lunes, 5 de septiembre de 2011

Nueve semanas y media

Dirigida por Adrian Lyne, director británico conocido por películas muy populares como Flashdance (1983), Atracción fatal (1987) o Una proposición indecente (1993). En ésta oportunidad tenemos una realización de culto, una historia de corte erótico que tiene secuencias que son parte del imaginario colectivo. Ostenta dos actores renombrados, la escultural Kim Basinger y el sex symbol de los ochenta Mickey Rourke, que para la película contaban con poco más de los treinta años. Estaban en el esplendor de sus físicos.

Elizabeth es una mujer divorciada e independiente que trabaja de curadora de pintura, hace tiempo que no tiene una relación estable, repentinamente conoce a John, un misterioso hombre que desatará toda su sensualidad y pasión. John es un agente de la bolsa con buena posición social que en su soltería busca nuevas aventuras sexuales, de la mano de su nueva musa desatará el fuego de su cuerpo. Llevándola a descubrir toda su intensidad carnal en varios juegos eróticos cada vez más exigentes.

El filme es rotundamente imperfecto con varias escenas de aspecto muy fragmentado que cortan el clímax de la acción, aunque poseen una alta carga sexual no llegan en absoluto a lo pornográfico y quizás por el requerimiento de no sobrepasar el límite de lo permitido suelen romper el culmen de la excitación a un tiempo que parece mutilado arbitrariamente, sin embargo es de rescatar la inventiva de las tantas prácticas dionisiacas que llevan el romance hasta un punto donde el placer los compenetra y los reduce a la predominancia de sus entidades corpóreas.

La trama deambula por la unión de ésta pareja que no hablan de amor sino de sexo, que se permiten confiar totalmente en el otro, John, Mickey Rourke, tiene el control y es quien dirige a una sumisa Elizabeth, Kim Basinger, por los senderos de su desenfreno idílico, sin embargo esto hace que ella logre involucrarse y participar desde su iniciativa como con el candente y juguetón striptease en el cuarto o la escena de sexo bajo la lluvia en la calle tras defenderse del ataque de unos homofóbicos. La relación toma un sentido de gloria pero que en su evolución hacia el compromiso se difumina perdiendo el encanto primigenio y en su continua desfachatez consensuada y libre, tan sublime, pero que en aumento como en un apogeo que irremediablemente conduce hacia un final se desbarranca hacia el deterioro.

La cinta tiene un aire mordaz, crítico, liberal, frente a las convenciones amorosas pero termina dándole la razón a lo convencional, busca hacerlo parecer como un paréntesis atípico y pseudo perfecto por antonomasia asimilándolo como un estado de libertad único descontando su desenlace, en un final justo pero discutible que toma la noción de la atribuible patología mental a la que hay que pedirle un alto ya que no conlleva demarcaciones. Éste lo pone el orden racional personal del personaje de Basinger de acuerdo con la personalidad que se le atribuye dejando la duda de por qué no convertirlo en otra cosa y en ello deja ir la aventura como algo que desde el principio tiene que pasar y para ello esquiva el final de telenovela aunque se imprime en la norma tradicional del comportamiento reflexivo. Se adjudica todo el cariz de rebelde pero sucumbe ante las presiones emocionales.

Es bastante original aunque se nos presenta coherente y a su vez vastamente probable, planea sobre referencias que se conocen pero que no asiduamente se abordan y sin caer en lo vulgar aunque sin corromper la esencia de lo natural que ha de tener un lado salvaje, abrupto, desinhibido, fresco. Almacena variedad y destila espontaneidad por donde se le vea como un atributo intrínseco de una buena dirección, mucho fetichismo con ese toque leve del buen gusto y hasta de la ironía porque también se divierte con los temas que toca ya que maneja con descaro la irreverencia hasta el punto que cae en la tontería en ocasiones y que no desentona porque su aura es impulsiva, tiene buen semblante sensual como cuando Elizabeth se masturba frente a un cinematógrafo bajo un halo de oscuridad e iluminación intercalada, la toma es espectacular con los contorneos y la indumentaria precisa, el detalle en profusión que rompe con lo temporal.

Rourke luce afectado pero se pega fielmente a su imagen de seductor y galán de pocas palabras que actúa bajo sus instintos más atrevidos y lascivos, Basinger hace de conejillo de indias siendo el carácter de su papel el que le brinda complejidad al producto, pesa sobre su cabeza la responsabilidad del relato y sobresale en la que aún con defectos es una de sus más difíciles interpretaciones. Una película para cinéfilos hedonistas, cazadores de arte que sepan perdonar muchas fallas pero reconocer la imaginación y el intento de una hazaña.

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