miércoles, 21 de marzo de 2012

Rojo


El teatro de la plaza ISIL en Larcomar presenta ésta obra literaria perteneciente al dramaturgo americano John Logan, guionista además de películas como El aviador, Gladiador y la invención de Hugo Cabret. Título que en el 2010 mereció 6 Premios Tony incluyendo mejor drama teatral. Está dirigido por Juan Carlos Fisher que suele traernos propuestas de muy buena catadura intelectual y últimas en el circuito mundial.

Rojo trata sobre la dialéctica que enfrenta al famoso pintor del expresionismo abstracto Mark Rothko con su nuevo ayudante de nombre Ken, un muchacho anónimo y aspirante al arte que representa la nueva pintura pop en contraste con las ideas de Rothko de una manifestación pura, libre de comercialidad, esencialmente interior, significativa emocionalmente y llena de profundidad a pesar de que su pintura solía consistir en la exhibición de algunos cuadrados de colores.

El personaje de Rothko define en la obra de Logan su estructura pictórica, nos deleita con una detallada y amplia definición de en qué consiste su arquitectura visual, además de compartir su filosofía de vida como creador y ser humano, lo cual es un acierto gigantesco para quienes como quien escribe no somos próximos a su propuesta artística, pero que podemos aprender a admirarle o darle la oportunidad de expresarse aun no compartiendo la misma emoción por su elucubración sensorial y estética.

En la dramaturgia expuesta respetamos a Rothko, se hace muy poderoso, entendemos su pasión, si bien se nos hace complicado ver su pensamiento a través del lienzo, y eso lo deja implícito también él ya que se le interpreta consciente de que lo suyo es algo especial y eso se mueve para bien o para mal ante el público como para el verdadero alcance de la proposición, por lo que en el fondo se desprende que muy pocos pueden sentirse vinculado, sin que se nos recrimine por la inteligencia o la sensibilidad ya que el arte es más que capricho o imposición, aunque la apariencia de la aceptación sea casi natural en muchos a los que la ironía y la sabiduría a la que se circunscribe ésta realización les critique sin concesiones en muy razonable medida; no solo a quienes no entienden su quehacer inventivo y creen que es absurdo lo que hace, sino a los que son esnobs, a los oportunistas, a los mentirosos, que los señala Rothko desde diferentes ángulos, no dejando indemne a casi nadie, ya que el maestro como se le expone a éste artista propio según observamos de un arte único, personal y definitorio de una época solo compone para sí mismo y para los pocos que pueden ver como él, a los que parece desconocer o no ubicar con facilidad, ya que hay una cultura de apreciación que más se dicta bajo la superficialidad, la impostura y la falsa empatía que es lo que quiere combatir un Rothko primordialmente sincero y deseoso de ser real, como solo se ve reflejado en su compatriota y rival Jackson Pollock.

Rothko es, y quiere más que la aceptación general, más que el dinero, más que la fama y el éxito que ya tiene y que por ese tiempo está perdiendo ante el nuevo movimiento cultural de lo pop, por lo que en éste relato es puesto a prueba, se le invita a decorar muros en el four season, un lujoso restaurante neoyorquino destinado a los más adinerados y selectos, a cambio de una suma astronómica histórica para un creador, que no solo incrementará su economía sino su repercusión mediática, sin embargo Rothko comprende que solo es un juego más de la banalidad del hombre contemporáneo que no comprende ni ama el arte sino se regodea en la destrucción de su sentido, para lo que debe decidir si terminará siendo como algunos artistas decrépitos y experimentados que se venden al negocio, o subsistir sin perder el alma y la dignidad de la que se infiere que en realidad se encuentra en una cierta derrota, en que se extiende la idea de que el triunfo del arte no pasa por los reflectores rimbombantes sino por respetar nuestros ideales e identidad, aún a costa de no llegar de cara a lo oficial al reconocimiento masivo o a la opulencia.

Veremos un andar cíclico ante la innovación y la rebeldía puesta en tela de juicio ante lo que finalmente es auténtico y lo que no lo es, con respecto a hacer arte. Y que articula el ingenio de no contentarse con las hagiografías o las biografías repletas de planas alabanzas sino con tratar de ser imparcial con el protagónico, dándole matices a la crítica en general y que pasa por acometer al mismo Rothko, que es demonio y ángel por igual, ingenioso y autoritario, claro y vanidoso, intransigente y luminoso, entre muchas cualidades y defectos, tiene razón y también puede equivocarse pero no deja de exhibir trascendencia, características que plantean mayores temáticas y que a un personaje pequeño como el asistente le da la fuerza necesaria para impulsar reflexiones en torno a una celebridad convertida en carne y hueso, puesta a dos pasos de nuestra butaca por la magia que conlleva el teatro.

Una escena pintando un cuadro en tiempo real es bastante intensa, llena de adrenalina, que acompañada del explayarse sobre un color en múltiples aristas hace un pandemónium coherente y uno de los momentos más atrayentes que recrean el culmen inspirador, aquí no es lo más importante la estructura sino lo que está detrás. Rojo es totalmente ilustrativo como obra, un disparar contra las creencias en contraste con sus cambios, volver al origen sin perder la evolución.

Se fuma o se come en ese cuarto minimalista y claustrofóbico invocando naturalidad y cotidianidad que ubica y familiariza en la excepcionalidad, se desvela la oscuridad desde dentro de ella sobre una pintura que no se entendía. Logan nos abre las puertas a todo lo que guarda la motivación y el eje de un ser humano entregado a su monstruo, por eso brilla éste guión dramático, como repercusión interpretativa de hacia dónde vamos, de que perdemos, quizás no amemos la estética de Rothko pero si su compromiso y lo que hay detrás como autor, una mirada elogiable en la que conoceremos a éste pintor e ineludiblemente terminemos apreciándolo y a quienes sean como él.

Solo cuenta con dos actores que se mueven en medio de un taller poco iluminado y desordenado rodeado del aura de la pintura. El siempre talentoso y ahora más delgado Alberto Isola representa a Rothko, haciendo dupla con otro destacado interprete de la dramaturgia, un joven Rómulo Assereto que hace de un tal Ken, dispuesto no solo a descubrir sino a mostrar caminos en una interacción sublime que muestra producto de ambos aunque en efecto cardinal en Rothko que es el principal, exabruptos, debilidad, convicción, ambigüedad, cambios emotivos, individualidad en relación al conjunto y un sinfín de gestos escénicos a diversos polos que admiten el máximo aplauso de una de las obras más interesantes que se puede ver en las tablas nacionales y que arranca el año poniendo el listón muy alto.

Los discursos o diálogos son un aliciente de grata envergadura girando alrededor de su leitmotiv, el arte, en donde está el hombre y su unión con su mejor expresión interior.

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