martes, 8 de enero de 2013

Pigmalión

La presente obra es la labor del premio Nobel de 1925, pero no solo de eso, sino también de un intelectual, del escritor irlandés George Bernard Shaw. Pigmalión invoca la mitología griega en rasgos metafóricos, la construcción del ideal femenino. Se trata de un profesional de la fonética que se propone convertir a una ignorante y pobre florista en una dama de alta sociedad, en alguien que hable el idioma inglés a la perfección, partiendo del opuesto, el peor de los alumnos.

Higgins es el maestro de fonética, un maestro duro que trata a las damas de sociedad como floristas, es decir a todas con cierto desdén. Es un solterón empedernido, aunque un profesional exitoso, aclarando que por decisión propia. Suele ser muy cáustico, atrevido y de poco aguante con sus congéneres. Y a pesar de estar muy bien educado  y rozarse con la gente más acaudalada suele ser proclive a maltratar al resto, por eso su cariz es de solitario, pero sin mala intención en realidad, solo que su carácter es de esa manera. Él es Pigmalión, y aunque muchos piensan más en el personaje femenino, sobre todo el interpretado por Audrey Hepburn en la famosa comedia musical My fair lady (1964), de George Cukor, o los más clásicos en Wendy Hiller, de la obra homónima al libro, el filme de 1938, no queda duda que la riqueza conceptual y la complejidad de la personalidad está y sale de Higgings, provienen de su esencia y su comportamiento. Es uno de esos personajes que albergan mucho sarcasmo y hasta cinismo, pero que son consumados rebeldes dentro del raciocinio, dentro de cierta pasividad, y quieren -aunque levemente- romper las murallas de la diferencia (el entusiasmo aparenta superficialidad pero subyace debajo un síntoma de cómo piensa el protagonista), está contra lo convencional, de ahí que Shaw lo use como gestor de sus pensamientos igualitarios, desde abajo hacia arriba, el de un crecimiento, claro que para ser realista se debe buscar en algo más concreto que una ficción literaria, como hace ver el autor mismo en su prefacio, en el que se desprende de la ilusión, ligereza y alegría que ostenta su libro, no obstante su credulidad hacia hallar menos diferencias en cualquier ser humano de lo que se cree, en cuanto a poder consumar el ideal, yace accesible, se presenta humilde, fuera de linajes, predestinación o una cultura irrepetible, recordemos que Elisa logra parecer una princesa viniendo del lodo, como en alguna expresión se dice, y ahí aunque ficción yace un respaldo simbólico y general.  

Higgins es el mejor personaje, en lo que significa, que sería la parte interna del texto, gracias a su sustancia y a su mezcla de matices, a su riqueza y complejidad, a su aparente falta de esfuerzo técnico, colocando aquí y allá, sin sobrecargarlo, a la precisión y a su contexto, a que es un tipo carismático, un “malo” admirable, y aunque hace pasar las de Caín a Elisa que siente un –en parte engañoso- desapego en su rudo trato, termina creándose un nexo muy sentimental entre ambos, pero sin romance entre ellos de por medio, un rasgo de ingenio que parte de la filosofía personal del autor, ya que esto queda como algo secundario con Freddy (que además tiene dificultad para subsistir económicamente por su cuenta), una repercusión afectiva que cambia en las versiones cinematográficas, pero que todas hacen ver su intrascendencia, frente al vínculo del Pigmalión y su Galatea. La relación aunque con algún rasgo emocional que superar, se basa en el intelecto, Higgins es eso, es más como un padre o un monje impartiendo su sabiduría, oculta en una figura relajada y poco solemne, común aun en lo “atípico”, que la de una simple pareja romántica, y puede ser extraño ver que el hombre de la vida de Elisa no sea el que comparte cama con ella sino el que le ha enseñado a ser aspirante, le ha enseñado la importancia de la educación, lo que Shaw hace predominar, sin que la natural predisposición a lo sentimental salga en su contra (una audacia, ya que esto es inamovible, siempre amaremos esa espontaneidad e imprevisión del amor, ese salto al vacío que nos muestra tan transparentes y que en esencia es lo que lo hace único y tan especial). También está la instrucción de un cúmulo de valores que necesita cada persona para evolucionar, como los que brinda el coronel Pickering, sin enaltecerse con su solvencia económica, todo lo contrario, dando su cuota personal a un semejante, inculcando el auto-respeto a Elisa, trata a toda mujer como una dama, y ella siente que su condición de florista no la hace menos, y vemos una crítica sobre respetar más al prójimo, sea de la clase social que sea, porque es un acto noble y repercute en los demás.

En los filmes se pierde en buena parte la predominancia de Higgins, tomando mucho vuelo Elisa Doolittle. Audrey Hepburn hace un papel genial aunque sus alaridos y su brutees inicial sea un poco insoportable (como se puede recoger bien del libro). Su transformación, al menos en lo visual, es muy notable, la vemos convertirse en alguien sofisticada, muy leve en sus gestos, en su magnífica dicción (en el canto se revitaliza, se oye sobresaliente), y esa es la dualidad de la actriz, su talento para asociarse con dos polos. En cambio el Pigmalión de 1938 queda más equilibrado, quizá por su sencillez, aunque con toques de teatralidad. Leslie Howard y Wendy Hiller están a la par (dígase por curiosidad que ella es muy parecida, o mejor dicho al revés, a la comediante Jenna Elfman), mientras el cambio en Hiller no es muy notorio, parece un pequeño arreglo, empero dentro de lo positivo de ella se exuda un aura de bondad natural y una sonrisa diáfana e inocente (otro rasgo del libro, ya que aunque ignorante Elisa es muy buena persona). Pygmalion (1938) luce más íntimo, con mayor proximidad al público. Lo de Cukor es algo gigantesco, fastuoso y elaborado, con canciones por doquier que ayudan a compenetrar la historia, a hacerla más fuerte, más rotunda pero a su vez más cerca del entretenimiento, de un cierto relajo consciente. Aparte de un estupendo Rex Harrison, merecedor de un Óscar por su interpretación, que está más logrado en el personaje en cuanto a robarle el alma. Howard se ve más endeble, había que darle un poco de disfuerzo quizá –como en Harrison- pero enalteciendo una seguridad avasalladora y creíble; éste actor en cambio se brinda un poco gracioso sin quererlo tanto. En My fair lady sobresale el actor Stanley Holloway como el padre amoral y vividor de la principal, magnífica su canción y coreografía  de “Get Me To The Church On Time”, se te pega instantáneamente, además de su entrada y explicación que lo convierte en millonario. En Pigmalión de 1938 destaca la actriz Marie Lohr como secundaria, se le ve más aristocrática y más rozagante en recordar las características que reflejan que Higgins tenga a su madre en un podio y la hagan difícil de superar como nos dice Shaw en el epilogo. Y eso es un punto notorio, muchos de los actores de reparto escogidos por Cukor lucen muy ancianos y apagados para lo que uno se imagina, como en el actor Wilfrid Hyde-White que tiene un currículo impresionante pero no representa al Coronel Pickering que uno tendría en la mente. My fair lady obtuvo 8 estatuillas doradas; Pygmalion (1938) una sola por guion, a pesar de que tiene una muy buena factura cinematográfica y un grupo de actores encantadores, sin embargo yace bajo mucha menor ambición que lo hecho por ese director gigante que es George Cukor –también ganador de un Óscar por este filme-, e igual resulta muy recomendable Pygmalion, aun no teniendo nombres tan populares entre su casting para los actuales espectadores, como si lo es aun una Audrey Hepburn que se ha inmortalizado mucho en la historia del séptimo arte y es un gancho fijo entre las innumerables virtudes de My fair lady.

Una grandeza del escrito de Shaw es que está escrito en un tono amable, con varios momentos cómicos, incluso su final resulta muy cinematográfico, muy de comedia. Eso ayuda mucho a coger mejor las ideas, a hacerlas más digeribles, sin imposición, sin preocupación, ni conflicto. Predominan varios conceptos. Es una obra de teatro en la que hay que suponer un poco, llenar algunos vacíos y ser un poco concesivos. Es muy corta, son sólo 124 páginas, pero éstas están cargadas de profundidad, son de aquellas que las han sabido llenar y por ello aun tratándose de una lectura amable alberga su cuota saludable de filosofía y sabiduría, que es el reflejo del conjunto, una naturalidad y sencillez de lo que normalmente hubiera sido complicado.

Un epilogo explica la falta de romance entre los personajes principales y el devenir de Elisa, hay un tono socarrón que es como se debe tomar sus declaraciones, aunque en otra parte el escritor apela a justificarse seriamente y es que hasta el último instante parece que estuviéramos hablando con Bernard Shaw, que da la impresión de transfigurase en su obra en cada rincón. Es el lugar donde más se nota la mano del autor. Entre lo reflexivo y lo fresco, en ese punto nace Pigmalión en todo sentido. 

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