viernes, 26 de abril de 2013

La carretera

Cormac McCarthy es uno de los grandes escritores vivos de Estados Unidos, un autor laureado y de culto, que durante un buen tiempo no gustaba  de exhibirse públicamente, luego decidió abrirse y mostrarse junto a un par de adaptaciones cinematográficas de sus libros. La más popular No es país para viejos (2007). La que tenemos entre manos es su obra más destacada o más conocida, que se alzó con el Pulitzer el 2007.

Lo primero que llama la atención del libro es que no ahonda en descripciones contextuales, solo las puntuales, sino más bien es como alimentar lo que padecen mentalmente sus dos protagonistas, un hombre adulto y su  hijo, sin más señas, dándole a su libro un tono poético, reflexivo pero aunado a lo vivencial; las palabras profundas acaecen siempre sobre el terreno que se vive, piensan su realidad y a través de ello nosotros la existencia. El mundo está pasando por un apocalipsis donde abundan las cenizas y el canibalismo. El gran fuego lo ha arrasado todo, y esto puede ser una metáfora de la inclinación hacia el mal.La voz personal, total, ubicua, dominante, tranquila, meditabunda es la esencia de esta literatura, lo más importante, pero no nos confundamos porque también es una entretenida y atrapante historia de supervivencia, de una continua caminata por la carretera empujando un carrito de compras con víveres que recolectan nuestros héroes con esfuerzo en sus pesquisas mientras temen la muerte y el ataque de otros sobrevivientes que movidos por el hambre y la desesperación han perdido toda forma humana y son capaces de cualquier crueldad para no perecer.

El libro es ir descubriendo en lo que se ha convertido el planeta en el andar hacia adelante de los dos protagonistas, pero con trazo leve y más que todo sugerente. Van develando esa oscuridad en la que yacemos sumidos que se va despejando al avanzar, siempre hacia allá aun en las peores condiciones; la destrucción lo abarca todo salvo la materialización del amor de ese progenitor  a su pequeño, ese faro de luz en la debacle. El adulto tiene que ser duro ya que tiene una responsabilidad y un crío que cuidar mientras el chiquillo está envuelto en cierta inocencia y fe aun con la noción del horror porque entiende y ve lo que no se le puede ocultar, cadáveres, sujetos andrajosos enloquecidos y completo abandono en todo sentido (la parte del encierro en un sótano de cuerpos desnudos vivos que sirven de alimento es de lo más escalofriante), llegando a presenciar el instinto más bajo y a esa vera la indefectible violencia e inhumanidad. El niño representa la condescendencia humanitaria, la nobleza, quiere hallar a los buenos, quiere nunca dejar de ser uno de ellos, por más que la brutalidad y el salvajismo del entorno sea tan predominante, de lo que se ha convertido la tierra y lo que empuja el comportamiento general. Quiere salvar su bondad, sus valores, y representa la voz de la coherencia –prematura, transparente- y la compasión que contagia a su padre que ante todo quiere salvarle y subsistir pero que se irradia con el pensamiento de su criatura.

Apenas 210 páginas con muchos diálogos comunes y bastante emotivos, muy bien pensados para generar realismo en la comprensión de yacer (casi) en el abismo - ya que contra todo pronóstico y pesimismo global aun no muere del todo su espíritu y hasta en lo práctico ya que algo les alumbra al fin y al cabo si bien su motivación de seguir es casi autómata sino fuera por el amor paterno y viceversa-, aunque lloran a escondidas y no tienen normalmente alegrías, y se están durmiendo sus recuerdos, están muy lejanos. Las conversaciones se conjugan con la voz omnipotente que constantemente  interpreta cavilando, dejándose llevar, asemejando el susurro del viento, la verdad enaltecedora que acompaña los hechos ya que sino esto sería algo plano.  Sirviendo para ubicarnos en su magnitud de pensamiento. En un libro escrito como si se tratara de fragmentos existenciales en párrafos de aire independiente, con una escritura condensada y a ratos compleja de descifrar en todo su alcance. Una obra fácil en su línea central y a la vez difícil en sus detalles introspectivos, con varias capas por absorber, y que se lee bastante rápido pero que en buena parte de su comprensión requiere algo de tiempo. Quizá como lectores resulte mejor sentir, dejarse impresionar por su palpitante dolor – una razón y necesidad que mueve el libro- y su lucha sin poner énfasis en contener mentalmente todo. Importa para ellos dos comer pero también llenar el alma, como lo es la vida misma, no perder jamás nuestra condición humana, nuestra fe, nuestra bondad, ese es el mensaje. Aunque sea una realidad descorazonadora, tan cruel y miserable. 

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