martes, 20 de diciembre de 2011

Tarántula

El libro del escritor galo Thierry Jonquet inspiró la película La piel que habito, de Pedro Almodóvar, que son productos distintos pero hermanados por algunas rutas predominantes, la novela precede y origina el filme, sin embargo el cineasta agrega y quita elementos como nuevo artífice logrando un filme personal muy bien ejecutado.

En la obra literaria yace una historia suprimida en la película, la aventura que ayuda a resolver la trama del libro en el lugar donde Almodóvar es vocalmente explicativo o usa flashbacks. Alex roba un banco y quiere cambiar su rostro para escapar por eso trata de chantajear mediante un secuestro al cirujano que está relacionado con su pasado sin saberlo y que yace viviendo una venganza convertida en obsesión tras la violación de su hija.

Los razonamientos argumentados constantemente en el español son una virtud, aún exagerando el mismo recurso de verbalizar conclusiones, ya que brinda mayores justificaciones que en la lectura, aunque se debe en parte a que desarrolla más caminos como el de la madre y sirvienta (criticando que el personaje de Seca resulta lo menos logrado). Incrementa el proceder del doctor que manipula los cambios sexuales, con la historia de recobrar a su mujer que no existe en el relato salvo en una sola línea que remite a su muerte en un accidente de avión, y da cabida a un discurrir científico creíble pero con toques fantásticos (la verdadera innovación y motor de atracción para el público). El libro por su lado no pretende salir del realismo dejando bajo cuotas funcionales la transformación de Vincent a Éve que si detalla la operación genital o las hormonas pero le es indiferente resolver de donde proviene tanta belleza física ya que a la dama en cuestión en medio de su promiscuidad forzada se le describe como descontrol de los varones.

El título de la obra de Jonquet es curioso y al mismo tiempo coherente, es una clara simbolización del cambio de género y leitmotiv de la narración, el que a su vez designa el sobrenombre de Richard Lafarge, el doctor que busca torturar al criminal que trastorno a su hija, quien en su camino cambia de proceder pasando del sadismo al enamoramiento de su creación. Se resalta la demencia de su actitud en la burla y crueldad de mostrar el vídeo que explica la mutación de Éve. No obstante en el escrito se desliza una tendencia homosexual en Lafarge mientras que en la película el personaje de Antonio Banderas no lo es en absoluto ya que su atracción se puede dilucidar por recordarle a su fallecida mujer desarrollada de manera regular en el filme. La defunción familiar da profundidad ya que en la literaria Lafarge es poco más que un esbozo plano.

Las respuestas corren por libre interpretación para el francés y también demuestran sagacidad tanto como emotividad por lo que se percibe perfectamente el sufrimiento, el afecto o la maldad entre otros atributos, empero en un momento se brinda un poco de luz, ya que cuando Lafarge siente la iniquidad atroz de sus actos se ablanda y rescata a su víctima del dolor. Punto reflejado en la película tras la violación de Seca, un invento del manchego, el que muchos tildan de absurdo y que no lo es porque genera una reacción en el protagonista, resaltando que el forzar a Vera deriva de una pretensión más no consumación de un personaje en el libro.

Se recogen pasajes indispensables de la lectura, el de la prisión de Vincent (lo mejor de la novela que se relata en cursiva a manera de pasado) o el de las bolitas de opio que es parte de la dependencia que se crea en el rehén.

Un detalle que separa mucho la película de la literatura es que en realidad Vera detesta a Ledgard, no puede olvidar quien fue y basta su foto para movilizar una nueva venganza, en cambio en las letras hay una cierta complicidad masoquista que incluso redondea el final que en el filme puede ser menos convincente pero visto bien luce natural en Almodóvar, o sea ver con tranquilidad el travestismo, siendo asunto de comunicarlo y rehacerse sin dificultad dándole un giro a una mención libresca que dice como que ya no hay marcha atrás. Para el español si la hay y castiga a un Ledgard mucho más aceptable cuando el libro intensifica la brutalidad de éste y solo en las líneas de cierre lo lleva a un último acto de redención que termina humanizándolo por entero en un quiebre espiritual que hace olvidar el pecado de ambos (verdugo y abusador sexual) ya que hay poca bondad en el texto.

En el filme, Vicente tiene nuestro aprecio e incluso las circunstancias parecen generar su falta en tanto Jonquet desde su esquina lo dibuja como partícipe de terrible violencia y recién en el castigo crea la empatía con éste.

Llegando hasta aquí hay que reconocer que la obra literaria está bien hecha aunque no refleja tanta complejidad estética y que se le debe de tener en cuenta al igual que el filme. Merece quedar dentro de aquellos textos que pueden sobrevivir y destacarse tras una realización cinematográfica fructífera. Su ritmo es ágil, está bien redactado y resulta entretenido tanto que se puede leer en tiempo real como lo he hecho yo. Yace muy bien coordinado y desarrolla hábilmente la tensión y la curiosidad, no desfallece en ningún instante. Genera –mucho mejor si no sabemos de la adaptación a la gran pantalla- preguntas inquietantes que cautivan con voracidad, ¿por qué ese tipo culto prostituye a esa bella mujer y disfruta de su perversidad? ¿Quién es el joven encerrado con Tarántula? y ¿Qué relación oculta con el conjunto el asaltante? Todas develadas a buen tiempo a diferencia del filme que rápido lo manifiesta para enfocarse en la ambigüedad de ese amor y odio de Ledgard que en la obra es el pilar que sostiene la relación entre personajes y que une pasado con presente.

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