sábado, 16 de noviembre de 2013

La invención de Morel

Lo que inmediatamente encanta de la primera novela del argentino Adolfo Bioy Casares, que su amigo y compañero literario, el admirado Jorge Luis Borges, catalogó de perfecta, es que aun escrita con claridad y entendiéndose su potente y audaz pero sencilla trama, permite desarrollar varias interpretaciones al respecto que endulzan la inteligencia del lector; te da la oportunidad de jugar con distintas ideas y lecturas en medio de su trayecto, a partir de algo fantástico, propio de la ciencia ficción a la que se adscribe, pero como es normal en el anhelo de trascender géneros y profundizar en nuestra idiosincrasia universal como seres humanos yaciendo dentro de varios motores de realidad humana, como el deseo de la inmortalidad, el perennizar la ilusión y el amor, el escapar y triunfar en un mundo alternativo de escogida realización o armonía, distinto al que nos coarta, nos hace sufrir y nos disminuye en nuestro planeta, en un especie de cielo artificial detenido en el tiempo, aunque su reiteración nos hable de algo ilusorio que versa aunque de otra forma bajo parámetros de limitación, es decir, el escape termina enfrentándose a otra realidad imperfecta, criticable, como la vida misma, dentro de un intento -aun el sueño es incompleto- de hallar un mundo donde el hombre pueda vivir bajo la utópica felicidad, estando el invento de Morel limitado a cierta repetición mecánica, si bien es capaz de robarse el alma humana.

Pero no nos vayamos por otros cauces, la historia no es (solo) un canto de crítica negativa ni desazón frente a una naturaleza que siempre empaña nuestra tranquilidad (y que aparece con el hallazgo de existir), eso queda como un fondo elíptico en parte, y es que nuestro fugitivo sin nombre no nos descubre su complicado y seguramente peligroso pasado, solo nos deja ver que sobre su persona hay algunas sombras de una problemática mayor detrás suyo, pero que ahora yace en la luz de una isla indeterminada, especulada su ubicación, pero que rápidamente lo encuentra metido en un misterio, en una nueva preocupación que se mueve en un anhelo afectivo (tanto que por un buen rato está casi ciego al resto), y nosotros investigadores a su vera como en la mejor novela policial lo tratamos de desentrañar.  

El fugitivo se halla enamorado, despierto e inquieto, otra vez, pero por algo más revitalizador, atraído por una mujer que lo ignora, Faustine; que ha cambiado, desarticulado, en él su desarraigo –se menciona que puede ser venezolano y que algo político lo ha conminado a huir-, tanto como su estado de soledad, por un deseo de comunicación con sus congéneres, una nueva fe, sumida en un lado primario, el que nos puede infantilizar o hacernos perder coherencia, algo sublime sea dicho también, que no evita distintos momentos como convertirnos en animalitos, ya que el fugitivo parece en parte uno, se escabulle, se mueve a hurtadillas, vigila de lejos, se acerca tímido (aunque quiere ser resuelto), se llena de planes para seducir/atrapar a su presa, y finalmente recurre a regalarle flores, a componerle poemas, nos abre su humanidad, siendo la desconocida la apertura de su esencialidad; sin embargo, el camino de una relación se ve limitado por la falta de emociones compartidas (el último mensaje pide se unan sus “películas” para concretar un sentimiento ideal que éste cree ver, una pasión que trasciende lo terrenal, y valga la paradoja o la asertividad quizá, sin conocerla) pero desde algo novedoso que es el punto de grandeza de la obra de Bioy Casares que articula una ingeniosa justificación detrás de los tantos posibles pensamientos que podemos desplegar bajo la incógnita del razonamiento de una realidad extraña a uno, que nos desestabiliza en todo sentido, hasta hacernos dudar de la propia cordura.

¿Por qué no lo ven?, ¿por qué lo ignoran con tanta fuerza como si realmente no existiera?, ¿quiénes son estos turistas que han salido de la nada y se dice de ellos de forma omnipresente son unos esnobs?, ¿por qué hay dos soles y dos lunas?, y muchas respuestas se quedaran sin saberse, solo pinceladas de identidad, algún atributo o acción y algunos nombres, pero las más importantes se resolverán, sobre todo la duda mayor y meollo del libro que aun así permite jugar al lector, al menos como punto de partida, ya que nos deja un pozo de elucubraciones que corren por nuestra cuenta, como que en un momento se dice que todo puede ser parte de la locura, y que el protagonista sin nombre está metido en un manicomio (él mismo se lo pregunta en su desconcierto ya que se trata de su diario el que nos cuenta la historia, y por tanto estamos ante una subjetividad, una mente, alguien que dice además que es un escritor, y por ende nos está diciendo que todo es posible), o que se trata de una ensoñación o una proyección de ciertas carencias, en un exilio que tiene indudablemente mucho de psicológico, y es que el espacio en que se mueven los personajes parece un lugar propio de algo surrealista, un lado de la imaginación donde solo hay lugares puntuales, un museo, una pileta, una elevación natural con jardines y una playa.

Es una novela que se puede pensar mucho desde el arte en sí, parece que fuera una construcción que nos habla de la fantasía que despliega la literatura o el cine (siendo la obra de 1940), de crear algo especial, desde coordenadas que quieren reemplazar la realidad, robar el alma, en que Morel, su autor es el demiurgo de toda esta ilusión de eternidad, personaje que parece desdoblarse de nuestro fugitivo, viendo que finalmente como se llega a leer recorren el mismo camino, y nosotros con ellos como unos nuevos fugitivos, como dentro de una biblioteca/videoteca inacabable, donde viven muchas historias “perfectas”, como en el reino autócrata del genio inventor de Morel en que la tarea pendiente son los vínculos afectivos del que viene después (hay un necesario voyerismo y una necesaria identificación, atención y confabulación), desde distintos planos como con Morel y su grupo, y su relación con el narrador y lector de su devenir congelado, aunque queriendo ser amado por Faustine; y así sucesivamente, como creadores en potencia, de vida alternativa; pero teniendo en cuenta que atendiéndolos lo somos sin volvernos autores de algo tangible.

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