lunes, 17 de junio de 2013

Pastoral Americana

En un momento del libro se hace alusión breve y directa, una sola vez, al título y nos quiere decir que hay que llevar la fiesta en paz, podemos convivir pensando de forma diferente, dando el ejemplo de judíos y católicos en que sus distintas festividades son un pretexto más para reñir, para distanciarse. En el texto se da mediante la relación de una pareja de próximo matrimonio que antes de formalizar busca la aceptación del patriarca de la familia, el que es judío, y quien esperaba que su hijo se case con alguien de su misma ascendencia religiosa. Lo cual no llega a ser así. Pero la trama específica es otra, se trata de la perdida de cierta ilusión de lo que representa por entonces Estados Unidos (publicada en 1997 es una especie de revisión nacional del siglo XX) para una población convencional e idealista, a través de su protagonista, Seymour Levov, conocido como el Sueco. Un hombre intachable, un ganador neto y una buena persona digna de alabanza, destacado deportista en varias disciplinas, educado, sensible, hogareño, humilde,  ídolo integro de su barrio, orgullo familiar, empresario exitoso, patriota, ciudadano modelo, un ser digamos que perfecto. Sin embargo un suceso en especial traerá abajo todo aquello, su hija reniega del capitalismo americano y del que concibe como un país imperialista, y muy joven pero muy firme y solvente se convierte en una terrorista que llega a ocasionar la muerte de un vecino en su ciudad, en Old Rimrock, New Jersey, lo que abre un abanico de defectos que en primera instancia no lo parecían, y con estos una reflexión de lo pequeño hacia lo más grande. Una representación y una razón para analizar al país desde su más típico ejemplar a razón de la problemática que podemos tildar de la semilla del diablo o un error en el manual.

El autor de este libro se llama Philip Roth (Nueva Jersey, 19 de marzo de 1933), con el que ganó el Premio Pulitzer de 1998. Es uno de los grandes escritores de la historia literaria de EE.UU. y un continuo candidato al Premio Nobel. Para muchos uno de los mejores escritores del mundo. Su prosa es muy clara pero sumamente profunda, es muy minucioso con la temática que aborda, tanto la ideología que se esconde detrás como de su contextualización con El Sueco. Pero no se trata de descripciones sino de ideas, el libro es admirablemente introspectivo, sabe escarbar hasta “agotar” el tema. Parece que se repitiera pero no es así, sino es como ir nuevamente y sacar más sustancia, otros  ángulos. La novedad, dentro de unos parámetros, es una virtud en su escritura. El tener la noción y clarividencia para distribuir la información, estructurarla y añadir nuevos descubrimientos.

Philp Roth mediante su álterego Nathan Zuckerman decide hacer la crónica de la vida de Seymour Levov, alguien de su infancia y que él admira e idealiza. Lo decide tras algunas revelaciones poco después de un encuentro con él en 1995. Zuckerman no niega que hará uso de su imaginación, que completará el contexto con su propia cosecha, y nos sorprende su alegato, pero en la prosa de Roth vemos al respecto que tiene mucho sentido, y paradójicamente abre más puertas, se convierte más en la cavilación de una mancha, de un estado de ánimo oculto, de una derrota, de una verdad dolorosa y mortificante, la cruz que no merece un padre (que quiere demasiado), y por el modo tampoco su nación.

Roth ante todo es estadounidense, hasta los huesos, y su amor es el del sueño americano pero auscultado bajo la lupa de la crítica con argumentos. Y después judío, ya que su mundo descrito es desde ellos (lleva indudables tintes autobiográficos), pero absorbidos por el antecedente admirativo y patriótico del Norte de América. El autor rompe con varias ideas preconcebidas y es muy libre interpretando la religión, la política y lo sexual. Debajo de su historia prototipo se despiertan muchas interrogantes que Roth aborda y resuelve, sin confundir ni pecar de abstracto, de misterioso o de críptico, él es la luz que ilumina, que te permite ver, que quiere que veas, subyace a flor de piel pero sin perder aun así la complejidad de lo que trata, lo que es importante. Una característica notable de la lectura es que asume todo lo que pregunta, que es bastante, proporcionando un amplio panorama ceñido a algo central. La lucidez es total. Incluso su conocimiento de los guantes que se manufacturan en Newark Maid sorprende hasta sentimentalmente. Parece tener una mente abierta y da la impresión de ser tolerante solo que teniendo una posición. Se pone en la piel de otros para contrastar. No parece una historia de ficción sino una tesis, pero con la amabilidad y la espontaneidad que atribuimos al genio “informal”. Aunque viendo detenidamente su tipo de escritura es solo una cubierta, un estilo, porque lo que desentraña es hondo, muy coherente, inteligente y tiene mucha personalidad pero a su vez sirve para todos los demás, es útil, teniendo un cariz anclado a su país y dentro universal a su población. El libro es muy norteamericano pero su historia nos ayuda a entender entre otras el riesgo de la libertad y el de la convivencia confrontada, mientras es una historia pormenorizada de una mente, porque nos metemos en la cabeza de Seymour y con ella conocemos a la nación más poderosa del mundo.

A simple vista parece que Roth no tuviera pretensiones trascendentales pero nos damos cuenta que desde luego que las tiene, que procesamos el libro de inconmensurable pero que aparenta no serlo, detrás de su transparencia y sin perder su cualidad de relato, donde podemos ver además muchas emociones primarias y una telaraña compleja sobre ellas (mientras su protagonista razona impenitentemente), las de un padre cualquiera, las de un ser humano modelo que esconde también imperfección y sufrimiento, una figura que nos remite a algo actual a la que la mayoría se adscribe pero para ver solo el cartel y el goce, permitiendo la presente observar al ser detrás del ídolo, y eso nos hace pensar en la estrella musical, en el actor de cine o alguien reconocido mundialmente que creemos subyace en la absoluta felicidad (cosa que ya deberíamos entender que al nacer se viene naturalmente mucho a sufrir tanto como a buscar la alegría). Podemos simbolizar a La Gran América a esa vera, la que se hace con los Levov y que debe resolverse frente a las Merry, en manos de un progenitor que no sabe qué hacer para remediar el caos que ella induce, porque la niña gorda, independiente y tartamuda también padece aunque por su propia culpa, por su locura y estupidez como le atribuye a boca de jarro el narrador, la voz de Roth, la de Nathan, la de El Sueco.  Ha sido varias veces violada, yace por sus decisiones desamparada, vive en un cuchitril, está expuesta a la violencia, sufre su extremismo, tiene ideas “raras”, es una criminal consumada pero aun así pervive indefensa.

El libro es la historia de un drama familiar, una cara que se extiende a otros personajes desnudados en su interior y son como aristas de un conjunto, los amigos, los familiares, la esposa que fue Miss New Jersey, y en ir viendo que hay más detrás de la fachada, como infidelidad, debilidad, apariencias, soledad, miedo, desequilibrio, y lo peor, sentir que todo es más endeble de lo que parece, que el esfuerzo a veces no alcanza a cumplirte como se debe, como se nos ha dicho, como lo hemos intentado tan tenazmente (aun siendo por uno mismo impoluto), y hace falta una gota hinchándose cada vez más para sentirnos ahogados y desvalidos –en el libro ir incrementando el conocimiento sobre los trapos sucios de los Levov (un tótem que algunos quieren destruir, anhelo que lastimosamente lo anhela su hija), junto con quienes son, como piensan, actúan, como se han hecho y hacia dónde van en el temor de una (sutil) decadencia-, tanto como que lo irracional puede colarse en tu vida, roernos pensando en alguna culpa, y de que hay asuntos complicados y duros que nos hacen contradictorios y que se nos van de las manos.

El libro tiene 546 páginas y no resulta ligero de leer como parece, agota un poco su centralismo en un contexto tan explotado aun siendo continuamente original en ello, que si no enganchas pues es cuesta arriba, aunque nunca hay reglas para la empatía de ningún texto. Lo que es bueno es que su introspección es de una sabiduría abrumadora y no presenta ínfulas en el trayecto sino es distintiva de esa humildad que tratan de atribuirse los americanos entre ellos, como que son de a pie, de visión existencial sencilla y viven  bajo esa perspectiva (solo que el autor es un ente muy racional, mentalmente nada simple), sin que el -muchas veces molesto pero no en esta oportunidad- nacionalismo americano termine comiéndose la lectura y ganándose el desinterés ajeno, una audacia porque más norteamericano no puede ser. Es entretenido si amas la lectura que implica algo de esfuerzo, teniendo contundentes argumentos, pero finalmente con un aire monotemático (el golpe a la idealización) aunque como es normal cuando se es profundo despierta muchas ideas. Hay que repetir que vale más como mensaje aun luciendo como una trama, es una fuente para pensar la historia más que quedarse en simplemente conocerla, para padecerla intensamente a través del análisis (la que no deja de tener emotividad y ostenta vida), y por ende superar los conflictos para llegar a lograr la plenitud de la llamada pastoral americana. La de todos felices.


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