domingo, 30 de octubre de 2011

En la otra habitación (o la obra del vibrador)

Comedia dramática que se presenta en el teatro Larco perteneciente a la dramaturga americana Sara Ruhl y dirigida por David Carrillo. Nominada a los Premios Tony 2010 y finalista del Premio Pulitzer 2010 a mejor drama. Contamos con siete actores. De los que más destacan está primeramente Leonardo Torres Vilar que asume un papel serio y de aire convencional en el Doctor Givings, científico estirado que trata a las mujeres que sufren de histeria con un método revolucionario para la época, mediante el uso de electricidad descarga energía a usanza del vibrador. Junto con él sobresale Norma Martínez como Sabrina Daldry, con la marca de la afectación de la voz en una dama casada sin hijos que asiste a consulta para curar su desbordada ansiedad. Después habría que mencionar en tercer lugar a Vanessa Saba con la simpatía que la caracteriza en la interpretación de Catherine Givings, una locuaz y torpe en el habla esposa que acaba de tener una hija y que atraviesa la distancia y el enfriamiento de su matrimonio. Seguida de Claudio Calmet en el efusivo, romántico y acelerado pintor que también acude al servicio de la máquina todopoderosa que sana el desequilibrio mental. Por último yacen con su cuota de valor la argentina conocida en el medio como Grapa en la asistente del Doctor Givings, Malena Romero como la ama de leche afroamericana que realiza la labor que Catherine no puede, en su propia desgracia de perder a su vástago y quedar con la maternidad trunca por tercera vez con el cuerpo dispuesto para alimentar a un recién nacido, y Nicolás Fantino como el señor Daldry, marido de Sabrina que mantiene una relación sin bríos sexuales con su mujer y que está cansado de la mala condición que la aqueja.

La trama pone en contraste lo absolutamente racional de la ciencia con lo emocional en el amor con el trato entre parejas, para ello hay mucho contenido sexual que aborda en diferentes oportunidades, lo cual no es sorpresa ya que la obra tiene ese tono desde el título. Hay mezcla de múltiples aproximaciones afectivas que no llegan a puerto o que buscan solucionarse, además de proveer sentido a las propias vidas, habiendo hasta un discreto acercamiento homosexual y no descarta la infidelidad.

El plato fuerte está en Catherine que siente el rechazo de su marido que anda ausente mentalmente producto de su trabajo en la otra habitación, su sala de pacientes donde brinda las descargas científicas subrepticiamente libidinosas que despiertan la comicidad del público en los diferentes gestos y sonidos que uno acostumbra a dar cuando se siente excitado. Ella está rebosante de alegría por personal carácter y despierta ansía mayores sensaciones existenciales pero su cónyuge está inmerso en el grave invento de Edison (la lámpara incandescente o foco de luz) y en sus méritos intelectuales, lo que la lleva a sentir curiosidad por aquello que tanto ocupa su tiempo y que oculto a sus ojos ve repercutir en el ánimo de sus pacientes que un día salen de su costumbre antisocial y se lucen radiantes.

Otras historias son las de la señora Daldry y el pintor, ambos afectados del mismo mal pero tratados de forma distinta, imaginando el uso natural del vibrador, siendo sus intervenciones en ese sentido las que producen la desbocada y predecible hilaridad de los espectadores. Es una realización que se muestra más cercana a lo ligero si bien contiene mensaje con la falta de demostración abierta y constante de cariño hacia la pareja, el deseo de sentirse querido por alguien que sienta pasión por uno, sanear vacios y carencias.

Tenemos algunas sub-tramas adicionales en la asistente del Doctor Givings que es una solterona entrada en años solitaria y abocada a sus quehaceres caseros mientras el ama de leche sufre por la pérdida de su pequeño acallada por su estoicismo y condición de criada aunque lógicamente su destino será la fragilidad sentimental. El pintor es un mar de confusiones desplegadas por su ímpetu, solo quiere ver a través de la mirada aquella inspiración que le permita plasmar su arte y que lo relaciona con el amor, provocando más de una mala elucidación.

El relato es sencillo, totalmente claro y a la vez proclive a varios giros menores como a diferentes consuelos, divagues y escapes, no escatima esfuerzos en asumir que el ser humano es un ser predominantemente emotivo, saca a flote su lado primigenio que lo hace moverse bajo tanta locura y enredo saltándose incontrolable cuanta regla tenga delante, se mofa un poco de la inteligencia, escapa a las obligaciones o a las convenciones sociales sin remilgos en recomendación interpretativa por ese aire de plenitud que busca y grita incontables veces en ese ambiente victoriano castrador, sojuzgador y limitante aunque en última ocasión da orden al “caos”, vuelve las aguas al cauce a razón de la omnipotencia del autor sin demasiadas justificaciones y no logra afirmarse en ninguno de sus postulados salvo bajo una disposición especial que resuelve todo en un final condescendiente a manera de cuento de hadas dejando cabos sueltos y lapsus momentáneos pero no se le reprocha mucho ya que su intensión no es presumir de demasiadas complicaciones sino dar una noche intensa y entretenida como la que sí ha perpetrado con frescura gracias a la elección del tema.

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