domingo, 29 de abril de 2012

El viento que agita la cebada


Nos remite a la lucha por la independencia de Irlanda del poder inglés hasta la guerra civil que desunió al Ejército Republicano Irlandés (IRA) en dos bandos, representados por dos amigos desde la infancia, Damien O´Donovan (Cillian Murphy) y Teddy O´Sullivan. El primero es un idealista total, quiere que el rey de Inglaterra no tenga ninguna injerencia sobre su país ni que Irlanda esté separada en dos territorios, además de resentir las diferencias entre la población y su élite en cuanto a contrastes abismales de hambruna debajo de gollerías en el extranjero, mientras el segundo acepta el pacto de paz entre las dos naciones en conflicto a cambio de llevar un gobierno independiente aunque aún relacionado a Inglaterra.

Éste es un filme que aún siendo de origen inglés -por la nacionalidad del director, Ken Loach- sorprende con una propuesta a favor del IRA, poniéndose no solo desde su parte de la historia sino sentimentalmente en todo momento, desde el inicio se ve el abuso infringido por los anglosajones y el valor de ser libres de los descendientes celtas de la opresión foránea invasora que quema sus casas, realiza ajusticiamientos ante el deseo de una propia identidad o hace requisas salvajes en lugares públicos y en el campo. Son esas humillaciones que conmueven y agitan a O´Donovan que solo busca ejercer la cátedra de anatomía y casarse, sin embargo ante la situación decide pertenecer a la guerrilla hasta las últimas consecuencias.

El filme demuestra el alma heroica de los combatientes irlandeses más humildes y aunque no hay una desproporción marcada de fuerzas en el filme se entiende el valor del sacrificio y la desigualdad de un campesinado orgulloso y valiente que son los que dirigen la revuelta. En ningún momento se disminuye su procedencia ni su educación, se ve la esencia socialista de Loach en enaltecer a la población de pie dejando de lado marcadas realidades comunes.

Esta propuesta es fiel al idealismo de sus bases revolucionarias y las estimula reiterativamente como estandarte, como se puede ver en un pequeño juzgado rural que demuestra que el interés personal o la necesidad no se sojuzgan sino ante la ética, la justicia y la honestidad, aunque implique perder ayuda económica. Eso divide desde un inicio a los que representan a O´Sullivan y O´Donovan, dos facciones que están unidas por un deseo conjunto de independencia pero separadas por ideas y acciones, uno de los motivos principales del filme. No obstante recurren a algunas semejanzas, el amigo que debe eliminar al compañero de toda la vida por traidor o por no obedecer los requerimientos de su ideología. Uno de los mejores instantes del filme es la recreación verbal de la entrega del cadáver de un joven ajusticiado por su gente a su madre, viendo más tarde en pantalla ese mismo quiebre emotivo desde la interacción exacta.

El viento que agita la cebada (2006) le da la oportunidad a Cillian Murphy de lucir mayores habilidades histriónicas tras deslumbrar en Batman Begins (2005) en su interpretación estupenda del villano El espantapájaros que ahí con plástica y sugerente expresión nos hace creer su dualidad entre locura y ciencia; ésta vez lo hace nuevamente -ante más compleja exigencia- con vasto e indiscutible talento si bien provoca algo de sencillez a su personaje que lo hace perder algo de valor en general, no por algo intrínseco en el hombre asumido sino por una falta de cierta vitalidad e intensidad –que las tiene sino que sin impresionar ávidamente- o ensanchamiento de lo que podría ser o debería ser, quizás para no sobredimensionarlo o no sacarlo de la imagen global de lo que es su revolución que es lo que prima aun en el peso contextual fabricado en su persona por el ingenio de Loach aunque indiscutiblemente es un punto cardinal en la trama así sea él precisamente una ficción. Su presencia es recurrente, trascendental y representativa para desarrollar perspectivas pero puede justificarse su interpretación a las ordenes requeridas, y eso no quita que lleve escenas magníficas, pero pequeñas o especificas, en sobre todo un compendio de instantes graves, el querer sustituir a O´Sullivan a puertas de la próxima tortura, el deshacerse de un traidor de aparente timidez y atrapado en circunstancias especiales, el dar discursos morales frontales sea en la iglesia a contracorriente de un antiguo aliado eclesiástico o en una celda a costa de la muerte, el involucrarse tan visceralmente con cada etapa del conflicto inglés y entre hermanos de patria; algo que es mucho menos contundente en el actor desconocido Padraic Delaney que hace de antagonista en la guerra civil irlandesa en el papel de O´Sullivan que está conforme con el éxito alcanzando en la independencia y que luchó codo a codo con O´Donovan, quien podría haber saltado a la fama con una actuación predominante, pero que solo cumple tranquilamente su rol aunque sin acaparar atención como para recordarlo demasiado.

Loach crea un filme bello estéticamente –como el título que suena muy literario y que deviene de un poema irlandés- que necesita de poco para sugerir (no vemos mucha sangre ni siquiera en las balaceras o en los ataques mutuos). Loach, con el guión de su habitual Paul Laberty, se muestra solvente, maduro y atinado, sobre todo en sus “sutiles” y necesarios clímax resolutivos que aspiran a motivar y entusiasmar como los cantos a instantes de la inmolación de los once revolucionarios o la carta de despedida del mártir central antes de los tiros, sin perder sentido a elección de evitar exceso ya que todo se sostiene en lo poco más de dos horas de duración de la película, humilde en cuanto a recrear esa etapa revolucionaria aunque clara como para crear afinidad, emotividad y entendimiento.

viernes, 27 de abril de 2012

Air Doll


Air doll (2009) es una película que sale de cierta forma de la filmografía de Hirokazu Koreeda o puede dar solo esa impresión en realidad pero que claramente mantiene el estilo del cineasta japonés, su extrema sensibilidad dentro de la reflexión de temáticas muy duras. La que nos compete se puede ver como la introspección de la promiscuidad de una prostituta y sus emociones más personales, además de un paralelismo general con el vacío, la soledad, la indiferencia y la melancolía de los seres humanos.

La trama nos remite a un relato fantástico en que una muñeca inflable toma vida. Mientras sigue cumpliendo sus funciones de noche con su dueño, de día trabaja en una tienda de renta de vídeos, a la vez que descubre significados en el planeta.

El aspecto general de Nozomi, la estupenda actriz sur-coreana Doona Bae que toma movimientos y estética perfecta, es de una candidez y docilidad extrema pero provista de una dureza irrefutable en aceptar que es una sustituta de la realidad sexual de un hombre, un objeto que brinda placer sin la más mínima negativa. Sin embargo ambigua en su definición esencial ella quiere entender el mundo, provista de un corazón despierta en ella la curiosidad natural de su entorno e indaga en las relaciones humanas.

Los vuelcos por la existencia de quien no conoce nada se dan sin mediarse problemas para el autor del filme, recordando que es propio del género de fantasía aunque de estructura muy en orden realista que es como si algo excepcional se introdujera en toda una cosmovisión convencional e identificable con facilidad.

Éste idóneo drama existencial a manera de parábola abunda en metáforas y la pertinente reflexión de que el mundo es un lugar cada vez más frío, más triste y más individual a pesar de que como nos dice la película, todos dependemos de los demás, somos un constante complemento como las flores que sin el viento ni los insectos no polinizan su pistilo y no florecen. El presente es un filme de base sencilla y entretenido pero cargado de ideas.

El desenlace como en todo filme de Koreeda se alarga constantemente, parece querer resolver todo cuanto pasa por la mente, una valía para los curiosos pero algo posiblemente molesto para cerrar un circulo sin perder una línea, un ir por múltiples posibilidades que cae en la sobre-exposición última, pero aquí es un mérito ya que acierta en su mayoría salvando un final algo tenue pero aún así rico en su aporte que remite a que el contexto central es más que suficiente (y es así) ya que inicia igual, de lleno a la narración sin crearse conflictos, un ir al aparato meditativo que refleja la muñeca inflable.

Es notorio el querer pensar a través de ella como en la banca con el viejo haciendo el símil de lo humano con el objeto de placer, también hay una crítica muy patente a como nos desenvolvemos como seres humanos en nuestra contemporaneidad, las ciudades consumen la vida, el hombre vive y convive mal, no sabe generarse la felicidad sino más bien hace todo por alejarla, en su torpeza. Incluso el amor y la alegría de Nozomi desfallece/muere, siendo concluyente que los cuentos de hadas no terminan muy bien ya, en un contexto masivo humano proclive a lo inmisericorde y al inminente fracaso, un pesimismo palpable, a pesar de que hay un aire de entusiasmo y de fe. Las respuestas no alcanzan ni la bondad surte el efecto deseado en el interior del ecran, quizás porque lo desagradable hace mayores estragos en nosotros, aunque como se entiende tenemos la última palabra como espectadores, a ponerlo en práctica tras la lección.

Nozomi, aunque se intuye, parece ocultar ir a un inexorable destino y es que no logra adaptarse -siendo aún en su carácter especial una vista colectiva y reconocible- ya que su aventura está plagada de realidades implacables que consumen y destruyen pero como ser que es tratado como objeto y se ve como tal, aunque su secreto no sea el que define el asunto ya que es un pretexto todo el aparato de la muñeca inflable. Es un filme que va en la línea de Koreeda pero con algo más de fuerza de lo acostumbrado en un salto “abrupto” pero coherente hacia la descomposición digna de las más crueles tragedias, hasta la ausencia del deseo de supervivencia, que existía en Nadie sabe (2004), filme emblemático del cineasta japonés, que era más gradual y abiertamente irremediable.

Se sobredimensiona el drama cuando se piensa mucho, por ello el que sea una muñeca inflable lo hace más digerible, más pedagógico y menos exigente en cuanto a sentimientos, o de repente no si lo vemos desde su posibilidad que lleva una cierta frialdad para no endulzar ya demasiado, notando que Koreeda de por sí es bastante perceptivo, agregando un ambiente ordinario de neutral a algo cálido muy necesario, que puede cansar si no somos cercanos a lo estático en un cine que requiere calma, contemplación paciente, que igual lleva un tema interesante que despierta atención y que es una ventaja que se explota muy bien, que se amolda preciso al requerimiento de un cineasta con las características de Koreeda y que a pesar de mostrar coitos y una banalización recreativa de lo que es el siglo XXI lo hace con el buen tino de un fino pero consistente demiurgo.  

Koreeda mengua a ratos la paliza con un cántico de optimismo circunstancial en que lo cotidiano puede ser encantador pero luego cambia y enaltece a la desventura pero sin paliativos a la hora de la verdad, sea viendo al jefe de la tienda de cine chantajeando a Nozomi a cambio de sexo, las múltiples personas sufriendo en sus ambientes concretos e íntimos o en el juego erótico y el consiguiente terrible error de inflarse al creerse semejantes. Pero como implica el final del filme, hay belleza en el lugar menos pensado, un aliento de reposición cuando Nozomi agradece a la creación, al creador, también a la capacidad de comprender, valorando lo que muchos consideran pequeñeces o desgracias como el nacimiento, el cumpleaños o la vejez, o en el anhelo de sentir, de amar todo y –no literalmente- a todos, por eso su idiosincrasia es triste, que es sello de Koreeda, en el quehacer humano de esos dos embaucadores del verso de Kipling que dice que no hay que dejarse engañar ni por el triunfo ni por la derrota.

La película es más que sobre sexo o amor, eso sería encerrarla en muy poco -siendo temas muy bien manejados además- o muy simple para venderla, es la historia de una niña en pleno mundo, explorándolo cuando éste lo que hace es combatirla por leyes que todos absurdamente nos generamos, un desamparo que requiere ver belleza en lo triste y amor en la comunidad de todos, que es el mensaje que aplica Koreeda.

miércoles, 18 de abril de 2012

Millennium Mambo

El cineasta chino Hou Hsiao-hsien es famoso por muchos reconocidos festivales en que ha logrado recibir alguna premiación importante entre ellas el león de oro del Festival Internacional de Cine de Venecia. Nos trae aquí una historia de búsqueda y supervivencia del amor, la de Vicky (Shu Qi), en medio del comienzo del nuevo milenio en donde observamos en su vida con relación a dos parejas suyas, Hao-Hao, un joven descolocado en el mundo que vive del hurto, la música electrónica y las drogas, y Jack, dueño de un club -en que Vicky hace de anfitriona- y quien aparentemente está implicado en negocios turbios. Ambos de trato muy distinto nos mostraran la convivencia y dependencia emocional entre ellos, su conflicto constante y la idiosincrasia nocturna-liberal de su diario quehacer, los nexos entre ciertos vicios de juerga y el discurrir vago de su existencia muy en la onda de nuestra contemporaneidad juvenil libre de ataduras y de reglas severo moralistas. Vicky es el eje de ese ir sin rumbo que se nos presenta.

No puede pasar desapercibido que hay una narración en off que anticipa recurrentemente el clima posterior de la historia y que nos deletrea los acontecimientos ayudando a entender el ambiente mínimo que ocurre pero que se nos hace como una intrusión que hace recordatorio de una falla general en lo que se ha fabricado, una sorpresa viniendo de un cineasta de la envergadura de Hsiao-hsien. Pero haciendo cierta salvedad puede que él halla estado buscando otorgar un estilo a su obra. No obstante pasa por error técnico ya que desfavorece el producto al incurrir en descripciones que hacen lo que debieran hacer las imágenes y sin tampoco haber tenido que abandonarse a la dificultad.

Una segunda forma estructural especial del filme es una sensación de fragmentación, no en forma ordenada, que se articula como en un especie de rompecabezas de piezas apenas separadas, esto le da dinamismo, versatilidad y se puede ver como una gran virtud del producto ya que de no ser así fuera algo más cansino y tedioso por carecer de intensidad en su trama.

Un síntoma general aún con el ambiente de grave inestabilidad, celos violentos y fastidios complicados de su primera parte o un segundo plano elíptico de su siguiente mitad en relación a repercusiones criminales es lo anodino, lo apacible, lo frívolo o lo intrascendente. Hay una tranquilidad que se pega a la pantalla y aborda al espectador, un querer no impresionar al público, aunque halla una modernidad que es escandalosa, pero que no quiere tocarse de esa forma más que mostrándola tal cual, y que tampoco deja fuera un aire romántico o inocente que distribuye una dosis de fe en la monotonía actual y una diafanidad en medio de todo, una adaptación general y un aire de condescendencia hacia lo que administra el título de la realización, una nueva era, un baile festivo que no lo es tanto pero que no llora sus nuevas maneras sino que sigue creyendo y queriendo la felicidad con un optimismo seco a prueba de derrotistas, depresivos o pesimistas, como con el viaje último para ver paneles publicitarios.

Hay enojo y desencanto, por eso nuestra protagonista bebe y fuma con efusividad o evita caricias o preámbulos sexuales. Sin embargo el tono interior flota leve en toda la historia. A pesar de la gigantesca agresividad existencial negativa, Vicky sigue soñando y viviendo buenos momentos. Cree que quien la dejó quiso llamarla para volver a reunirse con ella en otro lugar fuera de Taiwán; sigue viendo afectos en otros y proyectando una cierta emotividad fuera de los errores amorosos.

Tenemos una película de algunos rasgos psicodélicos en el inicio y luego oscuros en vínculo con el amor de ese llamado nuevo milenio en que nada es tan fácil como antes o así reza siempre la frase del pasado siempre fue mejor. Efectivamente nada es igual. Es una auscultación cinematográfica de un pensamiento conocido pero trabajado con destacada delicadeza sin faltarle fidelidad. Resulta bastante interesante desde la contextualización china aunque desde un sitio moderno como Taipei. No obstante resulta pequeña en esencia por deseo creativo, autoral, pero sosteniendo un aspecto culto, aunque carente de mayor fuerza y quizá mayor relevancia.

martes, 10 de abril de 2012

I saw the devil

Otro nombre importante dentro del cine surcoreano contemporáneo es el del cineasta Kim Jee-woon que nos trae un filme en la dirección de la llamada trilogía de la venganza de Park Chan-wook que nos recuerda en particular a Oldboy (2003). El asesino en serie que es perseguido y torturado por el agente del servicio secreto que quiere hacerle pagar un daño insalvable de su alma, es el actor Choi Min-sik, el que hiciera del protagónico en la mencionada famosa película. Su contrincante en ésta salvaje cacería es el actor Lee Byung-hun, popularmente conocido de otra cinta de Kim Jee-woon, El bueno, el malo y el raro (2008), un western asiático muy libre que invoca a la obra maestra de Sergio Leone.

Bajo la premisa de un monstruo engendra otro monstruo el filme busca la redención del dolor infringiendo el mismo método, cuando un agente decide cobrar venganza ante un asesinato que marca su existencia; pero es cuando el juego de atrapar y soltar a la presa cobra una mayor dimensión y el desenlace parece no augurar ninguna retribución, que finalmente no falla logrando triunfar el conjunto que genera unos vaivenes que ponen a prueba al espectador y le brindan la satisfacción de un constante imprevisto y una sensación de callejón sin salida, cerrando una realización que desde el inicio juega limpio, coherente, y nos enseña de que va la propuesta.

No bien iniciada la película parece todo acabar con velocidad ante un desarrollo precoz cuando nos damos cuenta que nos espera un contexto de sadismo en el ojo por ojo y diente por diente, un alargamiento que se torna pleno en la trama, incluso con explicación de por medio, y no queda ahí nada más sino que se vincula la violencia con el castigo con múltiples ejemplos que desfiguran la línea de lo correcto y lo malvado sin que quede duda de que nada detiene a ninguno de los dos demonios protagonistas, intercalados uno con el otro en esa aparición que delinea y titula la cinta, ante el no entender la dimensión de maldad que se propicia y que no tiene donde acabar siendo la acción próxima mayor a la anterior en una inquietante subida de adrenalina constante, hacia un nivel superior de recurso, para lo que el ingenio último propone una salida que inutiliza el no temer, el resistir a la brutalidad y a la falta de remordimiento que es como la cereza del pastel de cara a venir de otros finales, de los que llegan y se estiran en nuevo reto.

La intensidad es palabra digna en la obra cinematográfica presente, un cuento fantástico de depredadores humanos donde la ira y el sufrimiento se mezclan bajo la frialdad de los actos, acabando donde inicia, en un espejo donde el policía Kim soo-hyeon (Lee Byung-hun) y el criminal Kyung-chul (Choi Min-sik) juegan a destruirse moralmente, uno por naturaleza y el otro por el contexto que inflige el primero para luego en retribución fabricar otros similares en el deambular por la cotidianidad de un asesino pagando sus culpas con la propia sangre.

Lleva actuaciones de lo más destacables de los dos intérpretes principales que se ciñen a la incapacidad de compasión sea por goce o por condena correlativa, sin que medie la constricción en sus semblantes implacablemente herméticos a la debilidad en lo que ejecutan, a la burla en la iniquidad mostrando vehemencia, sinrazón o la justicia por propia mano que se amolda a la convicción de una ley anormal. Un discurrir de dos bestias muy bien dibujadas, una con algún matiz sensible, serio y algo entendible aunque semejante al otro descabellado.

El presionarse para generar sufrimiento en el enemigo es algo que llena la pantalla en cada gesto facial o ademán, hay fuertes emociones que se pueden sentir con ambos, indisolubles para entender la furia interior logradas en la lucha que pone a Choi Min- sik en situaciones límites pasiva o activamente, como el destemple que genera el ya no tener corazón en la dureza que impregna la caracterización de Lee Byung-hun.

Un rito de violencia que implica canibalismo, secuestros, violaciones, mutilación o inmisericordes múltiples apuñalamientos en un auto sin control en lo que puede ser una road movie de castigo mutuo de dos imbatibles adversarios. 

Medianeras


Luego de coger experiencia con cinco cortometrajes, el cineasta argentino Gustavo Taretto recoge la idea de uno de ellos al cabo de seis años y decide convertirlo en un largometraje, el que tenemos ahora. Nos cuenta la historia paralela de Martín (Javier Drolas) y Mariana (Pilar López de Ayala), dos treintañeros principalmente independientes, solteros abandonados por sus respectivas parejas, fóbicos y solitarios que viven en una ciudad donde sus edificios se usan como metáforas de la vida de sus ciudadanos, justamente el título evoca el lado olvidado/secreto de cada existencia humana.

Mientras asistimos al pasar de tres estaciones observamos la descripción de la infraestructura de Buenos Aires que nos remiten a la incomunicación y la dificultad de hallar el amor o la realización personal de dos de sus habitantes representativos. Con un aire fresco asistimos a la vida diaria de Martín y Mariana que buscan adaptarse a la capital que como expresa un narrador en off le da la espalda a su río y cubre el cielo de alambres de teléfono.

Con una simpatía que nos aproxima a sus dos protagonistas los conocemos en su intento por vivir lo mejor que pueden anteponiendo ese recordatorio del filme en que se nos dice que casi nadie planea su recorrido en el mundo sino que lo va descubriendo y aceptando, llevando en sus caracteres la motivación central de buscar encontrar una relación afectiva bajo varios intentos infructuosos, y es que ambos nos hacen saber de su personalidad de boca propia y el contexto en que se mueven con una franqueza digna de confesionario para un católico practicante, y aunque son bastante particulares no dejan de ser sensibles, agradables y a ratos audaces, amenos pero comunes y familiares a cualquiera de nosotros; sus problemas son los que aquejan a muchos y sus rarezas muy afines a las tantas que todos podemos sobrellevar con flema, un vinculo que nos decide a apreciar la temática de mano de sus ejemplos didácticos que al estar bien definidos llevando dentro tantos matices convierten en destacable la propuesta.

Un realización que lleva tintes de novel usando el típico desarrollo tras el detalle de algún arquetipo que a razón del tema es bastante inclasificable y amplio en sus personajes pero a la vez fácilmente identificable reduciéndolo a esa riqueza personal que alberga emotividad y múltiples limitaciones que no merman el conjunto que se despliega con interesante complejidad aún en su llaneza comunicativa, buscando ser fresco sin ser efectista pero con un deseo de trasmitir una preocupación e idiosincrasia general trascedente para muchos, teniendo su mejor arte en la empatía de sus artistas e interpretaciones; la construcción de dos seres humanos en un mundo en que ser anónimo toma importancia en el reflejo del espectador.

Se destaca al funcionar que aún siendo una nueva oferta se quiera ir por el aire clásico en un filme bastante contemporáneo, sin que haya vulgaridades o facilismos metódicos, sino una vena limpia que quiere valer por una identificación moderna pero acorde con una madurez que no pierde su libertad ni su naturalidad, y que no quita que haya una comedia básica y algunos momentos sencillos que se ven sin molestia, también se articula medios actuales de comunicación como internet y mensajes de texto. Es una película que se dirige al resto por medio del adulto joven de la clase media trabajadora preparada que sufre en un aislado-complicado siglo XXI, el centro de la población promedio, para refractarse con cierta neutralidad general luego ubicable en todos que sirve de una suerte de clara elucubración que se da fácilmente para ser visionada, incluso satisfaciendo a los más exigentes sin sobredimensionarla que sobre todo es una decente ópera prima.

Diáfana y precisa sin caer en la nada, es algo tranquilo pero con sustancia, y es que además posee una esencia romántica, ligera y hasta una suave melancolía discreta que pasa con agilidad y sintonía relajando y haciendo reflexionar con un drama con inquietudes existenciales casi no percibidas por sus habitantes, más al tanto de una crisis y su subsistencia que para el filme es solo el pico del iceberg o un síntoma de la nueva civilización.

Directa a la consciencia con tono moderado que tiene pequeños momentos de gloria, detalles valiosos y una ambientación urbana que se siente cerca. Mariana y un maniquí nos remiten al vacío, luego le dice que solo fue sexo, que no se entusiasme, unas plantas que crecen entre el concreto nos motivan a asumir la fuerza en medio de lo imposible, la construcción de un rascacielos es uno de los desquites más grandes que traza un corazón roto, la imposibilidad de hallar una caricatura en un álbum se asocia con la dificultad de encontrar nuestra otra mitad… son todas esas manifestaciones destellos de luz, estrellas en el firmamento que deberían hacernos pensar en que no somos el centro del universo como nos cuenta Mariana en una auto-definición de ella y la humanidad pero que nos debe motivar a cambiar, a ser mejores y a conseguir la felicidad, ya no sentados silenciosos molestos y deprimidos por el ruido de un vecino desconsiderado sino absolutamente contentos de quebrar ese mal ritmo cotidiano y hallarlo (a) en la calle como salida de la fantasía, quebrar estatutos de pesimismo entre la inocencia y la realidad.

miércoles, 4 de abril de 2012

Love exposure


El japonés Sion Sono es un cineasta de culto, con un cine muy personal por irreverente, exótico, extrovertido, agregándole cierta especificidad visual y una expresión de perversión. Uno de esos nombres claves para quienes quieran conocer el cine asiático moderno, que en ésta oportunidad está repleto de ironía con respecto a la religión en la pasión de Yu por Yoko, a la que considera su virgen María.

Como si viéramos una película para adolescentes hecha por uno de ellos, muy creativa en cuanto a familiarizarnos con una especie de telenovela oriental de corte ligero muy actual y fresca hasta el desparpajo ignominioso, al estilo de ésta pero con otras formas menos sutiles y más sensuales/sexuales donde un joven pecador natural como se le denomina a alguien propenso a trasgredir las normas eclesiásticas queda perdidamente enamorado de una chica a la que por desaciertos del destino la confunde en su orientación sexual cuando disfrazado de mujer, su álter ego Miss Scorpion, la defiende de unos atacantes. Sion Sono juega a no tomar muy en serio a la religión usándola de telón de fondo, incluso maneja abiertamente su iconografía como iglesias, cruces y estatuas pero con un aire pseudo verídico, como si no estuviéramos frente a la broma que representa.

Yu tiene erecciones constantes frente a Yoko, incontrolables, que se asocian con el amor desmedido que siente por ella; viene de desbordarse en un vicio y luego una carrera fotografiando calzones o ropa interior femenina mediante su despliegue de artes marciales, apoyado de tres secuaces torpes que suelen robar prendas de vestir o comestibles. Sin embargo todo no hace más que empeorar su situación con su amada que lo rechaza fuertemente aún siendo su “hermana” (nótese que aquí no hay incesto ya que no hay relación alguna sanguínea sino más bien se usa como que deberían de compartir mayor cariño al vivir juntos) tras la unión de su despierta madre adoptiva con el padre de Yu, un cura católico que pierde la cabeza por dicha mujer avispada que lo trastorna para volverlo un flagelador de su propio vástago hasta llevarlo al pecado como redención y acercamiento afectivo. En el trayecto se inmiscuye una secta religiosa, la iglesia Zero, que tiene una discípula que atraída por Yu y prodiga en un pasado oscuro que cuenta con la aniquilación de su propio abusivo progenitor al que le corta el miembro trata de convertir a nuevos fieles a su congregación en que se hallan los personajes principales, además de querer separar a la idílica pareja formada por Yu y Yoko a los que pretende conquistar.

El filme presenta las relaciones sentimentales con total libertad, hay lesbianismo muy explícito y natural, no se teme hacer triángulos amorosos, también lo heterosexual se muestra sin tapujos con el fetichismo detrás de incontables bellas muchachas asiáticas (extras muy bien dotadas) y la atracción física primordial de la excitación masculina. Yu incluye el travestismo, también a veces luce algo amanerado, muy dúctil en la estética de Sono, al igual que la actriz que hace de Yoko, una dupla bastante expresiva, y como todos los que trabajan con el nipón están dispuestos a no limitar su interpretación en absoluto, mutando y presentando diversas facetas.

Hay una insolencia palpable de parte de Sono en cuanto a su relato, que hasta hace mención de la pornografía y aunque no se pasa de la raya con el realismo práctico de orden sexual lo utiliza en muchas otras distintas formas ya que la perversión es una temática de la película, en esencia una aceptación al verse diferente y una regular presencia que se muestra sin demasiadas reticencias como es signo característico de los filmes de éste autor.

Sono suele ir más allá de las convenciones en las relaciones humanas emocionales y sexuales, también exhibe la violencia de forma brutal en un orden insoportable para la media, siendo explicito hasta extremos salvajes, explotando (sin complicarse) flirtear con esa corrupción a todas luces encendida en su total apogeo y visión dentro de su filmografía, no exento de comedia y de una línea general de fehaciente transformación en sus principales protagonistas que van a existir hacia otras naturalezas radicales, un despertar a un mundo más podrido soportando nuevos retos que adaptan al reciente ser en una realidad más verdadera desde el punto de vista del creador japonés, una apertura a un submundo que se hace el original y que recrea sin ambages toda su putrefacción, sin que haya de por medio lo moral.

Yace carente de visión valorativa de orden social o superior a la usanza y es por eso que en ésta cinta, la religión se presta tranquilamente a la mente de Sono para hacer su jugada maestra ya que le sirve para plantearse su personal cosmovisión y de la modernidad mediante una amplia gama de factores que le permiten ser trascendente sin casi quererlo, bajo las incontables críticas menores que se amoldan a su perspectiva intima aunque con un claro aire ligero que es lo que lo define en cuanto a su trama fuera de esa visualidad enfermiza que lo caracteriza, siendo un esteta del cine sucio, un hombre de las formas, que lleva inventiva en medio de una fijación con la descomposición humana que aquí es menos grandilocuente si bien como en otros motivos de películas suyas más complejas se llega a matar en el alcance de las metas o a exhibirse en lo inmoral con plena solvencia aunque no siempre habiendo un final feliz.

La religión es como un juguete predilecto en las manos de un infante dispuesto a jugar con éste hasta despedazarlo, a usarlo en toda generosidad, no obstante hay mucha libertad pero se queda a fin de cuentas en mero divertimento, fuera de la indisoluble temática que despierta ideas no hay predominancia de grave intelectualidad en el material de Sono, que además escribe el guión de ésta película, mostrándonos una blasfemia menor, que vista bien no es nada destructiva porque parece algo muy juvenil e irrisorio, pero usando motivos carnales y algunas muertes que elevan el nivel de la edad pedida para la audiencia. En realidad es solo un mero pasatiempo recreativo que casi no se hace sentir en su manipulación de los símbolos dogmáticos a pesar de la completa apertura de su filosofía, ya que se plantea como una película de amor fuera de tanta locura, pero notando que lo religioso inflige originalidad a la realización como contexto, como cuando Yoko aparece como la virgen María o cuando los protagonistas de la familia disfuncional y arbitraria cargan una pesada cruz, sin embargo es como un recurso más de tantos otros, como un disfraz o una atmósfera, en una película sencilla debajo de todo, alegre y desenfrenada, como un adolescente que se ríe de las reglas, de lo sacro y articula un libre artilugio que busca tocar cuanto le apetece. Una libertad que el cine agradece, en 4 horas de inquietudes, traspiés y giros en pos del sentido total de todo cuanto se mueve en el planeta y ahí yace una unión entre crítica y fe: el amor, que a prueba en tantos vaivenes cuando es verdadero está por encima de la locura o la perversión, que se hacen parte de ello, como le pasa a Sono en sus filmes en alusión al séptimo arte, un discípulo más de su reino y de su aura; no será la mejor propuesta que tenga el cine pero está llena de esa fe que critica aunque en otra manifestación más pedestre, menos solemne y más desaforada, audaz y recomendable para los atrevidos que no se sientan aludidos estando en semana santa.