miércoles, 25 de julio de 2012

Nostalgia


Uno de los genios irrepetibles que tuvo la gran pantalla fue el cineasta ruso Andrei Tarkovsky, que dejó tan solo 8 largometrajes de ficción en su filmografía, uno de ellos su tesis de graduación de la escuela de cine (la hoy en día Universidad Panrusa Guerásimov de Cinematografía), junto a un documental y dos cortometrajes, lo que fue suficiente para cimentar su legado en la cinematografía mundial y el aprecio de quienes gozamos del séptimo arte. 

El presente filme que en el guión fue un trabajo conjunto entre Tarkovsky y el italiano Tonino Guerra, amigo y guionista célebre de famosos directores como Michelangelo Antonioni y Federico Fellini, se reviste de un aire de dificultad para el rápido entendimiento del público pero deja a la imaginación disfrutar de una propuesta que se circunscribe a la nostalgia sea por el amor a la patria lejana o a los componentes internos de esta como la familia, para ello se dan dos historias interrelacionadas literalmente y como en un juego de espejos, la vida de Doménico (Erland Josephson) nos hablara de la esencia de Andrei Gorchakov (Oleg Yankovskiy), dos personajes que sufren de la misma pena,  el primero producto de una locura de fe y el segundo que quedará en medio de una elipsis para el espectador que solo sabrá que sufre una depresión, identificado en parte también con el estudio que lleva a cabo sobre un músico y compatriota ruso Pabel Sosnovsky (un nombre inventado pero que se basa en Maximilian Berezovsky, compositor de operas al estilo italiano que vivió en el siglo XVIII  y que se suicidó). Gorchakov vive el sentimiento por sí mismo a través del misterio develado por su entorno y a través de sueños y remembranzas que se mezclan como con la imagen de un constante pastor alemán que lo une al que acompaña a Doménico al igual que a sus familias en el asombro, el temor o en la curiosidad.

La unión entre estos dos personajes no es casual sino sirve para desentrañar la idea del filme, la melancolía por algo que ya no está próximo a nosotros, lo que hemos perdido y ya no podemos recuperar salvo transformándolo; el deseo de Andrei de conocer a Doménico viene por el entendimiento del propio sentir y por ende vemos su empecinamiento en ver lo que otros no pueden o que juzgan ligeramente, solo quien sufre desde la experiencia puede entender bien lo que otro padece y ahí donde la comunicación de la traductora italiana no funciona lo de Andrei se hace obligación, la de la bella Eugenia (Domiziana Giordano), joven de exuberante y atractivo cabello pelirrojo crespo, y que en un momento muestra un abundante provocativo seno, una verdadera tentación que no funciona ante la fidelidad y el ensimismamiento si bien hay un juego erótico en una ensoñación muy teatral y evocativa de la escultura. Eugenia sufre por amor en el aislamiento del que solo aspira al mundo interior aunque martirice (una crítica a su vez a los dogmas religiosos y a la naturaleza humana).

Estamos en un mundo donde no se escucha ni se ve al otro distinto, Doménico lo recalcará en su discurso final antes del sacrificio en pos de la humanidad y de su resolución de sucumbir al mal de la nostalgia producto de la separación y perdida de sus seres queridos, como acallando un error que lo castiga en el alma –se pregunta ¿cómo pude hacerlo?, imperdonable: generar 7 años de cautiverio sin ver la luz para con su esposa e hijos tras creer que se avecinaba el fin del mundo- y que ya solo le queda en su perspectiva intima arrojarse a terminar ese infierno como aquel músico que se ve engañado por la nostalgia aún a razón de la autodestrucción, el impulso incontenible del dolor, una trampa auto-inducida por un estado de ánimo incontenible que bien conocen y definen los expatriados rusos una vez lejos de su tierra como la de no aprovechar la libertad producto del miedo y los complejos bastante latentes en la época soviética, y del que solo uno se ve liberado en el acto de otros, como la penitencia de Andrei de cruzar la fosa de agua termal natural portando una vela encendida, en un plano largo sin cortes en que se siente la tensión de la labor y la grandeza creativa del artista.

Los tonos que vemos en pantalla sobre la realidad que se nos cuenta son oscuros mayormente y el de los sueños son grises verdosos, ambos secos desprovistos de sentimentalismo ramplón aun a costa de lo que se nos narra que es netamente sensible (se busca el romance puro, el que no necesita decirlo todo), capaz de evocar bajo la mirada parsimoniosa más no cansina sino llena del vigor de la introspección de sus postulados, la película va al ritmo de la lírica y de lo solemne sin incongruencia, Andrei el seguro alter ego de Tarkovsky se mete borracho en una construcción destruida e inundada, consumida por la vegetación, y se encuentra con una niña –la pureza, en esa naturalidad personificada que era emblema del cine de Tarkovsky y que no deja confundir a lo terrenal- en un choque contextual pero intrascendente en cuanto a lo que dice salvando el desahogo y el reproche hacia su tierra en una imagen de desazón  e incomprensión mientras Doménico cabizbajo con una mirada ida ya explica la atmósfera que lo rodea tan igual a su andar de ermitaño y falso profeta arrepentido pero no desprovisto de fe que recuerda y se confunde como una sombra detrás de la vida de Andrei. Tragedia, derrota, tristeza, nostalgia como en aquel último fotograma de una arquitectura derruida puesta unos minutos para el cierre de la reflexión, sin embargo a su vez mucho amor como el hecho complementario de que Tarkovsky le dedique la película a su madre, muerta no hace mucho.

Se visualiza en la niebla, en el abandono, en el silencio y en el frío de la Toscana que respiraba de la Rusia interpuesta en el ecran y que el autor dejaba. Tarkovky decidió no volver a la URSS en medio de ésta realización, solía tener la intromisión de censores y una grave carga sobre su creatividad; en ésta película vemos una curiosa influencia de la ferviente devoción cristiana italiana -pero que dejaba espacio para la crítica incluso en Roma- más que del ateísmo de la Unión soviética. También en las elucubraciones y revelaciones oníricas, en los pasadizos del recinto derrumbado a instancias del lento travelling (la inmensidad omnipotente e imperceptible alejada por la contemporaneidad), en los discursos contenidos en un poema, en una carta o en un acto de constricción verbal en la agonía de resonancia artística y existencial, en la materialización de la devoción de la mujeres en la iglesia mientras dejan volar aves desde dentro de la efigie de la virgen María, en la consumación en el fuego del cuaderno de apuntes del poeta cuando se recitan unos versos al parecer de su pertenencia, en los matices de colores de la pantalla, en el discurrir del calmo y meditabundo metraje, toda la estructura artística y filosófica del maestro ruso.

El poema que lee en off un desvalido Andrei tendido alcoholizado sobre unas ruinas dice: Mi vigor esta demasiado oculto ante dardos diamantinos, la respiración de la casa paterna se confunde a la distancia, los tejidos de duros músculos debilitados, como el canoso buey en el arado, cuando cae la noche ya no brillan dos alas detrás de mí. Durante la fiesta me consumí como una vela, recolectando arriba y abajo mi cera derretida. Y ver en ello un luto por alguien, y así orgullosamente dar la última porción de felicidad, morir brillando y al abrigo de un tejado improvisado. Alumbrando póstumamente como una palabra.

Sucumbe a una desmitificación del misticismo ortodoxo por una práctica más personal pero que conlleva sostener una esperanza en algo mayor, la que nos manifiesta el pensamiento de Tarkovsky que parece decirnos que el planeta todavía no tiene las respuestas a ninguna de sus inquisiciones pero la búsqueda continua desde cada yo en pos del resto, un estado de desamparo y que a pesar de ello se sostiene en la fe porque el hombre no puede más que creer para subsistir o para trascender como ser humano, algo innato, un repetido intento de ir hacia una esencia reacia a la verdad pero que se vuelve a intentar a la par sin que cunda necesariamente un final feliz que poco importa frente a la indisoluble necesidad vital.  

La obra cinematográfica del ruso desarrolla teorías y atmósferas individuales, una maqueta del sufrimiento producto de nuestras fallas o de una idiosincrasia inevitable pero también de los otros que nos abandonan o que nos coartan encadenándonos a un sentir, el hombre sufre y quiere desprenderse de ese sufrimiento, ¿podrá liberarse?, muchas ideas se pueden desprender de la cosmovisión de Tarkovsky (ganador del título de mejor director en Cannes de 1983 por Nostalgia), el que inspira a cineastas de importante presencia contemporánea como Bela Tarr en The Turin Horse (2011) o a Lars Von Trier en Melancholia (2011) donde vemos que emerge éste filme en sus interesantes propuestas, una prueba más de que su cine como el verdadero arte sigue en pie y es inmortal, una obra maestra bastante cruda y pesimista pero reticente a dejarse rendir en su espíritu humano, un canto de belleza como toda obra poética.

La falsa criada


Me faltó el final o la conclusión de la trama, el cierre de aquellas vueltas sobre el deseo de desunión de pareja antes del matrimonio de Lelio (Leonardo Torres Vilar) para con La condesa (Norma Martínez) para bien de éste último a razón de una deuda que debe pagar más una pequeña fortuna prenupcial que debe cumplir, sin embargo no podía dejar de dar mi valoración de la última obra de teatro dirigida por Alberto Isola, basada en la obra de Pierre Carlet Chamblain de Marivaux, un dramaturgo que a través de sus personajes nos muestra una notoria densidad verbal y la reiteración o el desligue de una prominente retórica que va y viene en el sujeto de su conversación, en el caso bajo los temas principales de la fortuna y el engaño, la ambición o la pobreza, la seducción y la manipulación.

Marivaux un comediógrafo quizás poco conocido para el neófito en teatro pero representado ampliamente en las tablas, era conocido por un método denominado marivaudage en honor de su apellido y a su técnica refinada pero proveniente de la literatura francesa; se trata de  contener ideas o metáforas encadenadas como en una expurgación del pensamiento expuesto, lo contrario a lo intimo sino próximo a la naturaleza para conmover o para influenciar, toda aquella verborrea que para los galos suele ser atribuida al romance como en la esencia de éste autor al que se le cataloga de metafísico del amor.

Empieza una introducción bastante simpática sobre la lucha entre clásicos y modernos, algo muy actual y que seguro lo seguirá siendo, esa eterna búsqueda de la gloria, adjudicada mayormente y con mayor fuerza por el tiempo aunque en nuestra contemporaneidad se viva una especie de fama mediatizada, el arte es cuestión de la inmortalidad, de perennizarse en el recuerdo de la humanidad, lo que deja un campo limitado a unos pocos modernos de hacerse de ese lugar, sin embargo son ellos los que revisten de vida al arte, que siempre busca renovarse, dar un paso más y de seguir evolucionando o acumulando expresiones.  Vivimos bajo el contexto identificador de los modernos teniendo de antecedentes a los míticos clásicos, ¿en dónde ubicarse? Para ello Trivelino (Miguel Iza) un criado vagabundo, tramposo, caustico y suspicaz le expone su permeabilidad y tranquila adaptación producto del interés a Frontino (Alberick García), otro doméstico y amigo;  algo que debajo de la comedia puede sonar bastante implacable, como lo es la obra de Marivaux bajo una aparente sencillez engrandecida por la comunión que hace una trama definible con rapidez con esa solvencia de los diálogos y su intención reflexiva como juguetona ya que también trata de divertirnos con esos serios enredos.

El teatro de la plaza Isil en Larcomar presenta un relato ambientado en Italia de comienzos del siglo XIX de una dama de Nápoles concedida en mano  a un tipo aristócrata pero muy codicioso, la que decide hacerse pasar por un caballero para así develar las verdaderas intenciones de éste pretendiente que en realidad solo quiere el doble del dinero que ofrece su enlace en comparación a otro con la que sobrelleva una alta obligación económica.

La canción de los criados compuesta por Mateo Chiarella ameniza la noche con un toque de talento acompañado de un instrumento de cuerdas, a cargo de Miguel Iza y un Christian Ysla como Arlequino en su común jocosidad expresiva, aquí rescatable sin caer en su facilidad a la risa burda si bien sobrevuela el atrevimiento. Miguel Iza despliega una inusitada gracia en su personaje, de mayor alcance a la familiar costumbre sin dejar la picardía de nuestra idiosincrasia nacional y Alberick García aporta algunas bromas y un aire bufo en una afable introducción de dos pillos reencontrándose, todo lo que amortigua ese cariz de continuo conflicto, subterfugio y mezquindad dentro de la trama.

Del grupo de 6 actores el peso de importancia –muy bien desarrollado-  cae sobre tres ejes, en un triangulo amoroso en dos niveles, el falso y el real, el pasivo y el activo, por debajo yace la historia central de la doncella de los 12 mil de recompensa nupcial como opción paralela a otro casamiento, y en el acto principal la del barón disputándose la decisión de la condesa con su amigo Lelio. Éste último, Leonardo Torres Vilar, es el más destacado, impoluto en toda su presencia, con esa representación directa de vanidad y triquiñuela, con toques precisos de comedia (luce versátil para mezclar drama y comedia bajo suaves matices) y una perfecta naturalidad en su discurrir escénico, el papel es muy claro y aunque no plano raudo en clasificarle pero en sus manos parece una nueva condecoración a su currículo, también sorprende que aun así el personaje lleve humanidad y hasta se gane nuestra “confabulación” secreta o por lo menos a pesar de su deshonestidad y perfidia se haga carismático.  

Norma Martínez como La condesa lo hace bastante bien igualmente, creo que pasa desapercibida en el buen sentido de la palabra, se amolda con perfecta solvencia a la obra y no falla en ningún momento; no es tan sensual aunque a su papel se le intuya mucho de esa característica empero logra ser una dama inteligente y a la vez superficial (un defecto general no desarrollar esa sensualidad que parece repetirse no solo con la condesa sino con la falsa criada que es perseguida por el afecto de los sirvientes a la par de su avaricia), Norma le da la elaboración necesaria a la que parece resolver toda la problemática de la obra, no cansa para nada lo que se debe a la riqueza de Marivaux y al mismo tiempo a la compenetración de ella con esa imagen.

La que consideraríamos  la más relevante en la obra, Alejandra Guerra como el barón y la falsa criada, se opaca un poco con el papel de Lelio aun poseyendo mayores atributos intrínsecos como papel, quizás por ser un trabajo más arduo a ejecutar, es una actuación suelta y segura pero desmerece un poco esa magia del teatro que aspira a algo de artificialidad, de elaboración, me recuerda mucho a esa disputa entre clásicos y modernos, ella parece ser una moderna, tiene todos los elementos a aplaudirle vivamente de dicha formulación, simpatía sin facilismos y una sensación subyugante de espontaneidad, sin embargo se hace un poco vacía (y digo un poco, algo leve dentro de parámetros mayores a la usanza más popular, aunque la palabra suene dura), su performance no será impecable en cuanto a lo que implica como actriz siendo exigentes pero maneja una proximidad que  hará que el público no sufra con lo clásico al estar acostumbrado a revelarse ante la complejidad del arte.

Una puesta de dramaturgia a tener presente en nuestro panorama teatral nacional, y una forma bella de ver la comedia -parafraseando a Alberto Isola: ¡una comedia! de un autor  “clásico”- que ante todo es algo sutil y audaz, amalgama ideal en lo que se llama arte, una apuesta por una mayor y mejor retribución de cavilaciones y sonrisas, todas juntas en el avistamiento del ingenio humano.

viernes, 20 de julio de 2012

Identificación de una mujer


Cuando pensamos en cine nos imaginamos algo para deleitarnos la vista, para entretenernos, algo superficial, esa es la imagen general del público mayoritario, empero la gran pantalla  es mucho más, es arte, como lo denomina su segundo nombre, el séptimo arte, lo que implica mayor pensamiento; un filme es también un estudio del ser humano,  una puerta a experimentar el saber y la reflexión, para lo que en esa búsqueda tenemos a un intelectual de la cinematografía, al cineasta italiano Michelangelo Antonioni, uno de los nombres más grandes de su país y del mundo ofreciéndonos de su filmografía la práctica de esa esencia.

Su alter ego en éste, su penúltimo largometraje de ficción, Niccolo (Tomas Milian) dice no ser un intelectual pero Antonioni sí lo es y lo utiliza para llevar a cabo una más de sus tesis sobre la incomunicación, la soledad del ser humano y la dificultad de interrelacionarse afectivamente, para ello nuestro protagonista, un cineasta con un filme en proceso anhela la identificación de su obra con alguna mujer, a la que está queriendo hallar, fusionándose el deseo del hombre y el director personaje con lo que aspira desentrañar la película, una especie de metacine de rasgos autobiográficos con el que podemos auscultar el ideario imaginativo e intimo del director italiano, aunque estemos además frente a la libertad de una expresión artística.

El juego está servido y a su vez nos ofrece un relato en que el amor tiene distintas caras, primero está Mavi y luego Ida (Christine Boisson), la primera de posición opulenta atraída por el intelecto de nuestro protagonista central (por su obra) y la segunda más moderna en la de una actriz de teatro seducida por la mutua sensualidad. Es notoria la fijación que ejerce la propuesta por hallar a esa mujer especial o mejor dicho a ese otro ser complementario, que rompa con aquella hegemonía pesimista de que venimos a sufrir, aunque Antonioni mediante Niccolo nos diga que la melancolía se presta más a los pensamientos y por ende el creador se mueve mejor como en aquella laguna tan despejada, tan amplia, tan vacía, como el agua que suena a dolor, pidiendo a continuación disculpas y que se da por comprendidas porque la belleza, el amor siempre alberga esa otra cara humana, finalmente es indisoluble.

Las dos mujeres de Niccolo traen ese eje del autor, el conflicto, ninguna lo puede satisfacer emocionalmente por completo, le genera dudas, tensión y decepción, aun teniendo la parte erótica muy despierta, esa fruición sexual. El filme se recrea en mostrarnos cuerpos bien moldeados desnudos, esas mujeres son hermosas, las escenas sexuales son abiertas, naturales y a su vez sensuales pero con una estética que dibuja en el ecran un buen gusto sugerente y elegante.  

Una curiosidad es la bisexualidad de una, aunada a los rasgos algo varoniles, o la melena corta de ambas, ellas son tan iguales a ese hombre, una mayor dificultad en concebir esa unión, ya que son dos gotas del mismo reflejo, en ello tanto hombres como mujeres sufrimos de ese universo del director, no hay diferencia en su cine aunque el título nos remita a una constante, la mujer.

Niccolo luce frío pero solo en las palabras de afecto revelándose en su obra alguien perfeccionista encomendado a un arrobo emotivo y a la vera de ello se muestra arrebatado que llega a intimidar, luce claramente sensible según se ve en cada escena contundente por más que trata de ser fuerte, las mujeres lo hieren o no lo comprenden pero también tiene parte de culpa, como con su divorcio el que señala su hermana fue falla de él o con Mavi a la que le es un desconocido. Relaciones afectivas que dicen te amo o que se entregan al placer pero que se desvanecen con segundas acciones, con tropiezos, con desconfianza, con la falta de compenetración, contraria a la del ejemplo de los terroristas o al de Ida recordando ese sentido con el hijo a venir, formas distintas bajo la ilusión o el desprendimiento total a la de la pareja por antonomasia tan efímera y autodestructiva, para Antonioni tan proclive a acabar con el amor.

Rememorando ese gran momento de la conversación con el sobrino con la voz en off, una vez que comprendamos “al sol” ¿qué vendrá después?, no hay más que vivir e intentar que el camino sea más fácil viendo las circunstancias, como la película de ciencia ficción que nunca quiso hacer ni realizó Antonioni y al que solo le bastó un pedacito de metraje de un nave nacida de un asteroide volando hacia la más grande fuente de calor del universo para develar nuestra idiosincrasia, para conocernos más y el resto es drama e imaginación,  no obstante dejando en el trayecto sustancia y emociones como la hermosa toma de Mavi mirando  por la ventana a Niccolo en la calle, triste mientras cada uno sigue un camino propio, semejante a una pintura que nos trasmite una historia que acabamos de conocer, teniendo presente que estamos ante la amenaza de la niebla.

miércoles, 11 de julio de 2012

The Amazing Spider-Man


Si vemos la actual cartelera cinematográfica nacional e internacional resulta ineludible la nueva cinta de Spider-Man, la que convoca mucha presencia en las salas de exhibición, amplias colas y un lleno abrumador digno de la máxima envidia de otras propuestas, agregando el cariño que despierta en el público el personaje del cómic, del que para Marvel es su pieza más popular, ya antes llevado a la pantalla grande en tres oportunidades, en la dirección de Sam Raimi, y a la televisión múltiples veces con lo que reconocerlo y apreciarlo es casi un hecho si se hace un mínimo de mérito creativo siendo una apuesta grande dentro de la industria del séptimo arte.

Si la analizáramos diríamos en palabras directas que ha estado bastante bien para la desconfianza que se temía tras 5 años atrás en que tras la última propuesta disminuyó su éxito en el ecran y sus participantes principales entre protagonistas y director perdieron el entusiasmo. Ésta nueva Spider-Man tiene un perfil bajo o “modesto”, dentro de lo imaginable para una cinta de su envergadura comercial, que le ha jugado en favor, quizás temiendo despertar demasiadas expectativas y rebote contra ésta, sobre todo con lo apabullante que está resultando la proximidad de The Dark Knight Rises y frente a la otra gran producción en el rubro, The Avenger, aun con la distancia afectiva que implica en comparación. Batman en cambio tiene una obligación de agradar mucho mayor y eso -aparte de ser el superhéroe por antonomasia por encima de un Superman perdido en el tiempo pero con una etapa de gloria en la actuación de Christopher Reeve- se debe también a que en manos de Christopher Nolan se ha elevado la profundidad de la propuesta cinematográfica, tarea fácil en comparación a lo que hizo Joel Schumacher destruyendo el alto nivel que implicó lo hecho por Tim Burton y que con Nolan ha llegado al paroxismo. Spider-Man llega tranquilamente casi sin ser competencia y sin ninguna preocupación (afuera, claro, de cara a la percepción de la gente), gracias a la receptividad de las figuras de esa cultura popular global en pantalla grande y a su propia imagen histórica, aunque esperando el espectador un retorno algo distinto, y sucede, entre comillas, ya que el hombre araña se auto-recicla y sale a la carga pero con la misma esencia que ilusiono a los fanáticos en el cine con las dos primeras películas de Raimi y eso quizás porque es inamovible el espíritu del cómic o lo que siempre ha pretendido Stan Lee con este superhéroe.

Se vuelve a contar la historia del superhéroe arácnido, pero esta vez desde la pérdida de sus padres y su traslado raudo a su nuevo hogar con sus tíos, unos más frescos Sally Field y Martin Sheen en los papeles respectivos de tía May y Tío Ben, dos grandes estrellas del séptimo arte que revisten de nivel a la película, siendo además indispensables en la trama ya que uno inspirará la responsabilidad que el joven superhéroe requiere en su labor y la otra es su vínculo con su sensibilidad y debilidad.

Ésta vez la posta es de Andrew Garfield, el cual logra concebir la juventud que prodiga su director Marc Webb en toda la trama. La filosofía de Stan Lee, el creador del cómic, yace en todo el filme nuevamente pero ésta vez más flagrante aún en la dirección de Webb –un experto en el asunto tras ver su destacada ópera prima (500) days of Summer- con respecto a destacar la edad y el contexto detrás del deber como paladín de la justicia, y aunque ésta apunta notoriamente a un público joven se deja apreciar por un público general dispuesto a disfrutar de una cinta ante todo (únicamente en realidad) entretenida que no pretende nada complejo salvo rodearse de unos toques de identificación existencial bastante básicos pero primordiales en esa primera edad tan conflictiva, el bullying en el centro educativo, el primer amor en la ilusión de la chica perfecta o la adaptación a un espacio social que desprecia o afirma y ubica de forma tajante, agregándole a nuestro protagonista un hogar atípico y un aire independiente y solitario a cuestas.

El rival, algo indispensable para el tipo de película que estamos viendo, fue pensado aquí como algo ante todo superficial en la esencia de las películas de Raimi y los programas de tv. que le han antecedido, es decir todo lo audiovisual que se ha hecho en Spider-Man, a diferencia de Nolan en que el Joker absorbía de la esencia de la anarquía bajo tesis argumental, bastante mejor todavía que lo que aspiraba Ra´s Al Ghul, una limpieza de la iniquidad humana tergiversada de la misma presencia de Batman y mucho más que la propuesta simplista de El hombre araña presente, hacer una raza más fuerte, pero ¿cuál?, de lagartos. No obstante nuevamente hay coherencia en toda la propuesta, recordando que lo que importa aunque no parezca está detrás de la máscara, lo que viene después es el ente puesto en la labor de acatar su responsabilidad entendiendo de que background sucede, el doctor sin brazo convertido en lagarto es solo el pretexto para ejecutar esa misión, ese recalcar una y otra vez hasta asimilar que ser un superhéroe es asunto de valores y que todos podemos serlo, como cuando el hombre araña le dice al niño que se ponga la máscara, dejando el mensaje de que tú también puedes ser un héroe anónimo. El doctor sin brazo lo caracteriza Rhys Ifans, con quien se apuesta como antes por un secundario no tan conocido, pero interesante en el cine, tal cual lo hiciera Alfred Molina en la mejor película de Spider-Man que se ha hecho hasta la fecha.

Con una misión sencilla de resolver en el guión, la fuerza yace nuevamente en la identificación de la cotidianidad juvenil de Peter Parker, para ello lo acompaña Emma Stone como la otra novia famosa del hombre araña, Gwen Stacy (Mary Jane llegaría después), mención especial y abridora de que se destaquen constantemente las piernas de la espigada actriz a la par de su simpatía. Stone es guapa aun en un tinte extraño a como la solemos ver (pelirroja le queda mucho mejor), sin embargo lo que más atrae de ella en conjunto es su soltura, esa que nos hace pensar en ese rótulo americano de la chica de al lado, pero, claro, en el fondo, con atributos inigualables (solo es una sensación ficticia), que no choca con un desbordante magnetismo gracias a una estilización proveniente de sus piernas y su altura, la grave sensualidad de la chica hot del instituto, como de un carisma, dulzura y personalidad envidiables, a la que se suma la fuerza que exuda, algo innato en esa seguridad que manifiesta. La química está bastante bien aunque parecen algo comunes en su interrelación, lo que se pude interpretar quizás como una virtud y un gancho típico de cierto cine americano.

Andrew Garfield, el nuevo Spider-Man, luce por su lado una naturalidad para verse entusiasmado que es una parte indisoluble de esa juventud que aborda, como el cambio de un retraído, pero inteligente e idealista muchacho, a un vigilante de la ciudad (sin embargo no un nerd, como el Peter Parker de Raimi; al inicio se ve un poco en el maltrato escolar, pero apenas, porque luego hasta se venga de una golpiza, una que enfrenta valientemente al saber que va a perder; sugerido más bajo un modernismo, que lo alcanza a él también, en donde dan a entender que ya no vende la figura medio bobalicona que aparecía más palpable en Tobey Maguire), alguien capaz de surcar el cielo desde lo alto de los rascacielos. En Garfield se mezcla la inocencia con la picardía y audacia (bromea con un ladrón y hasta con la policía), y eso es parte de Webb, que se lo adhiere a la personalidad del personaje, como quien estuviera en medio del desarrollo mental, pudiendo ser infantil y rebelde (monta skateboard), compaginado perfectamente con esa mirada del encumbramiento que tiene en ciernes, para cumplir con “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”, que dice la frase acuñada por Stan Lee, trasmitida del Tío Ben a Peter.

No puede pasar desapercibida una mención especial al actor Denis Leary, la verdadera novedad del filme, con una estupenda actuación, para quien suscribe la mejor del grupo, éste hombre maneja el sarcasmo como pocos y aunque su papel es menor en la interpretación del padre de Gwen y jefe de la policía pone fuerza en atrapar a Spider-Man y en ayudarlo sin generar incongruencia.

Si hay algo a resaltar de Spider-Man es su frescura, se repite mucho lo ya contado y el enemigo es plano, muy funcional, pero llega rápido el mensaje en un buen empaque, y el ritmo es entretenido (que yo apunte sólo falla la escena del desencadenante de una muerte principal, que parece el comercial de alguna zapatilla para chiquillos "audaces"). El 3D más es adorno en todo el filme, a uno le es indiferente a pesar de su presencia atípica, salvo cuando Spider-Man echa a volar y podemos coger algo de esa magia, de esa aventura, sintiendo ese vértigo y agilidad especial. Spider-Man no es en su mayoría novedosa pero sí muy divertida y cool, como dirían los norteamericanos, sin que sea reto para el esperado Batman de Christopher Nolan. Se vislumbra una segunda parte en el desarrollo de la muerte de los padres de Peter: ¡Que venga!

Hairspray

John Waters es un cineasta subterráneo que retrata un séptimo arte a su regalado gusto para bien y para mal, uno bastante poco tradicional, muy extravagante, exótico, trasgresor, delirante, con un mal gusto generalizado como marca de orgullosa identidad, sin embargo a éste último lo podemos encontrar muy popular en el guión que nos convoca ésta crítica. Dos veces se ha llevado al cine ésta obra, la más importante es la primera de 1988 por el mismo Waters en que se convirtió en un filme de culto, no obstante es en el teatro que ha alcanzado su mayor éxito con múltiples premios Tony de la mano de Mark Odonell y Thomas Meehan.

Éste musical presentado en el gigantesco y bello teatro Peruano-Japonés tiene una carga social muy grande, nos enfrenta al racismo y a la desigualdad de los años sesenta en  Estados Unidos, por lo que no solo es una puesta entretenida con canciones y coreografías entusiastas sino un relato con un alcance reflexivo. Es cuando Tracy Turnblad (Oriana Cicconi) decide participar en el show de canto y baile de Corny Collins (Rómulo Assereto) que la rueda del cambio se echa a rodar en Baltimore- Maryland; ella una gordita fuera del estereotipo de belleza que representa Amber von Tussle (Rossana Fernández-Maldonado), una rubia de escultural cuerpo, no solo sueña con ser la chica hairspray sino con conseguir el amor de Link Larkin (Jesús Neyra), novio de Amber, y lo que es más importante integrar a negros y blancos, aspira a hacer del día del negro algo de todos los días, para lo que busca irrumpir en el set de Collins. Su amistad con el chico de color Seaweed (Luis Baca) la hace promover esa igualdad al estar agradecida con esos pasos especiales de baile que le enseñó y le ayudaron a lograr entrar en el elenco de Corny Collins; la mejor amiga de Tracy, Penny Pingleton (Gisela Ponce de León) está enamorada de él, con lo que la unificación es solo romper las murallas que pone gente como Velma Von Tussle (Lorena Caravedo), productora del famoso programa de jóvenes artistas. Al elenco se agrega la madre de Tracy, la robusta y exuberante Edna Turnblad (Sergio Galliani), papel que interpretó en el cine el amigo y fetiche de Waters, el drag queen Divine; y el padre de Tracy, Wilburn Turnblad (Paul Vega)que es un excéntrico sujeto pero que alienta el espíritu libre y festivo de su hija. En la obra dentro de nuestro circuito teatral yacen dos actrices cómicas, la popular Bettina Oneto como Mabelle, progenitora de Seaweed, dueña de una discoteca para afroamericanos, y Patricia Portocarrero,  conocida de una nueva generación de clowns televisivos, que hace de la madre estricta de Penny. Hay un nutrido y surtido grupo de estrellas del panorama televisivo nacional, de series, de novelas, de programas de mujeres, comedias populares o más contemporáneas, cantantes, actores de cine, rostros reconocidos del teatro y nuevos además.

Lo más resaltante aparte de cierta denuncia social es el ambiente alegre y colorido que se vive en escena, las canciones escritas por Marc Shaiman y Scott Wittman se han respetado y se han traducido al español de forma estricta, pueden sonar algunas un poco menos melodiosas en cuanto a las palabras pero al seguir con éstas  ha sido importante por la carga argumental que sobrellevan, ya que un musical asocia sus letras con la trama, siendo indispensable no romper esa unidad que el director de la obra Juan Carlos Fisher ha respetado.

El vestuario y las coreografías han estado acorde con esa felicidad y optimismo que despierta la historia, un aire tonto a ratos bajo un mensaje serio, con imágenes fáciles de ubicar para el público, la canción piojos de Amber aunque cae bastante graciosa desnuda su postura al igual que la leyenda de Miss Baltimore la de una superficial, cerrada y egoísta Velma, mientras buen día Baltimore nos refleja la buena onda de una soñadora Tracy o tú eres para mí entre Wilburn y Edna el amor de pareja. Sin embargo el mensaje mayor que raya en la convicción es ese de cierre o desenlace en la canción de “No podrás parar” en que el programa de Corny Collins se vuelve un éxito de integración racial.

18 canciones originales acompañan el entretenimiento del espectador, una reunión de dos horas y media de dos actos con un intermedio que están cargados de frescura y llenos de vida, es imposible no verse atrapado por el ambiente, todo el elenco en conjunto desborda pasión, coordinación y compenetración, destacando en primer lugar a la protagonista central, una poco conocida Oriana Cicconi,  junto con Gisela Ponce de León con una inocencia y encanto particular, también a la malvada en su papel Lorena Caravedo y la engreída que interpreta Rossana Fernández-Maldonado; después a Neyra y Baca con movimientos bastante cómicos –el primero más disforzado- entre la sátira sutil de esa generación relajada a la que todos hemos pertenecido en algún tiempo pasado, por encima pero  a continuación de quienes despertaban aplausos producto de su fama, un travestido Sergio Galliani lejos de la rotunda y desconcertante presencia de Divine aunque bastante correcto (muy acorde con la esencia sana del musical, lo cual se agradece de la dirección de Fisher) y una afectada pero entregada en el canto Bettina Onetto.  Mención honrosa por último para la simpatía de Assereto, la facilidad de hacer reír de un secundario Nicolás Fantinato, otra para el que parecía estar sufriendo en la obra fuera de su elemento pero que lograba ser algo freak en un aura rígida, Paul Vega y la tontamente cómica Patricia Portocarrero.

Como colofón había una orquesta muy precisa que revistió de encanto y festividad a Hairspray, estuvieron impecables, el sonido fue una de las grandes virtudes de la obra y dicho en un musical son palabras mayores. Una obra magnífica que rompe con la rutina de lo que entendemos por superficial y netamente divertido, sin vacío y sin vulgaridad, juvenil, audaz, jubilosa.

viernes, 6 de julio de 2012

Eva


Una película muy novedosa en el cine español es la presente dirigida por el catalán Kike Maíllo siendo su primer largometraje cinematográfico y que ya ha cosechado tres premios Goya éste 2012 por director novel, efectos especiales y actor de reparto para Lluís Homar. La gran curiosidad es que es una cinta de ciencia ficción, una rara avis en el mundo hispano que conlleva una muy buena estética dentro de una discreta trama de amor de dos hermanos por la misma mujer, la esposa de uno de ellos que fue pareja del que ahora es su cuñado pero que la abandonó hace diez años por motivos desconocidos para el espectador y es que el relato guarda mucho misterio deparando una sorpresa final.

En una ciudad invernal donde la robótica es habitual entre los humanos, el inventor Alex Garel (Daniel Bruhl) tiene la encomienda de crear las emociones de un nuevo prototipo, él encuentra como inspiración a una niña locuaz y extrovertida, su sobrina Eva, hija de su cuñada Lana (Marta Etura), con la que sostendrá un vinculo especial.

El pasado es enigmático en el filme –algo que solo podremos imaginar si bien hay sugerencias, debido a la sencillez de la historia- pero parece vital en la tensión del presente y en medio de relaciones afectivas secretas; la trama se mueve bajo silencios entre los vínculos fraternos y en relación a la familia del hermano menor, David Garel (Alberto Ammann), mientras se nos presenta la cotidianidad de la vida de Alex en su regreso a la ciudad ficticia de Santa Irene, un lugar que tiene vehículos actuales a nuestra era y modelos antiguos, una infraestructura común hasta con óxido y deterioro, siendo nada futurista, lo que solo nos deja de extraordinario las máquinas y los robots avanzados de distinta forma que yacen adaptados a nuestro mundo.  

Alex tiene un gato mecánico que imita uno verdadero y que está libre de órdenes, un artefacto visual que sobresale de la realización, también un amo de llaves, el sentimental Max, Lluís Homar en una actuación entre creíble con algunos movimientos y otros tantos que no lo desligan de su persona, le brillan los ojos y tiene el pelo engominado, es algo rígido, intenta ser verídico y a ratos lo aceptamos, sin embargo se hace muy complicado lograrlo durante todo el metraje, la idea es atrevida pero el resultado casi imposible, algo tibio para caliente –no perfecto pero encomiable- para ser razonables.

No hay mucho que contar porque más parece un ejercicio de cine de ciencia ficción y no una película dispuesta a narrarnos algo importante (no lo logra en ninguno de sus intentos, ni siquiera con Eva o el invento en ciernes), donde priman algunos objetos mecánicos, la fotografía de paisajes nevados o la manipulación en el aire de la bella composición cerebral de un autómata, unos efectos especiales a destacar un poco pero nada aún siquiera como se hace en Hollywood al servicio de lo comercial. Resulta casi inexistente la formación de algún contexto o es bastante escueto, lo hay pero éste se mueve muy lento y básico.

Resalta el encanto de la niña Claudia Vega a la que creemos buena fuente de inspiración como se le atribuye, el encanto de Marta Etura, alguien de quien es fácil enamorarse por su carisma y belleza, y un muy entregado meditabundo, sereno y seguro de sí Daniel Bruhl.

Estamos frente a un filme que no se aleja mucho del presente aunque está adelantado, nos muestra como conviven autómatas con seres humanos, de la mano de relaciones afectivas deficientes o en evolución se nos circunscribe a familiarizarnos con la robótica, se ha diseñado un argumento de su composición mental, vemos a Max en la práctica y en sí hay un imaginario al respecto que aprovechar en el ecran, no obstante el prólogo parece anhelar sin éxito suplir un vacío, ¿qué pasa en dicho contexto inicial?, el desmayo de una niña y una caída al abismo, hay una consciencia de llenar la historia, ahí solo queda conocer las razones y el desenlace vuela sin entusiasmo desfalleciendo en el lugar común y en lo que se vislumbra claramente, a favor está que tiene una estructura coherente y bien relacionada.

Peleas familiares por un tercero en discordia tratados sin aportar nada nuevo no son un pretexto para fabricar un filme memorable. El futuro queda como algo secundario bajo algo inferior e insustancial si se quiere apreciar bajo ese drama. Eva (2011) más será recordada por ser una de las primeras hazañas en España de hacer un sci fi y visto bien Roma no se construyó en un solo día, tiene mérito desde luego.

miércoles, 4 de julio de 2012

Mientras duermes


Proviene del director de Rec (2007), famoso filme español de terror que se adscribe a la cámara en mano imitando un documental, género denominado mockumentary, de Jaume Balagueró, que ésta vez nos pone en pantalla a un hombre que no puede conseguir sentirse feliz, deprimido y proclive al suicidio decide hacerle la vida miserable a una chica que vive en el edificio en donde trabaja de portero, lo hace a escondidas con el más horrible afecto a esperar destruirla.

La tensión es de una notable capacidad creativa, el susodicho llamado César (Luis Tosar) suele esconderse bajo la cama y esperar ahí a su víctima, con lo que se fabrica siempre un riesgo y una continua sorpresa en ese movimiento, en un momento  producto de ello se da uno de los mejores clímax del filme. Solo una niña sabe que éste trama algo contra la vecina, la bella y sonriente Clara (Marta Etura), pequeña que luego de una magnífica actitud de malacrianza y picardía detrás de algunos chantajes  no logra verse convincente como actriz una vez que siente el pavor de verse afectada por ese trastornado que llena un apartamento de cucarachas en busca de sentir satisfacción con el dolor ajeno, como forma de sentir que no es el único negado de la alegría por la vida.  El malsano sujeto tiene una confidente que es su madre, una anciana postrada en una cama de hospital que escucha constreñida como su vástago trama las torturas contra una pobre chica que no ha hecho otra incitación que tener la mala suerte de a verse cruzado en su camino.

Luis Tosar nos proporciona una cara productiva de la perversidad en su detestable personaje y aunque logra atrapar la sustancia de éste, pesa sobre él algo de la fama que le atribuye una nutrida filmografía, a ratos cuesta desligarlo de una imagen menos cruel, sin embargo mantiene en general un equilibrio en todo el metraje sosteniendo los actos de iniquidad que son el reflejo de un alma vacía. El filme juega limpio, es muy transparente y hasta simple, ella es la inocencia y la felicidad, él el odio y la venganza gratuita, la realización en doblegar  el optimismo y la buena fe del prójimo.

Balagueró recurre a figuras concretas que focalizan ambas esencias antagonistas, Cesar subido en el filo de la azotea monologando deprimido su situación emocional; Clara bailando libre y entusiasta misma Tom Cruise en Ricky Business (1983). Puesto con claridad el contraste a la vera del punto de inflexión que de arranque nos fabrica el relato, el desarrollo es cabal con el leitmotiv de la película, aplastarla hasta llevarla a su propio estado de ánimo es la misión que se ha propuesto ese solitario y mediocre portero que mueve los hilos de un castigo perverso, con lo que se desencadena el terror realista que nos ofrece el cineasta catalán, decidido a darle verosimilitud a su obra, sea haciendo presencia la policía o cuando alguien descubre al culpable de tanto percance que padece Clara, no obstante la reiteración, la convicción y el éxito nos remiten a algo fantasioso, que como divertimento hace maestría, desinteresado de tomarse demasiado en serio, como con algunos sonidos fuera de contexto, algo humorísticos para la vejación que se nos narra a flor de sentirnos culpables de alguna vez haber deseado el mal a aquellos seres humanos que tachamos de irreparablemente excepcionales para contener la buena voluntad, la afabilidad y el optimismo.

En parte duele el sufrimiento y la maldad de donde viene pero también se hace algo superfluo, con alguna falta de empatía para con el espectador en todo el asunto, la saña no está edulcorada sea para bien o para mal y aunque hay una notoria fuente de conmiseración hay algo de justificación en Cesar, punto a favor y necesario del filme; los gritos desesperados en la ducha algo merman su arbitrario proceder si bien a fin de cuentas termina siendo algo caricaturesco empero tampoco el formato lo desvirtúa sino lo hace encajar perfectamente y es que es un filme con aire ligero, despreocupado, accesible y no por ello reprobable, porque juega bien sus fichas y se hace ágil y entretenido, algo irónico pero real con la magia del séptimo arte que a veces nos acerca y a veces nos distancia, aquí lo vemos de lejos como con esa carta conclusión ya exagerada, la marca de un cuento cruel que nos remite a una metáfora de tener los ojos cerrados con algunos malvados que se mueven como reza el título mientras dormimos, una sacada de vuelta a esa frase de poner la otra mejilla, de no ver y no hacer; se puede amar lo que se odia nos dice la película, a un caso y en el otro esa es la única salida que encuentran Cesar y Clara.