jueves, 28 de noviembre de 2013

Fahrenheit 451

Una de las más famosas novelas de ciencia ficción que hay en la historia de la literatura universal, y del tipo que retrata la distopía, un mundo al contrario de la concepción de la utopía o ideal, un futuro tergiversado en su anhelo de perfección, o deplorable en su camino al progreso, escrita por Ray Bradbury. Provista de una idea muy atrapante para cualquier lector, en que mañana los bomberos se dedicaran a quemar libros cuando el gobierno de entonces considera a la lectura de ilegal ya que arguyen produce infelicidad, melancolía, y en el filme de Truffaut además desigualdad.  En sí de ello trata predominantemente el libro, yendo hacia el punto de un mundo totalitario donde al ser humano se le quita un derecho natural a causa de una premisa errada, el poder pensar. Pero también se toca ya que se quiere evitar según el proclamado bien común que el hombre se convierta en un ser infeliz, que digamos que en la historia paradójicamente deriva en ello, ante el dominio de las autoridades que rigen con la televisión la vida de la gente, es decir, la publicidad de un modo de existencia donde se afecta la comunicación interpersonal, existiendo un aislamiento y una sobre-protección que en lugar de provocar la ansiada realización humana, genera vacío, soledad y miedo.

Como decíamos, es una lectura que enseguida se gana al lector, en la tradición del cuenta cuentos a la luz del fuego, aparte de estar muy bien escrita en sentido de que se lee en un tronar de dedos sin que por ello evite contener sustancia, ser profunda, que lo es, porque el libro está asumido desde una sabiduría sencilla, amigable, muy fácil de comprender, y por supuesto de defender, de forma natural y general. No obstante, puede ser bastante simple al contrario de lo que puede parecer en cierta medida, y ser vista como una ordinaria historia de aventuras y de justa rebelión donde un ser negativo, en realidad, para la sociedad, se convierte en un héroe cuando el mundo parece un lugar imposible de generar el triunfo y el necesario cambio. Es la lucha titánica del pequeño David contra el omnipresente Goliat, solo que el panorama no se articula con tanta intensidad o amenaza; si lo es, es inmanente en la mente de la propia población, habiendo solo una especie de sabueso mecánico como reto y peligro, y los mismos bomberos, que son como la policía del régimen invisible pero todopoderoso, desde más que todo la idea de la sumisión, de la ideología de la época, como bien hace ver Truffaut en su filme de 1966 en el descredito de la filosofía expresada en la rabia y convicción del capitán del equipo de la salamandra del ardido del papel en 451 de la medición Fahrenheit.  

Sin embargo, se complementan totalmente, una no vive sin la otra parte, y he ahí la grandeza de la concepción del libro, en el matrimonio de la forma y el fondo, ¡cómo si fuera tan fácil!, y aquí es vistosamente notable, de cariz fluido hasta una fusión impensada de otra manera; moviéndose bajo la ley de los pensamientos internos, lógicamente, pero que están expuestos como trama a la luz de la recepción más clara, y admirable, porque si algo es bastante potable en su inteligencia, y a la vez, transparencia, es la quintaescencia (aunque cada quien tenga su búsqueda y apreciación personal). En donde brilla una historia cautivante, trepidante, dada la violencia intrínseca del relato; el destruir al ser humano en su estado más noble, y no digo saludable ya que no comparto que se critique al deporte (como se ve en  la película de Truffaut, y puede hacerse a mi ver solo si uno suprime al otro; cuando deben convivir ambos más que fomentar una batalla improductiva, pero que se entiende como lo absurdo de solo remitirnos a lo físico), que llega inevitablemente a lo emotivo (resaltando la importancia de la libertad), es como si se le temiera al sentir (todo se ramifica como en una torre que germina tras una mala ideología), cuando sufrir qué le vamos a hacer es parte indisoluble de vivir, de ser nosotros (cójase esa genialidad del autor de este libro), como se ve en la lectura de un poema que hace llorar a una amiga de la esposa robot de Montag, nuestro paladín.   

Estamos ante un libro directo, dotado de buen ritmo, desde luego, nada complejo por donde se le vea en la obra misma, aunque la temática sea tan potente; un texto seguro de obtener cuantiosas loas, una apuesta a ganador, de regalo, diálogo o recomendación, uno que defiende la gloria de leer (que mejor que ese mensaje a la literatura en sí y al amante de ésta) pero que va más allá hay que decir, que es admirable sin ser excepcional en lo formal (salvo que la redacción amable sea vista como un don). Y al que hay que complementar con la película de Francois Truffaut, que aporta al mundo de estas letras, a diferencia de la costumbre que repite tal cual de un registro a otro, y en donde uno puede sentir la desconexión  o el altruismo que combate o promueve respectivamente Bradbury en su novela (un canto de humanidad), fuera de un aire pintoresco en la recreación cinematográfica.

Una trama en que una muchacha “loca”, Clarisse (que no es la única sino hay muchos disconformes luchadores), le hace revisar su alma a Montag, aunque tenía ya la semilla, solo que dormida, era el tipo propicio a transformarse siendo “distinto”, no estando cerrado al diálogo y habiendo guardado libros, convirtiéndolo en un outsider positivo, en un escape aun con todo en contra. El que no era del todo ordinario porque es un bombero y conoce mucho la raíz del mal pero sí uno más al fin y al cabo en esa maraña de subordinación, y que optó por seguir a su corazón. Vaya lema, me dirán, pero que se ve sin duda alguna en la gran recurrente pregunta: ¿eres feliz?  Y le basta ver su hogar y a su esposa suicida y desprovista de afectos, o a la tenacidad de quienes creen en algo realmente como con esa mujer que no quiere dejar los libros en el fuego a costa de morir en el trayecto, y que mueve más la consciencia de Montag, al punto de ser capaz de matar por su ideales, dígase en el relato literalmente, aunque se trate también de sobrevivir (no se puede obviar que el libro tiene una esencia revolucionaria pero que versa en la cultura, en la libertad y en la propagación de los sentimientos, algo que hay que decir que no solo suena muy norteamericano en su concepto de la guerra sino universal). Bradbury en su obra nos brinda audacia noble, a la que hay que llegar con serenidad porque es flagrantemente sencillo, pero en dónde esta vez sí hay premio, viene con verdad, no solo superficialidad y goce, como nuestro siglo XXI pretende inculcarnos, y  evitando ser redundante, debemos notar que somos el timón de esa decisión.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Deja tu comentario con educación. No coloques enlaces a otros espacios. Evita dar spoilers si bien todo aporte argumental puede expresarse con sutileza. De lo contrario no se publicará.