martes, 22 de noviembre de 2011

Criadero, instrucciones para (no) crecer

Dirigida y escrita por la dramaturga peruana Mariana de Althaus en el teatro del Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica. El lugar estuvo lleno en su apertura tras su suspensión y retorno. Nos involucra de lleno con la maternidad pero desde una óptica sin idealismos donde se ve a la mujer y a la persona a la par de su rol materno, se rinde homenaje tanto a abuelas, madres como a hijas y a toda dama capaz de ayudarnos a crecer en su rol de sostener y educar una nueva vida venida al mundo no solo para manifestar satisfacción y alegría sino entrega, dedicación y responsabilidad, perder una cierta independencia y en general enfrentarse a diversos problemas como el abandono, la ausencia de la pareja, o tratar de convertirse en la mujer maravilla capaz de cumplir con múltiples requisitos ante una sociedad y una femineidad que exige comprenderlo todo con éxito.

Con pequeñas muestras de ballet, tango, salsa, rock pesado, punk, tap dance, comedia, música entre otras variedades misceláneas para dar rienda a la exaltación de cómo la modernidad ve a la mujer en su figura de progenitora, con un aire desinhibido, espontáneo y fresco a ratos algo inconexos si bien toda ella entra a saco en la representación de la catarsis de absorber labores en casa, con el marido, la familia, con una misma y frente a la libertad de actos, muchas veces minimizada en su quehacer doméstico, sola de cara al mundo asumiendo hijos, con el deseo social imperante de sentar cabeza, de ser ecuánimes y no quejarse ya que una madre no lo hace sino coge el papel del desmedido afecto y esa aura de perfección romántica que no siempre va de la mano con la personalidad que también necesita y posee individualidad, que tiene sueños, que quiere divertirse, que tiene metas y que aspira actuar sin coerciones pero sobrellevando el amor maternal.

Tiene desde parodias hasta repasos por ideologías políticas, conflictos nacionales, movimientos como el hippie o puntualización de gobiernos desastrosos o contextos que se asoman a las vivencias personales. Es una obra festiva, desenfadada, irregular claro como toda manifestación desbordada, frenética, liberal, irreverente aunque termina siendo lucida, consciente y franca.

Se pintan paredes, se le pone una bolsita de papitas en la cabeza de un personaje, se recrea el dolor de la cesárea con un trozo de carne cortado dramáticamente, se bambolean en un columpio, se grita, se hace mímica del parto, usan altavoces mientras se mueven por la sala de teatro, se visten de niña de nido y se usa mucha creatividad al servicio de la imitación de estados psicológicos, pruebas del destino y remembranzas entre muchas anécdotas, pasado y auscultaciones vividas que han proporcionado las biografías de las tres actrices involucradas bajo la toma de la universalidad.

Para ello Alejandra Guerra, Lila Baluarte y Sandra Requena han prestado sus vidas para dramatizarlas y presentarlas al público, con sorna y a la voluntad voyerista de quienes asistimos como plantea la obra para ver la realidad más que la ficción si bien tiene de ambas al pasar por el tamiz de la dramaturgia de Althaus que ya demuestra que no solo le interesa mucho el tema sino lo ha cavilado con sabiduría en su sencillez explicativa y a la vera de su dificultad asumida diariamente, enseñando las curiosidades de personas comunes y corrientes pero con muchas audacias, cotidianidad y sorpresas que diríamos que se tratan de existencias intensas o novelescas llenas de matices que se relacionan mucho con el arte de criar a un pequeño ser humano en manos de quienes aprenden en el camino ya que a pesar de lo que se cree nadie viene con manual ni resulta fácil aunque lo parece de cara al afecto que soluciona cuanto tiene enfrente ya que exhibe sacrificio, tiempo, paciencia y un sinfín de cualidades poco reconocidas por tenerse por intrínsecas, mucho menos románticas de lo que se intuye y dispuestas a romper con los esquemas.

Tres actrices fusionadas en ávida interactividad que aunque solo se trata de un trío que presta sus experiencias lucen como la de muchas más. Tantas historias que hasta parecen inverosímiles en algún momento, con ayuda de videos y utilizando muchos accesorios para imitar idiosincrasias, desgracias, crisis aunque con el optimismo y la risa en constante presencia.

Alejandra Guerra es muy plástica, asumiendo inestabilidad y esfuerzo, simpática y bastante entusiasta sorteando riesgos en tantos cambios de imagen, multifacética en su performance develando varias danzas, idiomas y artes aunque sin llegar a una cuota exorbitante. Lila Baluarte tierna y algo boba en su caracterización, de aspecto físico suave aunque engañoso ya que termina siendo fuerte y muy práctica con mucha seguridad. Graciosas y sueltas ambas conviven en el escenario mayormente en movimiento mientras Sandra Requena luce algo freak, más estática, mucho más musical, tocando la guitarra con destreza, presta la voz a sonidos y acompaña con gracia ya que permite varias carcajadas con apenas intentarlo y por lo que se podía observar asumieron la batuta de producir una fiesta con toques de reflexión. Al salir podías escribir algo en una pizarra y había cervezas gratuitas, una velada entretenida de decente aspiración pero ante todo efectiva, saludablemente vitalista.

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