viernes, 29 de marzo de 2013

Toc toc

El teatro Mario Vargas Llosa de la Biblioteca Nacional ante el éxito precedente repone ésta obra perteneciente al galo Laurent Baffie, en la dirección del joven talento Juan Carlos Fisher. Es una obra muy entretenida que en la sala donde pude asistir fueron de constantes risas. Tenía al público absorbido por completo en la broma fácil, muchas bastante coloquiales, otras simplemente inocentes. Renzo Schuller lleva la batuta y era tal cual como lo identificamos públicamente, ese personaje que lo reconocemos muy irreverente y relajado pero buena onda, ante todo simpático, en esa frescura tan suya, tan atrevida. Y a quien no le faltaron los chistes subidos de tono en derredor a lo sexual, lo de la explicación corta del coito de un paso a otro posiblemente sea el punto más alto de su repertorio cómico y el que más alegría comunitaria logra y es que es sorprendente la rapidez con que el espectador promedio reacciona favorablemente. Fácil, como se diría, pero efectivo.

Los aplausos y la fiesta eran muy notorios, a flor de piel, seguidos uno de otro como en una ola expansiva. Y hay que reconocerle inmediatamente a Schuller que estaba totalmente inmerso en su papel, efusivo, hiperactivo, suelto, corporalmente expresivo, parecía un frenesí de comedia que se retroalimentaba con un público comprometido con la superficialidad, porque de eso trata Toc toc, por más que refiera al tema del trastorno obsesivo compulsivo y nos quieran decir muy “filosóficamente” que el grupo sana, y que la risa es terapéutica. Y lo es, claro, para quien cree muy levemente tener un problema de aquellos que no te hace sufrir, ni nos asume como tipos que debemos enfrentar un peso continuo que merma nuestra normalidad.

¿Qué mujer no revisa el bolso cien veces por si olvidó algo en casa?, ¿quién no tiene algún amigo o familiar que limpia todo como si fuera lo más indispensable del mundo?, ¿quién no resulta a cierta edad hipocondriaco?, ¿quién no se persigna compulsivamente un par de veces al día?, ¿quién no conoce a alguien muy pegado al cristianismo y que no puede más que asumirlo todo desde la religión?, ¿a quién no se le ha ocurrido alguna locura momentánea como seguir un patrón simétrico como una especie de cábala o juego?, etc., y es que hay vasos comunicantes con nuestra realidad. Sin embargo, si no podemos controlarlo y es más poderoso que uno el contexto es otro, y seguramente no será tan agradable que se echen a reír de algún defecto psicológico que ineludiblemente se piensa múltiples veces tratando de ser enfrentado (nuevamente se pone en pie el “ingenio” de la obra; no nos miremos el ombligo nos dice y no es que no haya verdad en ese consejo sino que no sería un problema si fuera tan sencillo de resolver) o que alguien se moleste y halla que explicarle la vida íntima, y así a todo el mundo. Sí, la obra entretiene, pero su profundidad es la del tipo que suma todo instantáneamente y se rasca la entrepierna amenazando con tocar con esa mano a una obsesiva del aseo. No obstante es algo inocuo también, no es para tanto, dirigido al entretenimiento de la mayoría.

Un tipo diciendo insultos como si de reflejos se tratara (síndrome de Tourette), alguien repitiendo imparable todo lo que habla u otro incapaz de pisar una línea son personajes como salidos de una dimensión desconocida, algo muy lejano e improbable en nuestra realidad, y está bien verlo desde su alcance ligero para contrarrestar la tensión del día a día, porque, efectivamente, la risa es terapéutica y la amistad hace de la existencia algo más llevadero, más feliz. Y visto de esa manera, Toc toc funciona perfectamente, sirve, y viendo lo que es no es nada reprobable, sino más bien su tono jocoso alcanza cuotas de éxtasis que la convierten en una comedia exitosa y como tal no debe perdérsela. Sin embargo no hay que pasar por alto que Osvaldo Cattone y Alex Otiniano hacen lo mismo en su propio estilo, en ese lugar común tan aplaudido y, como en todo, es cuestión de gustos.

No me romperé las vestiduras diciendo que no me acerco a la comedia superficial, que no podemos ser ni tenemos un lado básico, todos los seres humanos lo tenemos y lo alimentamos, lo necesitamos, es saludable en cierta dosis (me ha generado curiosidad también, aunque poco, cine discutible y polémico que sólo sirve para desternillarse de risa), pero prefiero más como la película Habemus Papam (2011), de Nanni Moretti, y no se ve con frecuencia, ya que hay un estigma con la comedia inteligente, no suele funcionar, nunca al alcance masivo de otra más rápida y simple de identificar. Es lanzarse a menudo al abismo. Toc toc no es que no tenga audacia, la tiene, pero al servicio de lo dulcemente efímero, con una inteligencia por encima que sólo adorna, que es llana, aunque tiene de contención, ostenta un poco de pudor, aunque a ratos se vaya de emociones y no se diferencie de las demás, pero la variedad suele ser saludable y el teatro tiene a su vez la necesidad de atraer al público.

Los actores estuvieron bastante bien. Sin contar a Alfonso Santisteban la mayoría son popularmente conocidos fuera del circuito de teatro. Y Santisteban lo hizo muy bien, aunque parece que no se aleja mucho de lo que debería o suele hacer, al igual que el personaje de vieja de Wendy Ramos, que no les quita desde luego el talento para rendir a tope, de asumirse por completo en el papel. El chiquillo atlético Bruno Ascenso también estuvo muy idóneo. Mención especial de sus gritos que suelen ser muy graciosos. Su performance y movimientos me sugieren el de superhéroe de versión peruana al estilo de Kick Ass (2010), mientras Gianella Neyra hay que mencionar que es una mujer hermosa, de la que no se me borrará jamás de la mente cuando era muy voluptuosa y se pone encima de Santiago Magill en Ciudad de M (2000), en una escena donde más sensual y provocativa no puede estar. Ella nos proporciona una de las interpretaciones mayores del conjunto, aunque su caracterización se solventa en lo manido. Lo mismo la dulce Melania Urbina, destaca en la obra, donde uno ve integrado la figura en su persona, se adopta muy naturalmente sobre lo que uno puede imaginar en ese rol, aunque también peca de lugar común en su forma.

Todo el grupo está muy solvente y entregado, lo que no es extraño, ya que todos son actores de vasta experiencia en cine, tv y/o en las tablas. Juan Carlos Fisher no presenta una obra en verdad profunda, pero tampoco irrespetuosa ni maliciosa, y es entretenida, relax, contemporánea, y si uno va y lo toma sin pretensiones ni tan seriamente saldrá satisfecho.  

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