lunes, 21 de octubre de 2013

La mujer del abrigo

Escrito por Mario Salazar



"Dedicado a una figura mental de Ava Gardner"

El hombre se movía rítmicamente dentro de ese cuerpo esbelto y curvilíneo, que bordeaba la perfección estética; el cabello negro azulado, los ojos color miel, los labios delineados y rosados, la piel canela. Colocado encima de la imponente pecadora la penetra cada vez con mayor celeridad, las bocas jadeaban al unísono en ágil y etérea paridad, hechicera gemía sin restricciones gozando sin tapujos, ambos sudaban, el calor era sofocante, la carne estaba húmeda.

Después la ebullición y el delirio que lentamente se van difuminando dejando un hálito de placer en la atmosfera, al final la calma, el hombre que sale de arriba y se arroja como un peso muerto a un lado sobre la cama, la sonrisa resalta vigorosa en su rostro, ella pregunta si le gustó, le responde que fue magnífico. El macho la observa desvestida, un precioso cuerpo desnudo flotando como una ninfa sobre su propia naturaleza cautivante. Mira su reloj, dice que es tarde, son más de la una de la madrugada, se levanta sin más y se empieza a vestir apresurado. ¿A dónde vas? Pregunta sorprendida. - Me voy a mi casa, mañana nos hablamos por teléfono responde seguro.

Se queda muda mientras su príncipe azul cierra la puerta al salir. Tiene hambre, se coloca un abrigo de fastuosa piel de un color marrón intenso y baja descalza llevando únicamente aquello. A la entrada del hotel en que se hospeda y vive desde hace meses está Danny, el vendedor de perros calientes, la beldad lo mira y le paga unos dólares, quiere dos sándwiches, a su salchicha le echa mayonesa y mostaza, no le agrada el ají.

Coge ambos panes y regresa contenta, no hay mejor forma de vencer a la melancolía que con éste maravilloso alimento se dice a sí misma. Una vez en la puerta de su habitación se topa con un vecino, el que la mira con deseo y le pregunta qué cómo está, la diva le rehúye y le responde que se halla apurada, el sujeto le hace un gesto con la mano en despedida y lanza un vistazo feroz, que describirlo sería mencionar a la lujuria encarnada en ser humano. Helena se mete en su cuarto y cierra la puerta. Enciende el televisor y arroja el elegante abrigo sobre la cama, se queda desnuda y con un perro caliente en cada mano deambula por dentro dando un bocado alternado a cada sándwich. Termina de comer y se mete a la ducha, se da un baño frío para mantener los músculos duros. Al salir se seca y se pone ropa interior, se coloca un vestido casual y mete los dedos de los pies en unas sandalias. Abre un cajón y ve la tarjeta de crédito que su pareja le ha dejado.

Sube a la terraza del edificio, ahí hay un bar, se pide un vodka con granadina y jugo de naranja, se sienta y deja que el aire le acaricie el cabello, piensa en que tiene treinta años y aún sigue soltera, quisiera tener un hijo pero sabe que su caballero andante no quiere uno, ya tiene tres propios. Recuerda que no terminó la carrera de administración y que ha dejado el modelaje, realmente le encantaba la pasarela y las fotografías, sabe que tiene la escultural fisonomía de una mujer hermosa y sentirse de esa forma la hace feliz, se da cuenta de que renuncio a un trabajo que además de dinero le brindaba seguridad, confianza y era vigorizante para el ego. Se bebe su trago y se extraña de que la sensación de decaimiento vuelva repetidamente. ¿Qué me falta? Se pregunta. Y sabe la respuesta, pero está atrapada, se ha enamorado del tipo equivocado, un hombre casado. De quien ha aceptado su condición de amante, el papel de la otra. La sinvergüenza. La sucia. La zorra.

Helena la mujer que ocasionó la guerra de Troya la nombra su homónima, no obstante en su haber solo está la posible destrucción de un matrimonio, aún así guarda silencio esperando que su amado se divorcie y se case en segundas nupcias, quizás pertenece a la estirpe de las malas hembras, todas lo pueden ser cuando se apasionan, llegan a mover cielo y tierra por ser complacidas, están las que se vuelven dóciles y esas que se desatan como unas fieras, son capaces de interpretar cualquier personaje. Quizás padezco de una enfermedad analiza meditabunda, estoy deprimida aunque lo oculte. Ni yo misma comprendo mis emociones. La vida es tan compleja que se hace imposible darle certeza a un destino, todos ellos están truncados, nacen para convertirse en otro del que uno aspira.

A la terraza sube el hombre que la admira con lascivia, se adjudica el rotulo de tipo guapo pero Helena no lo nota porque no le importa, pero al verse sola y con algunos alcoholes en la cabeza le acepta la compañía, no lo conoce mucho, apenas lo ha visto unas cuantas veces, no han cruzado más palabras que no sean saludos y despedidas efímeras, de pronto en medio de la noche, empiezan a dialogar, le menciona que se llama Fernando, que es arquitecto y que tiene 41 años de edad, no tiene familia ni nunca la tuvo, fue huérfano y se crió en hospicios, a los dieciséis años empezó a trabajar y más tarde se pagó su educación. No tiene pareja, duda del matrimonio, afirma no haberse involucrado lo suficiente como para comprometerse. A la dama le resulta atrayente la historia, no se imaginaba que fuera un hombre de tantos matices, la seduce el hecho de que se hiciera un camino solo sin ayuda de nadie. Su propio periplo ha sido igual, vivió hasta los diecisiete años con una madre que era alcohólica, su padre las abandono cuando apenas tenía tres años, desde chica conoció la pobreza pero Dios le había regalado un don, la belleza, rápidamente a temprana edad supo sacarle provecho a ese atributo, con el modelaje.

Divina como una musa sigue bebiendo pero de forma lenta aletargada, el prototipo de conquistador toma whisky con hielo, mientras sigue narrándole su pasado y sobre algunos proyectos personales, la tiene hipnotizada con su conversación, posee encanto y facilidad de lenguaje, sin embargo el objeto de su obsesión decide viendo que ya son casi las tres de la mañana irse a su habitación. Se despiden con un beso en la mejilla. Cada uno sigue su rumbo. Fernando siente que ha ganado puntos con esta efigie de ensueño, pero en la mente de Helena no hay otro más que su amado Augusto.

Al cabo de dos días discuten, le pide explicaciones de porque no la ha venido a visitar, que todo el tiempo anda encerrada sola, el hombre se excusa con que no podía porque estaba celebrando el cumpleaños de uno de sus hijos, que no quiere despertar sospechas en su esposa, ¿y cuándo le vas a pedir el divorcio? ¿Cuándo le vas a hablar de mí? Pregunta molesta, y el tipo no sabe como calmarla, le pide paciencia, la besa, le hace mimos y terminan haciendo el amor como siempre. El patrón se repite. Nota que vive loco por su cuerpo, bajo su hermosura, no sabe bien si se trata de solo eso o también valora su personalidad, reflexiona y se engaña proclamando que no representa una mujer tonta, tiene virtudes a pesar de ser la otra, la destructora de hogares. Helena se debate en esos pensamientos, no le resulta simple aguantar esa situación, se encuentra enfrentada a un sacrificio, siendo la primera vez que se enamora de un hombre casado y aunque Augusto tiene mucho dinero aquello no le inquieta porque siempre se ha mantenido sin apuros con su carrera de modelo; sin embargo la ha convencido de que no lo haga y le ha obedecido, quizás porque teme perderla o solamente por absurdo capricho, al menos por un tiempo le ha dicho, sin mayores explicaciones.

El amante se va como acostumbra luego de acostarse con Helena, le promete que mañana irán a comer a un restaurante, el que recién han abierto a dos calles del hotel, uno de comida italiana, se van a pedir un vino costoso, la van a pasar estupendo, escuchado lo dicho se contenta, empero al poco rato le retorna la melancolía, baja y le pide a Danny dos perros calientes, el vendedor le hace una broma para que se ría pero se halla tan distraída que no lo escucha, coge sus sándwiches y camina de regreso a su habitación, entra en el interior y desnuda se pasea con las cortinas abiertas. No lo hace por exhibirse sino sin percatarse. Termina de comer y toma unas pastillas para dormir.

A la mañana siguiente sale de compras con dos jóvenes amigas, adquiere innumerables zapatos y vestidos de diseño de última moda, después junto con las chicas se va a sentar a un café, Helena conversa de algo ligero, una de sus compañeras le dice que debe ver Casablanca, un clásico romántico en donde nadie luce más impresionante que Ingrid Bergman, que Humphrey Bogart tiene el rostro de mayor tristeza que alguna vez se haya filmado y aun con eso alberga desbordante pasión figurando como algo especial en el cine, por salir del paso promete que lo hará, rentará el disco aunque duda en su fuero íntimo ya que algo así puede deprimirla, no se siente tan solida para ver un drama. Sin percatarse de su presencia se le acerca Fernando de improviso y pide permiso para sentarse a su mesa, Helena le dice el nombre de sus amigas y viceversa. En cuestión de segundos entra en confianza y las hace reír, pero no a la mujer que le quita el sueño, ella parece tener la mente en otra parte. La conversación cambia de dirección y entablan intercambio de pareceres sobre libros, se habla de política y algún tema de entretenimiento. Y aunque parezca que están pasando un grato momento, Helena se despide y se retira con sus acompañantes. Fernando se queda en solitario rincón mirándola a distancia.

Por la noche Augusto no se aparece, lo que le despierta una lucha espiritual contra la voluntad de llamarlo a su celular pero eso podría levantar sospechas piensa dubitativa, decide enviar un mensaje de texto medio críptico que solo lo comprenda su persona, pero no le da resultado, no recibe respuesta,  nuevamente la mujer que viste su precioso e inseparable abrigo baja a comer sus perros calientes, su dieta nocturna y regeneradora, sube para quedarse vestida de Eva en el paraíso, merodea por el cuarto echa una gata en celo, cuando alguien toca a su puerta, en un arranque de felicidad quiere abrir intempestivamente como está pero por si acaso se coloca el voluminoso y fino gabán que la mantiene caliente en estas fechas frías que van, al abrir se desilusiona, no surge quien piensa, sino Fernando que lleva una botella de champagne en una cubeta de hielo y dos copas, al verlo emocionado no sabe como rechazarlo ante el tropel de palabras que le suelta sin darle oportunidad a que lo eche de su aposento. Pasa y empieza una conversación que parece un monólogo, la atractiva mujer se aprieta a su vestimenta, piensa en cómo está y aunque puede manifestarse maliciosa no lo hace, le dice sin rodeos que se vaya, que está comprometida, que lo suyo representa solamente amistad, el tipo insiste, quiere forzarla sentados sobre la cama pero sin tanto ajetreo, repentinamente sucede lo inevitable, le da una cachetada para liberarse y la ilusión se desbarata, se pone de pie y se dirige hacia la salida, se retira ofendido. Nunca más lo volverá a ver. Cuando abre la puerta, llega Augusto con un ramo de rosas rojas, se queda boca abierta al ver al tipo retirándose del cuarto, la tentación que se difumina por la habitación le explica que es alguien que la persigue pero ya lo ha alejado por completo, al oírla no se deja atrapar por los celos, siente que tiene el control sobre los sentimientos de la sumisa manceba, de todas formas juega el papel correspondiente, claro sin exagerar y la fémina inocente por enésima vez cae en la red de la araña, se besan y terminan haciendo el amor; realizado el acto parece empezar uno nuevo aunque antiguo, le promete que va a dejar a su esposa, qué se irán a vivir juntos, todas son mentiras, no obstante se las cree y triste al final de la noche se queda desnuda mirando los primeros rayos del amanecer. Pronto será de día reflexiona a solas, mañana será distinto. Su cuerpo brilla hermoso y apetecible sobre las sábanas, una diosa venida a mortal sufriendo el amor de un hombre.

FIN

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Deja tu comentario con educación. No coloques enlaces a otros espacios. Evita dar spoilers si bien todo aporte argumental puede expresarse con sutileza. De lo contrario no se publicará.