martes, 24 de enero de 2012

El Tío Boonmee que recuerda sus vidas pasadas

La ganadora de la palma de oro del 2010 es una película extraña y con pocos elementos definitorios, por esto último se hace incierta en varios puntos. Sin embargo el epicentro temático está bastante claro, nos remite a las múltiples vidas de los hombres.

No parece haber Dios de por medio o al menos no tal cual lo creemos -como menciona Huay, un espíritu, que desmitifica la figura en su poder y su bondad- aunque sí unos seres protohumanos encargados de vigilar las etapas de la mutación de un ser a otra existencia. Según cuenta una persona convertida en uno de ellos -al aparearse, producto de su tenaz curiosidad- estos son fantasmas de mono. Yacen cubiertos de pelo negro y tienen los ojos dilatados de fulgurante color rojo. En el camino a la cueva de la primera vida de Boonmee se les puede observar acechantes escondidos a oscuras.

El tío Boonmee es un viudo sin hijos vivos que se está muriendo producto de una enfermedad al riñón, el que cree que es un karma por matar comunistas. En su estado terminal recurre al campo en donde comparte vivienda con su cuñada y un sobrino (más tarde monje que quiere disfrutar de un poco de libertad relajándose de la responsabilidad espiritual). Pasan el tiempo en compañía mutua conversando, comiendo, paseando y haciendo ocio tranquilo, hasta que de pronto el espectro de su esposa y la aparición de su vástago transformado en una rara criatura hacen entrada para fomentar el concepto de la trama, pero sin generar alarmas ni exaltaciones, sino que sigue todo como si nada anormal hubiera ocurrido, incluso aceptan su intrusión en el mundo sin mayores preguntas ni sustos, para la dama el afecto y para el animal la indiferencia.

En el filme predomina el cariz "lúdico" para con el espectador. La idea de que Boonmee fue antes un toro, luego una princesa con deseo de ser amada que terminará copulando con un pez, y más tarde un homínido en medio de un futuro dictatorial regido por militares, se especula o se construye sin refuerzo ni deseo de trasmitir algo claro, como parte del paisaje, como intermedio, sueño o simple mito.

El gorila que inquieta la mente del personaje principal parece bastante falso, lo que se denota adrede, luce como un barato traje de noche de brujas, mientras las fotografías que acompañan ese contexto asemejan a las que algún gracioso se hubiera tomado con un amigo disfrazado de pie grande. Luce como una notoria ironía en parte ridícula, una extravagancia simplista que no apuesta por nada complejo sino algo que no pasa de una audacia menor. Sin embargo en general la película parece que se toma en serio y no está jugando. 

La película del cineasta tailandés Apichatpong Weerasethakul es para la revista Cahiers du cinema la mejor cinta del 2010, y como se puede ver por el premio en el festival de Cannes, para Francia es una obra maestra, lo cual siempre será discutible (así muchos no lo crean), porque no pasa de ser un jurado subjetivo como tantos otros. Aunque aprecio mucho el festival de Cannes y estamos frente a una cinta atípica, distinta y bastante rebelde, no me convencen sus divagues inauditos, raros y en buena medida indescifrables en una estructura verdaderamente simple que puede quebrar más de una cabeza ante la ausencia de mayores explicaciones, ya que definitivamente su intención es dejar el ambiente gaseoso y esquivo.

Lo que se nos narra es de esencia críptica sobre la reencarnación hasta una conclusión sin mucha lógica, hacia el final de la existencia. Ni siquiera el filme es capaz de justificar el camino recorrido por el ser humano y propone opciones irreales para su trascendencia. Éste es un viaje artístico recomendable, por lo particular, pero con cuidado, no vayamos a desilusionarnos.

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