miércoles, 10 de agosto de 2011

Pequeñas interrupciones

Obra teatral perteneciente al dramaturgo peruano Mateo Chiarella Viale quien además la dirige en el Teatro de la Alianza Francesa. Consta de tres actores, Jorge Chiarella Kruger, Alberto Isola y Celeste Viale Yerovi. El trío de intérpretes luce bastante bien, se aprecia la experiencia y la ductilidad que exhiben sin esfuerzo, su mimetización con los personajes que se hacen totalmente suyos, produciendo artífico, naturalidad e histrionismo en el lugar que corresponde en el desconcierto, la comedia en menor medida y el drama respectivo.

La historia retrata a dos hermanos entrados en años, Ugo y Dino Ploh, que esperan una carta de su padre que está en la guerra. A la espera Dino se halla abocado a escribir una laboriosa obra dramática detenido en un último pasaje determinado, el cual recita constantemente frente a sus espaciadas correcciones tratando de inspirarse, en alusión indirecta a dar soluciones que circundan su entorno privado real.

Ugo, de carácter inocente, pasivo y despistado, entre los pocos acontecimientos descritos en escena resulta alérgico a las uvas verdes, las que le producen implacables gases, además suele tener una pesadilla recurrente, mientras rema sobre una pequeña barca tiene un árbol a sus espaldas del que no puede desprenderse, en el interior de la embarcación está a las ordenes de un impositivo almirante que no vemos, en cierto momento Ugo que es el trasunto del personaje de la obra de Dino dispara contra unos leones que flotan sobre el mar, el sueño y lo que escribe su hermano están interrelacionados, en sí todo es una unidad temática según se puede dilucidar. Se cierra el círculo en un conjunto que trata de explicar un mensaje que no se hace para nada claro a pesar de que se suelen repetir discursos, presencias y actos que aspiran a sostener una reflexión que se evade de las manos permitiendo solo la “libre” interpretación.

Una de esas acometidas mentales puede ser que retrate la inseguridad de nuestras acciones, el miedo a dar un paso trascendente en nuestras vidas, también se hace mención sobre la muerte, ya que suena irracional que un hombre que bordea los 70 u 80 años esté en la guerra sino que se trata de su desaparición física, agregando que los hijos esperan su turno ya estando también ancianos. Se hace una especie de teatro del absurdo, algo monótono y oscuro, con una clara intención de brindar algún tipo de metáfora que no se llega a entender fácilmente sino solo a tratar de atinar con tentativas personales.

Parece que ambos hermanos sienten temor a la propia existencia, están anclados a su presente sufriendo uno de dolores gástricos viviendo un poco descuidado mientras el otro trata de dar salida a un trabajo artístico que se percibe reflejo de sí mismo. En medio de la urdimbre el destino juega con ellos, hay un existencialismo notorio que se pierde en un mensaje difuso. Suele reiterarse la visita de un tercer personaje de orden estrafalario, un arlequín femenino que hace de cartero y que viene a jugar ajedrez con Dino, realizando la partida sobre el suelo de la habitación que tiene forma de tablero. Mediante su llegada se esfuman ciertas ilusiones, pretextos o prolongaciones del presente, están aislados de ese mundo que Simona, la cartero, es nexo indispensable, pero aún siendo su amiga no tiene poder alguno para con su oficio y en su interacción solo se conjugan más artificios que buscan resolver la indecisión y la misma elusiva felicidad que como cualquier ser humano parecen pretender los viejos.

Aunque no se hace hincapié mucho en la avanzada edad de aquellos dos hombres maduros, merece ser un factor a tomar en cuenta el pasar del tiempo, el derrocharlo, el no escoger bien, el dejar de preocuparse, el no cuestionarse sino simplemente fluir, pensar como el optimista que nunca es demasiado tarde, atreverse a interrumpir, es decir elegir el camino sin dejarse arrastrar por las olas.

La obra se escabulle de alguna forma, aún reconociendo la originalidad del texto. No llega a compenetrar completamente, se hace en parte distante y gaseosa, difícil de agarrar aunque se rescata su proclividad a una destacable manipulación en manos del espectador. Su simbolismo le juega una pequeña trampa aún en el grave desarrollo de una creatividad que hay que elogiar en el intento, quedando la sensación de una ambigüedad que eclipsa nuestro más sincero entusiasmo perdidos como ante el enorme libro que atemoriza a Ugo al final de su relato. E igual como la obra cruzamos solo que agregando algunas reticencias que señalan la imperfección de una buena concepción imaginativa.

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