jueves, 14 de julio de 2011

Una vida en el teatro

Puesta en escena en el teatro del Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica, dirigida por Edgar Saba. Obra perteneciente al dramaturgo y cineasta norteamericano David Mamet. Cuenta con la participación de solo tres actores, el experimentado Alberto Isola como Robert, el novel Oscar Beltrán como John y, a quien no conocía, Víctor Prada como el jefe de escena.

En la trama se nos presentan a dos intérpretes teatrales que trabajan juntos, uno que ha pasado toda su vida sobre las tablas y el otro que representa a la nueva generación. Robert es complejo, un hombre que se siente bajo una pequeña crisis emocional y existencial sobre su actividad profesional, siente que ha pasado demasiado rápido el tiempo y reflexiona sobre ello con portentosas y hondas cavilaciones expuestas en monólogos o en diálogo con su compañero que más tímido y calmado solo aguarda a ser contratado para una película. El tercer personaje, el jefe de escena prácticamente ejerce de mudo y es una pieza cómica y secundaria. Parece querer ser parte del espectáculo y se toma sus libertades como cualquier empleado soñador y algo fresco. Es de un histrionismo exagerado que es lo que pide su papel ya que la obra quiere abarcar más de un género y no tomarse totalmente en serio si bien al final resulta inevitable aún con toda la disminución de la tensión dramática.

La historia se da mostrando la vida de un artista del teatro, se pueden ver sus representaciones como dos soldados americanos en la guerra independentista, como gánsteres, como náufragos, como conquistadores entre otras actuaciones, hacen como si estuvieran frente a un público puestos de espaldas del verdadero imitando un recinto dramático dentro de otro. Se ve su existencia diaria que está condicionada por su trabajo, equivocaciones, conversaciones, ensayos, castings, maquillaje, cambios de ropa, salidas… todo gira en torno a ello. Presenciamos una andanada de múltiples emociones y actitudes, la risa, el llanto, gritos, disputas, ensueños, quejas, depresiones, desilusiones, alegrías, compañerismo, comedia, etcétera, que buscan sumergirnos en su cosmovisión, bajo la empatía que obsequia la sensibilización y el conocimiento de los pormenores detrás de bambalinas, lo que oculta la magia teatral.

Se juega mucho en los alrededores del escenario, salen por la puerta de entrada de la multitud asistente, suben las escaleras próximas a las butacas, se sientan sobre el estrado, incluso el diálogo es directo con la gente, hay una proximidad con el espectador en una fusión que busca dar a entender esa indisoluble unión entre observadores y observados, en compartir nuestros sueños sobre el escenario. Las luces y la música toman un lugar de importancia, quedan en la oscuridad y aparecen con encendedores mientras expresan una ponencia introspectiva, el sonido cala en la cabeza y se asocia a los sentimientos experimentados como recordatorio mental. Es toda una demostración grandilocuente de arte vista en forma pedestre en el buen sentido de la palabra mientras se desnuda el alma de quien se ha entregado por completo a la labor escénica en el homenaje más patente y pasional. Es de felicitar la actuación de los tres actores pero sobre todo la de Isola que es quien se dedica a diseccionar su actividad con diversas auscultaciones que dan pie a conocer el mundo artístico de la dramaturgia. Es el dramatismo en acción, la irrupción de todas las extravagancias, miedos y preocupaciones humanas asociadas al teatro. Beltrán luce agradable, sencillo y cercano abordando su caracterización con solvencia utilizando movimientos artificiales que parecen propios del cine. Prada parece uno de los tres chiflados y se manifiesta muy expresivo con sus gestos.

Ha sido una gran obra que con su ímpetu y su develación se hace natural a favor de ella, con su desmitificación se nos hace entrañable, que es el amor que nace en el autor y en quienes se ven tocados por su aura, que nos habla de la condición humana, del significado y trascendencia de ésta institución no solo material sino espiritual con la cual identificarse, que nos sirve para reír como para desahogarnos, que humaniza y que quiere ser comprendida para ser apreciada mucho más, lo cual sucede. Y con el mismo entusiasmo del director Edgar Saba que sube a abrazar a su elenco pocos segundos del final, nosotros aplaudimos semejante admirable exhibición agradeciendo su existencia, no solo de ella sola, sino de toda esa maravilla llamada teatro.

Imagen: Dramaturgo David Mamet.

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