miércoles, 21 de agosto de 2013

Doce hombres en pugna

El teatro La Plaza de Larcomar presenta esta puesta teatral que parece la gran obra de la temporada, y en buena parte ello es, aunque algo por debajo de ciertas expectativas, a ratos luce anodina, pero seguro es mi culpa, tampoco soy un entusiasta pletórico e inconmensurable de la película de Sidney Lumet, aunque, por supuesto, es un clásico americano en toda regla y guste o no tanto personalmente, es -y la creo- una obra maestra. Y ese atractivo fue el que me sedujo a verla en nuestras tablas, dirigida por Ricardo Morán.  

Debo empezar diciendo que mi acompañante la halló maravillosa, y es que ver una obra basada en un caso judicial, como delibera un jurado que en un inicio tiene casi resuelto el veredicto que inculpa a un muchacho de 18 años de edad de asesinar a su violento padre con una navaja tras una discusión para luego torcerse tras la audaz intervención del jurado número 8 mediante la duda razonable, en la forma que está escrita y concebida por Reginald Rose no es para menos. El ingenio y la creatividad ya tienen ganada gran parte de su éxito, y es cuestión de hallar a los interpretes correctos, que impriman pasión y generen el conflicto hacia la decisión final que irá mutando y ganando adeptos para desarticular la culpabilidad de este joven e hijo equis de baja condición social; desbaratándose en el trayecto cada supuesta evidencia contundente, que se irá rebatiendo en esa lucha de pareceres y opiniones de estos 12 jurados en que desde su individualidad ocultan sus visiones del mundo, sus pequeños contextos, que en escena darán con su desnudez interior, como también se lidiará con alguna personalidad intratable dispuesta a enviar al acusado a la silla eléctrica sin el menor remordimiento.

En ello es como presenciar una batalla intelectual, en donde la argumentación es lo principal, y con ello convencer al otro por un bien altruista e ideal que se ampara en la verdad y en la justicia, todo un ejercicio de razonamiento que le gana a la simplicidad e indiferencia que nos suele rodear, pero a través de la practicidad, de entablarlo por medio de un tono fácil y directo. El ingenio que nos despierta sin la necesidad de hacer milagros sino en nuestro habitad mental. Como se suele ver en cierta aspiración artística, en que la sabiduría se inclina hacia el provecho y engrandecimiento general, hacia las mayorías, pero dándoles sustancia y permitiéndoles ver desde su lugar. Como hacer de todos la noción del pensamiento. Es creer en el pueblo, la esencia de la democratización de los juicios mismos.

Rose hace de una profesión pesada como la del derecho y sus tantas leyes, algo sumamente entretenido y cautivante, donde la audacia es constante, pero en su sencillez, denotando un continuo vaivén, mientras se van agregando pequeños triunfos, se va ganando pero se muestra el escollo de la unanimidad, al comienzo saludable, y es en la conclusión que la perseverancia genera su fruto. El argumento se matiza de tal forma en que un baño nunca ha sido más útil, ya que todos van a lavarse las manos a este y se genera una pausa, algo tan nimio influye de una forma increíble, y a su vez se va estructurando y distribuyendo con coherencia y sin saturar aun usándose el mismo proceso la presencia y la repercusión de los giros argumentales que atacan las evidencias y que brilla en la naturalidad de un diálogo en disputa que recurre a los silencios, a la comedia, a las peleas intrascendentes, al descanso, a ver el tiempo, la lluvia, a cotejar pruebas o mucho a las revelaciones de quienes son estos hombres, en un momento tan importante donde ellos mismos trascienden sin que se den cuenta.  Contener varios clímax es su mejor base y van y vienen como en una partida de ajedrez en que se va llegando hacia el jaque mate, todo sin agotar, porque sabemos que el fondo implica ese tipo de uso y justificación.

El filme como se sabe es fiel a la obra teatral, y es magnífico, aun prefiriendo Serpico (1973) o Tarde de perros (1975) que son quizá oficialmente menores a su vera pero más intensas en lo literal, son acción tal cual en su esencia, aunque ésta sala de juicio alberga por su lado bastantes emociones y su propia fuerza en esa lucha cerebral dentro de un tablero de personas comunes, aunque de cierta cultura, son una clase media pensante. Que es algo notorio, gente cualquiera que se hayan en situaciones especiales, y que quieran o no deben hacerse cargo de lo que tienen entre manos, deben ponerse a la altura, en el caso de 12 hombres en pugna, aprendiendo a pensar, a usar su intelecto, a ver más allá de sus narices y de los complejos, los prejuicios o sus propias problemáticas.

Dicho lo anterior, la obra como tal, su guion, su texto, es atrapante, una apuesta segura, y solo queda no estropearla con las actuaciones, ya que únicamente una torpeza mayúscula en esto puede malograr algo así, por lo que queda poca crítica al respecto. Viendo  los actores el papel más atractivo caía en el jurado número 3, el tipo irascible, el último bastión de terquedad, que está seguro de su veredicto aunque esconde una razón personal; en pantalla grande lo hizo el gran Lee J. Cobb, y era de una potencia a la que le sobran las alabanzas hacia su perfomance, su temple e intensidad abordaban perfectamente el compromiso negativo que se había hecho con su papel en la sala tras la identificación con el difunto. El que lo interpreta en nuestras tablas es Mario Velásquez y no lo hace mal, cumple aunque queda por debajo de Cobb, quien ya con su intervención en La ley del silencio (1954) nos hablaba de un actor de primera, memorable, un secundario de oro. Sin embargo, seamos justos, Velásquez muestra carácter, intimida, y exhibe esa rabia tan indispensable.

El otro papel llamativo le pertenecía a Henry Fonda, el jurado número 8, el que cambia la situación, el tipo que entiende que lo que tienen entre manos es una vida y un gran deber, el que está consciente del panorama y cuenta con la voluntad de indagar, de dar su tiempo por algo mayor, de poner en duda lo que hay, el ente esencial de la sabiduría, el tipo ejemplar que hará que los demás le sigan, sin rehuir a la pelea pero con educación y tranquilidad, ni de propiciar que simplemente agachen la cabeza como ovejas sino de removerlos pero en libertad. Una actuación menos apabullante que la de Cobb pero con una personalidad bastante firme, inteligente y con un aire de nobleza y cierta discreta delicadeza en el trato, por ende simpatía y atractivo para convencer y generar empatía. En ello Leonardo Torres Vilar le ha puesto algo de convicción visual, y ha fabricado un personaje ligera pero visiblemente más agresivo que defensivo (que, claro está, no pasivo de ninguna forma), no obstante conteniendo la base aun transformándolo en un mínimo ostensible, y también cumple y hasta sobresale del grupo como se espera de su papel, sin que sea una actuación descollante, porque ya le hemos visto ponerle ímpetu y modular la voz como suele hacer en su trabajo; no decae  a su promedio pero tampoco hace algo demasiado especial.

Después el grupo  tiene equilibrio y armonía general en la obra versionada en nuestro país, muchos se divirtieron con Carlos Tuccio que es quien pone en juego la broma, con la mala palabra y ese tipo de exabruptos chisposos, y habría que mencionar a Lucho Cáceres que le cae como anillo al dedo el tipo que solo quiere ver su partido de deporte, y es alguien relajado. En conjunto son un buen equipo, y hacerlo en general (a ratos, más que) bien, entregados a sus roles aunque alguno sea chico o tengan que esperar mucho para participar en algún diálogo (y en alguno lucio algo de impaciencia), como lo han hecho ya le da un plus o el condimento a la obra, viendo que la historia es tan eficiente, mientras cada aporte es indispensable para dar una imagen de lucha, de cambio, de entendimiento, de pugna hacia el otro lado de la moneda.  

Finalmente, no hay papel menor en esta obra porque se trata de 12 jurados y cada voto cuenta, y por ello merecen un aplauso porque la obra funciona con todos ellos. Quizá habría que tomarse mucho más en serio esos 5 minutos de fama o de estar entre luces para que sintiéndolo las discretas intervenciones sean más prodigiosas y hagan vibrar un grado encima, algo criticable en Sebastián Monteghirfo y Gerardo García Frkovich que no es tampoco que lo hagan mal, sino que cumplir o por ahí sabe a poco. A Emilram Cossío lo dejo en el intermedio porque parece estar entre lo común pero algo atípico a él. Alejandro Escudero, Carlos Victoria, Rómulo Assereto, Carlos Gassols y Ricardo Velásquez elevaron sus performances aun no siendo especialmente atrayentes en lo que les tocaba. Y es que en sí es un juego de lo mínimo en cuanto a robar espacio e iluminación, y pues ninguno apantallaba, pero todos decentes o poco más para concretar una buena realización.

Y eso ha sido, entretenida, bien hecha, con mensaje, un buen fondo, una obra amable y carismática, visualmente convincente, aprovechando lo que suele atrapar, dentro de una  sencillez argumental, que no será a todas luces la sensación de la temporada como se autoproclamaba en buena cuenta o se intuía pero si lo suficientemente apreciable como para retribuirle en calurosos aplausos, o avisar de que habría que ir a verla porque tiene su qué, y en ello mucho, y saben concebirlo en escena.

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