domingo, 21 de julio de 2013

El hombre elefante

Viendo que se exhibía ésta obra teatral en nuestro país mientras recordaba la película de David Lynch que tocaba el mismo personaje, la que fue una trama muy conmovedora y hasta bastante angustiante, aunque a ratos efectista y redundante, rodada en 1980 bajo un atrapante blanco y negro y un maquillaje y efecto visual muy bien desarrollado,  dentro de la relación de mutuas satisfacciones entre el cirujano Frederick Treves (Anthony Hopkins) y el hombre deforme conocido como el hombre elefante debido al tamaño descomunal de algunas partes de su cuerpo como su cabeza y la extremidad derecha superior, John Merrick (John Hurt ), uno de los filmes más fáciles de seguir del onírico y surrealista director americano, me decidí a ir al Teatro Mario Vargas Llosa en la Biblioteca Nacional a ver la adaptación del texto escrito por Bernard Pomerance, dirigido por Joaquín Vargas e interpretado por el Teatro de la Universidad Católica (TUC). Una obra que ostenta el Tony Award de 1979.

Debo comenzar diciendo que se me hace complicado relatar la experiencia ya que debo confesar que no sentí mucha empatía con la historia vista en el teatro, muy por el contrario de lo que en buena medida si me proporcionó la cinta de Lynch en donde al dispersar el sentimiento de compasión que saltaba del abuso nacido en ver al protagonista como un freak show, a la solidaridad y ayuda de gente sensible que lo apreciaba como un ser humano, solo que deforme, golpeado por la vida y sufriente (que también producto de curiosear en su extrañeza), en espacios que se iban intercalando uno tras el otro se me minimizó el ánimo interior hasta quedar curtido, aunque agradeciéndole un buen rato de tensión y perceptibilidad.  

Mi primera fuerte impresión y angustia se apaciguó, con lo que el filme pierde mucho aunque no termina fallando sino decayendo, en una simplicidad de conjunto sea dicho de paso, ya que ambas historias basan su potencia y razón en su emotividad, mientras la obra teatral no explota el lado culto y sensible del protagonista ni hace palpitar como debiera la necesidad y la injusticia existencial del mundo que le ha tocado vivir, una era victoriana sin posible solución a su enfermedad, en la que es visto como un fenómeno y una novedad.  Entonces fallando la esencia de la obra me vino el cansancio y se hizo un peso constante observarla, y siendo extensa, además, en donde estuve como hora y cuarenta minutos, decidí retirarme un poco antes. Me dijeron que faltaban unos diez minutos para acabar, pero el cuerpo y la paciencia ya no me daban y opté por irme. Y es una pena porque todo apuntaba a una puesta atractiva y no llegó a serlo, sin embargo ha tenido algunos méritos. Partiendo de que lo principal no ha logrado su cometido.

La obra perdía fuelle en la broma (que no fue mucho tampoco), algunas veces  inintencionada, otras muy sutilmente siguiendo al público en su cotidiana inclinación por la risa, aun siendo una obra seria; y sobre todo al crear una distancia emocional, a pesar de que el actor Sebastián Reátegui que encarnaba al protagonista lució solvente en cierta medida. Siendo el que a todas luces sobresalía del grupo, por encima de luminarias del escenario como Hernán Romero o Mónica Domínguez que también destacaban en sus respectivos roles, el doctor Treves y la actriz teatral Miss Kendall, pero no en ellos al punto de salir de un halo de sencillez recreativa y visual, que no es fácil superarlo, no sucede a menudo (mucho puede pesar recordar la película al respecto y comparar siendo una gran exigencia, y hago un mea culpa).

Reátegui sugería la deformidad con el artificio de la voz afectada, el andar tullido al arrastrar una pierna rígida y entorpecer un brazo, y el gesto facial, a partir de una transformación descriptiva muy audaz en el momento en que Treves enumera sus deficiencias, producto de sufrir la neurofibromatosis. Pero, anotando que pierde en cuanto al concepto que debe irradiar, ya que John Hurt impuso una sensibilidad y una delicadeza que versaba sobre la elegancia y cultura del hombre elefante, que en Reátegui está en parte ausente, solo logrando un poco de inocencia y ternura, que se codea con algo de estupidez (justo lo que se trata de rebatir en la historia ya que la personalidad del hombre elefante es un punto de contraste importante y es lo que enamora a su vez a la aristocracia inglesa que también valora un cierto genio en él), y no todo puede ser su culpa sino de la dirección.

Había una atmósfera general de mucha tranquilidad y parecía madurez pero también hacían pensar en que presenciábamos algo apagado, soso y esa fue mi sensación general. Y en otro caso aunque bella la música que acompañaba toda la obra, un violoncelo, se convierte en un sonido monótono y avanzada la puesta se adormece el efecto, el de proporcionar melancolía (que imprime lo suyo), a falta de lograr concebirlo los actores que carecían casi de ese tono, viéndose muy poco en éste hombre elefante, y nuevamente seguro es algo complejo de lograr en una puesta de teatro en nuestro medio de repente no tan ambicioso, y quizá le pido mucho al joven actor que lo interpreta. Finalmente el cello no es un recurso que llegue a ser todo lo bueno que intenta parecer, tampoco es todo. Aunque sí que aporta brindando además un aire de refinamiento, que conjuga con algo del escenario, aunque no por ese enorme fierro frontal que parece estar fuera de lugar por momentos, salvo en alguna proyección de cine en que se fusiona visualmente. Y ese es otro recurso que pinta de ingenioso pero que queda en algo leve aunque no hay que ser malagradecidos y hay que decir que resulta un poco novedoso, mezclando formatos que siempre son curiosos y beneficiosos, al menos en el papel; el de colocar un ecran y a ocasiones proyectar película con actuaciones de los mismos actores de esta obra, que lo pudieron interpretar en el escenario sí, pero vale el rato de “originalidad”.

Dentro de las actuaciones hay un lapso en que salen lo que parecen ser dos muñecas de circo a las que golpea una especie de domador o amo y que terminan siendo una demostración de muy mala actuación, visualmente descoordinadas y torpes, que apuntan a bajarle el nivel a la puesta, y eso es algo notorio. También me queda la incógnita de la maldad del dueño del antro en que exhiben a Merrick ya que era un tipo ruin y cruel en la película pero en la presente me ha parecido que resultaba indiferente para el público. A ratos a la obra se le siente que le falta ser más segura en cuanto a lo que quiere ser, y no quedarse en medias tintas, buscar hacer completa esa sustancia que parece buscar; de donde podemos apreciar ese intrínseco y potente centro de gravedad sobre la humanidad del hombre, los atributos del alma y la inteligencia para verlos y defenderlos como individuos y como sociedad.

El hombre elefante del cine, la película, era muy simple, esta obra teatral no me lo ha parecido tanto y eso apunta a mayores y mejores alcances, sin embargo lastimosamente no han sido concretados ni explotados como se debiera, y si bien mi acompañante me comentó que le lució muy básica la historia en las tablas y todo, yo he sentido que había otras pretensiones y eso ya merece un aplauso, aunque me queda la duda porque realmente había distancia emotiva, fallando este atributo vistosamente trascendental en la exhibición, y eso creaba falta de atención generando abulia ya que tampoco se posicionaba como algo complejo sino asomaba, y por ende tenía muchos huecos por donde caer y así ha sido. Para otra oportunidad será. Espero que sea en Doce hombres en pugna, mi próximo boleto y otra que promete mucho (y ojalá cumpla), ya que tengo ganas de (muy buen) teatro.

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