martes, 30 de julio de 2013

El guardián entre el centeno

J.D. Salinger publicó tan solo 4 obras, El guardián entre el centeno (1951), Nueve cuentos (1953), Franny y Zooey (1961) y Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción (1963), en 91 años de vida, más un último texto, un cuento largo dado a conocer en la revista New Yorker, el 19 de junio de 1965, titulado Hapworth 16, 1924, aunque se dice que escribió mucho más, no obstante solo eso le bastó para inmortalizarse dentro de la literatura universal ya que su primer libro (y en adelante pero en menor medida), el que tenemos entre manos, fue un éxito inmediato y se convirtió en un clásico americano volviendo al autor en un escritor de culto, admirado hasta la saciedad; algo que no le gustó ya que prefería el anonimato o que se respetara su total intimidad, quería solamente escribir, y eso lo llevó a rehuirle a la fama y a mantenerse oculto fuera de la persecución mediática y en general, muy  a diferencia de la actualidad en que muchos escritores se convierten en una especie de celebridades que pasan por eventos y toda una parafernalia libresca en donde algunos hasta son gurús que opinan de todo. Salinger hizo buena literatura y huyó prácticamente, decidió desaparecer.

The catcher in the Rye en el idioma original, nos cuenta tres días en la vida de un joven de 16 años de edad llamado Holden Caulfield quien nos narra su historia tras un quiebre emocional en el presente en que estará en una breve estadía en una institución mental a poco de reiniciar las clases en un nuevo colegio. Caulfield nos relata sus aventuras sucedidas un año antes por la época de navidad desde que es expulsado de Pencey, un colegio privado en Pennsylvania, para luego tras describirnos ese ambiente tomar el tren e ir a relajarse -yace deprimido y vacío- a New York.

Quien haya vivido algo parecido a lo que nos narra Holden, es decir, la juerga y la libertad absoluta,  encontrará irrebatible que esta es una obra maestra de las letras universales (y así es, porque por lo general no hay quien no vea algo de sí en ella), y es que esa edad, los 16, son claves en el desarrollo de todo ser humano; la rebeldía e independencia que clama todo muchacho a ese temprano tiempo.  Es el grito existencial más descarnado y transparente que uno puede sentir, y Salinger lo plasma con la intensidad y verdad de un maestro, sin florituras ni arreglos, con el lenguaje de la gente, de la calle, aun a costa de hacer uso de la repetición argumental, el estribillo verbal y la sencillez de la escritura, solo que aquí lo que se nos narra está tan logrado, suena tan franco y real, es tan fácil de identificar y de verse plenamente reflejado, claro, si has vivido, has sido rebelde, has gozado y has querido saborear el mundo bajo cierta audacia precoz y natural, que la obra emociona y entretiene, te hace reír, alegrarte, recordar y apreciarle bastante.

Algo que se añade a la sensación de (re) vivir a través de Holden es que éste padece una cierta melancolía y agobio (sin convertirlo en un drama ni regodearse en el asunto), un vislumbrar lo que termina siendo la existencia de muchos hombres, y para enfrentarlo el muchacho decide romper toda atadura y simplemente comerse al mundo en su efervescencia, atrapar la felicidad, buscar el placer y la alegría desde salir, estar y ser. Y lo hace sin complejos, sin medias tintas o falsa humildad, siendo mucho políticamente incorrecto pero sin anhelar -como hace la mayoría- el aplauso de los demás (y a Salinger no se le pone en duda aquello de ninguna manera), la voz es cruda y a veces hasta cruel, como también es noble y sensible, tiene de ambos, no le pesa decir lo que es, pero sin molestar o caer antipático, porque Holden es lo que trasmite, vemos su franqueza a flor de piel, y la idoneidad de sus palabras, no miente, sino refleja la autenticidad del ser.

Algo ineludible en la novela es la presencia del cine en la cotidianidad que nos narra nuestro “antihéroe” que realmente tiene de héroe e icono de juventud. Holden transpira séptimo arte por todos los poros aunque lo detesta y lo aúlla rabioso constantemente (característica del libro, contárnoslo a boca de jarro –a nosotros que estamos metidos en su interior porque Caulfield tiene de sujeto cobarde como él mismo menciona- aunque luego lo matice con visiones y menciones positivas; es una persona directa pero también abierta a las virtudes de sus críticas, expresadas con sencillez a ambas esquinas, lo que puede sonar algo contradictorio) y es que lo que le jode es el endiosamiento y la estupidez del fanatismo, la banal y tonta necesidad y la grandilocuencia, dicho del cine comercial, eh. Aunque, como mencionamos, lo tiene bastante presente y lo utiliza como eje en su deambular y propia existencia; es parte de él aunque le dé de golpes implacables, en cierto modo con justificación aunque con dureza y explosión, ya que nuestro protagonista es muy visceral y emotivo.

Holden y Salinger parecen ser el mismo en ese sentido, odian los adornos o lo que reviste –y malogra y corrompe- el disfrutar de algo sin más, de lo esencial y verdadero, y se ve en la gente que conoce y describe (o en el arte o algún goce), perdiéndose el talento y la majestuosidad cuando se les tiene por demasiado importantes, o peor aún, uno mismo lo cree y por ende cambia el objeto o ente en sí. Todo ello vuelve en la obra, nuestro protagonista tiene las ideas muy claras aunque se permite algunas licencias. Padece y se enoja mucho, es muy despierto en cuanto al análisis de su entorno, es un ente bien metido en su consciencia, aunque sabemos que ostenta mucho de  escapista y es un tipo honesto consigo mismo; señala el camino y ve la reiteración de entes y motivos reprobables. Es como si el mundo fuera un recurrente retorno y desilusión. Solo que el anhelo (pasivo realmente dentro de la obra, y es que Holden es muy joven) es el querer desbaratar lo que lo que destruye o lo tergiversa, lo que lo ensucia a los ojos de nuestro “antihéroe”. Pero queda el mensaje en el libro.

Holden Caulfield pasea por bares y centros nocturnos, mata el tiempo, conoce alguna prostituta, se choca con pervertidos y estafadores, visita lugares populares de New York, pasa el día entre encuentros sentimentales y sociales, juega mientras piensa, anda tranquilo pero reflexivo, fluctúa y mezcla lo externo y lo íntimo, dirán que como todos pero eso apunta a cierta madurez e inteligencia, y no es tan ordinario como parece. Conoce mucha gente y busca conectar con ellos. Desnuda parte de su familia y algunos recuerdos profundos (la muerte de un hermano pequeño pelirrojo de 11 años de edad, Allie, y su guante de béisbol), y resulta algo poético e intelectual (sin alejarse de un estilo fácil y divertido en la redacción y ser también un poco superficial en cuanto a la personalidad del personaje principal), se topa con ello en la vida y no lo rehúye, ni lo descalifica, pero siempre en ese estado impoluto, sincero, desinteresado y diáfano que tanto alienta la obra e insiste en que no abunda, por el contrario de lo que muchos creen. Tiene sentido del humor, puede ser hasta molesto y cargoso con intención, sabe de baile, de música, se debate entre varias mujeres y es voluble con ellas, se enamora rápido pero aun así no es banal en cuanto a involucrarse con ellas. No es inamovible en sus descripciones pero intenta ser puntual, y eso genera un aire de generosidad para con el otro pero también una contundente visibilidad en cuanto a los defectos y a la crítica, tanto a los ajenos como a su vez a los suyos. No tiene de tonto, es muy audaz en realidad como todos quieren parecerlo, lo que preocupa mucho más a los 16 y en él no lleva complejo alguno al parecer, puede llorar, ser muy sensible como con su hermana de 10 años, Phoebe, defender algo ñoño y autocriticarse (pero, claro, eso se debe a que estamos metidos en la cabeza y viajes del narrador, de Holden, el que es una fuente de introspección a temprana edad, al que se le otorga mucha credibilidad, virtud fehaciente de la obra aun dando a otros personajes solo algunos apuntes, creando fundamentos en lo concreto), y aunque tiene de inmaduro más es por el vacío y la falta intrínseca de experiencia, pero está como adelantado a muchas etapas. Su personalidad es harto social y divertida, es definitivamente el epitome del muchacho cool –ayudado por para muchos desde afuera por la infaltable extravagancia, su gorro de caza- y de ahí tan razonable que haya calado en muchas personas; sabe seducir a las mujeres no siendo el tipo guapo al que todo le llega sin problemas -y a los que critica en su cotidiana vanidad, egocentrismo y autodenominada trascendencia; un rasgo global del texto es que está mucho al ataque de la soberbia- aunque tampoco es de apariencia desagradable, siendo además inteligente y culto.

Algo que es llamativo y apunta a la complejidad del protagonista es que si bien tiene  los pies sobre la tierra y luce muy común no deja de ser en buena parte exigente y especial, como todo ser humano quiere serlo de forma vistosa, pero aunque deja espacio para que otros brillen y él es como un observador de todo ello, sí que tiene mucho de ideal y puede ser sin querer algo pedante y artificioso, en todo caso es el vehículo que Salinger utiliza para plasmar la noción americana -que subyace en el mundo- de un centro vital de ejemplo joven general por el que muchos suelen sentir cariño y admiración. Y le ha dado en el blanco sin ser mediocre o caer en la percepción de lo ficticio, o pasar por un ardid comercial. Es como darle al público algo bueno que le suele gustar, sin perder fuerza, identidad y sobre todo, aunque suene repetitivo, real, que es como la base de todo lo leído.

El título, ser el guardián mientras niños juegan en el centeno cercanos a un abismo, es como salvaguardar la pureza y transparencia de los seres humanos, como su libertad. Que nace de un fragmento cambiado de un poema del vate escocés Robert Burns.

Algunas buenas ideas, formas de ver el mundo y una escritura sumamente amigable se fusionan logrando además personalidad pero arriesgando a ratos a no ser complaciente. Como dice el protagonista, uno quiere leer algo que más tarde como que provoque conversar con el creador, como si fuera un amigo, con ese hombre que está en el libro, como si fuera el escritor y su obra lo mismo, aunque esté la “paradoja”, Salinger le rehuyó en vida a ese trato próximo, seguro por problemas de sociabilización, junto con sus parámetros propios, sin embargo notoriamente el autor ha concretado ser lo que sus criaturas proclaman. Todos hubieran querido hablar con él. Y de ahí la magia de sus letras.

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