verdadero, en un ambiente de pasiva fatalidad en que se sigue andando en medio de la resignación de estar vivo, en que el mismo Auster es un personaje, mientras crea un alter-ego que vive lo que sería la vida de este autor como en un mundo distinto, paralelo, donde pierde lo más valioso de su vida, su mujer y su hijo, y reniega de su escritura al punto de convertirse en un seudónimo, un hombre de sombras que le huye a lo público. No es arbitraria la mención del nombre William Wilson, el doble malvado del cuento de Edgar Allan Poe, aquí siendo el de la inminente derrota, un lugar de abatimiento, de soledad, de vacío. Hay que notar que el autor hace mucha mención de la literatura, y suele contar además pasajes de la historia americana, con un tono coloquial, despreocupado, pero de palpable admiración. Vive en él una pasión por su profesión que en una lectura de este relato puede llegar a ser concebida como artífice de perder la razón, siendo el gran sentido de una vida, algo que subyuga, y que puede convertirse en una grave frustración.

Ciudad de cristal atrapa irremediablemente, genera curiosidad aunque termina siendo más un recurso del ingenio, que para ser sinceros resulta poca cosa como trama, solo que tiene muchos golpes de efecto que son muy atractivos. Es interesante darse cuenta cuánto vale la forma en Auster, su redacción y descripción envolvente, de intriga, sus comentarios “intrusos” muy bien asimilados dentro, aun siendo un autor bastante sencillo de leer. Como notable su naturalidad para meter lo surrealista en su obra, velando por lo increíble sin salirse de un aire de realidad, aun tomándose muchas licencias.  Es una historia extraña con el leitmotiv de la proclividad a rompernos en pedazos, en quebrarnos, como se puede interpretar del título, y que bien desnuda la esencia de New York, donde a su vez todo puede suceder, donde se aparenta haber un plan, se intuye, no existiendo ninguno; en que la obsesión cobra un precio alto, es conducto al abismo tanto como a la gloria. Y en donde la vida es más endeble de lo que creemos. Podemos convertirnos en otros, lo que menos pensamos, apelándose en el trayecto inconsciente al ego o a las circunstancias pesimistas, creernos el cuento de nuestras vidas como un Don Quijote. En la historia solo basta una simple llamada como detonante.

Fantasmas, la segunda historia, es la mejor del grupo, realmente estupenda, y eso se da incluso jugando a poner colores como nombres; y a tener un título tan anodino, y que puede confundirnos en lo que vamos a hallar. Auster es un escritor que opta por una escritura amable, pero denota sabiduría y aprecio por lo complejo, es decir cambia el código, hace fácil lo difícil, aunque implica que está muy consciente de la literatura que finalmente podemos tildar de trascendente aunque no parezca a simple vista que es la suya, sin embargo es porque no quiere aburrir, siendo en él un don y una decisión.  En fantasmas vemos un juego de espejos y una especie de desdoblamiento más metafórico y abstracto que literal aunque también es una aventura de novela negra con su toque trepidante y su constante sorpresa. Se trata de una introspección del alma y la carga del escritor. El que todo lo da y se consume, como si cometiera un crimen, y que versa en la notoriedad y el anonimato. Como el que perpetra el autor contando todo el conjunto hasta el desenlace de Retorno al pasado (1947) de Jacques Tourneur (el libro también habla de mucho cine). En esta novela como en Ciudad de Cristal vemos otro escape o consecuencia, al no aguantar la presión impuesta por nuestra absorbente vocación. Ya no enfocado como en el anterior relato en el resultado sino en el proceso creativo.  Teniendo un argumento que nos hace indagar en el escoger vivir en el mundo o a través de la escritura que es como desaparecer, convertirnos en fantasmas.

Por último, la habitación cerrada, es sobre la suplantación consentida de un hombre por otro, la de dos amigos de la infancia en que de adultos uno repentinamente desaparece y deja de albacea de su obra de ficción inédita al olvidado compañero que toma incluso el hogar ajeno como suyo, en que se descubre con desequilibrio que uno parece estar convirtiéndose en otra persona, de la que se sabe quién es, y peor que el susodicho guarda un misterio que nos carcome. Aquí puede recordarse más al William Wilson de Poe en querer desentrañar una obsesión que nos está destruyendo, una en que por un lado se asume el extraño “anhelo” de la derrota. Y es que al final las tres historias son derivados de una misma cavilación que tiene muchos vasos comunicantes, la novela negra como pretexto para hablar de la literatura y sus artífices, como el fallar, renunciar o escondernos detrás.  La habitación cerrada hace hincapié al lugar que no queremos acceder, el aceptar que hemos sido derrotados, y que puede ser algo perverso en el pensar sabotearnos a nosotros mismos, articulándose el juego de la falta de fe propia. Su trama resulta -debajo de una buena prosa- muy ordinaria, nuevamente con todas las marcas de Auster, generando simpatía y atención, siendo muy próximo al lector.

Con el libro en conjunto estamos ante una ágil lectura donde brilla en feliz equilibrio el embellecimiento que brinda la meta-literatura bajo el vagabundeo que se convierte en extraordinario, en un periplo por el corazón de nuestras tinieblas. En cristiano, en tantos sentidos, dejar el alma en el papel. En que Paul Auster demuestra destreza en generar un entretenimiento inteligente, viéndose claramente que está dotado en la literatura; labor que engrandece el diario vivir, lo pequeño o cotidiano, haciendo del escritor alguien muy humano (en un momento nos dice el creador que le atrae saber cómo viven los renombrados escritores, pues Auster nos los desmitifica por completo dejando más que el romance y el éxito un lugar complicado de estar, como decía Hermann Hesse en su Lobo estepario, en la entrada: “solo para locos”).

“(…), estaba leyendo un libro de bolsillo con una chillona portada y Quinn se inclinó ligeramente a su derecha para echarle una ojeada al título. Contra todas sus expectativas era un libro escrito por él: Abrazo suicida, de William Wilson, la primera novela de Max Work. Quinn había imaginado a menudo esta situación: el repentino e inesperado placer de encontrar a uno de sus lectores. Incluso había imaginado la conversación que seguiría: él, afablemente tímido primero mientras el desconocido alababa el libro, luego, con gran renuencia y modestia, aceptaría firmar un autógrafo en la página del título, “puesto que insiste”. Pero ahora que la escena estaba teniendo lugar se sentía decepcionado, incluso enfadado. No le gustaba la chica que estaba sentada a su lado y le ofendía que ella leyera superficialmente las páginas que tanto esfuerzo le habían costado. Su impulso fue arrancarle el libro de las manos y salir corriendo de la estación.”

“El joven genio ha muerto, pero su obra seguirá viva, su nombre será recordado durante muchos años. Su amigo de la infancia ha salvado a la joven y hermosa viuda y los dos vivirán felices para siempre. Parecería que así concluye la representación, que lo único que falta es la última llamada a escena para recibir los aplausos. Pero resulta que esto es sólo el principio. Lo que he escrito hasta ahora no es más que un preludio, una rápida sinopsis de todo lo que viene antes de la historia que tengo que contar. Si no hubiera nada más que esto, no habría nada en absoluto, porque nada me habría impulsado a empezar. Sólo la oscuridad tiene la fuerza necesaria para hacer que un hombre le abra su corazón al mundo, (…)”

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