viernes, 15 de junio de 2012

Blackthorn


Un filme que compitió por varios puestos en los últimos Premios Goya, un western que imagina al bandolero legendario Butch Cassidy aún con vida escondido ya viejo bajo otro nombre en Bolivia. Dirige el cineasta español Mateo Gil en su segundo largometraje de ficción, quien cuenta con el prestigio de haber sido el guionista en toda la destacada filmografía de su compatriota Alejandro Amenábar (menos en Los Otros, una producción cinematográfica de sociedad americana), haber ganado 3 Goyas por dicha labor y uno por un corto de su autoría. La película que tratamos ganó 4 efigies de Goya de 11 nominaciones.

Tenemos a Sam Shepard fungiendo de Cassidy, al que lo reviste de nobleza más no de salvajismo, sobrellevando una amigable figura que se aproxima al espectador como uno de esos héroes característicos de los western, sin embargo se ha de resaltar que la película no busca ser la típica historia del oeste aunque claramente cubre toda forma esencial, se adscribe tranquilamente a su idiosincrasia pero trae una más exigente perspectiva, una audaz que no crea combativos antagonistas ni retos de mayor velocidad con el arma, sino que nos pone una inteligente historia que es más una sorpresa final, digna de un alegato de honor y honradez, la última aventura de un forajido amigo del pueblo y que avejentado aun guarda algo de fiereza pero no impresionante sino más clásica del que se arriesga a flirtear nuevamente con la ley del más fuerte pero en otra categoría, una de supervivencia ante la juventud de sus enemigos, de preferir la huida al choque, de hacerse con un dinero para cumplir metas, en Cassidy es viajar a Estados Unidos a ver a su sobrino e hijo de su entrañable amigo Sundance.

El contexto es que un ingeniero y también cowboy de origen hispano roba un dinero a unos propietarios de una mina y al estar indefenso –sin caballo y deshidratado a puertas de la muerte- perseguido en el páramo boliviano trata de sacar ventaja de James Blackthorn, el actual sobrenombre de Butch Cassidy, un asunto lleva a otro e inmediatamente (un pequeño defecto es ese desarrollo tan raudo) se vuelven socios decidiéndose a ayudarse mutuamente a favor de disfrutar de ese magnífico hurto multimillonario, para lo que antes deben escapar de quienes esperan recuperar lo que se han llevado. Un punto resaltante de la trama es que no son tan importantes los que vienen detrás (no físicamente, pero sí en otro nivel mental), aunque hay un intercambio de fuego, que no es tan convincente. Un acuchillamiento luce como una clase de efectos especiales de cine barato y no solo eso sino la escena en mención la hemos visto incontables veces en la gran pantalla. No obstante la toma de Blackthorn empuñando su rifle con el fondo del paisaje desértico bien hace gala de esos dos merecidos premios de fotografía y dirección artística que obtuvo el filme en los Goya.

Las dos escenas de violencia de la realización resultan trascendentes e ingeniosas dentro del entendimiento de la historia pero no visualmente, no es un western que valga por su intensidad escénica –no hay emociones viscerales sobresalientes de orden primario pero excitantes- aunque lo intenta de cierta forma, quizás por cumplir o, mejor dicho, es así para darse mayor alcance conceptual y bajo esas características es loable porque funciona, y es que cierra perfectamente el círculo con una muy clara realización propia de alguien muy racional.

Cada personaje juega un papel decisivo, Eduardo Apodaca, el guapo y popular algo infravalorado Eduardo Noriega, es compañero y reverso del principal en las correrías; Yana, la peruana Magaly Solier que apenas sale pone la nota sentimental y autóctona que ayuda a la imagen del gringo comprometido con Bolivia (un gusto ver hablar español a un anglosajón además), y por último está Mackinley (Stephen Rea), el oficial de la ley americana que sirve de llamado de atención a Cassidy.

Otra parte del formato cinematográfico presente es el del pasado, bajo flashbacks donde están tres actores internacionales que son categorizados en el séptimo arte como por lo general secundarios con alguna cinta interesante, el danés Nikolaj Coster Waldau y los irlandeses Padraic Delaney y Dominique McElligott, los jóvenes Cassidy, Sundance y su mujer Etta respectivamente, algo que nos recuerda quien es realmente Blackthorn, el relieve de la historia, de lo contrario se reduce a algo inferior, aunque la personalidad de éste se hace en el filme y en el trance de la última aventura. Lo vemos a Cassidy cantando por buen rato bajo la voz en off en plena cabalgata distante o siendo dulce en una carta para su sobrino. Pero fuera de ser recuerdos necesarios solo sirven de aporte correcto, no generan nada de mucho valor agregado a lo histórico en el ecran siendo algo funcional, casi podrían pasar desapercibidos. Tampoco los rostros se nos dibujan muy bien aunque den la nota curiosa, hay un tono humilde en general, aunque Rea haga de borracho que es algo que se pega a la memoria.

Ésta nueva película de Butch Cassidy transmutada a un tipo autodenominado Blackthorn, nombre que se aplica en la traducción debido a una vida difícil, se ciñe a la característica de que era el cerebro de su banda, o en los atracos con Sundance. Más que de rápido gatillo solía aplicar la inteligencia y sobre esto versa el concepto total de la realización.