miércoles, 25 de julio de 2012

La falsa criada


Me faltó el final o la conclusión de la trama, el cierre de aquellas vueltas sobre el deseo de desunión de pareja antes del matrimonio de Lelio (Leonardo Torres Vilar) para con La condesa (Norma Martínez) para bien de éste último a razón de una deuda que debe pagar más una pequeña fortuna prenupcial que debe cumplir, sin embargo no podía dejar de dar mi valoración de la última obra de teatro dirigida por Alberto Isola, basada en la obra de Pierre Carlet Chamblain de Marivaux, un dramaturgo que a través de sus personajes nos muestra una notoria densidad verbal y la reiteración o el desligue de una prominente retórica que va y viene en el sujeto de su conversación, en el caso bajo los temas principales de la fortuna y el engaño, la ambición o la pobreza, la seducción y la manipulación.

Marivaux un comediógrafo quizás poco conocido para el neófito en teatro pero representado ampliamente en las tablas, era conocido por un método denominado marivaudage en honor de su apellido y a su técnica refinada pero proveniente de la literatura francesa; se trata de  contener ideas o metáforas encadenadas como en una expurgación del pensamiento expuesto, lo contrario a lo intimo sino próximo a la naturaleza para conmover o para influenciar, toda aquella verborrea que para los galos suele ser atribuida al romance como en la esencia de éste autor al que se le cataloga de metafísico del amor.

Empieza una introducción bastante simpática sobre la lucha entre clásicos y modernos, algo muy actual y que seguro lo seguirá siendo, esa eterna búsqueda de la gloria, adjudicada mayormente y con mayor fuerza por el tiempo aunque en nuestra contemporaneidad se viva una especie de fama mediatizada, el arte es cuestión de la inmortalidad, de perennizarse en el recuerdo de la humanidad, lo que deja un campo limitado a unos pocos modernos de hacerse de ese lugar, sin embargo son ellos los que revisten de vida al arte, que siempre busca renovarse, dar un paso más y de seguir evolucionando o acumulando expresiones.  Vivimos bajo el contexto identificador de los modernos teniendo de antecedentes a los míticos clásicos, ¿en dónde ubicarse? Para ello Trivelino (Miguel Iza) un criado vagabundo, tramposo, caustico y suspicaz le expone su permeabilidad y tranquila adaptación producto del interés a Frontino (Alberick García), otro doméstico y amigo;  algo que debajo de la comedia puede sonar bastante implacable, como lo es la obra de Marivaux bajo una aparente sencillez engrandecida por la comunión que hace una trama definible con rapidez con esa solvencia de los diálogos y su intención reflexiva como juguetona ya que también trata de divertirnos con esos serios enredos.

El teatro de la plaza Isil en Larcomar presenta un relato ambientado en Italia de comienzos del siglo XIX de una dama de Nápoles concedida en mano  a un tipo aristócrata pero muy codicioso, la que decide hacerse pasar por un caballero para así develar las verdaderas intenciones de éste pretendiente que en realidad solo quiere el doble del dinero que ofrece su enlace en comparación a otro con la que sobrelleva una alta obligación económica.

La canción de los criados compuesta por Mateo Chiarella ameniza la noche con un toque de talento acompañado de un instrumento de cuerdas, a cargo de Miguel Iza y un Christian Ysla como Arlequino en su común jocosidad expresiva, aquí rescatable sin caer en su facilidad a la risa burda si bien sobrevuela el atrevimiento. Miguel Iza despliega una inusitada gracia en su personaje, de mayor alcance a la familiar costumbre sin dejar la picardía de nuestra idiosincrasia nacional y Alberick García aporta algunas bromas y un aire bufo en una afable introducción de dos pillos reencontrándose, todo lo que amortigua ese cariz de continuo conflicto, subterfugio y mezquindad dentro de la trama.

Del grupo de 6 actores el peso de importancia –muy bien desarrollado-  cae sobre tres ejes, en un triangulo amoroso en dos niveles, el falso y el real, el pasivo y el activo, por debajo yace la historia central de la doncella de los 12 mil de recompensa nupcial como opción paralela a otro casamiento, y en el acto principal la del barón disputándose la decisión de la condesa con su amigo Lelio. Éste último, Leonardo Torres Vilar, es el más destacado, impoluto en toda su presencia, con esa representación directa de vanidad y triquiñuela, con toques precisos de comedia (luce versátil para mezclar drama y comedia bajo suaves matices) y una perfecta naturalidad en su discurrir escénico, el papel es muy claro y aunque no plano raudo en clasificarle pero en sus manos parece una nueva condecoración a su currículo, también sorprende que aun así el personaje lleve humanidad y hasta se gane nuestra “confabulación” secreta o por lo menos a pesar de su deshonestidad y perfidia se haga carismático.  

Norma Martínez como La condesa lo hace bastante bien igualmente, creo que pasa desapercibida en el buen sentido de la palabra, se amolda con perfecta solvencia a la obra y no falla en ningún momento; no es tan sensual aunque a su papel se le intuya mucho de esa característica empero logra ser una dama inteligente y a la vez superficial (un defecto general no desarrollar esa sensualidad que parece repetirse no solo con la condesa sino con la falsa criada que es perseguida por el afecto de los sirvientes a la par de su avaricia), Norma le da la elaboración necesaria a la que parece resolver toda la problemática de la obra, no cansa para nada lo que se debe a la riqueza de Marivaux y al mismo tiempo a la compenetración de ella con esa imagen.

La que consideraríamos  la más relevante en la obra, Alejandra Guerra como el barón y la falsa criada, se opaca un poco con el papel de Lelio aun poseyendo mayores atributos intrínsecos como papel, quizás por ser un trabajo más arduo a ejecutar, es una actuación suelta y segura pero desmerece un poco esa magia del teatro que aspira a algo de artificialidad, de elaboración, me recuerda mucho a esa disputa entre clásicos y modernos, ella parece ser una moderna, tiene todos los elementos a aplaudirle vivamente de dicha formulación, simpatía sin facilismos y una sensación subyugante de espontaneidad, sin embargo se hace un poco vacía (y digo un poco, algo leve dentro de parámetros mayores a la usanza más popular, aunque la palabra suene dura), su performance no será impecable en cuanto a lo que implica como actriz siendo exigentes pero maneja una proximidad que  hará que el público no sufra con lo clásico al estar acostumbrado a revelarse ante la complejidad del arte.

Una puesta de dramaturgia a tener presente en nuestro panorama teatral nacional, y una forma bella de ver la comedia -parafraseando a Alberto Isola: ¡una comedia! de un autor  “clásico”- que ante todo es algo sutil y audaz, amalgama ideal en lo que se llama arte, una apuesta por una mayor y mejor retribución de cavilaciones y sonrisas, todas juntas en el avistamiento del ingenio humano.

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