martes, 18 de octubre de 2011

La hija del Caníbal

Libro de la reconocida escritora y experimentada periodista española Rosa Montero, uno de los nombres más populares dentro de su país con un lugar bien ganado en el panorama cultural, debo decir primeramente que no escribe mal y que hasta me agrada pero que tampoco es de mis favoritas. De sus características más resaltantes ella gusta poner al descubierto el conocimiento de forma superficial y no como parte de la historia lo cual encuentro admisible y muy llamativo por algunas sentencias notables pero menos creativo que hacerlo de la otra manera como parte entendida y procesada en nuestra literatura. Suele echar a volar alguna frase que a ratos parecen ocurrencias como llamando nuestra atención con algún hecho impactante y que quizás puede fallar al no apreciarse tan relevante, el que se reconoce como un riesgo en su intensión de cautivarnos y por ende plausible en su voluntad. En el libro asoma un aire reflexivo o eso es lo que se entiende que se intenta, que a ratos se presenta audaz y a otros produce indiferencia lo que es normal ya que no todo nos atrae. A Montero le funciona el uso de su personaje que rememora su pasado anarquista con vaivenes y hazañas que abundantes se dibujan abigarradas por su variedad, fluyen pero con algún sentimiento inevitable en su prosa de inconexión entre sí, siendo la trama paralela al secuestro del esposo de Lucia y parte principal de la obra.

La mayoría de cambios en el tiempo no desentonan, son primordialmente imperceptibles y esto es importante ya que son constantes en ésta narración para lo que hay que reconocer que se prodiga un éxito en su utilización. Existe una vasta cantidad de pretérito revolucionario asumiendo que hay mucho de hechos verdaderos envueltos con eso que en la literatura se les llama de mentiras verdaderas, lo que es admisible desde el punto de vista de la ficción, de lo que Montero hace gala en toda su obra mezclándolos para bien y convencimiento del lector. Son criticables algunos párrafos desafortunados que se perciben como ofensas con respecto a las personas y hasta contra su principal alter ego de lo que se intuye que trata de dotar de una palpable franqueza y transparencia al escrito que por ratos puede herir susceptibilidades si nos hallamos muy sensibles y siendo menos emotivos nos resultan en parte simplificadores.

Se debe hacer la grata mención sobre el arranque de la historia que es muy intenso y atractivo, el hombre que desaparece en los sanitarios públicos de un aeropuerto sin el más mínimo rastro a sus espaldas provocando el desconcierto y el pánico existencial de su esposa, desatando la auscultación personal de la propia vida de la protagonista que es lo que intenta proyectar el relato teniendo buenos resultados en su cometido. Enseguida como una de las salidas que ofrece la vida, Lucia conocerá a dos vecinos con los que mantendrá un vínculo por un lado de carácter paternal y por otro amoroso en la mujer madura insatisfecha y agotada que siente rejuvenecer en su idilio con un muchacho, apelando en ese sentido al carpe diem que no distingue más que la propia complacencia a costa de una ausencia de consciencia analítica que al final termina apareciendo implacable para terminar con esa aventura instintiva, revitalizadora e inconsciente. Felix, el viejo que le narra todas sus peripecias pasadas como aquel narrador que vive a través de sus memorias aún secretas e incomunicadas que no resisten más el silencio, y Adrian el joven de aspecto inocente, en parte tonto y romántico en contradicción con nuestra modernidad despierta y zafia, el que suele preguntar por adivinanzas pretendiendo ser sanamente perspicaz como lo es la misma Montero con sus citas aunque en la autora con otro nivel más duro, denotándose una clara transfiguración en ese personaje.

Hay que darle mucho crédito a la narradora por armar una historia simpática y crear personajes con decente solidez que a ratos parecen no tomarse en serio como relajándose del peso de la misma realidad, y es que las vueltas que dan los actores de su novela los denotan a lapsos algo volubles y no tan serios, siendo esto una virtud creativa por asumir que las personas son comúnmente de ésta manera aunque con el pecado de caer en incongruencias de la que sus pensamientos pierden respaldo, cuando un ser humano justamente es lo que piensa, y el lector puede desconfiar de su cercanía con ellos.

El desenlace resulta aceptable pero uno percibe que es como el castillo de naipes que se desbarata con el viento, se manifiesta una sensación de promesa incumplida, porque lo que esperamos termina siendo bastante efímero e intrascendente a cambio de tanto misterio que nos ha mantenido expectantes la mayor parte del tiempo, resuelto con justificaciones que se ajustan a entenderse no sin cierta desilusión, en conclusión bajo una emoción trunca.

Surge la corrupción en éstas letras de carácter más próximo al entretenimiento, se culpa a la falta de ideales que son tan importantes pero no deja de tocarlos sin la firmeza y consistencia que merecieran y es que no estamos frente a un ensayo político ni a un recorte periodístico aunque el arte también ostenta compromisos intelectuales desde otra forma comunicativa de particular libertad imaginativa simbólica, sin embargo se le perdona porque estamos frente a la Rosa Montero más personal, menos comprometida con aquellos temas complejos y formales aunque en boca de todos, muy dispuesta a hacer de la anfitriona que da una cena para sus amigos.

Volviendo a lo positivo se intuye la seguridad de la autora para escribir, provee de su esencia al libro, se siente sin dificultad que hay mucho de ella como en las últimas páginas deja ver por sus palabras. Como es de augurar quien sienta empatía con su derroche de sabiduría y su mirada emocional del mundo seguro la disfrutará.

El título es una metáfora en alusión al padre de Lucia y su relación distante-mítica con él, de lo que hay que mencionar que no llega a apreciarse de grave magnitud, uno no deja de atribuirle cierta insuficiencia y quizás estemos siendo exigentes pero se da porque la novela destila una honrosa aura de aspiración que es lo que hay que aplaudir aún en su imperfección ya que quien escribe ésta crítica cree en la loable reivindicación de la perfección del arte que la modernidad trata de soslayar mediocremente.

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