miércoles, 3 de agosto de 2011

Diecisiete camellos

Dramaturgia escrita por Eduardo Adrianzén y dirigida por Gustavo López Infantas en el teatro Larco, contando en el reparto con cinco actores, no muy conocidos ni mediáticos, pero que dan la talla sin llegar a descollar demasiado tampoco, en ésta obra menor, particular y no universal, pero que es notable para el autoanálisis nacional.

Irene Eyzaguirre, Mario Ballón, André Silva y Emanuel Soriano son una madre y sus tres hijos, más la representación femenina de la patria en Sonia Seminario. El relato se adscribe al contexto nacional, nos refleja parte de una realidad popular y típico reflejo peruano de denotar nuestra idiosincrasia económica y a su vez los complejos propios de la guerra del Pacífico.

Uno de los hijos es un ex militar que perdió tres dedos en un ataque masivo de indígenas en la selva, se siente un minusválido y no quiere acometer ninguna actividad, es totalmente dependiente. Otro, el menor, ostenta estudios técnicos en computación y acaba de ser despedido de la tienda Ripley dejando de ser reponedor de ropa y pasando a la filas del desempleo. El último en mención es el hermano mayor, con estudios truncos en sociología, que hace taxi y que bajo sus propias palabras apenas sobrevive.

Su madre cansada de su mediocridad y abandono decide ver por sí misma aceptando el compromiso de matrimonio con un chileno del cual está enamorada, para ello sus vástagos que han crecido con el odio encarnecido de su progenitor ya fallecido hace diez años, que vivía haciéndoles recordar la desgracia de la guerra con Chile, se encuentran alterados y desilusionados por completo, agrediendo a su madre y rogando porque no se vaya.

La patria dialoga con el hermano mayor y reflexiona sobre los lugares comunes del pensamiento nacional. Esto es una constante en la dramaturgia expuesta, abordar las ideas que rondan en cierto imaginario vernáculo que yace fuertemente arraigado en la mayoría. Se miran los temas como el statu quo, la desocupación laboral, el socialismo, el nacionalismo, etcétera. Diecisiete camellos trata de hacer una pequeña catarsis, exponer para delimitar nuevos rumbos, sacudirnos de ciertos lastres e incluso ironizar sobre algunas constantes.

Se habla del soldado anónimo peruano en Arica y del civil asumiendo las armas que cayó muerto en las batallas limeñas. Se hace hincapié en su falta de reconocimiento y sobre su obligación más que voluntad de entrar en combate. La guerra con Chile se estudia y se presenta como excusa frente a otras problemáticas. Se hace uso de fábulas y relatos pedagógicos como el que brinda el título a la obra.

¿Por qué 17 camellos? Una herencia a tres hermanos los deja en conflicto al no poder repartirse su legado de 17 camellos, porque uno debe recibir la mitad, otro la tercera parte y, por último, el otro la novena parte. Buscan un sabio y éste llega montado en un camello, lo junta al grupo y divide 18 entre dos entregando nueve bestias al primero, luego seis al segundo y termina con dos al que queda, logrando cumplir la repartición. Al final los hermanos que escuchan la historia en relación a ellos deben resolver sus propias adversidades bajo esa metáfora.

El hecho de que la madre quiera irse desencadena una lucha frontal que destapa los trapos sucios familiares y sociales. Se sacan a flote los traumas individuales y colectivos, las limitaciones personales, las frustraciones y las derrotas. La madre aspira al amor más crédulo y sincero, dándose una segunda oportunidad. Lo que puede asumirse como un cierto egoísmo se entiende que es permitir que los muchachos atraviesan por el trance de la auto-superación. Mediante ésta crisis definitiva han de encontrarse con la transformación que han prolongado en su condición conformista y de recriminación, de inmovilidad y estancamiento, de lamento, ira y marginación. Rescato la descripción del acto sexual que enfrenta hasta físicamente a la madre con uno de su prole sin tapujos ni vergüenzas alentando la libertad carnal y la búsqueda de la compenetración amorosa, aunque ostenta una cierta franqueza mezclada con vulgaridad.

La representación es muy familiar para cualquier espectador medianamente hábil y mejor si está aclimatado al contexto local además de contar con la comedia que no falta en éste tipo de espectáculos por requerimiento público que no todos compartimos, aunque se salva de no ser predecible si bien hay el deseo de un desenlace feliz al haber asumido un tema de cierta polémica tantas veces tratado y aún no solucionado del todo. 

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