domingo, 21 de abril de 2013

El rey pálido



 “Es la clave de la vida moderna. Si eres inmune al aburrimiento no hay literalmente nada que no puedas conseguir.”

David Foster Wallace fue uno de los más reputados de su generación, se suicidó a los 46 años de edad dejando inconclusa esta novela. Lo cual se nota inmediatamente ya que hay mucha fragmentación –la extensión de sus pequeños textos o piezas, porque eso son en realidad, varia demasiado y dentro su propia indagación- y aunque existe cierta conexión general como centralmente está lo de los impuestos también se vive mucha independencia que hace pensar que todavía eran ideas circulando, que no era aún una obra conjunta, habiendo varios nombres que toman protagonismo como en una trama anárquica. Y en esa fragmentación hay calidad de lecturas, unas mucho mejores que otras, unas muy atrapantes y apasionantes, algunas “irrelevantes” (y hasta inexpugnables), en si hay un halo de esta tendencia pero en el sentido de generar y exhibir cotidianidad en como menciona el epígrafe de esta crítica, del aburrimiento en un trabajo ubicado en Peoria Illinois durante una época en que el mismo Wallace se hace parte de este, en una agencia gubernamental de cobro de impuestos.  

Cada parte presenta constante novedad y libertad para bien como para mal, algo que hace irregular el camino de la lectura de esta obra, a veces pesado, otro muy fluido. Será una constante el nado entre la genialidad y la astucia en un lugar especial, atípico al éxtasis, y lo soso  y cansino. Y ese es su fundamento central y razón de ser del libro, la pasión que uno concibe y necesita en la vida en un contexto determinado contrario a esa realización, una argucia que retrata la magnitud de la imaginación y talento de Foster Wallace.

Dentro de sus características es que aun aspirando a escribir en lo común o ese es el lenguaje que utiliza sin perder el aspecto educado y culto de su prosa, el acercamiento al lector, como de un amigo en la soltura y tranquilidad de la despreocupación interpersonal (una paradoja porque existen bastantes rasgos de tensión por defectos psicológicos en las relaciones humanas de sus personajes), subyace en el interior de lo que no lo es pero que no se presenta como la quintaesencia de la cantaleta contemporánea de identidad rebelde, personal y gloriosa que se suele idealizar sino del que es especial siendo un outsider fuera de la simpatía dominante del estereotipo mental de lo cool. Son por lo general los raros disciplinados los que Wallace describe, los que aspiran a la normalidad sin nunca poder concretarla del todo. Sin embargo también propone un lado de liberalidad que los coloca no totalmente dentro pero si afín a ese lado de gracia y carisma que tanto le mortifica al americano joven o de eterna juventud, y es que Estados Unidos, su población, vive luchando contra no parecer nunca un perdedor, como suelen decir, ser un loser (un trabajo mediocre, para el caso no tan social, o carecer de una personalidad descollante puede ser para muchos una tragedia de orden descorazonador y no necesariamente es la postura de este escritor), y por ende, la temática, más no la forma y el estilo, de David cae en el lugar más atrayente para esa cultura –que se sigue en el planeta- desde la creatividad del autor que ostenta mucha inteligencia.  Lo que nos da siempre un atrevimiento y razón de no congraciarse con el público lector masivo pero  a su vez tratando lo que tanto le interesa, dirigiéndose a ellos o pensándolos.

El libro de 551 páginas se ve bastante autobiográfico (no solo por la auto-mención de un personaje con su identidad), hay mucha sensación de estar tratando con sus inquietudes y con él mismo. Los tantos personajes principales parecen ser todos casi el mismo y una especie de constante alterego de Wallace aunque no sea tan sencillo de vislumbrar, con rasgos que varían pero visto bien levemente. El libro se mueve por muchas enfermedades psicológicas del trato social, es un rasgo global de la obra, pero va de la mano con las drogas, la belleza y la inteligencia.

El éxtasis y el aburrimiento, así se simplifica el mundo que nos presenta David, siempre mental y es que no está lejos de la verdad, el mundo es nuestra percepción de él, todo lo que nos aflige, nos seduce, lo que nos intimida, lo que nos motiva. Un libro que es muy contemporáneo pero eterno, etéreo, honesto pero no necesariamente directo. Sabe ser muchas cosas. Es propio de una personalidad compleja, racional y a la vez vivencial.

Otro rasgo importante es que aunque es natural y a ratos coloquial pero ni de cerca ordinario aunque tiene la soltura necesaria para expresarse sin tapujos (es notorio que no teme abrir su intimidad o la de otros semejantes a él, solo que no lo hace fácil, no puede serlo en verdad), siempre por más que no quiera demostrarlo o quiera ser irreverente es trascendental (no del tipo críptico sino bajo la conclusión del hombre siempre tan humano, en su problemática), no puede evitar llevar una intensión o crea esa sensación aun ocultándola, rehuyéndole, nunca falta la cuota de algún tipo de reflexión, porque sus páginas pueden llegar a ser absurdas y algunas también tontas pero eso al final solo será una apariencia. Pero no confundamos ni lo encasillemos porque también es un tipo con simplezas en sus escritos como cualquiera pero estando demasiado consciente del entorno. Incluso la experimentación con las drogas es didáctica, exhibe mucho conocimiento, y tiene algún sentido, razón, practicidad o paralelismo, algo que importa. Apela mucho a trabajar con el aburrimiento, el leitmotiv de su obra literaria, siendo incluso literal en su aspiración, puede ser pesado (sí, aburrido), pero es ingenioso porque es como no escamotear del todo tampoco la esencia de lo que trata. Mostrar que sabe de lo que está hablando. Ahí quedan las miles de explicaciones técnicas. Suena extraño, el libro lo es en parte. Wallace es una constante “contradicción” pero igual ¿no es el arte de pensar a fin de cuentas una continua duda, cavilación, arreglo, momentánea conclusión, una relectura y adaptación?, esa que grita en sus páginas pero desde la osadía del que es tan difícil, que se sabe tal y no puede ser de otra manera. 

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