jueves, 16 de mayo de 2013

Tokio Blues

Uno de los escritores más populares del mundo es el nipón Haruki Murakami, un escritor del que sus obras se venden mucho en distinta variedad de lector, desde los más sencillos hasta los más exigentes, y  que siempre yace en las quinielas para el Premio Nobel. A su literatura le llaman -no siempre halagadoramente- literatura pop, porque se adapta a nuestra contemporaneidad y es toda frescura inserta en la realidad del común denominador. Pero es que Haruki es un apasionado de occidente y escribe en la presente haciendo muchas referencias a distintas culturales europeas y a la norteamericana, sazonándola con su propia nacionalidad ya que también toma referencias de su país como en los lugares, las clases sociales, los conflictos históricos o la comida.

Tokio Blues que en el original se llama Norwegian Wood escrito en japonés remite  a una canción de The Beatles, y eso lo dice todo, el autor demuestra un acercamiento a la problemática de los jóvenes occidentales, que valga cierto desconocimiento es mucho a su vez el del Japón actual inmerso en la globalización y su carácter de potencia mundial vinculada a las economías dominantes del planeta. Tokio, por ende Japón, una de las capitales más imponentes del mundo no solo es tradicional como la literatura de maestros últimos del siglo XX como Yukio Mishima, Ryunosuke Akutagawa o Kenzaburo Oe sino se le siente mucho más universal como manifiesta además la traducción al español, la de la melancolía y la dificultad existencial de un estilo musical que remite a la naturaleza y esencialidad de parte importante de la vida, el ser complicada la transición a la adultez, para lo que los personajes se nos representan en muchachos de entre 18 y 21 años en su evolución hacia mayores responsabilidades de orden personal, íntimo con el propio yo, humano emotivo y hacia los seres queridos que marcan nuestra memoria. Enfrentándose a madurar y a exigirse comprender que vivir es aceptar mucha desilusión pero al mismo tiempo una felicidad consciente, más despierta y realista.

Si uno lee esta obra se llevara una sorpresa (en mi caso así me he hallado en cierta medida, disculpen un halo de “escandalo” y recato de mi parte, que hasta pensé que leía un libro que no pertenecía al autor), o en buena parte no para muchos otros ya que la lectura sigue una occidentalización notoria en la que el escritor nipón se siente como pez en el agua no habiendo ningún complejo ni alguna autolimitación de origen para abordarlo con tanta soltura sino un acercamiento muy admirativo e identificado hacia una temática muy general y tocada en nuestros ámbitos culturales, un muy dominante aspecto sexual, el que Murakami toca con suma libertad, sin pelos en la lengua, masturbación, sexo oral, pornografía, sexo casual, liberalidad, promiscuidad, lesbianismo, sequedad vaginal o fantasías  son constantes en la trama y hasta específicamente sirven algunos temas de argumento trascendental en la historia, los jóvenes lo hablan y viven con naturalidad, en conjunto es parte primordial del libro, algo que envuelve sus páginas y de lo que se desprende la necesidad del sexo en el amor, hasta concebir el sufrimiento a raíz de su irrealización hacia límites que colindan con la exacerbación de la locura (a ese punto llega la dramatización y su vinculación con una temática esencial en el ser humano discutida con esa apertura que nace de las culturas europeas y norteamericanas), como también al revés, el de necesitar del amor para vivir en plenitud el sexo, el sentirse completo, aunque en la historia no sea algo tan exaltado sino que convive con lo antes mencionado, destacando que yace dentro del parámetro de una persona ordinaria, a fin a muchos.

La libertad sexual es un sentido vital en el relato, y un requerimiento que es, así simplemente, que destruye cierta hipocresía, mojigatería y “anormal” contención ya que somos seres que necesitamos de ello, está indiscutiblemente en nosotros, es intrínseco, y aunque no sea tampoco algo que implique nuestra subyugación o radicalidad a su vera si es indispensable su consolidación, es factor esencial en la existencia, y eso no quiere comunicar la trama. Lo que quizá enojó a Murakami en cuanto a su recepción, es decir que muchos vieron algo superficial y entretenido cuando quería también llevar un importante mensaje de reflexión.

La naturalidad es algo muy logrado en el libro, que se ha buscado en el desarrollo y vivencia de los personajes, logrando el autor salir exitoso, emergiendo sin convertiste en un argumentillo erótico, con el perdón de quienes les apasiona ese tipo de lecturas. Murakami ha hecho buena literatura aun redundando en temas sexuales y ese es un logro mayor aun siendo tan fácil de leer o es que esa es otra virtud dirán muchos, la claridad la hace una obra en la que se entiende su amplitud de llegada al público –aparte de ser un tema que engancha en nuestras sociedades y modo de vida anhelado e idealizado por la juventud y la efervescencia- resaltando que efectivamente ha sido con buena pluma ya que el receptor también ha sido del tipo arduo y meticuloso. Haruki ha sabido dosificar sensualidad, intimidad y corporalidad con una trama inteligente, atractiva, que versa en el sexo pero dándole mayor alcance en su problemática existencial, de ahí que la edad de los protagonistas sea tan definitoria e idónea, en el aprendizaje de una generación a la que llama a repensar el mundo desde la que es su naturaleza, y a adaptarse a un ámbito cultural (no es gratuita la contextualización de fines de los 60s).

El crecimiento es tema del libro, el perderse, subsistir o encaminarse en el mundo, de ahí la sombra perenne del suicidio, línea marcada de la simbolización del fracaso existencial, de la dificultad de encontrarse y ser feliz, palabra que puede ser boba para algunos autosuficientes muy duros pero que conscientemente hay que sopesar para seguir avanzando. Watanabe es un luchador que tropieza con dudas y enfrenta -como es normal- conflictos y retos, un ente fuerte en todo momento aun siendo  sensible y solo aparentemente frágil, sin embargo no es un romántico si bien es comprensible y tiene de cariñoso, porque puede ser tan pedestre como todos lo somos en circunstancias. Es el soporte del libro, a un punto lo razonable o el que sigue el camino natural de cualquier hombre, el ejemplo que quiere manejar Murakami. Por ello tiene la encrucijada de su libido, o la disyuntiva de elegir entre dos mujeres, o amarlas a su vez aunque eso sea obligadamente transitorio (el amor lógicamente no comparte pareja, es una posesión única y especial aparte de lo que estructura la sociedad aunque el autor permite ver al respecto  un anhelo “atípico” masculino pero que no es machista, las mujeres también piensan o se debaten en más de un hombre). Watanabe no es el único, también le pasa a Reiko, la mujer mayor que llama a ese tipo de lector y que es tan igual en sus necesidades y sufrimientos a los jóvenes aunque en otro contexto y tiempo (su última copula remite al todo y es más aceptable de lo que se da en primera instancia), ella pertenece a una sub-trama que repite rasgos de la historia central y aunque es una novedad como relato repite la línea de discurso o la anticipa en el conjunto, se fusiona y afirma el argumento.  Las dos mujeres de la vida de Watanabe, una se llama Naoko, la ex novia de años de su mejor amigo, de Kizuki, el recuerdo que reta a los protagonistas y que será cíclico. Naoko es una chica dulce y de poca resistencia, que tiene un problema físico que redunda en su psicología o que se amalgama con ella. Sufre de desequilibrio. Mientras Midori es la chica golpeada por la vida pero que ostenta temple y una descarnada sensualidad, una apertura que la muestra extrovertida, liberal y atrevida, pero que lleva bastante de juego y alegría, con una falta de solemnidad en ella donde se le achaca a alguna visión del sexo. Esto puede confundirse o ser chocante, porque negarlo, pero es el leit motiv de Murakami, en un mensaje seguro y que se repite pero en distintas formas interesantes y en buena medida originales para no cansar o verse fallido, escrito con ritmo, muy adictivo y fluido lo que apuesta por ser algo atrapante y entretenido.

La mirada es nostálgica, “increíblemente” el protagonista ve belleza en el pasado duro (aunque no desgraciado), que nunca lo es totalmente porque además somos seres optimistas, y es que siempre brilla el sol aun en largos tiempos de oscuridad estando matizado ese aspecto en la trama, y ese es un reflejo de nuestra esencia, recordemos que la historia empieza en la  rememoración de un Watanabe mayor lo que  a pesar de cierto pesimismo ya nos conmina a un triunfo, que irá mutando/regresando en el discurso hasta la inevitable duda, la recalcitrante pero a pesar de ello vencible pregunta de no saber dónde estamos parados, ya que luego avanzaremos de alguna forma, para bien o para mal, habrá decisiones, otro sentido del libro. Y Watanabe lo vislumbra aun ante su dificultad. Él ha dicho que se hará hombre y esa es la victoria que enarbola el mensaje último. Como la representación en el personaje de Nagasawa, el paradójico superyó de Murakami, libre, sofisticado, a un punto cruel ante su convicción y muy fuerte.

Libros, películas, música, Haruki se da culto y sencillo a partes, aunque sobre todo cercano al lector contemporáneo, a su atributo de literatura pop que se adapta perfectamente al siglo XXI siendo una obra impresa en 1987, entregando lo que pueden ser tomadas por recomendaciones de su cosmopolitismo, sensibilidad artística universal y su eclecticismo. Tocando sutilmente cierto lado político, carácter social e histórico siendo personal alejado de esos temas en su profundidad, están para verse pero predominando la intimidad e individualidad del ser humano. Superando fibras sentimentales, asumiendo ausencias y a veces perdiendo y otras veces ganando, dependiendo de uno. Con momentos de antología, muy cinematográficos o evocativos en la imaginación, la azotea y el beso con Midori, el encuentro y la primera relación con Naoko, los pepinos cortados compartidos con el padre de Midori, el “sueño” de la presencia de Naoko y su cuerpo cálido fantasmal, la caminata con ella entre el pasto alto en el refugio, la estación de tren perdida en ninguna parte. Con la cotidianidad a flor de piel y una idea de la atracción del diálogo, del compartir con otros. Nuestra natural soledad se derrota. Se ve en una lectura “escondida” una llamada de teléfono como resolutiva, una salida, aunque estemos bailando un blues, ensimismados sintiéndonos perdidos. 

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